Leyendo hoy a Lezama Lima, La expresión americana, me encuentro con
el siguiente pasaje: “El otro mito tomado de Plinio, sobre la vigilancia de las
águilas, que alejan el sueño con una garra levantada, sosteniendo una piedra
para que al caer se vuelva a hacer imposible el sueño. Símbolos de astucia, de cautela
o resguardo.” (Alianza Editorial, p. 40)
Es evidente que Lezama citaba
de memoria, y no le preocupaba mayormente la exactitud, sino lo sugestivo del
mensaje, pues una pequeña consulta a la IA nos dice que no se trata de águilas,
sino que Plinio se refiere a las grullas. Hablando de ellas escribe:
“Durante los momentos de la
noche tienen centinelas que sostienen en un pie una piedrecilla, que, en caso
de ser soltada debido al sueño y caer, demuestre su negligencia. Las demás
duermen con la cabeza metida bajo un ala y apoyadas alternativamente en uno u
otro pie. El jefe, con el cuello erguido, vela por la seguridad de todas y da
señales de aviso.”
Lo que me llama la atención
es la similitud entre este mito y una leyenda sobre el joven Aristóteles que ya
comenté en el blog (https://ccm-cidehamete.blogspot.com/2024/12/el-joven-aristoteles.html):
aquella que nos dice que, en su disciplina de estudio, el hijo de Filipo
llevaba siempre una bola de broce en su mano, de manera que si se quedaba
dormido, los músculos de ésta se destensaban, la bola caía sobre una palangana
de metal, se despertaba el joven y volvía a su trabajo lector. En aquel post
comentaba un pasaje de Luis Vives y una escultura del Museo d´Orsay. Hoy, a
diferencia de Lezama, lo que me insta a ocuparme del asunto es la búsqueda de
la exactitud. Así, por ejemplo, encuentro que la anécdota sobre el joven
Aristóteles procede de un brevísimo pasaje de Diógenes Laercio. En su Vida y opiniones de los filósofos más ilustres, en el libro
5, dedicado al Estagirita, escribe:
“Y que cuando se echaba a dormir tomaba en la
mano una bola de bronce, poniendo debajo un cuenco, para que cuando le cayese
la bola en el cuenco se despertase al ruido.”
Otra cosa sería indagar dónde se produce la
confluencia de ambas leyendas. Habida cuenta de que Diógenes Laercio (s. III d.
C) es suficientemente posterior a Plinio el Viejo, mucho nos tememos que el
imaginativo biógrafo de los filósofos antiguos adaptó la leyenda de las grullas
a la vigilancia y responsabilidad del joven estudioso. Pero esta indagación
excede con mucho las posibilidades de este post.



