Ahora que estoy pasando al ordenador algunos de mis cuadernillos
de viajes, me encuentro con el siguiente texto que escribí en el verano de
1999, cuando anduve por India y Nepal. Visitar el Taj Mahal en Agra fue, como se
suele decir, un sueño realizado. Desde niño había una serie de lugares a los
que yo deseaba ir ardientemente (cataratas del Niágara, Macchu Picchu, algunas
otras y Taj Mahal). A las dos primeras nunca fui, ni creo ya que pueda ir (los
años no perdonan), pero el gran mausoleo de Agra no sólo lo pude visitar, sino
que superó todas mis expectativas. Fruto de esa vivencia son estas notas que
tomé poco después de estar en él y que tienen, por tanto, la friolera de casi
27 años.
El visitante que entra en el recinto del Taj Mahal lo
primero que siente es un sobrecogimiento que se apodera de él. Los pasos se
vuelven lentos, la respiración trabajosa y, desde luego, calla. Ante el Taj
Mahal huyen todas las palabras. Habrá
luego el intento de traducir en palabras (o más bien aludir a través de
ellas) toda la grandeza del edificio. Pero la primera impresión conduce al
silencio. Y al asombro también, origen de toda reflexión. Y es que el Taj Mahal
da qué pensar. Parece una síntesis de la filosofía platónica y sus ideas madres
de orden, arquetipo, inmutabilidad. Es el edificio en el que la simetría se
convierte en una especie de apuesta ontológica. Es una de esas pocas obras de los
hombres que promueven una confrontación con los dioses. Es un edificio fúnebre
que no hace sino poner de relieve la muerte (su carácter de esfinge), pero que
al tiempo parece trascenderla. Hay un espacio de ideas trascendentes de las
cuales esta construcción no es sino un leve reflejo.
Y este edificio produce un síndrome que me pareció ver
reflejado en la actitud de algunos de sus visitantes: un joven occidental no
hacía más que mirar los muros, acercaba el objetivo de la cámara una y otra
vez, pero lo retiraba con aire de decepción; un japonés de complexión musculosa
estaba sentado con un gesto de asombro que no remitía de ninguna manera,
extrañamente se encontró reflexionando, cosa que no debía haber hecho en mucho
tiempo; otra pareja de japoneses se recostó, sin mediar palabras, bajo la
puerta trasera, la que da al río, y por sus mentes debió pasar el siguiente
designio: echarse a morir (“que todo acabe aquí, que todo acabe de una vez para siempre”).
Yo también experimenté ese síndrome, pero eso está escrito en otro lugar, estrictamente privado, mis Episodios Personales.



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