martes, 27 de enero de 2026

Azorín: Las fallas.

 Las fallas.

 

En la noche templada y límpida. Los dos balcones que dan a la plaza tienen las maderas cerradas. En la sala hay una sillería de amarillenta enea. Las sillas ostentan una lira en el respaldo. Los sillones una lira. El canapé, una lira entre dos jarrones. Sobre una consola con embutidos de nácar y ébano, se levantan dos estatuitas de fina porcelana que representan un caballero y una dama del siglo XVIII. A un lado de la sala está la alcoba, cerrada por vidriera con cortinillas verdes. El techo es alto.

 

En uno de los sillones se encuentra sentada una señora anciana. Va vestida de negro. En una de sus manos blanquea un pañuelo de finísima batista que la anciana se lleva de cuando en cuando a los ojos. En dos sillitas bajas, a un lado y otro del sillón, a los pies de la dama, están sentadas dos jóvenes también con luto riguroso. En la penumbra en que está sumida la estancia, casi se funde lo negro de los trajes con el ambiente negro. Y sólo resalta, bien visible, la nota blanca del pañizuelo.

 

Se oye rumor de multitud. La algazara ha ido creciendo desde el leve murmullo hasta las voces estridentes. La muchedumbre está ya congregada en la plaza. La impaciencia la gana. El silencio de la sala ha sido roto, y de ahora en adelante invadirá el ruido exterior el callado ámbito. Las meditaciones dolorosas de la anciana y de sus acompañantes, serán imposibles. Las tres figuras permanecen inmóviles. Sin decir nada, sin ponerse de acuerdo, no se mueven de sus asientos ni se marca en sus caras el menor gesto. La gritería va creciendo. Ya la muchedumbre impacientada, vehemente, no puede esperar más. Atraviesan el aire como saetas imprecaciones agudas. Se oyen estruendosas carcajadas. Ha dicho alguien alguna chanza o ha hecho alguna travesura, y la multitud la celebra. No puede demorarse más el espectáculo ansiado. La plaza debe estar rebosante de un público denso y anhelante. Y de pronto, por encima de la continua y clamorosa grita, rompe a tocar una música. Las tres figuras enlutadas siguen inmotas, durante unos minutos más. Al fin, las dos muchachas se yerguen, se pone en pie también la anciana, y el grupo comienza a caminar lentamente. La anciana va en medio y las dos jóvenes la sostienen y alientan. El caminar de la anciana s trabajoso, titubeante,, como si llevara sobre los hombros un peso formidable. Ya han llegado las tres a la puerta de la sala y la trasponen. Por un ancho pasillo van caminando.

 

Desde el aposento en que han entrado la anciana y las dos muchachas, el ruido de la plaza se percibe más mitigado. Pero todavía la algazara, el regocijo, el bullicio de la muchedumbre, tienen aquí su resonancia. Se ha sentado la anciana en otro sillón, las jóvenes en sendas sillas, a cada lado del sillón, y así permanecen silenciosas. Su espíritu está lejos del mundo, y el mundo las solicita, dolorosamente, con los gritos de la multitud y el alegre son de la música. El pañuelo de blanca batista refriega suavemente los ojos de la anciana. Y hasta este lejano cuartito llega también el vocerío. Como el silencio que guardan las tres mujeres es ansioso y como todo en ellas, a pesar suyo, tiende hacia la plaza –con imploración íntima de sosiego-, lo que parecía al principio mitigado se ha hecho estrepitoso. Suenan unos continuados tronidos, y ya la permanencia en esta otra salita lejana es inútil. Desde aquí lo exterior se percibe, en resumen de cuentas, tanto como desde la sala que se abre, en sus dos balcones, a la plaza. La anciana se pone nuevamente en pie, se levantan también las dos muchachas, y el grupo comienza otra vez a caminar. Van más adentro de la casa, donde no se pueda oír nada. La casa es profunda. Allá en el fondo, en un cuartito cerrado, el silencio será absoluto.

 

En el aposento del fondo de la casa están ya sentadas las tres figuras enlutadas. Nada desde aquí se oye, en efecto. En la noche templada, límpida y silenciosa. Y dentro de las almas –las almas de estas tres personas dolorosas- la noche de los recuerdos inolvidables. En esa noche los recuerdos son como estrellas brilladoras y eternas. El tiempo pasa. Pasa y no se sabe cuánto tiempo ha pasado. Las tres figuras se levantan y se encaminan al segundo aposento. El estrépito vago que se oía desde aquí, ya no se oye. Silencio profundo. Y al cabo de unos instantes, la anciana y las dos jóvenes salen desde este aposento y se dirigen a la sala. El silencio continúa. Y continúa consolador y benéfico. La anciana se sienta en el sillón que de primero y las jóvenes en las sillitas de antes. Todo ha pasado ya. Nada turba la paz de la noche. Ni la paz del recuerdo.

 

(Azorín: Valencia, Biblioteca Nueva, 1977)

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