domingo, 21 de junio de 2026

El síndrome del Taj Mahal (fragmento)

 

        

Ahora que estoy pasando al ordenador algunos de mis cuadernillos de viajes, me encuentro con el siguiente texto que escribí en el verano de 1999, cuando anduve por India y Nepal. Visitar el Taj Mahal en Agra fue, como se suele decir, un sueño realizado. Desde niño había una serie de lugares a los que yo deseaba ir ardientemente (cataratas del Niágara, Macchu Picchu, algunas otras y Taj Mahal). A las dos primeras nunca fui, ni creo ya que pueda ir (los años no perdonan), pero el gran mausoleo de Agra no sólo lo pude visitar, sino que superó todas mis expectativas. Fruto de esa vivencia son estas notas que tomé poco después de estar en él y que tienen, por tanto, la friolera de casi 27 años.

 

         El visitante que entra en el recinto del Taj Mahal lo primero que siente es un sobrecogimiento que se apodera de él. Los pasos se vuelven lentos, la respiración trabajosa y, desde luego, calla. Ante el Taj Mahal huyen todas las  palabras. Habrá luego el intento de traducir en palabras (o más bien aludir a través de ellas) toda la grandeza del edificio. Pero la primera impresión conduce al silencio. Y al asombro también, origen de toda reflexión. Y es que el Taj Mahal da qué pensar. Parece una síntesis de la filosofía platónica y sus ideas madres de orden, arquetipo, inmutabilidad. Es el edificio en el que la simetría se convierte en una especie de apuesta ontológica. Es una de esas pocas obras de los hombres que promueven una confrontación con los dioses. Es un edificio fúnebre que no hace sino poner de relieve la muerte (su carácter de esfinge), pero que al tiempo parece trascenderla. Hay un espacio de ideas trascendentes de las cuales esta construcción no es sino un leve reflejo.

         Y este edificio produce un síndrome que me pareció ver reflejado en la actitud de algunos de sus visitantes: un joven occidental no hacía más que mirar los muros, acercaba el objetivo de la cámara una y otra vez, pero lo retiraba con aire de decepción; un japonés de complexión musculosa estaba sentado con un gesto de asombro que no remitía de ninguna manera, extrañamente se encontró reflexionando, cosa que no debía haber hecho en mucho tiempo; otra pareja de japoneses se recostó, sin mediar palabras, bajo la puerta trasera, la que da al río, y por sus mentes debió pasar el siguiente designio: echarse a morir (“que todo acabe aquí, que todo acabe de una vez para siempre”).


Yo también experimenté ese síndrome, pero eso está escrito en otro lugar, estrictamente privado, mis Episodios Personales.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Camus, siempre Camus: dos fragmentos de El Primer hombre

 


Hablando con Javier sobre cosas de la infancia (conforme envejecemos cada vez más tendemos a mirar al pasado) me comenta que él no tiene tantos recuerdos de su infancia como Camus en El primer hombre. Esa breve indicación me basta para ponerme a leer el libro. Obra en ciernes,  incompleta, inacabada, pero llena de interés y emoción –se trata de don Albert-, transparentemente autobiográfica, y donde hay una memoria muy nítida y perspicaz de su infancia, en efecto. Reproduzco un par de pasajes que me han encantado: el primero, sobre cómo compartían unas patatas fritas los niños pobres de un barrio marginal de Argel; y el segundo, sobre sus prácticas lectoras ya en el liceo de la ciudad (adonde llegan becados gracias a su inteligencia y la mediación de su maestro de escuela):

 

Todos los días, durante la temporada, un vendedor de patatas fritas avivaba su hornillo. La mayor parte del tiempo el pequeño grupo no tenía siquiera el dinero para un cucurucho. Si por casualidad uno de ellos disponía de la moneda necesaria, compraba el cucurucho, avanzaba gravemente hacia la playa, seguido por el cortejo respetuoso de sus camaradas, y delante del mar, a la sombra de una vieja barca desmantelada, plantando los pies en la arena, se dejaba caer sobre las nalgas, sosteniendo bien vertical el cucurucho con una mano y cubriéndolo con la otra para no perder ninguno de los grandes copos crujientes. La costumbre quería entonces que ofreciera una patata a cada uno de sus amigos, quienes saboreaban religiosamente esa única golosina caliente y perfumada de aceite fuerte. Después miraban al afortunado, que, gravemente, saboreaba una por una el resto de las patatas. En el fondo del paquete siempre quedaban restos de fritura. Todos suplicaban al ahíto que les permitiera compartirlos. Y las más de las veces, salvo cuando se trataba de Jean, él desplegaba el papel engrasado, disponía las migajas y autorizaba a todos, uno por vez, a que se sirvieran una. Hacía falta simplemente una «mano inocente» que decidiera quién atacaría primero y podría por consiguiente servirse la migaja más grande. Terminado el festín, placer y frustración de inmediato olvidados, venía la carrera hacia el extremo oeste de la playa, bajo el duro sol, hasta unos cimientos semiderruidos de lo que debía de haber sido una cabaña desaparecida, detrás de los cuales podían desvestirse. En unos instantes estaban desnudos y poco después en el agua, nadando vigorosa y torpemente, lanzando exclamaciones, escupiendo todo el tiempo, desafiándose a zambullirse o a permanecer más tiempo debajo del agua. El mar estaba tranquilo, tibio, el sol ahora ligero sobre las cabezas mojadas, y la gloria de la luz llenaba esos cuerpos jóvenes de una alegría que los hacía gritar sin interrupción. Reinaban sobre la vida y sobre el mar, y lo más fastuoso que puede dar el mundo lo recibían y gastaban sin medida, como señores seguros de sus riquezas irreemplazables.

 

 

La forma en que el libro estaba impreso informaba ya al lector del placer que le proporcionaría. A P[ierre] y a J[acques, trasunto del joven Albert] no les gustaba la composición ancha, con grandes márgenes, en que se complacen los autores y los lectores refinados, sino las páginas llenas de caracteres pequeños, alineados en renglones poco separados, llenas hasta el borde de palabras y de frases, como esos enormes platos rústicos donde pueden comer varios a la vez y durante largo rato sin agotarlos jamás, y que son los únicos capaces de calmar ciertos apetitos enormes.

 

 

 

P.S. Reproduzco también la célebre y memorable carta que Camus escribió a su maestro de escuela poco después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1957.

 

19 de noviembre de 1957

 

Querido señor Germain:

 

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos

días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

 

Lo abrazo con todas mis fuerzas.

 

Albert Camus

 

 

sábado, 6 de junio de 2026

Una conversación literaria en e-mail (a propósito de Henry James)

 

- ¿Conoces La muerte del león, de Henry James? Es un relato excelente, lo leí ayer y lo he releído hoy. Difícil de entrar en él, como habitualmente en este autor, pero conforme lo vas leyendo te das cuenta de lo bueno que es, de manera que, al terminarlo, quieres releerlo para entenderlo (y disfrutarlo) mejor. Trata del entorno de un gran escritor que se hace célebre y cómo este entorno (la jungla de personas que lo constituyen) precisamente lo destruye.

Si no lo has leído, muy recomendable. Tal vez no a la altura de La lección del maestro o Los papeles de Aspern, pero no muy lejos de esa perfección. Y el mundo, muy similar, el del artista, ése que tan bien conocía.

 

 

- No recuerdo exactamente el cuento, pero al final del mismo tengo escrito: "Relato sobre el tema de 'escritores admirados', que hace juego con Los papeles de Aspern y La lección del maestro, pero algo menos hondo en el fondo y algo más enrevesado en la forma". Eso puse.

 

 

 

lunes, 1 de junio de 2026

La verdadera causa de la muerte de Sócrates: una lectura de EUTIFRÓN (scherzo)

 

Mucho se ha escrito sobre la muerte de Sócrates. Casi tanto como sobre la de Jesucristo. La diferencia es que este último tuvo mejores testigos. ¿Dónde se va a comparar cualquier evangelio con los Recuerdos de Sócrates, de Jenofonte? Es verdad que Platón apunta más alto en su Apología, pero aun así queda lejos de los cuatro canónicos.

 

Mucho se ha escrito y mucho se ha errado. Repiten los que tratan sobre su final que fue juzgado y condenado por corromper a los jóvenes y no creer en los dioses de la ciudad, proponiendo divinidades nuevas (en alusión a su demonio interior que le aconsejaba en múltiple ocasiones). Pero entiendo que nada de esto es verdad.

 

Sócrates fue condenado por su mayéutica, su estilo filosófico de acogotar al adversario a base de preguntas capciosas a las que finalmente aquel no puede responder. A diferencia de lo que se jacta el filósofo, de que muchos le seguían para conversar con él, estoy seguro de que, cuando le veían asomar en el ágora, doblando por una esquina, se producirían auténticas estampidas de atenienses que temían ser interrogados por el supuesto sabio (eso decía el esposo de la paciente Xantipa que manifestaba el oráculo de Delfos).

 

No hay más que leer el diálogo platónico Eutifrón o de la piedad (o santidad, según traducciones) para entender claramente lo que digo, o cualquiera de las conversaciones que transcribe Jenofonte en sus Recuerdos.

 

En mal momento se le ocurrió a Eutifrón comunicarle a su amigo Sócrates que había denunciado a su progenitor por homicidio. Sócrates le empieza a preguntar sobre qué es lo pío y lo impío, Eutifrón le responde lo que claramente cree (lo pío es lo que agrada a los dioses y lo impío lo que les desagrada), pero Sócrates empieza a darle vueltas al asunto, a llevarlo a conclusiones diferentes de las que pensaba inicialmente, y finalmente de nuevo a su planteamiento primero (que ya se había considerado falso). Llegados ahí, Sócrates quiere seguir indagando en la esencia de lo pío y lo impío, pero Eutifrón alega un compromiso y sale escapado de la presencia del filósofo.

 

Entiendo que la próxima vez que lo vea, no se detendrá a conversar con él, sino que formará parte, como uno más, de la estampida ateniense.

 

Y luego se dice que si la corrupción y los dioses… No, no, lo condenaron por pesado, lo mató la mayéutica como casi acaba con todos sus conciudadanos y con los miles de incautos que a lo largo de la historia se han acercado a su plúmbeo legado.