lunes, 7 de abril de 2014

Varlam Shalámov: Relatos de Kolimá: dos fragmentos



 Kolimá es la región, en el norte de Siberia, donde estaban los campos de concentración soviéticos (de "reeducación" los solían denominar, con sangrante eufemismo). Varlam Shalámov, que estuvo preso en ellos unos 20 años, escribió una extensa colección de cuentos centrados todos en el universo concentracionario, a lo que llamó Relatos de Kolimá. Traigo aquí un par de fragmentos de uno de los cuentos que más me ha impresionado en lo que llevo leído de ellos: "Carpinteros".


 “A los trabajadores no se les enseñaba el termómetro, aunque tampoco hacía falta: había que salir al trabajo cualesquiera que fueran los grados. Por lo demás, los viejos del lugar calculaban casi con exactitud el frío sin termómetro alguno: si había niebla helada, quería decir que fuera hacía cuarenta grados bajo cero; si al expulsar el aire este salía con un silbido pero aún no costaba respirar, significaba que hacía cuarenta y cinco grados; pero si la respiración era ruidosa y faltaba el aire, entonces era que estábamos a cincuenta. Por debajo de los cincuenta y cinco un escupitajo se helaba en el vuelo. Los escupitajos se helaban en el aire hacía ya dos semanas”.


"No echaba en cara a los demás su indiferencia. Hacía tiempo que había comprendido de dónde venía aquel abotargamiento del espíritu, aquel frío del alma. El frío helado, el mismo frío que convertía en hielo la saliva en vuelo, había alcanzado también el alma humana. Si se podían helar los huesos, si se podía congelar o embotarse el cerebro, también el alma podía quedarse helada. En medio del frío era imposible pensar en nada. Todo era sencillo. Con frío y hambre el cerebro se alimentaba mal, se secaban las células cerebrales; se trataba sin duda de un fenómeno material, y Dios sabe si, como dicen en medicina, el proceso era reversible, semejante a la descongelación, o si las lesiones lo eran para siempre jamás. Así pues, el alma también se había helado, se había encogido y quién sabe si se quedaría así, fría, para siempre. Todas estas ideas se le habían ocurrido antes; ahora a Potáshnikov no le quedaba otro deseo que el de resistir, sobrellevar el frío con vida.”

miércoles, 12 de marzo de 2014

Charles Baudelaire: deseos fugitivos en la gran ciudad

Traigo un poema de Baudelaire, junto a su traducción castellana, que no pertenece a "Spleen et idéal", sino a otra parte del libro, "Tableaux parisiennes", pero que expresa muy claramente una de las características esenciales de la poesía de Baudelaire: la introducción de la gran ciudad y la masa anónima que en ella habita.
 
A una transeúnte

La calle atronadora aullaba en torno mío.
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina
Una dama pasó, que con gesto fastuoso
Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,

Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas.
De súbito bebí, con crispación de loco,
Y en su mirada lívida, centro de mil tornados,
El placer que aniquila, la miel paralizante.

Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza
Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.
¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?

¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!
Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta,
¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!



À une passante

La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
Une femme passa, d'une main fastueuse
Soulevant, balançant le feston et l'ourlet;
Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son oeil, ciel livide où germe l'ouragan,
La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.
Un éclair... puis la nuit! — Fugitive beauté
Dont le regard m'a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l'éternité?
Ailleurs, bien loin d'ici! trop tard! jamais peut-être!
Car j'ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
Ô toi que j'eusse aimée, ô toi qui le savais!


sábado, 8 de marzo de 2014

Tangencias inauditas: Vasili Grossman y el Poema del Cid



Pidió al conductor que se detuviera, se apeó del vehículo. Abriéndose camino con dificultad a través de la calle desierta, todavía sembrada de escombros, contemplaba las ruinas y reconocía vagamente los restos de las casas vecinas a la suya.
El muro de su casa que daba a la calle todavía estaba en pie y a través de las ventanas abiertas, Aleksandra Vladimirovna entrevió con sus viejos ojos hipermétropes las paredes de su apartamento, reconoció la pintura azul y verde descolorida. Pero las habitaciones no tenían suelo ni techo, no había escalera por la que subir. Las huellas del incendio habían quedado impresas en los ladrillos, a menudo hechos añicos por las explosiones.
Con una fuerza brutal que le sacudió el alma, percibió toda su vida: sus hijas, su desdichado hijo, su nieto Seriozha, las pérdidas irreparables y su cabeza gris, sin un techo. Una mujer débil, enferma, con el abrigo raído y los zapatos destaconados miraba las ruinas de su casa.
¿Qué le deparaba el futuro? A sus setenta años, era una incógnita. “Queda vida por delante”, pensó Aleksandra Vladímirovna. ¿Qué sería de aquellos que amaba? No lo sabía. Un cielo primaveral la miraba a través de las ventanas vacías de su casa.

El anterior pasaje, que casi cierra el novelón que es –en tamaño y calidad- Vida y destino, de Vasili Grossman, me trae a la memoria los siguientes versos del Cantar de Mío Cid, con que prácticamente se abre la literatura española:

De los sos ojos tan fuerte mientre lorando
tornava la cabeça y estava los catando.
Vio puertas abiertas e uços sin cañados,
alcandaras vazias sin pielles e sin mantos
e sin falcones e sin adtores mudados.

Sospiro mio Çid ca mucho avie grandes cuidados.
Ffablo mio Çid bien e tan mesurado:
"¡Grado a ti, señor, padre que estas en alto!
¡Esto me an buelto mios enemigos malos!"
Alli pienssan de aguijar, alli sueltan las riendas.



A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra
y entrando a Burgos ovieron la siniestra.
Meçio mio Çid los ombros y engrameo la tiesta:
"¡Albriçia, Albar Ffañez, ca echados somos de tierra!"

Y esta inusitada tangencia me recuerda a su vez un pasaje de Lezama Lima:

Lo que más admiro es lo que he llamado la cantidad hechizada en la que se logra la sobrenaturaleza, por ejemplo, la visita de Don Quijote a la casa de los duques. Lo que me gusta y sorprende son las inauditas tangencias del mundo de los sentidos, cuando el timbre telefónico me causa la misma sensación que la contemplación de un pulpo en una jarra minoana. O cuando leo en el Libro de los muertos, donde aparece la grandeza egipcia en su mayor esplendor poético, que los moradores subterráneos saborean pasteles de azafrán y leo después en el Diario de Martí, en las páginas finales, cuando pide un jarro hervido en dulces.

sábado, 1 de marzo de 2014

Paradoja: significados

Cuando decimos que Unamuno, Oscar Wilde o Chesterton, son escritores paradójicos, es decir, que hacen uso abundante de la paradoja, debemos entender bien qué significa el término en estos casos. Pues que, muy grosso modo, podemos distinguir tres usos diferentes del término: el retórico, el filosófico y el etimológico. Los explico.

a) uso retórico: en Retórica la paradoja es una figura de pensamiento que consiste en una (aparente) contradicción lógica.
Cuando Santa Teresa de Jesús escribe: Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero (ejemplo clásico en nuestra tradición), podemos entender las paradojas del primer y tercer verso de la siguiente manera: 1) vivo, pero mi vida no es tal, es tan pobre (comparada a lo que espero: la vida eterna), que no la puedo considerar vida; 3) muero, es decir malvivo, porque no me llega la muerte, que me permitiría alcanzar la eternidad.
El oxímoron es una forma de la paradoja, cuando la contradicción se produce entre términos de un mismo sintagma: la música callada, de que habla San Juan de la Cruz, o el título de aquella canción de Simon y Garfunkel: “Los sonidos del silencio”.

b) uso filosófico: es muy amplio este uso (la filosofía analítica se ha ocupado con mucho detalle de ello), pero nos limitaremos a una exposición general, aplicada a la célebre paradoja de Zenón de Elea sobre Aquiles y la tortuga.
Podríamos decir que, filosóficamente, la paradoja es una declaración falsa que tiene toda la  apariencia de verdadera. Según Zenón de Elea, si le da un poco de ventaja en su competición, Aquiles nunca alcanzaría a la tortuga, pues para llegar a donde se encuentra su contrincante debería caminar previamente la mitad del espacio, y luego otra vez la mitad de esa mitad, y así de mitad en mitad hasta el infinito. De manera que nunca la alcanzaría.
Dos respuestas se me ocurren a esta paradoja: la muy lúcida de Diógenes el Cínico, cuando empezó a andar y exclamó “El movimiento se demuestra andando”. O esta otra, que entra en la discusión filosófica: la falsedad de la paradoja de Zenón de Elea consiste en resolver matemáticamente, con una serie de fracciones hasta el infinito, lo que es un problema físico, cuyas magnitudes no son puntos matemáticos, sino que tienen dimensiones mensurables y no infinitamente divisibles.

c) uso etimológico: del que queríamos tratar hoy (en referencia a los autores anteriormente nombrados). Consta del prefijo para- (al margen de, contra, junto a) y el término griego –doxa (opinión común). Por lo tanto, se definiría como idea extraña u opuesta a la opinión común y al sentir de las personas corrientes.
Estos escritores paradójicos se mueren por expresar opiniones que sorprendan y hagan pensar al común de los mortales, habituado a funcionar con tópicos o las “habladurías” (Gerede, en alemán) de que hablaba Heidegger. En ese sentido son verdaderos estímulos para un pensamiento original.
Cerremos este breve excurso con unas paradojas suyas a modo de homenaje.

lunes, 24 de febrero de 2014

Algunos aforismos de Ramón y Cajal

Don Santiago, nuestro eminente científico, que fue Premio Nobel de Medicina en 1906, es también un autor con una cultura humanística más que notable y una muy sabrosa prosa. Entresaco algunos aforismos de su libro Charlas de café, que no es sino una recopilación de ellos:

La multitud de relaciones sociales requiere cultivo asiduo y servicios mutuos, cosas difícilmente compatibles con una vida de concentración intelectual y de labor fecunda. Casi todos los grandes creadores fueron solitarios.

***

Ansiamos parecer simpáticos; así muy pocas veces nos detenemos a averiguar si las personas con quienes gastamos prosa y finezas las merecen de veras. Conducta prudente será, antes de franquearse y enternecerse con alguien, hacerle hablar mucho para concerle bien. Sacudamos el cerebro del interlocutor, a fin de ver si suelta necedades o frutos sabrosos. Y ajustemos nuestra conducta al valor del fruto recogido.

***

Quienes extrañan la insinceridad de la Historia, ¿escribirían la propia franca e ingenuamente? De ordinario, toda autobiografía se reduce a una colección de nenúfares recogidos en charca pestilente.

***

Gran deleite procura la lectura de los buenos autores; pero, en compensación, nos acarrean muchas desilusiones. Porque en esas páginas febrilmente devoradas, solemos sorprender, ¡quién lo dijera!, los pensamientos más íntimamente nuestros. A menudo, después de acabar una lectura atrayente, pensamos, con amargura y desaliento: ¡Nos han plagiado!

***

La gloria no es otra cosa que un olvido aplazado.
Conviene, sin embargo, no extremar la profecía y confiar en que, si hemos labrado algo útil, el olvido clemente prorrogará un tanto sus plazos.


sábado, 22 de febrero de 2014

Muñoz Molina sobre el Lazarillo

Ahora que los de 3º  van a leer el Lazarillo, me complace traer estas líneas de un artículo de Muñoz Molina en el Babelia de hoy (El País):


La novela es un formidable universo en expansión que abarca ya cinco siglos, pero en el origen de esa inmensidad todavía viviente —¿quién puede saber cuántas novelas se han escrito, cuántas se están escribiendo y leyendo ahora mismo?— hay un Big Bang, un punto ínfimo, un libro muy breve y de pequeñas dimensiones que parecía tener y reclamar para sí tan poca importancia como la vida de su narrador y protagonista, un don nadie, un desecho social, un pregonero de Toledo dócil y cornudo, uno de los últimos entre los últimos, hijo de un preso por ladrón y de una mujer amancebada con un esclavo negro.

Qué extraordinaria expresión castellana, don nadie. Podría ser el título de una novela metafísica. Hasta el Lazarillo, hasta la plena irrupción de la novela picaresca y el Quijote y sus inmediatos derivados en Inglaterra y luego en el mundo, las ficciones trataban de personajes socialmente exaltados, reyes o príncipes, poderosos a caballo, etcétera. Con Lázaro de Tormes, con la novela, llegan a la literatura los don nadies, los que no cuentan, los de abajo, los tarados, los excluidos, las mujeres. Lo que hacen las novelas es contar las historias de los que por su poco relieve social carecen de ellas.

Lázaro de Tormes es el Adán de los personajes novelescos, pero él viene de otro origen mucho más antiguo, el cuento popular y la cultura carnavalesca, mundos sumergidos y fácilmente olvidados porque apenas dejan testimonios escritos. La alta cultura, como su propio nombre indica, trata de la parte alta de la sociedad y del cuerpo humano. Mijaíl Bajtín nos recuerda que los héroes otean el mundo desde la altura de sus caballos. El valor del héroe épico y del enamorado culto residen en el órgano más noble, que es el corazón; la belleza que celebran es la que se revela a la mirada. El órgano principal en la vida de Lázaro, como en la de Sancho, es el estómago. Comilonas, vómitos, ronquidos, eructos, pedos, diarreas, secreciones corporales de todo tipo, pasan de la risa popular y el descaro carnavalesco a la literatura filtrándose por el tejido poroso de la novela. El ciego introduce su nariz tan larga como si fuera de una máscara de carnaval en la boca abierta de Lázaro queriendo averiguar por el olor si se ha comido una longaniza, y Lázaro le baña toda la cara en la abundancia pestilente de su vomitona. Nos parece que oímos ataques de risa del siglo XVI.

(Francisco de Goya: El Lazarillo de Tormes)


miércoles, 12 de febrero de 2014

Karmelo Iribarren en Valencia



El próximo miércoles 19 de febrero, a las 19.30, viene a leer sus poemas al aula de poesía del Palau de la Música. 
Lo conocí cuando servía copas en un bar legendario de Donosti, el Akerbeltz. Hablamos de poesía -especialmente de Gil de Biedma, una predilección compartida- y de algunas otras cosas. Después leí sus versos... y hasta hoy.

LAS RESACAS

Las primeras tienen
su cosa, es cierto. Otra vez
con el trago en la mano,
uno se siente a gusto de sentirse
tan mal, de tener ese cuerpo,
de ser al fin el blanco
de miradas y risas (comentarios 
jocosos, vacilones), ya sabes,
de sufrir como un hombre.

Luego vienen las otras,
las de siempre, las clásicas,
sin el encanto de la novedad, 
las que uno ya conoce en su justa
medida, aburridas y tercas,
pegajosas, las que apenas 
sorprenden, las que una mañana 
te avisan que ojo al parche,
pero tú ni te enteras.

Las últimas resacas,
las auténticas, las de verdad, 
las que ni risas ni miradas
que valgan, las del vómito
encima, las del asco
y las lágrimas, las del miedo 
a vivir y a morir de repente,
las de la más absoluta soledad,

esas, amigo mío, mejor
que no las tengas que pasar.