martes, 14 de julio de 2026

Señoras odiosas en la narrativa inglesa (Jane Austen)

 


Una de las virtudes de la narrativa inglesa es la manera que tiene pintar señoras especialmente odiosas. Me viene al recuerdo, aunque ahora es vago, pues leí la obra bastantes años atrás, lo mucho que me impresionó la Becky Sharp de La feria de las vanidades, de W. M. Thackeray. Muy reciente es la lectura de Mansfield Park, donde nos encontramos con la insoportable tía Norris. Personaje muy pagado de sí mismo, que quiere meterse en todos los asuntos y llevar las riendas si es posible, con un afán de protagonismo exagerado, que nos recuerda a algunas personas que hemos conocido a lo largo de nuestra vida.

 

Uno de los rasgos que la caracterizan es el de no respetar los turnos de palabra en una conversación (ni, por supuesto, el decoro o jerarquía de los asuntos) e interrumpir continuamente a los que están hablando. Esto lo capta (y muestra = showing) de manera maravillosa la autora, y es por ello que no me resisto a traer algún pasaje al blog. Éste, por ejemplo (sir Thomas, el señor de Mansfield Park acaba de volver de un largo viaje por América y está contando las dificultades de su regreso):

 

“Tía Norris se sintió defraudada, privada de un protagonismo en el que siempre había confiado, ya  fuera para proclamar la muerte o la llegada de su cuñado, y ahora intentaba hacerse imprescindible donde no se requería más que tranquilidad y silencio. Si sir Thomas hubiera querido comer algo, ella se hubiera dirigido al ama de llaves dándole complicadas instrucciones y hubiera azuzado a los lacayos con requerimientos de premura; pero sir Thomas se negó a cenar: no tomaría nada, sólo el té, y esperaría a que éste fuese servido. No obstante tía Norris continuaba sugiriendo una cosa u otra; y en el momento más interesante de la descripción de la travesía hacia Inglaterra, cuando la amenaza de un corsario francés alcanzaba su punto culminante, ella interrumpió el relato proponiéndole una sopa:

- Vamos, querido Thomas, un plato de sopa te sentará mucho mejor que el té. Tomarás un plato de sopa.

Sir Thomas sonrió.

- Siempre la misma, siempre el mismo desvelo por el bienestar de los demás –fue su respuesta. Pero te aseguro que sólo me apetece el té.

- Pues bien, entonces tú que eres su esposa, María, deberías ordenar que sirvieran el té inmediatamente… No estaría de más que que dieras un poco de prisa a Baddeley; parece que anda muy retrasado esta noche.

Luego, sir Thomas reanudó su relato.”

 

(cap. 19, p. 221, ed. Debolsillo, traducido por Miguel Martí)

lunes, 6 de julio de 2026

Sobre la lectura en voz alta. Mansfield Park, Jane Austen.

 

 Muchas veces he pensado, mientras ejercía de profesor de lengua y literatura, que antes de saber lo que era una estructura profunda en sintaxis (cuando estuvo de moda la gramática generativa de Chomsky) o los dichosos conectores de la Pragmática, lo que debía aprender al alumno era a “leer y escribir”. ¡Qué tristeza me daba cuando observaba, ya en tercero o cuarto de la ESO, como muchos, muchísimos estudiantes eran incapaces de articular tres o cuatro frases seguidas con fluidez y sentido! Pero no sólo eso: es habitual ver cómo, en los oficios religiosos, los adultos que leen pasajes de la Biblia y los Salmos no hacen sino farfullar emisiones poco inteligibles. No es difícil tampoco encontrar cómo actores de teatro no aciertan a decir correctamente el verso (sin ir más lejos, recientemente, en el programa de Iñaki Gabilondo sobre la lengua española, una actriz recitaba unos versos de nuestro siglo de Oro -creo que eran de Lope- con mayúsculo énfasis pero con deficiencia perceptible).

 

En clase, cuando leíamos en voz alta, muchas veces le decía a los alumnos: “lee el pasaje y no huyas de él”, porque, cuando les tocaba leer, ponían la directa e intentaban acabar lo antes posible, a toda velocidad, el fragmento en cuestión. Creían que pronunciar muy rápido es la forma correcta de leer, cuando se trata de todo lo contrario, leer con calma y tranquilidad, siguiendo el ritmo que el propio texto propone, matizando el sentido de lo que el autor expresa. No leían, huían de lo escrito.

 

Recuerdo hoy esto porque, leyendo Mansfield Park (1814), de Jane Austen, estupenda novela, me encuentro con un fragmento en que –hace ya más de dos siglos- se trata esta cuestión. Henry Crawford ha leído muy bien un pasaje de Shakespeare, ante Edmund, Fanny y la señora Bertram, y entonces aparece la siguiente reflexión:

 

“La conversación se prolongó sobre el tema de la lectura en voz alta. Los dos jóvenes eran los únicos que hablaban, de pie, junto a la chimenea, comentando la habitual falta de preparación, el total descuido de este aspecto en los sistemas ordinarios de enseñanza en las escuelas para niños y el consiguientemente natural (aunque en algunos casos casi innatural) grado de ignorancia y torpeza en ciertos hombres, hasta en hombres sensibles e instruidos, al verse de pronto en la precisión de leer en voz alta, como había ocurrido en varios casos que les eran conocidos. Citaron ejemplos de dislates y omisiones, analizando las causas secundarias, la falta de educación de la voz, de justeza en la entonación y la modulación, de sutileza y discernimiento... debido todo a la causa principal: la falta, desde un principio, de estudio y hábito.”

 (cap. 34)