Tras sus peleas con leopardos, leones y cocodrilos, Tarzán volvía algo magullado a su árbol. Entonces Jane le ponía una venda en la frente y volvía al tajo de nuevo: podía pelear otra vez con cuanta fiera salvaje le saliera al encuentro.
Mi esposa y yo siempre nos hemos
divertido con la rapidísima solución al problema de sus heridas que ofrecen los
guionistas y la credulidad del público que lo acepta sin rechistar (es verdad
que las películas de Tarzán van dirigidas a un público menor, entusiasta y poco
crítico).
Pues bien, releyendo hoy un pasaje
del primer capítulo del Quijote veo
cómo al hidalgo manchego no le hubieran convencido en absoluto esas argucias de
los guionistas.
Estamos asistiendo a la
lectura de “la razón de la sinrazón” de las novelas de Feliciano de Silva, y el
narrador nos dice:
“Con estas razones perdía el
pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el
sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si
resucitara para sólo ello. No estaba muy
bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que,
por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y
todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales.”
Como vemos, las novelas de
caballerías serían el equivalente del Hollywood de nuestro tiempo, pero el
hidalgo de la Mancha no dejaba de ensayar una mirada crítica (en sus momentos
de lucidez: ya sabemos que es un “loco entreverado, lleno de lúcidos intervalos”).



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