Releo El Jarama, de Ferlosio, 46 años después de mi primera lectura, y me vuelve a gustar tanto como entonces (si no más), y es que ahora mi mirada creo que percibe mejor el objeto y el propósito del autor. Una novela que, tal vez, no se sepa a dónde va (por lo que la menospreciaba su creador), pero que constituye un verdadero monumento literario. Y digo monumento en el sentido de obra minuciosamente construida para durar y que quede como ejemplo de una época y de una forma de hacer.
La época, esos mediados años 50 (en la larga postguerra, pero ya cuando el pacto de 1953 con los norteamericanos permitía vislumbrar un despegue económico y consumista en la sociedad española), vista a través del contraste entre un grupo de jóvenes empleados de clase media madrileña, que van de excursión a pasar un domingo junto al Jarama, y los mayores del pueblo que se reúnen en el merendero de Mauricio (y que van rumiando poco a poco los sinsabores de sus vidas). La obra nos ofrece un panorama parcial, pero muy intenso, de los modos de pasar por el mundo de esas gentes.
Pero más
importante aún, me parece, la novela como ejemplo de una forma de hacer. En
este caso, lo que Ferlosio pretendió (y logró como nadie más en ese momento)
fue construir una novela a partir de los diálogos de los personajes,
centrándose en su registro más coloquial e informal. Esos diálogos alumbran lo
que podríamos denominar, acudiendo al galicismo, une tranche de vie. Pues esto es precisamente lo que nos deseaba mostrar
el autor: aspectos de la vida cotidiana, sin el menor dramatismo, captados de manera
muy objetiva. Ahora bien, están tan perfectamente elaborados lingüísticamente
que la novela se convierte (y así venía a definirla Félix de Azúa en una
presentación que he visto en Internet) en música.
Uno de los motivos que
utiliza Ferlosio para componer esta obra musical (que empieza y termina -musicalmente-
con una descripción, tomada prestada,
del río Jarama) son los modismos, frases hechas, refranes y expresiones
populares puestas en boca de sus personajes. Sin intentar ser exhaustivo,
citaré muchos de los que emplea el autor en su composición. Es una de las
materias primas esenciales de tan concienzudo trabajo.
A continuación viene un
muestreo, que no podrá ser corto (el orden es, grosso modo, de principio a final de la novela):
- sacar los bártulos
- la que se pica, ajos come
- darse un garbeo
- ninguna cosa del otro
jueves
- (si se cabrea) dos trabajos
tendrá
- dando la lata a todo el
mundo
- ¡vaya potra que tienes!
- El que no corre, vuela.
- tener delito
- culo de mal asiento
- hace un porrón de años
- para luego es tarde
- mejorando lo presente
- la primera en la frente
- meter en cintura
- no saber a qué carta quedar
- El que no te conozca que te
compre.
- hacer mutis por el foro
- hacer el canelo
- De aquí a cien años todos
calvos.
- es de los de aquí te espero
- haber de todo, como en
botica
- no ser santo de su devoción
- tener dos dedos de frente
- atar corto
- De perdidos, al río.
- Contra menos bultos, más
claridad.
- meter la pata
- dar más guerra que un hijo
tonto
- papando moscas
- que le quiten lo bailado
- harina de otro costal
- de golpe y porrazo
- el oro y el moro
- no caen esas brevas
- hay correa para rato
- medir las palabras
- tener la fiesta en paz
- meterse en dibujos
- aguantando mecha
- vivita y coleando
- no hay color
- echarse el alma a la
espalda
- creen que todo el monte es
orégano
- con pelos y señales
- de refilón
- Quien mucho corre pronto
para.
- dar mala espina
- un pimiento [nada]
- no dar una en el clavo
Por no hablar del uso de
términos como: gazuza, chunga, pachucho, golipos [guardias civiles], virguería,
placas [discos de vinilo], la espuela [última copa], paganos [el que paga],
despiporre, bochinche, el no-va-más, pardillo, curruca…
Un monumento literario y un tesoro léxico.



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