viernes, 6 de diciembre de 2019

Soneto a Matanzas. Una contribución a la poesía oral

Hoy traigo a estas páginas un recuerdo familiar. Mi tío Jorge Marcé Castany, que tenía una memoria prodigiosa, solía recitar un poema burlón y escatológico -un exabrupto más bien- dedicado a la ciudad de Matanzas (Cuba), que al parecer había compuesto hacia finales del siglo XIX un empresario circense que tuvo allí una mala experiencia (supuestamente le quemaron el circo: todo ello es pura tradición oral). El curioso soneto de 15 versos (que mi tío titula Elegía), en vez de endecasílabos, consta de octosílabos (no muy regulares, en un momento dado se cuela un heptasílabo) y rimas que tampoco responden a los modelos clásicos. Desgraciadamente no conozco Matanzas (la Atenas de Cuba, según reza la tradición), pido disculpas a los matanceros que se puedan sentir ofendidos por el texto, pero no puedo dejar de pagar esa deuda que, con la memoria de mi tío, tiene contraída la tradición oral cubana.

Matanzas, me cago en ti,
y en tu puñetero pan,
y en tu cochino San Juan,
y en tu sucio Yumurí.

Me cago en el Potosí, 
que abarca todo el estero,
y, por dejar de cagar,
me cago en los matanceros.

El día que llegué aquí,
todo me lo jodieron, 
la carpa me la quemaron, 
los yeguas me las mataron
y los monos se me fueron.
Tiene que ser maricón
el hombre que nazca aquí.


N.B. Incluyo también la versión manuscrita de mi tío, con su estupenda letra Palmer.




domingo, 10 de noviembre de 2019

La bocca mi bacció tutto tremante (Dante: Inferno, V, 136)




Recuerdo que, cuando hace años, estudiando en Perugia un curso de verano de italiano, cayó en mis manos el pasaje de Paolo y Francesca, del Inferno de Dante, al llegar al verso anteriormente referido, me quedé estupefacto por su fuerza y sonoridad. Acababa de toparme con uno de esos versos que son absolutamente perfectos y que desafían cualquier posibilidad de traducción. Pienso en el gongorino “infame turba de nocturnas aves”, o la inigualable aliteración de San Juan de la Cruz: “un no sé qué que quedan balbuciendo”, o “la mer, la mer, toujours recomencée”, de Valéry, por citar sólo tres ejemplos máximos.

La traducción en prosa castellana que manejaba yo, de Bruguera, traducía “la boca me besó tembloroso”, que resultaba un tanto lánguido y simplón. De forma parecida traduce también en prosa, en la B.A.C., Nicolás González Ruiz: “me besó temblando en la boca”, que no tiene apenas fuerza.

Yo entonces, temerario, intenté unos endecasílabos que pudieran acercarse a versionar el original, con resultados muy insatisfactorios: primero escribí “la boca me besó trémulamente”, pero me parecía que un adverbio en -mente no era un buen final de verso; luego “tembloroso la boca me besó”, con poco afortunado hiperbaton, y finalmente “la boca me besó del todo trémulo” que, aunque lejos del original, no me parecía tan malo.

Repasando traducciones en verso de autores notables, veo que Ángel Crespo tradujo “la boca me besó todo anhelante”, que no está mal y guarda valiosos detalles del original que subrayo. Por su parte José María Micó traduce espléndidamente “estremecido me besó en la boca”. Si juntamos los aciertos de los dos y los comprimimos en un endecasílabo resultaría algo bastante próximo al original.

Bécquer, que sabía bastante de estas cosas, no se atrevió a traducirlo y solamente a citarlo y elogiarlo en su rima XXIX, que reza así.


XXIX

La bocca mi bacciò tutto tremante

Sobre la falda tenía
el libro abierto;
en mi mejilla tocaban
sus rizos negros.
No veíamos las letras
ninguno creo;
mas guardábamos ambos
hondo silencio.
¿Cuánto duró? Ni aun entonces
pude saberlo.
Sólo sé que no se oía
más que el aliento,
que apresurado escapaba
del labio seco.
Sólo sé que nos volvimos
los dos a un tiempo,
y nuestros ojos se hallaron
y sonó un beso.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Creación de Dante era el libro,
era su Infierno.
Cuando a él bajamos los ojos,
yo dije trémulo:
¿Comprendes ya que un poema
cabe en un verso?
Y ella respondió encendida:
¡Ya lo comprendo!


(cfr. abajo la pintura de Ary Scheffer sobre Paolo y Francesca)

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Lima la horrible: la viveza criolla según Salazar Bondy


Te mete tanto Vargas Llosa en Lima, cuando escribe La ciudad y los perros, que según leía la obra, consultaba en Google Maps muchos aspectos de la capital peruana (localizaciones geográficas, calles, edificios, monumentos…), y tanto me interesó la ciudad que quise prolongar ese efecto leyendo Lima la horrible (1964), de Sebastián Salazar Bondy, obra contemporánea a la del joven Vargas. Se trata de un ensayo de interpretación de la sociedad peruana, inteligente y bien escrito, que me recuerda lo que puede ser para México El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, o para Cuba, aunque de tratamiento más específico, la Indagación del choteo, de Jorge Mañach.

El caso es que me gustó mucho el libro, y uno de sus pasajes (de los más notables) me produjo una conmoción personal. Me explico: cierto día, hace años, comentando con mi hermano la crisis crónica en que viven inmersos los países latinoamericanos, él se irritó y comenzó a despotricar contra el modelo humano de el vivo, que es el que triunfa en Latinoamérica, y cómo a partir de ese modelo tramposo y amoral no se pueden construir sociedades sanas. Mi hermano no era un teórico de las sociedades, y no me consta que hubiera leído a Salazar Bondy, pero lo llamativo es que las ideas que manejaba se corresponden fielmente con la teorización del peruano. Cito a continuación ese fragmento de Lima la horrible, en que se describe la viveza criolla y su nefasto influjo.

Aparte de lo anotado, el criollismo es más aún. Es también viveza criolla. Hay una palabra proscrita que expresa mejor, más gráficamente, este “valor” inscrito en la singular tabla axiológica del criollo. ¿Qué es esta viveza? Una mixtión, en principio, de inescrupulosidad y cinismo. Por eso es en la política donde se aprecia mejor el atributo. En síntesis, consiste en la flexibilidad amoral con que un hombre deja su bandería y se alinea en la contraria, y en el provecho material que saca, aunque defraude a los suyos con el cambio. Abelardo Gamarra retrató al Diputado Fiambre, provinciano que llega a legislador como testaferro de los feudatarios de su región, y Francisco Vegas Seminario ha revivido al personaje modernizándolo en la persona del Honorable Ponciano, pero el dueño de la viveza criolla que actúa en la vida pública no es precisamente esta especie de chusco advenedizo, sino el que, venga de donde viniere, mediante la maniobra, la intriga, la adulación, la complicidad, el silencio o la elocuencia, se halla como un porfiado tente-en-pie siempre triunfante. La figura es antigua. Acerca de ella informaba al monarca español un virrey zahorí: … se doblan al respeto, a la relación, al empeño y a los fines particulares, aunque giman la razón y la causa pública (Conde de Superunda). El vivo de esta laya se da, no obstante, en todas las esferas de la actividad. Es el comerciante o proveedor que sisa en el peso, el funcionario que vende el derecho, el abogado que se entiende con la parte contraria, el prefecto que usa del mando en beneficio personal, el cura que administra los sacramentos como mercaderías, el automovilista que comete la infracción por simple gusto, el alumno que compra el examen, el jugador de dados cargados, el artista que se apadrina para el lauro, el ladrón o ladronzuelo que escamotea la prenda ajena a vista y paciencia (o con la complicidad) del policía, todo el que obtiene, en resumidas cuentas, lo que no le pertenece o le está vedado por vía ilícita pero ingeniosa debido a lo cual es hecho es meritorio. En homenaje a su picardía, los vivos merecen la indulgencia. Los otros, los que proceden de acuerdo a su conciencia o a la ley, son tontos. En vivos y tontos, dentro de la maniquea conciencia criollista, se divide la humanidad.”

(Biblioteca peruana, 1974, p. 31-32)




domingo, 20 de octubre de 2019

¿Íbate tanto en un pastor dormido? Ilustrando un verso de Garcilaso


El reciente viaje a Italia (Génova, Pisa, Lucca) está resultando productivo a efectos del blog. Me esta proporcionando material, sobre todo de tipo visual, para ilustrar determinados momentos literarios. Como, por ejemplo, esos dos inmortales versos de la Égloga primera de Garcilaso, que tanto me gustan, y de los que ya hablé aquí. Nemoroso, afligido por la muerte de su amada Elisa al dar a luz, se le queja a la diosa Diana, por no haber asistido, en su avatar de Lucina-Selene, diosa de los partos, a su amada, y le espeta:


¿Íbate tanto en perseguir las fieras?
¿Íbate tanto en un pastor dormido?


Pues bien, en la Galleria Nazionale del Palazzo Spinola (Génova) me encontré con el siguiente cuadro de G. B. Casoni, que resulta una perfecta ilustración del segundo de los versos: Diana-Selene contemplando al bello pastor dormido, Endimión:








Para el contexto de estos versos podéis consultar la siguiente entrada:




viernes, 18 de octubre de 2019

De viajes, doña Emilia Pardo Bazán, Génova, Alejandro Magno y Diógenes: divagación


Muchas veces le he instado a mi amigo Javier García Gibert que recopile sus escritos sobre viajes (magníficos, que me ha ido leyendo a lo largo de los años, tras los muchos viajes que ha realizado) y que publique un libro sobre el tema. Se muestra muy reacio Javier, porque entiende que el tipo de viaje que él hacía hace 20 o 30 años ya no existe. Los teléfonos móviles han acabado con todo. Con la educación, por supuesto, a la que ambos nos dedicábamos, pero también con los viajes. Ese tipo de viaje de aventuras (a la India, a África o a Sudamérica), adonde ibas con el billete de ida (y tal vez el de vuelta), pero sin reservas de hotel (no existía Booking), ni de ningún otro tipo. Donde la información más valiosa te la daban ciertas guías (la mítica Lonely Planet) o, sobre todo, viajeros con los que te encontrabas y te proporcionaban determinados consejos o sugerencias. Pero para ello, tenías que estar abierto al encuentro con otros seres humanos y a escucharles. Hoy en día toda la información parece estar en los móviles y la pantalla se convierte en el único interlocutor de tantas personas que hacen turismo.

Yo defiendo que todavía existe la posibilidad del viaje, pero un tipo de viaje limitado, cultural, sin excesivas ambiciones o expectativas. Se trata sobre todo de evitar los lugares más turísticos, esos no lugares, por decirlo así, donde el gentío, la masa, hacen imposible contemplar (ni gozar de) algo. Recuerdo, hace muchos años, en el Louvre, como la multitud que se agolpaba ante la Gioconda impedía la más mínima observación relajada del cuadro. A su lado estaba la excelente Belle ferronière leonardesca, a quien nadie dirigía la mirada y que, por tanto, podía ser contemplada a placer. En un reciente viaje a Cambridge, incurrimos en hacer punting por el río Cam, y cuál no sería mi sorpresa cuando vimos el enorme tráfico que había (de turistas orientales principalmente) y que prácticamente colapsaba la navegación acuática. También multitud de orientales andaban por la ciudad con una manzana en la mano para hacerse una foto ante la puerta del Trinity College, donde hay un manzano, supuestamente descendiente del apple tree del incidente de Newton. Más recientemente en Pisa hay que ver las legiones de turistas que se hacen fotos con las manitas que, supuestamente, sostienen la torre pendente (si Schopenhauer levantara la cabeza...), mientras que a escasos metros, en el Camposanto, se puede contemplar con una tranquilidad pasmosa los extraordinarios frescos del Triunfo de la muerte, de Buffalmaco. Pero nadie se acerca allí, prefieren posar con las manitas.

En fin, después de esta diatriba contra el turismo barato, vuelvo a mi tema: la posibilidad -todavía- del viaje. Ese viaje limitado, acotado, que registre un hecho cultural.
A doña Emilia Pardo Bazán debo, en su origen, mi último viaje. En su libro recopilatorio de Viajes por Europa, leí una líneas que me llamaron la atención. Pasando por Génova en el mes de diciembre escribe nuestra autora:

“Rodeada de un anfiteatro de montañas que la nieve no sólo corona, sino reviste por completo descendiendo hasta la ladera en que se agrupan las primeras casas de la ciudad; ostentando orgullosa sus edificios y sus monumentos de mármol, Génova tiene la severidad de los grandes monasterios: es suntuosa y helada. Quizá me lo haya parecido doblemente en razón del frío que, según dejo indicado, rayaba en lo glacial. Lo sentimos más que nunca al visitar el magnífico cementerio, vasto rectángulo en cuyas galerías vive un pueblo de estatuas: las de los genoveses opulentos que se permiten el lujo de que un escultor labre su busto o su efigie entera al pie del nicho o urna donde reposan las cenizas del hermano, el padre, el esposo o el hijo amado. Porque es de notar que en vez de la estatua del difunto, suele ponerse en los mausoleos genoveses la del pariente que los costea. De tamaño natural, esculpidas en mármol blanco y puro, con riqueza de detalles y con minuciosidad realista, vistiendo el traje moderno, estas efigies, con el frío que corre, parecen genoveses y genovesas de leche garapiñada; además tienen el defecto de toda escultura nueva: semejan de alcorza. Sin embargo, no se puede negar que el arte de labrar el mármol está aquí a prodigiosa altura -en cuanto al procedimiento, a la habilidad de ejecución, no digo otra cosa-, y que el cementerio pregona la riqueza y aficiones artísticas de este antiguo emporio del comercio italiano.” (págs. 59-60, subrayado mío)

Leer esto e irme a Youtube a ver imágenes del bendito cementerio fue todo uno (no soy enemigo acérrimo de la tecnología moderna: tiene también sus virtudes). Y a partir de ese momento empecé a pensar y programar mi viaje a Génova, que además coincidió (oh dichosa ventura) con los Rolli Days, esos dos días semestrales en que la ciudad abre gratuitamente las puertas de sus palacios, para que se puedan contemplar los frescos de sus muros y techos y demás obras de arte y objetos preciosos que contienen (pinturas de Van Dyck o Zurbarán; un violín -il canone- de Paganini...). Lo que más me impresionó fue, sin duda, el monumental cementerio Staglieno, pero también los palacios me encantaron, o su teatro de ópera Carlo Felice, o sus iglesias…

En los palacios, aparte de imágenes de sus propietarios, eran frecuentes los motivos mitológicos o de historia antigua (apenas motivos religiosos: verdadero Renacimiento paganizante italiano). Precisamente traigo aquí un par de imágenes que capté en el palacio de Angelo Giovanni Spinola (y que hoy ocupan las oficinas de Deutsche-Bank). En la sala principal había frescos sobre la historia de Alejandro Magno, y en unas esquinillas un par de motivos de su vida: el encuentro con Aristóteles, su maestro; y el otro encuentro con un filósofo, Diógenes el cínico, aquel que sintetiza muy brevemente el otro Diógenes, Laercio, en su Vida de los filósofos más ilustres, y que yo solía contar en clase cuando quería explicar el término de cínico:

Estando tomando el sol en el Cranión, se le acercó Alejandro y le dijo: Pídeme lo que quieras; a lo que respondió él: Pues no me hagas sombra.”











jueves, 17 de octubre de 2019

Papeles póstumos de un profesor de COU (6): De nuevo sobre la alegoría: un ejemplo




En mi reciente viaje a Italia, me encontré, en el monumental cementerio Staglieno de Génova, una inscripción en un sepulcro, que responde al modelo clásico de la alegoría, me refiero al tipo de alegoría que yo solía poner como ejemplo en clase cuando explicaba el procedimiento. Si la alegoría consiste en una serie de metáforas interrelacionadas, que guardan por ello una coherencia semántica, veamos como funciona en este caso. Traduzco la inscripción:

Fe, Esperanza, Caridad, son los astros, oh mortal, que te guían en tu ruta por el mar del mundo, ileso siempre de los escollos, de los monstruos y de las sirtes, flotarás sobre las olas hasta que llegues al seno del puerto de la calma eterna.

Los elementos subrayados son las metáforas que conforman la alegoría, pero deben remitir, una a una, a términos de la realidad que se quiere significar. A partir de la imagen “mar / del mundo” y su peligrosa navegación por él, el texto nos quiere dar a entender que, con Fe, Esperanza y Caridad, es decir, las virtudes teologales del cristianismo, podemos recorrer de forma más segura y salva los peligros del camino de la vida, hasta que rindamos cuenta al Creador en el tránsito de la muerte y el paso a la vida eterna.

Desglosamos las imágenes (Ti = término imaginario) con sus correspondientes referentes (Tr = término real):

astros = la guía de las virtudes cristianas

ruta = camino

mar = la vida en el mundo

escollos, monstruos y sirtes = peligros y obstáculos en nuestro camino

flotar = estar seguro, salvo, ileso

puerto = la vida eterna de ultratumba






jueves, 3 de octubre de 2019

Una nota sobre la imagen y el estilo en la prosa, con Salinger y Vargas Llosa como pretextos.





En el primer fragmento del capítulo VII de la segunda parte de La ciudad y los perros, que se dedica a los avatares del teniente Gamboa, tras su intento de aclarar la muerte del cadete Ricardo Arana en el colegio militar Leoncio Prado y que finalmente le conducirá -le penalizarán- a un destino anodino lejos de Lima y en el límite de la selva, nos topamos con el siguiente pasaje:


El teniente salió, sin pedir permiso al capitán. El patio de las cuadras estaba vacío, pero pronto sería mediodía y los cadetes volverían de las aulas como un río que crece, ruge y se desborda y el patio se convertiría en un bullicioso hormiguero.” (Seix Barral, 1976, p. 296)

Subrayo las dos imágenes que emplea el autor: se refiere a la salida de los cadetes de las aulas con el símil del “río” (que crece, ruge y se desborda, donde introduce de pasada otra imagen “ruge”), y luego utiliza la metáfora del “hormiguero” para representar el multitudinario movimiento del patio.
Lo llamativo es que son dos imágenes sencillas, manidas, casi coloquiales, podríamos decir, y el autor no hace nada por alterarlas (o desautomatizarlas), aunque sea mínimamente. Son imágenes muy básicas, pero eso sí, muy efectivas, crean perfectamente el efecto que quieren crear, sin distraer para nada al lector.
Vargas Llosa es, como escritor, dueño de un estilo preciso y eficaz, pero sin la menor floritura o refuerzo retórico. Es, ante todo y esencialmente, un gran constructor, un arquitecto de la novela.


En uno de los Nueve cuentos de J. D. Salinger, el tiulado “El periodo azul de Daumier-Smith”, que es casi un relato picaresco de un casi pintor que se pone a trabajar en una casi academia de dibujo que dirigen en Montreal unos japoneses, nos encontramos con este pasaje (Bobby es el padrastro del narrador, y ha traído al hotel que comparten una invitada):

La invitada era una mujer joven muy atractiva, divorciada hacía unos pocos meses, con quien Bobby salía bastante a menudo y a quien yo había visto en diversas oportunidades. Era una persona verdaderamente encantadora, y todos los intentos que hizo para lograr mi amistad, para persuadirme amablemente de que me despojara de mi armadura, o por lo menos del yelmo, fueron interpretados por mí como una velada invitación a meterme en su cama en cuanto me viniera bien, es decir, apenas pudiéramos esquivar a Bobby, que notoriamente era demasiado viejo para ella.” (Edhasa, 1986, p. 200).

En el original inglés:

The guest was a very attractive young lady, then only a few months divorced, whom Bobby had been seeing a lot of and whom I'd met on several occasions. She was an altogether charming person whose every attempt to be friendly to me, to gently persuade me to take off my armor, or at least my helmet, I chose to interpret as an implied invitation to join her in bed at my earliest convenience--that is, as soon as Bobby, who clearly was too old for her, could be given the slip.


Subrayo igualmente las imágenes tanto en la traducción castellana con en el original. Lo llamativo de Salinger, y es propio de su estilo, es cómo, partiendo de una imagen manida, la de “armadura” para referirse a la cerrazón de una persona, le añade un desarrollo inesperado, “yelmo”, que desautomatiza la imagen anterior y le da intensidad novedosa; por no atender a la sutil insinuación que el verbo “despojarse” (take off) propone si se lo relaciona con la frase que va a continuación (y que el personaje-narrador interpreta como propuesta erótica). Es otro concepto de estilo en la prosa, aquel que considera que la literatura tiene que dar un sentido más puro (más innovador, desautomatizado) a las palabras de la tribu, y que eso se suele conseguir poniendo en relación palabras que normalmente no lo están (o no lo están en el uso que en el texto se les da: “armadura” y “yelmo” sí están en relación, pero como vestuario de guerra, no para referirse a la cerrazón o cortedad de carácter).

Dos estilos, dos maneras. Reconozco que me siento más próximo al concepto de estilo de la prosa que maneja Salinger, pero eso no quita que valore, y mucho, la manera que tiene Vargas Llosa de construir un relato.