Hablando con Javier sobre cosas de la infancia (conforme envejecemos cada vez más tendemos a mirar al pasado) me comenta que él no tiene tantos recuerdos de su infancia como Camus en El primer hombre. Esa breve indicación me basta para ponerme a leer el libro. Obra en ciernes, incompleta, inacabada, pero llena de interés y emoción –se trata de don Albert-, transparentemente autobiográfica, y donde hay una memoria muy nítida y perspicaz de su infancia, en efecto. Reproduzco un par de pasajes que me han encantado: el primero, sobre cómo compartían unas patatas fritas los niños pobres de un barrio marginal de Argel; y el segundo, sobre sus prácticas lectoras ya en el liceo de la ciudad (adonde llegan becados gracias a su inteligencia y la mediación de su maestro de escuela):
Todos los días, durante la
temporada, un vendedor de patatas fritas avivaba su hornillo. La mayor parte
del tiempo el pequeño grupo no tenía siquiera el dinero para un cucurucho. Si
por casualidad uno de ellos disponía de la moneda necesaria, compraba el cucurucho,
avanzaba gravemente hacia la playa, seguido por el cortejo respetuoso de sus
camaradas, y delante del mar, a la sombra de una vieja barca desmantelada,
plantando los pies en la arena, se dejaba caer sobre las nalgas, sosteniendo
bien vertical el cucurucho con una mano y cubriéndolo con la otra para no
perder ninguno de los grandes copos crujientes. La costumbre quería entonces
que ofreciera una patata a cada uno de sus amigos, quienes saboreaban
religiosamente esa única golosina caliente y perfumada de aceite fuerte.
Después miraban al afortunado, que, gravemente, saboreaba una por una el resto
de las patatas. En el fondo del paquete siempre quedaban restos de fritura.
Todos suplicaban al ahíto que les permitiera compartirlos. Y las más de las veces,
salvo cuando se trataba de Jean, él desplegaba el papel engrasado, disponía las
migajas y autorizaba a todos, uno por vez, a que se sirvieran una. Hacía falta
simplemente una «mano inocente» que decidiera quién atacaría primero y podría
por consiguiente servirse la migaja más grande. Terminado el festín, placer y
frustración de inmediato olvidados, venía la carrera hacia el extremo oeste de
la playa, bajo el duro sol, hasta unos cimientos semiderruidos de lo que debía
de haber sido una cabaña desaparecida, detrás de los cuales podían desvestirse.
En unos instantes estaban desnudos y poco después en el agua, nadando vigorosa
y torpemente, lanzando exclamaciones, escupiendo todo el tiempo, desafiándose a
zambullirse o a permanecer más tiempo debajo del agua. El mar estaba tranquilo,
tibio, el sol ahora ligero sobre las cabezas mojadas, y la gloria de la luz
llenaba esos cuerpos jóvenes de una alegría que los hacía gritar sin
interrupción. Reinaban sobre la vida y sobre el mar, y lo más fastuoso que
puede dar el mundo lo recibían y gastaban sin medida, como señores seguros de
sus riquezas irreemplazables.
La forma en que el libro
estaba impreso informaba ya al lector del placer que le proporcionaría. A P[ierre]
y a J[acques, trasunto del joven Albert] no les gustaba la composición ancha,
con grandes márgenes, en que se complacen los autores y los lectores refinados,
sino las páginas llenas de caracteres pequeños, alineados en renglones poco
separados, llenas hasta el borde de palabras y de frases, como esos enormes
platos rústicos donde pueden comer varios a la vez y durante largo rato sin
agotarlos jamás, y que son los únicos capaces de calmar ciertos apetitos
enormes.
P.S. Reproduzco también la
célebre y memorable carta que Camus escribió a su maestro de escuela poco
después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1957.
19 de noviembre de 1957
Querido señor Germain:
Esperé a que se apagara un
poco el ruido que me ha rodeado todos estos
días antes de hablarle de
todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni
pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en
usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo,
sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que
dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la
oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de
corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso
en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a
los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Lo abrazo con todas mis
fuerzas.
Albert Camus



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