lunes, 19 de diciembre de 2022

UN poeta homenajea a otro: el Panero de Marcos Ávila

Mi querido amigo  Marcos Ávila, tras años y años de escribir poesía, desechar esbozos o poemas no logrados, conservar en cajones sus exquisitos textos, decide publicar su primer libro de poemas, Casa de locos, en ediciones Contrabando. Otro día hablaré del poemario con más detenimiento, pero hoy lo que quería celebrar es el hecho de que el poema que abre el libro, "L.M.P", el poema dedicado a Leopoldo María Panero y su locura, en la celda de Mondragón, resulta ser mi poema preferido entre los que conozco de Marcos. Me produce una gran alegría y lo tecleo para que otros lo puedan disfrutar.


L. M. P

Alguien escribe entre paredes vacías, con todo el cuerpo escribe,

apoyado contra las ruinas del sol, como si quisiera apuntalar

con su cuerpo este día, alguien escribe

bajo los dientes de sierra de las imágenes, en la habitación

 que respira con la parsimonia de un cadáver,

debe de haber alguien entre el cuerpo que se inclina  y el papel,

alguien debe confundir su vida con quien la escribe,

y piensa en todos los que han ocupado alguna vez la habitación y no han sabido

que existían a medias o han cerrado los ojos con fuerza al sospecharlo,

y ese hombre avejentado mira cómo un recuadro de sol se graba

en la pared de una de las habitaciones de Mondragón,

en una de las nubes de piedra donde viven los que han perdido el don del olvido,

los que no han aprendido a acompasar sus gestos con la ciudad,

allí viven y respiran fuego los hombres leopardo de marfil tallado,

los hombres pantera de níquel, los hombres de enfurecido perfil,

todos los hermanos de la lluvia y del fuego, durmiendo como los peces,

/ escuchando la voz ahogada de los montes,

allí la realidad es una lagartija que gira con el rabo pisado

y todos le ponen brea al barco encallado de la noche para que los  libere,

el llanto se les ha encharcado en los ojos y ven solamente la sombra del alacrán

y si pudieran no nacerían y si les diesen poder limarían las imágenes

que eslabonan los ojos de los hombres a la misma cadena,

y ahora uno de ellos escribe, Leopoldo María Panero inclina

su cuerpo contra el papel, y todo por atarse al vuelo del búho bajo la luna,

por corresponder en silencio a la mirada del druida,

por un conjuro de palabras que le llevaron de la mano al bosque,

y moja su dedo y escribe, vuelca su alma en los tinteros y escribe,

dibuja alas en forma de uve y marca con un aspa el vacío,

persigue a través de los bosques la metamorfosis del druida,

pero sólo escucha la intemperie de la realidad, y por delicadeza escribe,

por todo lo que se nos cae de los bolsillos entre una borrasca de arena,

colecciona recortes de periódico, fotografías de un hombre enajenado

que mira al objetivo de la cámara como si fuese un mapa vacío,

como si por ese espejo opaco se pudiese pasar al otro lado de la realidad,

como si hubiese un pedazo de cuerda para él y una entrada al gran pasadizo,

pero el poeta que aparece en la prensa no es quien escribe,

la cara que amarillea con el paso de las semanas sólo representa

al fetiche dormido de todas las ferias,

ese hombre del pelo revuelto es un señuelo

para engañar al ojo del búho, al druida de plumaje cobrizo,

y cada vez se hace más imposible escribir, seguir la vieja cuerda de las palabras,

habría que derribar los muros de Mondragón gritando que el poeta no tiene nombre,

que Leopoldo María Panero no es sino la sombra del druida,

unas alas rotas, una noche que se bate contra los árboles,

habría que cruzar la roca del nombre de puntillas, descalzos

por el delgado color de las edades, habría que escribir sin palabras,

encontrar las llaves del bosque.

 

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Sobre la traducción: Unos fragmentos de The ambassadors, Henry James.

 


La historia de mi relación con esta novela de Henry James –que de momento no concluye- es larga. Leyendo muchos años atrás Aspects of the novel, E. M. Forster llamaba la atención sobre la simetría de la composición de James, lo que le otorgaba una gran carga estética. Eso, en mi caso, constituyó un acicate para su lectura. En un viaje a Londres encontré el libro en una edición barata y me lo traje a casa, con la esperanza de que mi inglés llegara a fluir de tal manera que pudiera leer la obra en el original. Pero esto no llegó a suceder. Recientemente encuentro el libro en una biblioteca pública y lo saco. Al empezar a leerlo, aunque me parece interesante y magníficamente escrito, me doy cuenta de que ya le cuesta a mi castellano seguir el ritmo de introspección psicológica del autor, de sus presuposiciones  y sobreentendidos implícitos, con lo cual aquel antiguo proyecto de lectura en inglés se me antoja absolutamente irrealizable. Pero es el caso que la novela tiene más de 400 páginas, y para mi seminario de lecturas vamos a leer ahora una que ronda las 700. No creo que en un mes, con el turrón, el cava y los regalos de por medio pueda leer más de mil páginas. El propio Forster y sus dudas de si vale la pena emprender lo exigente y dura que resulta la lectura de la novela para llegar al premio de la redondez estética me disuade de seguir adelante por el momento. Ya volveré a ella cuando disponga de mucho tiempo sereno por delante.

Lo que sí me ha permitido este breve encuentro con la obra es la siguiente reflexión sobre aspectos de la traducción.

 

domingo, 11 de diciembre de 2022

El intrincado bosque: la relación Benet / Martín-Santos

 


 Una de las cosas más fascinantes de nuestra narrativa del tardofranquismo resulta saber que Luis Martín-Santos (el autor de Tiempo de silencio) y Juan Benet (el creador de Región) fueron íntimos amigos durante unos años (entre 1948 y 1951, muy principalmente, aunque la amistad pervivió hasta la muerte del primero en 1964). Pero no sólo eso, sino que sus vivencias de esos años encuentran un reflejo literario en la novela citada (cuya acción, no lo olvidemos, se sitúa en el Madrid de 1949), donde Pedro, el investigador científico protagonista, y Matías, su jocoso e ingenioso amigo, constituyen una transposición literaria de ambos escritores.

 

domingo, 4 de diciembre de 2022

De Cervantes a Martín-Santos pasando por Galdós: “los soberbios alcázares de la miseria”

 

  Dedico este escrito a mi antiguo alumno del Ramon Llull, Rubén, ahora estudiante de Filología, quien, desde que lo anuncié hace años en clase, lo espera anhelosamente:

 

En este pequeño ensayo de crítica hidráulica pretendo explicar la célebre imagen de Martín-Santos cuando, en una de las primeras secuencias de Tiempo de silencio, en que el joven investigador Pedro y su ayudante Amador se dirigen a los extrarradios de Madrid, donde vive el Muecas, denomina a las chabolas como “los soberbios alcázares de la miseria” (p. 50).

 

Es muy evidente que Martín-Santos parte de un pasaje cervantino. En Don Quijote, tomo II, capítulo 10 (“Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos”), cuando se nos relata la misión de Sancho cerca de Dulcinea, a través de preguntas y respuestas que se hace el propio escudero (casi como si fuera un catecismo: Joyce en el Ulysses utilizará un procedimiento similar), nos encontramos con lo siguiente: