miércoles, 2 de abril de 2025

Unamuno: NIEBLA (La inhibición sexual de Augusto Pérez)

Vuelvo a releer Niebla, novela que durante algunos años trabajamos en COU. Me sigue pareciendo una obra interesante, que se lee muy bien, y que plantea curiosos asuntos de cara al lector. Recuerdo que a los alumnos les mandaba a hacer trabajos sobre "Las novelas intercaladas en Niebla", "El papel del lector en la obra", "Niebla: ¿novela o nivola?", "Los personajes de la obra", etc. Pero el comentario que yo me reservaba  era este que pongo a continuación. Me gustaba acercarles algunas nociones del psicoanálisis (freudiano) y remover el tema de la sexualidad. Estaban en plena adolescencia y, como decía un colega de Departamento, "en celo". Tocando temas como el que sigue era más fácil llegarles e interesarles por la literatura. En algún caso lo conseguiría, eso creo.

N.B. Pues que me refiero al antiguo COU, este comentario debe tener más de 30 años entre mis papeles.


El síndrome de inhibición sexual de Augusto Pérez. (Unamuno: Niebla)

             (sobre el complejo de Edipo y la castración)

 

N.B. Los números entre paréntesis remiten a las páginas de la edición utilizada, la de M. J. Valdés, en Cátedra.

 

Ya en la presentación del personaje, al inicio de la novela, nos encontramos con su resistencia a abrir el paraguas a pesar de la llovizna que cae: “Y no era tampoco que le molestase la llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto.” (p. 109)

 

Mario J. Valdés comenta el pasaje como sigue: “El estado psicológico de ensimismamiento de Augusto se simboliza como cerrado y su oposición de interacción libre como abierto; por lo tanto se simboliza la preferencia de Augusto por lo cerrado frente a lo abierto. Pero además el paraguas representa la sexualidad y los problemas que tendrá Augusto con el encuentro sexual. El paraguas cerrado es un símbolo fálico que se convierte en sexo femenino al abrirse.” (26)

 

En apoyo de esta concepción del paraguas como símbolo fálico citaríamos aquella imagen del Conde de Leautréamont que tanto encandiló la fantasía de los superrealistas:

 

  bello como el encuentro fortuito en una sala de disección de una máquina de coser y un paraguas”

 

Inmediatamente después de esta presentación asistimos a pensamientos de A. P. donde nos muestra una concepción platónica, idealista, esteticista de la existencia, que gira en torno a la contemplación de la belleza de las cosas: “El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados.”

 

Acto seguido sale detrás de Eugenia, la persigue hasta su casa y dialoga con su portera. Pero cuando, en el paseo por la Alameda, intenta recordarla, se pregunta: “¿Cómo es la dulce Eugenia? Sólo me acuerdo de los ojos.” (112) Es significativo que A. P. sólo se haya fijado en los ojos: La parte más ESPIRITUAL de una persona.

 

Y poco después, cuando duda entre ir a casa o al casino, dice:

 

“No, a casa, a casa. Estas cosas desde casa, desde el hogar. ¿Hogar? Mi casa no es hogar. Hogar… hogar... ¡Cenicero más bien! ¡Ay, mi Eugenia!»

Y se volvió Augusto a su casa.                                                         (113)

 

Ese “cenicero” pronunciado de forma despectiva. De momento nos encontramos con que A. P. ha forjado un símbolo bastante violento y sugerente, que sólo se desvelará en el capítulo 5. Símbolo recurrente en estos primeros capítulos (aparece en las páginas 113, 125, 131 y 132).

 

Si entendemos por símbolo la representación de un concepto abstracto, de índole espiritual, por medio de un objeto concreto, aquí cenicero (concreto) está en representación de hogar (abstracto). Símbolo descendente, por otra parte, connotado negativamente.

 

El caso es que A. P. continúa con sus monólogos, donde ahora ocupa un lugar preferente Eugenia. Pero ¿qué Eugenia?

 

“¡Mi Eugenia, sí, la mía —iba diciéndose—, esta que me estoy forjando a solas, y no la otra, no la de carne y hueso, no la que vi cruzar por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera!”  (115)

 

Y al final del capítulo 2, cuando ya sabe que Eugenia tiene un pretendiente, insiste:

 

“¡Oh, Eugenia, mi Eugenia, has de ser mía! ¡Por lo menos, mi Eugenia, esta que me he forjado sobre la visión fugitiva de aquellos ojos, de aquella yunta de estrellas en mi nebulosa, esta Eugenia sí que ha de ser mía, sea la otra, la de la portera, de quien fuere!”  (118)

 

Cuando en el capítulo 3 su amigo Víctor Goti le pregunta cómo es la chica que le ha impresionado, si es rubia o morena, si es alta o baja, A. P. no le puede dar cuenta de ello.

 

Lo que resulta llamativo hasta este momento es la escisión cuerpo/espíritu que muestra A. P. Es incapaz de reunir en una totalidad a Eugenia. Para él sólo es unos ojos, un alma, y no un ser real de carne y hueso. Entenderemos este estado cuasi patológico de A. P. prestando atención al capítulo 5.

 

En la segunda mitad de este capítulo, A. P. va a la Alameda a refrescar sus recuerdos. Como será habitual en toda la novela, piensa en su madre. Pero también, y esto es más interesante por infrecuente, en su padre. Ya tenemos el triángulo edípico formado por padre-madre-hijo. Veamos cómo se desarrolla.

 

“De su padre apenas se acordaba; era una sombra mítica que se le perdía en lo más lejano; era una nube sangrienta de ocaso.”

 

Así es presentado el padre, e inmediatamente se cuenta su temprana muerte sangrienta. Es interesante el sintagma “sombra mítica”. De “sombra”, en el Diccionario Casares, hay dos acepciones que vienen a cuento:

1- espectro, aparición fantástica de la imagen de una persona muerta.

2- proyección oscura que un cuerpo lanza por el lado contrario del que recibe la luz.

Ambas acepciones conducen a la misma idea: la presencia latente (a pesar del tiempo y del olvido) del padre, que no lo abandona como no abandona nunca a nadie su sombra (2ª acepción). Los mitos sabemos que son historias imaginarias que se encuentran en los orígenes de los pueblos y que, como relatos potentes que apelan a lo más profundo de nuestra psique, influyen de forma poderosa en el ánimo de los humanos. Así la sombra del padre de Augusto planea sobre su vida e influye de forma poderosa (como un mito). No podía Unamuno haber creado una imagen más sugerente.

 

Inmediatamente se nos aclara el símbolo que se había utilizado al final del capítulo 1, y al que se había referido de pasada en el 4 (125):

 

“Allí estaba siempre el cenicero con la ceniza del último puro que apuró su padre.” (131)

 

Ahora comprendemos la fuerza del símbolo (con las repeticiones, aliteraciones  y referencias temporales de la oración): el puro metaforiza el pene de su padre, y la ceniza, su muerte, su extinción. Hay una perenne presencia de una ausencia. Y todo ello lo vive A. P. (ese cenicero omnipresente) como símbolo de castración: la presencia de algo, que no existe, pero que se impone al personaje y lo domina, imposibilitándole actuar integralmente.

 

Si a esto sumamos la imagen siempre presente y obsesiva de la madre (le ayuda en sus estudios –excepto en los de fisiología-; lo acuesta con un beso; sale con él de paseo…) veremos configurarse nítidamente un poderoso complejo de Edipo. En algunos casos se marca claramente la rivalidad hijo/ padre: cuando la madre, antes de morir, le dice al hijo : “Acaso le haga a él más falta que a ti.” (125). O cuando lo sienta en sus rodillas y le hace mirar “el cenicero del difunto”. O también cuando pasean por la calle y ella piensa en su difunto, mientras él piensa en lo primero que pasa ante sus ojos.  (133)

 

Como sabemos, según la doctrina psicoanalítica, el complejo de Edipo se produce en todos los humanos en algún momento de su vida y es importantísimo a la hora de configurar la estructura definitiva de la vida erótica del sujeto. Es normal pasar por él, pero también es necesario desligarse de él. Y esto es lo que no ha conseguido hacer A. P. y lo que le impedirá tener una evolución sexual normal.

 

Hablábamos con anterioridad de su incapacidad de integrar lo corporal, lo material, en sus deseos ideales. Pues bien, esta incapacidad se seguirá manifestando a lo largo de toda la novela. Veamos algunos ejemplos:

 

- en el capítulo 10, en los primeros momentos de su pretensión, tras haber visto a Eugenia en casa por primera vez, y sabiendo que Eugenia tiene un pretendiente, se plantea lo siguiente en su monólogo:

 

“Sí; yo por el pensamiento, por el deseo la hago mía. Él, el otro, es decir, el uno, podrá llegar a poseerla materialmente; pero la misteriosa luz espiritual de aquellos ojos es mía, ¡mía, mía! Y ¿no reflejan también una misteriosa luz espiritual estos cabellos de oro? ¿Hay una sola Eugenia, o son dos, una la mía y otra la de su novio? Pues si es así, si hay dos, que se quede él con la suya, y con la mía me quedaré yo.”  (154, subrayados míos)

 

- poco después, en el capítulo 11, en su primera charla a solas con Eugenia, al anunciarle ella que tiene novio, le dice:

 

-Pero es, Eugenia, que yo no pretendo nada, que no busco nada, que nada pido; es, Eugenia, que yo me contento con que se me deje venir de cuando en cuando a bañar mi espíritu en la mirada de esos ojos, a embriagarme en el vaho de su respiración...” (161)

 

- en la página 171 (capítulo 13), cuando Eugenia se entera de que ha comprado la hipoteca, le reprocha “quiere usted comprar (…) mi cuerpo”. Y en su monodiálogo posterior con Orfeo (su perrito recogido de la calle), le dice:

 

“¡Comprar yo su cuerpo..., su cuerpo...! ¡Si me sobra el mío, Orfeo, me sobra el mío! Lo que yo necesito es alma, alma, alma.”   (182)

 

- en su segundo encuentro con Rosario (la mujer que viene a sustituir momentáneamente a Eugenia, cuando ésta rechaza a Augusto), cuando A. P. empieza a besarla, la deja y le dice: “Déjame, tengo miedo.” En el monodiálogo de esa noche aparece la idea de amor fisiológico y la rechaza de forma violenta: “no es amor, ni cosa que lo valga.”  (206)

 

- el último encuentro con Rosario,cuando ésta queda a su merced, y Augusto es incapaz de hacer otra cosa que contemplarse en sus ojos “tan chiquitito” (síntoma claro de su inmadurez, del que se burlará luego Mauricio) muestra con nitidez la absoluta inhibición sexual de A. P. (o su impotencia, si lo preferimos).

 

Bien es verdad que hacia el final comienza a reunir su cuerpo y espíritu (ese es el tema del poema que le escribe a Eugenia), y empieza a interesarse por ciertos contactos y escarceos corporales que ésta se encarga de cortar. Pero ya es muy tarde. El desengaño con Eugenia lo va a llevar al intento de suicidio del capítulo 31, a la cuestión que más le interesa a Unamuno (su discusión con el personaje en torno a "ser real/ser de ficción"). Pero tampoco podemos decir que el tema de la sexualidad no haya sido bien elaborado a lo largo de la novela.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Conversando con Javier

 

Evocamos la gran pléyade de filósofas y escritoras judías de la primera mitad del siglo XX que el nazismo se propuso exterminar: Edith Stein (tras su conversión, como carmelita descalza, Teresa Benedicta de la Cruz, 1891-1942), Irène Némirovsky (1903-1942), Simone Weil (1909-1943), Etty Hillesum (1914-1943), Hanna Arendt (1906-1975). Esta última, la única superviviente de esa terrible época.

 

Le cuento lo que dijo Husserl de sus alumnos en la Universidad. “La primera, Edith Stein; después, nadie; luego, todos los demás.”

Javier me aclara: Eso mismo dijo el torero Guerrita al retirarse en 1899: “Después de mí, naide. Y después de naide, Fuentes.”

- Pues, por las fechas, Husserl se debió inspirar en Guerrita.

- Lo que te puedo asegurar es que Guerrita no se inspiró en Husserl.

viernes, 21 de marzo de 2025

Una presencia angélica

 


Parecía una broma aquella declaración de Gil de Biedma, en la contraportada de la edición de Seix-Barral de Las personas del verbo, cuando manifestaba: “yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.” Algo nos recuerda aquella distinción de Oscar Wilde entre el genio que puso en su vida, dejando sólo su talento para su obra. O la forma en que Kurosawa, en la película Sueños, nos muestra como un estudiante de arte, a través de la contemplación de la obra de van Gogh, ingresa en su universo pictórico.

 

Pero no era una broma. Cuántas veces querríamos introducirnos en las obras de arte que frecuentamos (una música, una novela, un cuadro). Querríamos quedarnos siempre allí y no volver a la cotidianeidad, a eso que se llama la vida normal.

 

martes, 4 de marzo de 2025

Cantar de Mío Cid. Comentario de texto: episodio del león.

 

Cantar tercero (comienzo: versos 2278-2311 = 34 versos)

                                  

En Valencia seí mio Cid con todos los sos,

con él amos sus yernos, los ifantes de Carrión.

Yaziés' en un escaño, durmié el Campeador;

mala sobrevienta sabed que les cuntió:

saliós' de la red e desatós' el león.

 

En grant miedo se vieron por medio de la cort;

enbraçan los mantos los del Campeador

e cercan el escaño e fincan sobre so señor;

Ferrán Gonçález, ifante de Carrión

non vio allí dó s'alçasse, nin cámara abierta nin torre,

metiós' so l'escaño, tanto ovo el pavor;

Diego Gonçález por la puerta salió

diziendo de la boca: — ¡Non veré Carrión! —

Tras una viga lagar metiós' con grant pavor,

el manto e el brial todo suzio lo sacó.

En esto despertó el que en buen ora nació,

vio cercado el escaño de sus buenos varones:

—¿Qué's esto, mesnadas, o qué queredes vós? —

— ¡Ya señor ondrado, rebata nos dio el león! —

 Mio Cid fincó el cobdo, en pie se levantó,

el manto trae al cuello e adeliñó pora'l león;

el león, cuando lo vio, assí envergonçó,

ante mio Cid la cabeça premió e el rostro fincó.

Mio Cid don Rodrigo al cuello lo tomó

e liévalo adestrando, en la red le metió.

A maravilla lo han cuantos que ý son

e tornáronse al palacio, pora la cort.

 

Mio Cid por sos yernos demandó e no los falló;

maguer los están llamando, ninguno non responde.

Cuando los fallaron, ellos vinieron assí sin color;

non vidiestes tal juego commo iva por la cort,

mandólo vedar mio Cid el Campeador.

Mucho·s' tovieron por enbaídos los ifantes de Carrión,

fiera cosa les pesa d'esto que les cuntió.

 

En 1º de Bachillerato, cuando estudiábamos la épica, y el Cantar de Mío Cid, solía comentar en clase el episodio del león, con que comienza el Cantar 3º. Elegíamos un texto en castellano medieval (que yo glosaba, y aclaraba el vocabulario, para que lo comprendieran bien, pero sin alejarse del original). El comentario que yo hacía oralmente (y que ahora transcribiré con alguna dificultad) se basaba en gran medida en un estudio de Juan Oleza sobre el humor en el poema (recogido en Sincronía y diacronía. La dialéctica del discurso poético) y en unas observaciones de Rodríguez Puértolas (en su ensayo sobre el Poema en Literatura, historia, alienación).

 

domingo, 23 de febrero de 2025

¿A quién se le ocurre montar un auto sacramental en 2025? EL GRAN TEATRO DEL MUNDO en el Teatro Principal

 

              

La pregunta tiene una respuesta inmediata. A Lluis Homar, director de Centro Nacional de Teatro Clásico, que ha puesto en escena El gran teatro del mundo, de don Pedro Calderón de la Barca.

 

Pero en realidad la pregunta tiene su miga. Porque el montaje, que tiene sus sombras y sus luces, parte de un despropósito inicial: poner en escena un auto sacramental (teatro católico teológicamente contrarreformista) desde la no creencia y una cierta modernez empoderada.

 

Como la obra me ha gustado más de lo que esperaba, empezaré por lo positivo, aunque lo negativo sea de más relieve.

miércoles, 12 de febrero de 2025

La música que debo al cine

 

Estos días en que escucho algo de música, movido por algunas lecturas de historia o crítica musical, se me hace claro que hay muchas formas de llegar a la música, sea a través de la educación, los amigos o familia, determinados hábitos… pero hoy quería centrar mis recuerdos en una de ellas muy particular: cómo se llega a ciertas piezas musicales a través del cine. Ya no me refiero a las aportaciones de músicos como Nino Rota o Georges Delerue en sus bandas sonoras, sino a cómo determinadas películas ponen de relieve, sea como música de fondo o de manera diegética, argumental, ciertas melodías que pertenecen a lo más granado de la tradición musical, y a las que llegamos a través, precisamente, de esos filmes.

        

La música nos mueve al sentimiento y, por ello, mi aproximación, hoy, va a ser un tanto sentimental. Es decir, no va a ser completa ni minuciosa, sino perfectamente aleatoria: lo que hoy me trae el recuerdo.

 

domingo, 9 de febrero de 2025

Kenneth Clark, Rembrandt y el humor inglés

Disfrutando con esa magnífica introducción a Rembrandt que es la Introducción a Rembrandt, de Kenneth Clark, pero sobre todo con las pinturas, aguafuertes y dibujos que el libro me invita a contemplar.

Traigo al blog hoy unos pasajes del autor y una imagen del pintor. 

Hablando Clark sobre la posible atribución de un dibujo que se conserva en el Fitzwilliam Museum de Cambridge nos dice:

"Así, para volver a la Cena en Emaús, dibujo cuyo original conozco desde que era un muchacho, me siento ahora inclinado a considerarlo auténtico, pero no me sorprendería si viniera el arcángel Rafael para decirme que se trata de una copia." (p. 146)

Donde vemos comparecer el espíritu propio y singular del humorismo británico. (Para entender mejor el pasaje debemos aclarar que en las páginas anteriores ha estado comentando dibujos sobre el asunto de Tobías y el ángel.)

Este pasaje -por su toque humorístico- me trae la memoria de otro que leí al comienzo de su autobiografía, Another part of the wood, y que cito en el original, para después ensayar la traducción:

My parents belonged to a section of society known as “the idle rich”, and although, in that golden age, many people were richer, there can have been few who were idler.

(Mis padres pertenecían a esa sección de la sociedad conocida como "los ricos ociosos", y aunque, en aquella edad dorada, mucha gente era más rica, pocos fueron más ociosos.)

Y ahora la imagen de Rembrandt. Si habré visto Anunciaciones a lo largo de mi vida (motivo que, por lo demás, me gusta mucho), pero creo que ésta de Rembrandt es, sin duda, una de las mejores:




miércoles, 5 de febrero de 2025

Qué hacer con un pasado sucio, de José Álvarez Junco

 

En su libro Qué hacer con un pasado sucio, José Álvarez Junco, en la dedicatoria inicial a sus nietos, les insta a ser justos, pero no justicieros.

El libro trata sobre nuestra historia reciente: los siglos XX y XXI, con la República, la Guerra civil, la dictadura de Franco y la Transición. Hacia el final del libro dedica bastantes páginas a la llamada Memoria histórica (casi una contradicción en los términos, como explica el autor), a los Actos conmemorativos y la Justicia transicional (aquella que trata de cómo pasar de un sistema violento y cruel a una convivencia democrática).

En un momento dado cita un pasaje que me parece luminoso y me trae algunos recuerdos:

 

miércoles, 29 de enero de 2025

Dos CARPE DIEM de nuestro tiempo: Luis Alberto de Cuenca y Sara Mesa

 A Rubén, que me dio a conocer el poema de Sara Mesa.


COLLIGE, VIRGO, ROSAS

Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana.
Córtalas a destajo, desaforadamente,
sin pararte a pensar si son malas o buenas.
Que no quede ni una. Púlete los rosales
que encuentres a tu paso y deja las espinas
para tus compañeras de colegio. Disfruta
de la luz y del oro mientras puedas y rinde
tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico
que va por los jardines instilando veneno.
Goza labios y lengua, machácate de gusto
con quien se deje y no permitas que el otoño
te pille con la piel reseca y sin un hombre
(por lo menos) comiéndote las hechuras del alma.
Y que la negra muerte te quite lo bailado

 (Por fuertes y fronteras, 1996,  Luis Alberto de Cuenca)

 

 CARPE DIEM NOS DIJERON

 Soy una brizna de hierba que brota

de un sumidero sucio.

Una raíz perdida

que busca apurar todos los jugos,

que quiere aprovechar la savia de los días,

el venenoso y dulce licor de los presentes.

 

Vive el momento.

Como si acaso hubiera

un solo momento.

Como si fuese solo

cuestión de desearlo.

Como si no existieran jaulas,

zapatos embarrados que pisotean el suelo.

 

Si me concentro, sí,

siento que se pasean por mi cuerpo

cientos, miles,

cientos de miles de insectos diminutos

y cada uno me narra una promesa.

 

Soy una única flor

pero qué multiplicidad del cáliz,

qué variedad de estambres.

 

Me fecundo para estrujar el tiempo

-carpe diem-

y cuántos otros senderos desperdicio

qué dulzuras malogro

qué imprevisibles destinos pierdo para siempre.

 

 (Sara Mesa: Este jilguero agenda, 2007)


En efecto, Carpe diem, es el nombre genérico con que nos referimos al tópico de aprovechar el momento, vivir el tiempo presente con intensidad. El nombre procede de una oda de Horacio (Carminum I, 11) que, en un momento climático, utiliza la expresión Carpe diem (“coge el día”). Ahora bien, también hay un poema de Ausonio, conocido como Collige, virgo, rosas (“coge o recoge, virgen, las rosas”), que trata un tema similar. La diferencia sería que el Carpe diem es un tipo de poema más general, en el sentido de aprovechar el momento presente, mientras que el Collige, virgo, rosas, es algo más concreto, una invitación a las doncellas, a que se dispongan a amar, aprovechen su juventud, y no esperen a que el tiempo las devore. El poema es, claramente, una conspiración antivirginal.

 

jueves, 23 de enero de 2025

Redacciones escolares

 

 

Recuerdo, en Madrid, que, cuando tocaba hacer una redacción en clase de Lengua española, le pedíamos al profesor que nos dejara hacerla sobre un partido de fútbol. Las veces en que consentía (que no eran muchas) las redacciones resultantes de varios muchachos de clase siempre coincidían: iba perdiendo el Madrid contra el Atlético o el Barcelona, y en eso cogía Amancio el balón, regateaba a todos y metía, primero, el gol del empate, y luego, el gol de la victoria. Eran redacciones descabaladas, qué duda cabe, pero los chicos disfrutábamos de lo lindo con ellas.

 

Ya en Bachillerato, en Valencia, no creo que mejorara mucho mi arte de escribir. Las redacciones buenas de clase las hacía un tal Gil, y siempre en ellas aparecía el siguiente sintagma, que se nos antojaba el culmen de la expresión literaria: “una tenue luz roja”. Lo que empecé a dominar fue el arte de la cita (o, dicho de forma más moderna, la intertextualidad), pues en una redacción sobre Antonio Machado, o tal vez era un examen, escribí: “Machado tiene la sencillez de quien viaja en un vagón de tercera y no se duerme para poder contemplar el paisaje”. El profesor me felicitó, ante mi asombro, pues no había hecho sino glosar unos versos del propio don Antonio que habíamos leído unos pocos días antes.

 

miércoles, 8 de enero de 2025

Umberto Eco responde a la pregunta que nunca se debe hacer

Hace ya más de doce años que escribí un post titulado "La pregunta que nunca se debe hacer" (https://ccm-cidehamete.blogspot.com/2012/08/la-pregunta-que-nunca-se-debe-hacer.html). Ayer, leyendo los breves ensayitos humorísticos de Umberto Eco (recogidos en Cómo viajar con un salmón) me topé con el siguiente pasaje que toca el asunto con gracia e ironía.

“El visitante entra y dice: “¡Cuántos libros!  ¿Los ha leído todos?”. Al principio, creía que la frase revelaba sólo a personas poco familiarizadas con los libros, acostumbradas a ver solo estanterías de tres al cuarto con cinco novelas policiacas y una enciclopedia infantil en fascículos. Pero la experiencia me ha enseñado que la frase la pronuncian incluso personas insospechables. Se puede decir que se trata, con todo, de personas que tienen una noción de la estantería como depósito de libros y no de la biblioteca como instrumento de trabajo, pero no basta. Creo que, ante muchos libros, cualquiera cae presa de la angustia del conocimiento, y fatalmente se desliza hacia la pregunta que expresa su tormento y sus remordimientos.

(…) a la pregunta sobre los libros hay que responder mientras la mandíbula se te crispa y ríos de sudor frío te bajan por la columna vertebral. Yo, antaño, había adoptado la respuesta despectiva: “No he leído ninguno; si no, ¿por qué los tendría aquí?”. Pero es una respuesta peligrosa porque desencadena la reacción obvia: “¿Y dónde pone los que ha leído?”. Es mejor la respuesta estándar de Roberto Leydi: “Muchos más, señor, muchos más”, que deja helado al adversario y le hace caer en un estado de estupefacta veneración. Pero la encuentro desalmada y causa ansiedad. Ahora me he replegado hacia la afirmación: “No, estos son los que  tengo que leer para el mes que viene, los demás los tengo en la universidad”,  respuesta que, por una parte sugiere una sublime estrategia ergonómica y, por la otra, induce al visitante a anticipar el momento de la despedida”.     (1990)

         


sábado, 4 de enero de 2025

AGUSTÍN DE HIPONA EN EL MESTALLA

 

Alipio en el circo de Roma

13. No queriendo [Alipio] dejar la carrera del mundo, tan decantada por sus padres, había ido delante de mí a Roma a estudiar Derecho, donde se dejó arrebatar de nuevo, de modo increíble y con increíble afición, a los espectáculos de gladiadores.

Porque aunque aborreciese y detestase semejantes juegos, cierto día, como topase por casualidad con unos amigos y condiscípulos suyos que venían de comer, no obstante negarse enérgicamente y resistirse a ello, fue arrastrado por ellos con amigable violencia al anfiteatro y en unos días en que se celebraban crueles y funestos juegos.