miércoles, 6 de marzo de 2019
Javier García Gibert habla sobre los valores del humanismo español
Me envía el amigo Javier García Gibert este enlace de una charla suya sobre los valores del humanismo español, tema de que trata su libro La humanitas hispana. Aquí os lo dejo:
miércoles, 20 de febrero de 2019
La higiene de las palabras (en relación con Orwell)
Precisamente en estos días, en que releo 1984, de George Orwell, con sumo interés (la novela no ha perdido un ápice de validez), me he encontrado con este texto que publiqué en la revista del Instituto Berenguer Dalmau hace tres lustros, y que no parece haber perdido actualidad precisamente. Lo rescato para el blog.
Me
contaba recientemente una muy querida amiga cómo, tras su jornada
laboral como docente universitaria, dedica algunas horas semanales a
ayudar a jóvenes emigrantes en el repaso y profundización de su
aprendizaje escolar. Al ponderarle yo lo mucho que apreciaba ese acto
de caridad, me respondió que no se trataba de caridad sino de
solidaridad. De inmediato salí yo en defensa del término
caridad, la caritas cristiana (que procede a su vez del agape
griego de las epístolas de San Pablo), una de las palabras y
nociones que más valoro y que habitualmente se entiende mal, como
tantas otras palabras. La culpa de ese malentendido se le puede
achacar al lamentable uso que ha hecho del vocablo cierta tradición
eclesiástica (que lo viene a equiparar a lástima, y que lo
convierte en un ritual casi vacío y frecuentemente monetario),
cuando el auténtico y original sentido del término es amor.
Y qué si no un acto de amor, de entrega que es amor, era lo que
estaba llevando a cabo mi amiga.
Recientemente
también leí en un documento del centro una sigla que no entendía:
AMPA. Cuando le pregunté por su significado a una compañera me
explicó que es la actual denominación de la antigua APA, que ahora
se lee como Asociación de Madres y Padres de Alumnos. Me quedé
ligeramente aterrado con esa nueva sigla que no sólo conculca el
principio de economía lingüística e ignora el valor genérico del
masculino en castellano, sino que puede sugerir connotaciones
indeseables a través de una desventurada homonimia. Cuando la puse
en clase como ejemplo de ese terrible abuso del eufemismo lingüístico
que se llama "lo políticamente correcto" (y que supone un
salto atrás como de veinte siglos respecto a la propuesta paulina de
primacía del espíritu sobre la letra), un alumno me sugirió que la
nueva sigla debía ser AMPAA o AMPAyA: Asociación de Madres y Padres
de Alumnos y Alumnas. Sobran comentarios ante la agudeza y mordacidad
de la observación. Fue uno de esos días que nos consuela de la
frecuentemente ingrata labor docente.
Estos
dos ejemplos nos ilustran uno de los fenómenos más lamentables (y
hay otros muchos) del tiempo que vivimos: lo que podríamos denominar
la perversión del lenguaje. El que un programa televisivo de gran
audiencia se llame perversa y provocadoramente "Gran Hermano",
y todo el mundo parezca contento con él, sería otro ejemplo para
añadir a la cuenta. No olvidemos que Gran Hermano es la traducción
del Big Brother de Orwell: el siniestro símbolo del poder
omnipresente y omnisciente del estado totalitario que George Orwell
satirizó en su antiutopía 1984, quien tenía instalada una
gran pantalla interactiva en las viviendas de sus súbditos, desde la
cual controlaba y regía sus vidas. La pavorosa advertencia de Orwell
cae en el olvido y las audiencias se sienten felices con la presencia
en casa del Gran Hermano.
Precisamente
Orwell fue un fustigador acérrimo de esa perversión del lenguaje
(para él una de las mayores tragedias políticas del siglo XX) y un
defensor infatigable de la moral de la prosa. En su célebre ensayo
"Politics and the
English
Language" (1946), señala el estrecho vínculo que liga la
decadencia lingüística con el caos político de nuestro tiempo y
que si es cierto que un pensamiento vago y deficiente corrompe
nuestro lenguaje, también lo es que la dejadez e imprecisión del
lenguaje acaba por corromper la capacidad de pensar con acuidad y
rigor. Critica el uso de las metáforas gastadas, de las frases
prefabricadas, del eufemismo político, de la pomposidad expresiva,
de las palabras y expresiones que nada significan. No es mucho lo que
se puede hacer contra esa decadencia, pero habrá de depender de las
opciones individuales: del compromiso de cada hablante o escritor por
utilizar el lenguaje como instrumento para la transmisión de la
verdad, de la forma más clara, concisa y precisa posible, y no para
ocultarla, a la manera en que el calamar usa su tinta.
De
lo dicho por Orwell se desprende que era preciso en su época -y lo
sigue siendo hoy en día, probablemente con mayor urgencia- la tarea
de desempolvar el lenguaje, limpiarlo de adherencias y suciedades,
para que resplandezca en su plenitud posible. Parece más que
necesaria una campaña de higiene lingüística, que podría comenzar
-y es una sugerencia- por leer con atención a los grandes autores
(el propio Orwell no deja de serlo en sus obras más conocidas:
Homenaje a Cataluña, Rebelión en la Granja y 1984).
En
mi época de estudiante solía cometer con frecuencia un lapsus
linguae.
La propuesta de Mallarmé sobre la tarea que incumbe a los poetas
("Donner un sens plus pur aux mots de la tribu") yo la
paladeaba interiormente formulándola así: "Donner un sens plus
précis aux mots de la tribu". La transformación resultaba
inadecuada aplicada a un escritor que defendió la sugerencia borrosa
como principio rector de su poética. Pero el inconsciente, como de
costumbre, hablaba a través de mi lapsus
y no decía nada banal. Tal vez debemos dejar a los poetas que se
ocupen de la pureza
de la lengua, pero la precisión
es una tarea de todos.
4-11-03
festividad de San Carlos Borromeo
Etiquetas:
Crítica,
léxico,
Literatura inglesa,
Literatura Universal
lunes, 4 de febrero de 2019
Algunas notas sobre el cuadro “La tertulia de Pombo”, de Gutiérrez Solana
(Escribo estas notas a partir
en las impresiones y recuerdos de Ramón Gómez de la Serna recogidos
en sus libros Pombo, La sagrada cripta de Pombo, Solana
y Automoribundia. Si no se
indica otra cosa, las citas proceden de estos libros.)
Hacia 1920, la tertulia de
Pombo (que había surgido en 1914), “necesitaba su cuadro”, en
palabras de Ramón Gómez de la Serna. Y el más indicado para
hacerlo era Gutiérrez Solana, contertulio de la primera hornada,
pero Solana “no hace más que lo que quiere”, y hubo que esperar
varios años hasta que metiera manos (y pinceles) en el asunto.
Etiquetas:
Arte,
Literatura Hispanoamericana,
Pintura,
Romanticismo
viernes, 1 de febrero de 2019
Los personajes del cuadro “La tertulia del Café de Pombo”, de Gutiérrez Solana.
El objeto de esta nota es aclarar quién es quién en el famoso cuadro de Gutiérrez Solana al tiempo que hacer unas pequeñas consideraciones (bajo la guía de Ramón Gómez de la Serna) a propósito de este retrato de grupo.
En
las descripciones que se hacen del cuadro normalmente se identifica
bien a sus componentes. Tomemos, por ejemplo, esta descripción que
en el tumblr Harte
con Hache hace
Marga Fernández Villaverde:
Siguiendo
el orden de las agujas del reloj y empezando por Tomás Borrás, que
es ese señor de perfil que está abajo a la izquierda, podemos ver a
Manuel Abril, José Bergamín, José Cabrero, Ramón Gómez de
la Serna (de pie en el centro), Mauricio Bacarisse, José Gutiérrez
Solana (en la esquina superior derecha), Salvador Bartolozzi y Pedro
Emilio Coll.
miércoles, 30 de enero de 2019
Un curiosísimo romance con metamorfosis y tragedia: Margarita o la cierva blanca
En el libro Viaje por los montes y chimeneas de Galicia, de Jose María Castroviejo y Álvaro Cunqueiro, se recoge este bellísimo romance (página 152, de la edición de Austral) que no me resisto a transcribir (hago una leve corrección en el último verso: leo "queman" en lugar de "quedan"; para ello me apoyo en la única versión -casi idéntica a la de nuestro libro- que he podido encontrar en el ciberespacio:
Allá pasan por el bosque,
va la madre con la hija;
la madre canta un cantar,
pero la niña suspira.
- ¿Qué te hace suspirar?
¿Por qué lloras, Margarita?
- Es que sufro sin decirlo,
soy Margarita de día,
pero de noche me vuelvo
una blanca cervatilla.
Condes y duques me siguen,
cazadores y jaurías,
y el que más me acosa, madre,
es mi hermano Roldanías.
Anda, pronto, madre, pronto,
dile que no me persiga,
dile que amarre sus perros
hasta que amanezca el día.
- Roldanías, ¿dónde tienes
tus pajes y tus jaurías?
- Están en el bosque, madre,
tras de blanca cervatilla.
- ¡Deténlos, hijo, deténlos,
deténlos, por vida mía!
Con su cuerno plateado
llama tres veces seguidas.
A la tercera llamada,
cazan a la cervatilla.
- Mandemos despellejarla
y servirla en la comida.
Dice el que la despelleja,
bien oiréis lo que decía:
"Tiene rubios los cabellos,
tiene el seno de una niña."
Saca el cuchillo del cinto
y pronto la descuartiza.
Ofrecen una gran cena
al rey y a su comitiva.
- Estamos todos sentados,
sólo falta Margarita.
- Yo me senté la primera;
empezad vuestra comida.
Mi cabeza está en la fuente
y mi carne en la vajilla,
mi sangre está derramada,
fresca aún, en la cocina;
y en brasa mis pobres huesos
se queman en la parrilla.
P.S. Se trata de la adaptación de un romance francés, al parecer bretón, y que data del siglo XVI, que se recoge en Le romancero populaire de la France, de G. Doncieux, Paris, 1904.
Los versos finales de la versión francesa (mon sang est répandu par toute la cuisine, / et sur les noirs charbons, mes povres os y grillent) me reafirman en mi lección de "queman" en lugar de "quedan".
Ni que decir que este romance de la fille biche o biche blanche está en el origen de la leyenda de Bécquer La corza blanca.
Allá pasan por el bosque,
va la madre con la hija;
la madre canta un cantar,
pero la niña suspira.
- ¿Qué te hace suspirar?
¿Por qué lloras, Margarita?
- Es que sufro sin decirlo,
soy Margarita de día,
pero de noche me vuelvo
una blanca cervatilla.
Condes y duques me siguen,
cazadores y jaurías,
y el que más me acosa, madre,
es mi hermano Roldanías.
Anda, pronto, madre, pronto,
dile que no me persiga,
dile que amarre sus perros
hasta que amanezca el día.
- Roldanías, ¿dónde tienes
tus pajes y tus jaurías?
- Están en el bosque, madre,
tras de blanca cervatilla.
- ¡Deténlos, hijo, deténlos,
deténlos, por vida mía!
Con su cuerno plateado
llama tres veces seguidas.
A la tercera llamada,
cazan a la cervatilla.
- Mandemos despellejarla
y servirla en la comida.
Dice el que la despelleja,
bien oiréis lo que decía:
"Tiene rubios los cabellos,
tiene el seno de una niña."
Saca el cuchillo del cinto
y pronto la descuartiza.
Ofrecen una gran cena
al rey y a su comitiva.
- Estamos todos sentados,
sólo falta Margarita.
- Yo me senté la primera;
empezad vuestra comida.
Mi cabeza está en la fuente
y mi carne en la vajilla,
mi sangre está derramada,
fresca aún, en la cocina;
y en brasa mis pobres huesos
se queman en la parrilla.
P.S. Se trata de la adaptación de un romance francés, al parecer bretón, y que data del siglo XVI, que se recoge en Le romancero populaire de la France, de G. Doncieux, Paris, 1904.
Los versos finales de la versión francesa (mon sang est répandu par toute la cuisine, / et sur les noirs charbons, mes povres os y grillent) me reafirman en mi lección de "queman" en lugar de "quedan".
Ni que decir que este romance de la fille biche o biche blanche está en el origen de la leyenda de Bécquer La corza blanca.
lunes, 14 de enero de 2019
Un apunte sobre técnicas de estudio (leyendo a Jean Guitton)
Leyendo,
ya a mis años, jubilado después de más de 35 de docencia, un par
de libros de Jean Guitton sobre técnicas de trabajo intelectual
(Nuevo arte de pensar y El trabajo intelectual) me
complace ver que, los consejos y estrategias que propone, coinciden
con los que yo, intuitivamente, me fui forjando en mis años de
estudiante (me refiero a los últimos años de antiguo bachillerato y
COU, y, sobre todo, a los años de Universidad). Por ello, aparcando
un momento la palabra escrita de tan gran maestro, o entreverándola
con mis propias reflexiones, me voy a permitir dar cuenta, valga lo
que valiere y en un orden poco estricto, de algunas de mis ideas
particulares sobre el aprendizaje (entiendo que algunas resultarán
chocantes).
viernes, 11 de enero de 2019
Una gran lección sobre qué sea poesía. Gastón Baquero comenta un poema de Lezama Lima
En
mi proyecto de traer a este blog páginas difíciles de encontrar de
autores cubanos, empiezo con un fragmento de Gastón Baquero, en que
hace un luminoso comentario de un poema de Lezama Lima, luminoso por
cuanto dice sobre el poema (poesía purísima, de no fácil
intelección) y por cuanto dice sobre la poesía en general. Se
refiere al encuentro de un lector común, no demasiado avezado en
la lectura poética, que tiene sensibilidad, y que ha leído a Rubén
Darío, pero que de repente se topa con un poema de vanguardia como
el siguiente.
El
libro de Lezama es de 1941, y el ensayo de Baquero ("La poesía de Lezama Lima") de 1942.
“Pero
si este mismo hombre toma en sus manos el libro Enemigo
rumor
y se entra por él, encuentra que el primer poema dice:
Ah,
que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados,
parecen entre sueños, sin ansias levantar
los más extensos cabellos y el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir.
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados,
parecen entre sueños, sin ansias levantar
los más extensos cabellos y el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir.
¿Qué
impresión produce este poema tan bello, tan fino, en ese tipo de
lector que asumimos? Lo que ocurre es, posiblemente, que echa de
menos la anécdota; que no sabe bien a qué atenerse en cuanto a lo
que allí se ha “querido contar” -esta es su concepción- y
procura formarse un esquema lógico, una traducción a su lenguaje,
de lo que el poema ha dicho ya impecablemente en el suyo. Gracias a
esto, arriba a la conclusión de que se trata de un poema más en que
un poeta llora el desdén de que ha sido objeto por parte de su
amada. Ve, además de eso, una suma de cosas que no tienen mayormente
que ver con el problema del desdén, y ha PERDIDO
PIE REPETIDAS VECES EN LA LECTURA PORQUE NO SABE CON CERTEZA
qué cosa sea “
esa
estrella recién cortada, que va mojando sus puntas en otra estrella
enemiga”, o esa agua discursiva, o esos cabellos extensos, ese
mármol de los adioses o ese viento que se tiende como un gato.
Imaginemos
que una percepción más fina, pero todavía de carácter
estrictamente lógico, le llevase a urdir este esquema riguroso, esta
descomposición del poema en sus momentos e imágenes, con la
necesaria reducción de esas imágenes a los hechos ocurridos. Llega
de ese modo a lo siguiente: El poeta ha sido abandonada por su amada
en el instante precisa en el que esta iba a decidirse, o sea, a
“alcanzar su definición mejor”, pues la mejor definición de una
amante ante su amado es decidirse sin reservas a quererle. La amiga
se niega a creer las preguntas que formula una estrella recién
cortada ante otra estrella que considera enemiga y en la cual va
mojando sus puntas. Esa estrella recién cortada es el propio poeta,
que se compara con una estrella caída de su posición sideral -que
es el amor de su amiga-, de donde ha sido cortada o arrancada,
recientemente. Va preguntando entonces, una vez caída ante la acción
desdeñosa, para saber quién es la nueva estrella; va mojando en
esta sus doloridas puntas, para saber quién ocupa ahora su puesto en
el cielo de su amada y quién es, por lo tanto, su estrella enemiga.
Algo, la amiga o una suposición…, hace creer al poeta que existe
una hora en que va a ser o pudo ser cierta su esperanza, su dicha.
Esa hora es aquella en que tanto el paisaje como los animales más
finos de la creación, aparecen, bajo el baño que les proporciona un
agua fluente o discursiva, como sumergidos en un sueño, a través
del cual apareciesen levantando, incorporando, creando para consuelo
del poeta, las cabelleras más hermosas y el agua que con más amor
es recordada por este. Pero comprendiendo el poeta que ese paisaje y
sus animales inmersos, no han de ser y no son suficientes para
sustituir o consolar la pérdida de la amiga, vuélvese a esta, ida
ya, para decirle que debió dejarle por lo menos, como compañía,
una estatua. Esta estatua, se comprende, es un recuerdo hermoso y
fiel de la ausente, un recuerdo semejante al que nos queda cuando se
nos da un adiós tan intenso, tan sentido, que podemos tomarlo como
si fuese materia tan sólida como el mármol y hacer con él, con el
adiós, un recuerdo tan puro y tan presente como la estatua. Y la
amiga pudo y debió darle al poeta ese adiós porque para él, y en
este día, todo, hasta el viento lleno de gracia, se le ofrece
amoroso, se le tiende ante los ojos tan tiernamente como gato, para
dejarse definir y entregarse.
Quedaría
de este modo el lector acaso impuesto del tema del poeta, ¿pero es
esta la lectura que conviene a la poesía? De leerse así, tan
fatigosamente, permanece desconocido o ausente para el lector aquel
mundo poético creado por el poeta. Los poemas que constituyen este
libro necesitan de una lectura no meramente alfabética, sino
creadora. Y precisan de esa lectura, ante todo, en el sentido de que
no se les ha de leer para buscar en ellos las anécdotas, sino para
conocerles como creación. Exigen lectura poética y no lógica en
tanto que su existencia, estructura y expresión difieren totalmente
de lo clasificado como poesía en el catálogo de las emociones y
diversiones cotidianas. Su lectura supone la posesión, no de una
clave, sino de una actitud hacia la poesía que se halle sostenida
por algo más diáfano y seguro que el sentimentalismo. Una lectura
poética supone, hoy más necesariamente que nunca, una posibilidad
de colaboración previa entre el lector y el autor; requiere que
exista entre ambos una estatura espiritual presidida por un mínimo
de semejanza. Si no se posee disposición o aptitud para incorporarse
la
atmósfera poética específica, que es siempre algo ajeno al relato,
algo que permanece en forma extraliteral en el poema, se
corre el riesgo de reducir este al útil denominador común de lo
ininteligible e insensato.”
Si
aquel mismo lector asumido hace unos instantes hubiese leído el
poema desde los valores poéticos que contiene, habríase percatado
de que el poeta con quien inauguraba conocimiento, no toma como fin
en el poema su propia situación sentimental, no quiere limitarse a
contarla tal y como fue (real o imaginariamente), sino que parte de
ella, arranca de ella, y la entrega recreada, enmarcada por elementos
o nociones tan refinadamente manejados, tan creadores y seguros, que
aquella situación inicial -si es que la hubo- semejante a tantas
otras desdichas amorosas, se ha convertido en una nueva y distinta
realidad: se ha convertido en un poema.
Este
paso o transmutación de lo cotidiano, de lo vulgar y anecdótico a
realidad extra histórica, a realidad trascendente, vivida en sí
misma, independiente de sus orígenes y referencias, constituye el
quehacer genuinamente poético.”
(Gastón
Baquero: Ensayos selectos,
editorial Verbum, p. 79-82. Corrijo
alguna errata evidente -y otras que me lo parecen a mí.)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


