miércoles, 17 de junio de 2026

Camus, siempre Camus: dos fragmentos de El Primer hombre

 


Hablando con Javier sobre cosas de la infancia (conforme envejecemos cada vez más tendemos a mirar al pasado) me comenta que él no tiene tantos recuerdos de su infancia como Camus en El primer hombre. Esa breve indicación me basta para ponerme a leer el libro. Obra en ciernes,  incompleta, inacabada, pero llena de interés y emoción –se trata de don Albert-, transparentemente autobiográfica, y donde hay una memoria muy nítida y perspicaz de su infancia, en efecto. Reproduzco un par de pasajes que me han encantado: el primero, sobre cómo compartían unas patatas fritas los niños pobres de un barrio marginal de Argel; y el segundo, sobre sus prácticas lectoras ya en el liceo de la ciudad (adonde llegan becados gracias a su inteligencia y la mediación de su maestro de escuela):

 

Todos los días, durante la temporada, un vendedor de patatas fritas avivaba su hornillo. La mayor parte del tiempo el pequeño grupo no tenía siquiera el dinero para un cucurucho. Si por casualidad uno de ellos disponía de la moneda necesaria, compraba el cucurucho, avanzaba gravemente hacia la playa, seguido por el cortejo respetuoso de sus camaradas, y delante del mar, a la sombra de una vieja barca desmantelada, plantando los pies en la arena, se dejaba caer sobre las nalgas, sosteniendo bien vertical el cucurucho con una mano y cubriéndolo con la otra para no perder ninguno de los grandes copos crujientes. La costumbre quería entonces que ofreciera una patata a cada uno de sus amigos, quienes saboreaban religiosamente esa única golosina caliente y perfumada de aceite fuerte. Después miraban al afortunado, que, gravemente, saboreaba una por una el resto de las patatas. En el fondo del paquete siempre quedaban restos de fritura. Todos suplicaban al ahíto que les permitiera compartirlos. Y las más de las veces, salvo cuando se trataba de Jean, él desplegaba el papel engrasado, disponía las migajas y autorizaba a todos, uno por vez, a que se sirvieran una. Hacía falta simplemente una «mano inocente» que decidiera quién atacaría primero y podría por consiguiente servirse la migaja más grande. Terminado el festín, placer y frustración de inmediato olvidados, venía la carrera hacia el extremo oeste de la playa, bajo el duro sol, hasta unos cimientos semiderruidos de lo que debía de haber sido una cabaña desaparecida, detrás de los cuales podían desvestirse. En unos instantes estaban desnudos y poco después en el agua, nadando vigorosa y torpemente, lanzando exclamaciones, escupiendo todo el tiempo, desafiándose a zambullirse o a permanecer más tiempo debajo del agua. El mar estaba tranquilo, tibio, el sol ahora ligero sobre las cabezas mojadas, y la gloria de la luz llenaba esos cuerpos jóvenes de una alegría que los hacía gritar sin interrupción. Reinaban sobre la vida y sobre el mar, y lo más fastuoso que puede dar el mundo lo recibían y gastaban sin medida, como señores seguros de sus riquezas irreemplazables.

 

 

La forma en que el libro estaba impreso informaba ya al lector del placer que le proporcionaría. A P[ierre] y a J[acques, trasunto del joven Albert] no les gustaba la composición ancha, con grandes márgenes, en que se complacen los autores y los lectores refinados, sino las páginas llenas de caracteres pequeños, alineados en renglones poco separados, llenas hasta el borde de palabras y de frases, como esos enormes platos rústicos donde pueden comer varios a la vez y durante largo rato sin agotarlos jamás, y que son los únicos capaces de calmar ciertos apetitos enormes.

 

 

 

P.S. Reproduzco también la célebre y memorable carta que Camus escribió a su maestro de escuela poco después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1957.

 

19 de noviembre de 1957

 

Querido señor Germain:

 

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos

días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

 

Lo abrazo con todas mis fuerzas.

 

Albert Camus

 

 

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