miércoles, 9 de septiembre de 2026

De nuevo sobre la bola de bronce de Aristóteles.

 


 

Leyendo hoy a Lezama Lima, La expresión americana, me encuentro con el siguiente pasaje: “El otro mito tomado de Plinio, sobre la vigilancia de las águilas, que alejan el sueño con una garra levantada, sosteniendo una piedra para que al caer se vuelva a hacer imposible el sueño. Símbolos de astucia, de cautela o resguardo.” (Alianza Editorial, p. 40)

 

Es evidente que Lezama citaba de memoria, y no le preocupaba mayormente la exactitud, sino lo sugestivo del mensaje, pues una pequeña consulta a la IA nos dice que no se trata de águilas, sino que Plinio se refiere a las grullas. Hablando de ellas escribe:

 

“Durante los momentos de la noche tienen centinelas que sostienen en un pie una piedrecilla, que, en caso de ser soltada debido al sueño y caer, demuestre su negligencia. Las demás duermen con la cabeza metida bajo un ala y apoyadas alternativamente en uno u otro pie. El jefe, con el cuello erguido, vela por la seguridad de todas y da señales de aviso.”

 (Plinio: Historia natural, libro X, 30)

 

Lo que me llama la atención es la similitud entre este mito y una leyenda sobre el joven Aristóteles que ya comenté en el blog (https://ccm-cidehamete.blogspot.com/2024/12/el-joven-aristoteles.html): aquella que nos dice que, en su disciplina de estudio, el hijo de Filipo llevaba siempre una bola de broce en su mano, de manera que si se quedaba dormido, los músculos de ésta se destensaban, la bola caía sobre una palangana de metal, se despertaba el joven y volvía a su trabajo lector. En aquel post comentaba un pasaje de Luis Vives y una escultura del Museo d´Orsay. Hoy, a diferencia de Lezama, lo que me insta a ocuparme del asunto es la búsqueda de la exactitud. Así, por ejemplo, encuentro que la anécdota sobre el joven Aristóteles procede de un brevísimo pasaje de Diógenes Laercio. En su Vida y opiniones  de los filósofos más ilustres, en el libro 5, dedicado al Estagirita, escribe:

 

“Y que cuando se echaba a dormir tomaba en la mano una bola de bronce, poniendo debajo un cuenco, para que cuando le cayese la bola en el cuenco se despertase al ruido.”

 

Otra cosa sería indagar dónde se produce la confluencia de ambas leyendas. Habida cuenta de que Diógenes Laercio (s. III d. C) es suficientemente posterior a Plinio el Viejo, mucho nos tememos que el imaginativo biógrafo de los filósofos antiguos adaptó la leyenda de las grullas a la vigilancia y responsabilidad del joven estudioso. Pero esta indagación excede con mucho las posibilidades de este post.