Azorín era un gran lector, y
un verdadero bibliómano. Son muy frecuentes sus evocaciones de sus visitas a la
cuesta Moyano madrileña en busca de viejos libros. Yo diría que conocí esa
feria de libros (que tantas veces he visitado) en sus páginas.
Es un maestro de la crítica
literaria evocativa e impresionista. No hay mejor forma de entrar en la
literatura clásica española que leyendo las páginas de Lecturas españolas, Al margen
de los clásicos, Clásicos y modernos,
Los clásicos redivivos… Todas obras
suyas.
Como es natural tenía a
nuestros clásicos (y también a los franceses) muy bien leídos. Pero lo que hoy
quiero destacar es la frecuente referencia que hace en sus obras a lecturas
extrañísimas (técnicas, eruditas, de historia local, etc.) a las que no nos
atreveríamos a hincarle el diente. Tal vez no las leía y sólo las consultaba, pero
el caso es que asombra y abruma la presencia de estas referencias en sus obras.
Hoy quiero ejemplificar este
rasgo del maestro nombrando algunas de las obras que cita en el último libro
suyo que he leído durante mi convalecencia (buscaba lecturas sencillas y
plácidas): Valencia.
Cuando evoca a sus profesores universitarios cita la monografía Por el Júcar (libro de viajes desde Alberique a Cofrentes) del catedrático de Derecho Político, y amante de la naturaleza, don Eduardo Soler y Pérez. Poco después cita la Geografía, de Macías Picavea. Del libro de Fernando Gregorovius Las tumbas de los Papas dice “es lectura provechosa”. Para un juicio sobre San Vicente Ferrer nos cita “un diccionario biográfico francés –el de Chandon, tomo XII, Lyon, 1804-” donde se nos dice que sus sermones están “pleins de faux miracles et d´inepties”. Unas páginas más tarde nos nombra un Catecismo de urbanidad civil y cristiana, del escolapio P. Santiago Delgado (Madrid, 1817). O también la traducción francesa (por F. A. Windsor) de un libro técnico del inglés Accum: Traité pratique d´eclairage par le gas inflamable, Paris, 1816. Varias veces cita el Manual de forasteros en Valencia, publicado en 1841, por José Garulo. De la Lógica, de Andrés Piquer, nos refiere dos ediciones (la de 1747 y la de 1771). Del musicólogo Felipe Pedrell, su Organografía musical antigua española (Barcelona, 1901).
Casi nos resulta familiar
cuando, casi a principio del libro, nombra los Detti memorabili di Filippo Ottonieri, de Leopardi.
Azorín, el eximio escritor
que amaba los libros raros.



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