martes, 14 de julio de 2026

Señoras odiosas en la narrativa inglesa (Jane Austen)

 


Una de las virtudes de la narrativa inglesa es la manera que tiene pintar señoras especialmente odiosas. Me viene al recuerdo, aunque ahora es vago, pues leí la obra bastantes años atrás, lo mucho que me impresionó la Becky Sharp de La feria de las vanidades, de W. M. Thackeray. Muy reciente es la lectura de Mansfield Park, donde nos encontramos con la insoportable tía Norris. Personaje muy pagado de sí mismo, que quiere meterse en todos los asuntos y llevar las riendas si es posible, con un afán de protagonismo exagerado, que nos recuerda a algunas personas que hemos conocido a lo largo de nuestra vida.

 

Uno de los rasgos que la caracterizan es el de no respetar los turnos de palabra en una conversación (ni, por supuesto, el decoro o jerarquía de los asuntos) e interrumpir continuamente a los que están hablando. Esto lo capta (y muestra = showing) de manera maravillosa la autora, y es por ello que no me resisto a traer algún pasaje al blog. Éste, por ejemplo (sir Thomas, el señor de Mansfield Park acaba de volver de un largo viaje por América y está contando las dificultades de su regreso):

 

“Tía Norris se sintió defraudada, privada de un protagonismo en el que siempre había confiado, ya  fuera para proclamar la muerte o la llegada de su cuñado, y ahora intentaba hacerse imprescindible donde no se requería más que tranquilidad y silencio. Si sir Thomas hubiera querido comer algo, ella se hubiera dirigido al ama de llaves dándole complicadas instrucciones y hubiera azuzado a los lacayos con requerimientos de premura; pero sir Thomas se negó a cenar: no tomaría nada, sólo el té, y esperaría a que éste fuese servido. No obstante tía Norris continuaba sugiriendo una cosa u otra; y en el momento más interesante de la descripción de la travesía hacia Inglaterra, cuando la amenaza de un corsario francés alcanzaba su punto culminante, ella interrumpió el relato proponiéndole una sopa:

- Vamos, querido Thomas, un plato de sopa te sentará mucho mejor que el té. Tomarás un plato de sopa.

Sir Thomas sonrió.

- Siempre la misma, siempre el mismo desvelo por el bienestar de los demás –fue su respuesta. Pero te aseguro que sólo me apetece el té.

- Pues bien, entonces tú que eres su esposa, María, deberías ordenar que sirvieran el té inmediatamente… No estaría de más que que dieras un poco de prisa a Baddeley; parece que anda muy retrasado esta noche.

Luego, sir Thomas reanudó su relato.”

 

(cap. 19, p. 221, ed. Debolsillo, traducido por Miguel Martí)

lunes, 6 de julio de 2026

Sobre la lectura en voz alta. Mansfield Park, Jane Austen.

 

 Muchas veces he pensado, mientras ejercía de profesor de lengua y literatura, que antes de saber lo que era una estructura profunda en sintaxis (cuando estuvo de moda la gramática generativa de Chomsky) o los dichosos conectores de la Pragmática, lo que debía aprender al alumno era a “leer y escribir”. ¡Qué tristeza me daba cuando observaba, ya en tercero o cuarto de la ESO, como muchos, muchísimos estudiantes eran incapaces de articular tres o cuatro frases seguidas con fluidez y sentido! Pero no sólo eso: es habitual ver cómo, en los oficios religiosos, los adultos que leen pasajes de la Biblia y los Salmos no hacen sino farfullar emisiones poco inteligibles. No es difícil tampoco encontrar cómo actores de teatro no aciertan a decir correctamente el verso (sin ir más lejos, recientemente, en el programa de Iñaki Gabilondo sobre la lengua española, una actriz recitaba unos versos de nuestro siglo de Oro -creo que eran de Lope- con mayúsculo énfasis pero con deficiencia perceptible).

 

En clase, cuando leíamos en voz alta, muchas veces le decía a los alumnos: “lee el pasaje y no huyas de él”, porque, cuando les tocaba leer, ponían la directa e intentaban acabar lo antes posible, a toda velocidad, el fragmento en cuestión. Creían que pronunciar muy rápido es la forma correcta de leer, cuando se trata de todo lo contrario, leer con calma y tranquilidad, siguiendo el ritmo que el propio texto propone, matizando el sentido de lo que el autor expresa. No leían, huían de lo escrito.

 

Recuerdo hoy esto porque, leyendo Mansfield Park (1814), de Jane Austen, estupenda novela, me encuentro con un fragmento en que –hace ya más de dos siglos- se trata esta cuestión. Henry Crawford ha leído muy bien un pasaje de Shakespeare, ante Edmund, Fanny y la señora Bertram, y entonces aparece la siguiente reflexión:

 

“La conversación se prolongó sobre el tema de la lectura en voz alta. Los dos jóvenes eran los únicos que hablaban, de pie, junto a la chimenea, comentando la habitual falta de preparación, el total descuido de este aspecto en los sistemas ordinarios de enseñanza en las escuelas para niños y el consiguientemente natural (aunque en algunos casos casi innatural) grado de ignorancia y torpeza en ciertos hombres, hasta en hombres sensibles e instruidos, al verse de pronto en la precisión de leer en voz alta, como había ocurrido en varios casos que les eran conocidos. Citaron ejemplos de dislates y omisiones, analizando las causas secundarias, la falta de educación de la voz, de justeza en la entonación y la modulación, de sutileza y discernimiento... debido todo a la causa principal: la falta, desde un principio, de estudio y hábito.”

 (cap. 34)

jueves, 25 de junio de 2026

La paideia y la luna en la ventana

 

Leo en Paideia, de Werner Jaeger la siguiente anécdota:

Pero baste citar en apoyo de esto una frase del filósofo Estilpón, uno de los principales representantes de la escuela socrática de Megara, fundada por Euclides. Cuando Demetrio Poliorcetes, después de la conquista de Megara, quiso demostrar al filósofo su buena voluntad e indemnizarle del saqueo de su casa, le rogó que le presentase una lista de todas las cosas de su propiedad que habían desaparecido. A lo cual contestó irónicamente Estilpón: "La paideia no se la ha llevado nadie de mi casa."

 [paideia: formación espiritual del hombre en su camino hacia el bien.]

Y me recuerda el haikú del monje budista Ryokan (que vivió entre el siglo XVIII y XIX):

Al ladrón

 se le olvidó

 la luna en la ventana.

domingo, 21 de junio de 2026

El síndrome del Taj Mahal (fragmento)

 

        

Ahora que estoy pasando al ordenador algunos de mis cuadernillos de viajes, me encuentro con el siguiente texto que escribí en el verano de 1999, cuando anduve por India y Nepal. Visitar el Taj Mahal en Agra fue, como se suele decir, un sueño realizado. Desde niño había una serie de lugares a los que yo deseaba ir ardientemente (cataratas del Niágara, Macchu Picchu, algunas otras y Taj Mahal). A las dos primeras nunca fui, ni creo ya que pueda ir (los años no perdonan), pero el gran mausoleo de Agra no sólo lo pude visitar, sino que superó todas mis expectativas. Fruto de esa vivencia son estas notas que tomé poco después de estar en él y que tienen, por tanto, la friolera de casi 27 años.

 

         El visitante que entra en el recinto del Taj Mahal lo primero que siente es un sobrecogimiento que se apodera de él. Los pasos se vuelven lentos, la respiración trabajosa y, desde luego, calla. Ante el Taj Mahal huyen todas las  palabras. Habrá luego el intento de traducir en palabras (o más bien aludir a través de ellas) toda la grandeza del edificio. Pero la primera impresión conduce al silencio. Y al asombro también, origen de toda reflexión. Y es que el Taj Mahal da qué pensar. Parece una síntesis de la filosofía platónica y sus ideas madres de orden, arquetipo, inmutabilidad. Es el edificio en el que la simetría se convierte en una especie de apuesta ontológica. Es una de esas pocas obras de los hombres que promueven una confrontación con los dioses. Es un edificio fúnebre que no hace sino poner de relieve la muerte (su carácter de esfinge), pero que al tiempo parece trascenderla. Hay un espacio de ideas trascendentes de las cuales esta construcción no es sino un leve reflejo.

         Y este edificio produce un síndrome que me pareció ver reflejado en la actitud de algunos de sus visitantes: un joven occidental no hacía más que mirar los muros, acercaba el objetivo de la cámara una y otra vez, pero lo retiraba con aire de decepción; un japonés de complexión musculosa estaba sentado con un gesto de asombro que no remitía de ninguna manera, extrañamente se encontró reflexionando, cosa que no debía haber hecho en mucho tiempo; otra pareja de japoneses se recostó, sin mediar palabras, bajo la puerta trasera, la que da al río, y por sus mentes debió pasar el siguiente designio: echarse a morir (“que todo acabe aquí, que todo acabe de una vez para siempre”).


Yo también experimenté ese síndrome, pero eso está escrito en otro lugar, estrictamente privado, mis Episodios Personales.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Camus, siempre Camus: dos fragmentos de El Primer hombre

 


Hablando con Javier sobre cosas de la infancia (conforme envejecemos cada vez más tendemos a mirar al pasado) me comenta que él no tiene tantos recuerdos de su infancia como Camus en El primer hombre. Esa breve indicación me basta para ponerme a leer el libro. Obra en ciernes,  incompleta, inacabada, pero llena de interés y emoción –se trata de don Albert-, transparentemente autobiográfica, y donde hay una memoria muy nítida y perspicaz de su infancia, en efecto. Reproduzco un par de pasajes que me han encantado: el primero, sobre cómo compartían unas patatas fritas los niños pobres de un barrio marginal de Argel; y el segundo, sobre sus prácticas lectoras ya en el liceo de la ciudad (adonde llegan becados gracias a su inteligencia y la mediación de su maestro de escuela):

sábado, 6 de junio de 2026

Una conversación literaria en e-mail (a propósito de Henry James)

 

- ¿Conoces La muerte del león, de Henry James? Es un relato excelente, lo leí ayer y lo he releído hoy. Difícil de entrar en él, como habitualmente en este autor, pero conforme lo vas leyendo te das cuenta de lo bueno que es, de manera que, al terminarlo, quieres releerlo para entenderlo (y disfrutarlo) mejor. Trata del entorno de un gran escritor que se hace célebre y cómo este entorno (la jungla de personas que lo constituyen) precisamente lo destruye.

Si no lo has leído, muy recomendable. Tal vez no a la altura de La lección del maestro o Los papeles de Aspern, pero no muy lejos de esa perfección. Y el mundo, muy similar, el del artista, ése que tan bien conocía.

 

 

- No recuerdo exactamente el cuento, pero al final del mismo tengo escrito: "Relato sobre el tema de 'escritores admirados', que hace juego con Los papeles de Aspern y La lección del maestro, pero algo menos hondo en el fondo y algo más enrevesado en la forma". Eso puse.

 

 

 

lunes, 1 de junio de 2026

La verdadera causa de la muerte de Sócrates: una lectura de EUTIFRÓN (scherzo)

 

Mucho se ha escrito sobre la muerte de Sócrates. Casi tanto como sobre la de Jesucristo. La diferencia es que este último tuvo mejores testigos. ¿Dónde se va a comparar cualquier evangelio con los Recuerdos de Sócrates, de Jenofonte? Es verdad que Platón apunta más alto en su Apología, pero aun así queda lejos de los cuatro canónicos.

 

Mucho se ha escrito y mucho se ha errado. Repiten los que tratan sobre su final que fue juzgado y condenado por corromper a los jóvenes y no creer en los dioses de la ciudad, proponiendo divinidades nuevas (en alusión a su demonio interior que le aconsejaba en múltiple ocasiones). Pero entiendo que nada de esto es verdad.

 

martes, 19 de mayo de 2026

Realismo trascendente en una pintura de Murillo: San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres

 

Leyendo el libro de Nina Ayala sobre Bartolomé Esteban Murillo, y contemplando las ilustraciones que lleva, me topo con un cuadro en el que no recuerdo haber reparado anteriormente, y que me llama la atención por lo que a continuación señalo. Se trata de San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres, que se conserva actualmente en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (en Madrid), pero que fue pintado, hacia 1645, dentro de una serie, para el Claustro Chico del convento de San Francisco en Sevilla.

Diego de Alcalá era un hermano lego, procedente de Sevilla, que vivió y murió en el siglo XV en el convento de los franciscanos de Alcalá de Henares, especialmente tocado por la virtud de la caridad, y que fue canonizado en 1589.

jueves, 14 de mayo de 2026

La ponzoña del amor: Jenofonte, Sócrates y Góngora

 


En los Recuerdos de Sócrates, de Jenofonte, hay un momento en que el autor reproduce un diálogo que tuvo con su amigo y maestro a propósito del deseo amoroso, de los peligros que se corren tras besar a “un gentil mancebo” (en lo que llevo leído los deseos amorosos siempre se dirigen a muchachos: las mujeres brillan por su ausencia):

 

“Por vida de Hércules –repuso Jenofonte-, ¡qué terrible lo cuentas el poder del beso!” “Pues ¿de eso –dijo Sócrates- te asombras? ¿No has oído –dijo- de las tarántulas, que no abultan ni lo que una perra chica, que, con sólo que toquen en la boca, deshacen de dolores a un hombre y lo sacan de su sano juicio?” “Sí, a fe mía –dijo Jenofonte; porque es que las tarántulas inyectan no sé qué al dar el muerdo.” “¡Ah, tonto! –dijo Sócrates-, y ¿no crees tú que los muchachos lindos, al dar un beso, inyectan una cosa que tú no ves? ¿No sabes que esa bestezuela que llaman mancebo lindo y en flor de edad es en tanto más temible que las tarántulas cuanto que ellas al tocar, pero esa otra no ya tocando tan siquiera, sino que en el momento que la mire uno suelta un veneno y, aunque sea a gran distancia , de tal poder como para hacerle volverse loco. (…) Pues mira, a ti te doy aviso, Jenofonte, que en cuanto veas algún muchacho lindo, salgas a todo correr huyendo.”

 

martes, 12 de mayo de 2026

La Regenta contra el insomnio

 


En un ensayo de Serrano Poncela sobre La Regenta que casi comienza así: “confieso que es una de las pocas novelas españolas que puedo releer sin fatiga”, nos comenta que, a raíz de su publicación, fue muy atacada, no sólo por el clero local (el obispo de Oviedo hizo un escrito contra la novela que se repartía a los fieles), sino también por gacetilleros de la época, y nos transcribe fragmentos de la crítica (impagable por lo excelso del desatino) que de la obra se hizo en un semanario llamado Tambor y Gaita:

 

Contra el insomnio: esta grave enfermedad se cura como con la mano gracias al específico inventado por el reputado crítico Clarín. La mayor parte de los capítulos de La Regenta producen un sueño casi instantáneo, tranquilo y reparador. El insomnio más tenaz cede con un par de capítulos, que es la más alta dosis […]”

 

Vivir para ver.

 

(S. Serrano Poncela: “Un estudio de La Regenta” en Clarín y “La Regenta”, colección de estudios editados por Sergio Beser, Ariel, 1982)

miércoles, 22 de abril de 2026

Una nota a Larra con Cadalso de fondo

 


Si citaba hace poco el magnífico “Epílogo en Castilla”, de Azorín, es porque al hablar de las causas de la decadencia de España, y especialmente de la falta de curiosidad intelectual, enumera cuatro autores, a saber, “Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Larra”, insignes representantes de lo que podríamos denominar una tradición de pensamiento crítico a propósito del país. Me interesa la manera en que junta Azorín a los dos últimos, pues que (habiendo releído a Larra hace poco y releyendo a Cadalso en este momento) considero que son autores que tienen mucho en común, y no dudo que Cadalso (en sus Cartas marruecas) es el más firme precedente hispánico de la actitud crítica de Larra.

 

Pues bien, mucho me extrañó en mi reciente relectura de Larra que, en un determinado momento de “El casarse pronto y mal”, en que cita a Cadalso, en ninguna de las ediciones más o menos críticas que tengo en casa se anotara el pasaje. Me refiero a la de Carlos Seco Serrano en Planeta, la de Jerry L. Johnson en Bruguera, la de Juan Cano Ballesta en Alhambra Clásicos, o la de Enrique Rubio en Cátedra, esta última con abundantes anotaciones. Quien sí lo hace es Joan Estruch en el tomo 1 de las Obras Completas de Larra, de Cátedra, dedicado a los Artículos (que consulté en una Biblioteca).

 

martes, 21 de abril de 2026

Azorín - EPÍLOGO EN CASTILLA

 

Leía esta mañana un viejo artículo de Julián Marías en que hacía un elogio de las librerías de viejo y contaba alguna de las joyas que poseía en su biblioteca y que procedían de ese tipo de compras (una edición en latín de Descartes del siglo XVII o XVIII, por ejemplo). Mi caso es diferente: como estudiante procedente de una familia  de exiliados, con pocos recursos económicos, que además se había matriculado en una carrera de letras, hube de desarrollar un hábito casi infalible de cazador de ofertas que pudieran nutrir mi incipiente biblioteca: la sección de saldos de París Valencia, la librería de viejo Olmos, la cooperativa universitaria Santo Tomás, más tarde la cuesta de Moyano, fueron los primeros veneros de mi afición libresca.

 

martes, 31 de marzo de 2026

Unas notas sobe EL JARAMA, de Rafael Sánchez Ferlosio

 

Releo El Jarama, de Ferlosio, 46 años después de mi primera lectura, y me vuelve a gustar tanto como entonces (si no más), y es que ahora mi mirada creo que percibe mejor el objeto y el propósito del autor. Una novela que, tal vez, no se sepa a dónde va (por lo que la menospreciaba su creador), pero que constituye un verdadero monumento literario. Y digo monumento en el sentido de obra minuciosamente construida para durar y que quede como ejemplo de una época y de una forma de hacer. 

La época, esos mediados años 50 (en la larga postguerra, pero ya cuando el pacto de 1953 con los norteamericanos permitía vislumbrar un despegue económico y consumista en la sociedad española), vista a través del contraste entre un grupo de jóvenes empleados de clase media madrileña, que van de excursión a pasar un domingo junto al Jarama, y los mayores del pueblo que se reúnen en el merendero de Mauricio (y que van rumiando poco a poco los sinsabores de sus vidas). La obra nos ofrece un panorama parcial, pero muy intenso, de los modos de pasar por el mundo de esas gentes. 

sábado, 28 de marzo de 2026

Tarzán y don Quijote

 

Tras sus peleas con leopardos, leones y cocodrilos, Tarzán volvía algo magullado a su árbol. Entonces Jane le ponía una venda en la frente y volvía al tajo de nuevo: podía pelear otra vez con cuanta fiera salvaje le saliera al encuentro.

 

Mi esposa y yo siempre nos hemos divertido con la rapidísima solución al problema de sus heridas que ofrecen los guionistas y la credulidad del público que lo acepta sin rechistar (es verdad que las películas de Tarzán van dirigidas a un público menor, entusiasta y poco crítico).

 

Pues bien, releyendo hoy un pasaje del primer capítulo del Quijote veo cómo al hidalgo manchego no le hubieran convencido en absoluto esas argucias de los guionistas.

 

Estamos asistiendo a la lectura de “la razón de la sinrazón” de las novelas de Feliciano de Silva, y el narrador nos dice:

 

“Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales.”

 

Como vemos, las novelas de caballerías serían el equivalente del Hollywood de nuestro tiempo, pero el hidalgo de la Mancha no dejaba de ensayar una mirada crítica (en sus momentos de lucidez: ya sabemos que es un “loco entreverado, lleno de lúcidos intervalos”).

 

jueves, 26 de marzo de 2026

En una glosa de Eugenio d´Ors

 

Parábola que d´Ors, en una de sus Glosas, atribuye a un ministro laborista inglés, Mr. Thomas.

 

“Tres obreros se ocupan en tallar piedras en una obra, para la construcción de una catedral, en Lancashire. Un camarada se acerca a ellos, y les pregunta:

 - ¿Qué estáis haciendo aquí?

- Estoy tallando piedras.

- ¿Y tú?, prosigue el interrogador, dirigiéndose al segundo.

- Yo estoy ganando un chelín por hora.

Vuélvese entonces a aquél tercer obrero.

- Y tú ¿qué haces?

- Estoy construyendo una catedral”.

jueves, 12 de marzo de 2026

Picón Salas y el Purgatorio de la Literatura

 

Si hace no mucho escribía en el blog sobre el Paraíso de la Literatura, a propósito de Dante y Estacio, recientemente, releyendo al gran ensayista venezolano Mariano Picón-Salas, me encuentro con una referencia al Purgatorio de la Literatura. En un momento de su escrito “Y va de ensayo” nos dice:

 

“La posteridad edifica una especie de Purgatorio de la Literatura en que hasta los genios como Víctor Hugo deben pagar por miles de páginas que fueron sólo oratoria e incontinencia, y don Emilio Castelar se achicharra por haber pronunciado tantos discursos en que las palabras estaban colgando como bejucos, y a Zorrilla se le cobran sus versos fáciles y superficiales y a don José María de Pereda el convencionalismo de sus novelas. En cuanto a los demagogos del Arte, ésos jamás verán la beatitud eterna.”

(Viejos y nuevos mundos, p. 502)

 

Me quedo con las ganas de ver a cuáles de esos demagogos metería Picón en el Infierno, aunque me parece claro que cada uno tiene su lista particular.

El caso es que hoy, paseando, me topo con una confluencia de calles cuyos nombres podrían ejemplificar muy bien las dos primeras postrimerías, aquellas que ven o aspiran a ver la beatitud eterna. No pude resistirme a hacer una fotografía.




domingo, 8 de marzo de 2026

Gradación de los cuerpos

 

        

Una reciente estancia hospitalaria, en que sentí cómo mi cuerpo se convertía en casa Pepe, por decirlo así, esto es, un espacio que médicos y enfermeros utilizaban  casi a su antojo, en busca de mi curación, sin duda, pero sin miramientos, de manera poco respetuosa, me llevó a pensar en una posible clasificación de los cuerpos, graduándolos por orden de mayor a menor perfección.

 

- el cuerpo del bailarín: sin duda el más bello y más estilizado de los cuerpos, el cuerpo que roza con el ideal. Su movilidad es casi vuelo, diríamos que apenas se sostiene sobre el suelo. De ahí que yo siempre considere el ballet, la danza, como la expresión de la utopía de los cuerpos, sin saber exactamente qué quiere decir tal expresión, pero sabiendo que remite a algo que está por encima de lo corriente y que apunta a la idea de perfección en ellos.

 

lunes, 23 de febrero de 2026

Azorín y las lecturas inusitadas

 

Azorín era un gran lector, y un verdadero bibliómano. Son muy frecuentes sus evocaciones de sus visitas a la cuesta Moyano madrileña en busca de viejos libros. Yo diría que conocí esa feria de libros (que tantas veces he visitado) en sus páginas.

 

Es un maestro de la crítica literaria evocativa e impresionista. No hay mejor forma de entrar en la literatura clásica española que leyendo las páginas de Lecturas españolas, Al margen de los clásicos, Clásicos y modernos, Los clásicos redivivos… Todas obras suyas.

 

martes, 27 de enero de 2026

Azorín: Las fallas.

 Las fallas.

 

En la noche templada y límpida. Los dos balcones que dan a la plaza tienen las maderas cerradas. En la sala hay una sillería de amarillenta enea. Las sillas ostentan una lira en el respaldo. Los sillones una lira. El canapé, una lira entre dos jarrones. Sobre una consola con embutidos de nácar y ébano, se levantan dos estatuitas de fina porcelana que representan un caballero y una dama del siglo XVIII. A un lado de la sala está la alcoba, cerrada por vidriera con cortinillas verdes. El techo es alto.

 

En uno de los sillones se encuentra sentada una señora anciana. Va vestida de negro. En una de sus manos blanquea un pañuelo de finísima batista que la anciana se lleva de cuando en cuando a los ojos. En dos sillitas bajas, a un lado y otro del sillón, a los pies de la dama, están sentadas dos jóvenes también con luto riguroso. En la penumbra en que está sumida la estancia, casi se funde lo negro de los trajes con el ambiente negro. Y sólo resalta, bien visible, la nota blanca del pañizuelo.

 

sábado, 24 de enero de 2026

Cuidado con las muletillas (El Camino, de Miguel Delibes)

 

Para una estancia hospitalaria decidí llevarme una lectura segura y ligera. Como en mi grupo de lectura estamos releyendo novela de postguerra, aposté por El camino, de Miguel Delibes, de la cual tenía un recuerdo inmejorable. No me decepcionó lo más mínimo la obra terminada durante la convalecencia (en la clínica sólo llegué a leer 3 o 4 páginas), casi diría me gustó más que entonces (hace 40 años) cuando la leí para ponerla en clase con cierto éxito (mi amigo Javier me confiesa con tristeza que los jóvenes de hoy probablemente no entenderían nada).