Las fallas.
En la noche templada y
límpida. Los dos balcones que dan a la plaza tienen las maderas cerradas. En la
sala hay una sillería de amarillenta enea. Las sillas ostentan una lira en el
respaldo. Los sillones una lira. El canapé, una lira entre dos jarrones. Sobre
una consola con embutidos de nácar y ébano, se levantan dos estatuitas de fina
porcelana que representan un caballero y una dama del siglo XVIII. A un lado de
la sala está la alcoba, cerrada por vidriera con cortinillas verdes. El techo
es alto.
En uno de los sillones se
encuentra sentada una señora anciana. Va vestida de negro. En una de sus manos
blanquea un pañuelo de finísima batista que la anciana se lleva de cuando en
cuando a los ojos. En dos sillitas bajas, a un lado y otro del sillón, a los
pies de la dama, están sentadas dos jóvenes también con luto riguroso. En la
penumbra en que está sumida la estancia, casi se funde lo negro de los trajes
con el ambiente negro. Y sólo resalta, bien visible, la nota blanca del pañizuelo.
Se oye rumor de multitud. La
algazara ha ido creciendo desde el leve murmullo hasta las voces estridentes.
La muchedumbre está ya congregada en la plaza. La impaciencia la gana. El
silencio de la sala ha sido roto, y de ahora en adelante invadirá el ruido
exterior el callado ámbito. Las meditaciones dolorosas de la anciana y de sus
acompañantes, serán imposibles. Las tres figuras permanecen inmóviles. Sin
decir nada, sin ponerse de acuerdo, no se mueven de sus asientos ni se marca en
sus caras el menor gesto. La gritería va creciendo. Ya la muchedumbre
impacientada, vehemente, no puede esperar más. Atraviesan el aire como saetas
imprecaciones agudas. Se oyen estruendosas carcajadas. Ha dicho alguien alguna
chanza o ha hecho alguna travesura, y la multitud la celebra. No puede
demorarse más el espectáculo ansiado. La plaza debe estar rebosante de un
público denso y anhelante. Y de pronto, por encima de la continua y clamorosa
grita, rompe a tocar una música. Las tres figuras enlutadas siguen inmotas,
durante unos minutos más. Al fin, las dos muchachas se yerguen, se pone en pie
también la anciana, y el grupo comienza a caminar lentamente. La anciana va en
medio y las dos jóvenes la sostienen y alientan. El caminar de la anciana s
trabajoso, titubeante,, como si llevara sobre los hombros un peso formidable.
Ya han llegado las tres a la puerta de la sala y la trasponen. Por un ancho
pasillo van caminando.
Desde el aposento en que han
entrado la anciana y las dos muchachas, el ruido de la plaza se percibe más
mitigado. Pero todavía la algazara, el regocijo, el bullicio de la muchedumbre,
tienen aquí su resonancia. Se ha sentado la anciana en otro sillón, las jóvenes
en sendas sillas, a cada lado del sillón, y así permanecen silenciosas. Su
espíritu está lejos del mundo, y el mundo las solicita, dolorosamente, con los
gritos de la multitud y el alegre son de la música. El pañuelo de blanca
batista refriega suavemente los ojos de la anciana. Y hasta este lejano
cuartito llega también el vocerío. Como el silencio que guardan las tres
mujeres es ansioso y como todo en ellas, a pesar suyo, tiende hacia la plaza
–con imploración íntima de sosiego-, lo que parecía al principio mitigado se ha
hecho estrepitoso. Suenan unos continuados tronidos, y ya la permanencia en
esta otra salita lejana es inútil. Desde aquí lo exterior se percibe, en
resumen de cuentas, tanto como desde la sala que se abre, en sus dos balcones,
a la plaza. La anciana se pone nuevamente en pie, se levantan también las dos
muchachas, y el grupo comienza otra vez a caminar. Van más adentro de la casa,
donde no se pueda oír nada. La casa es profunda. Allá en el fondo, en un
cuartito cerrado, el silencio será absoluto.
En el aposento del fondo de
la casa están ya sentadas las tres figuras enlutadas. Nada desde aquí se oye,
en efecto. En la noche templada, límpida y silenciosa. Y dentro de las almas
–las almas de estas tres personas dolorosas- la noche de los recuerdos
inolvidables. En esa noche los recuerdos son como estrellas brilladoras y
eternas. El tiempo pasa. Pasa y no se sabe cuánto tiempo ha pasado. Las tres
figuras se levantan y se encaminan al segundo aposento. El estrépito vago que
se oía desde aquí, ya no se oye. Silencio profundo. Y al cabo de unos
instantes, la anciana y las dos jóvenes salen desde este aposento y se dirigen
a la sala. El silencio continúa. Y continúa consolador y benéfico. La anciana
se sienta en el sillón que de primero y las jóvenes en las sillitas de antes.
Todo ha pasado ya. Nada turba la paz de la noche. Ni la paz del recuerdo.
(Azorín: Valencia, Biblioteca Nueva, 1977)



No hay comentarios:
Publicar un comentario