lunes, 20 de junio de 2011

Artículos de Larra para trabajar en verano 4º ESO

Los artículos "El castellano viejo" y "Vuelva usted mañana" se pueden consultar aquí:

http://es.wikisource.org/wiki/El_castellano_viejo

http://es.wikisource.org/wiki/Vuelva_usted_ma%C3%B1ana

viernes, 10 de junio de 2011

Un canon -más o menos objetivo- del cuento.

La Colifata cita en su blog “El decálogo del perfecto cuentista” de Horacio Quiroga, cuyo primer mandamiento reza así:

“1- Cree en el maestro –Poe, Maupassant, Kiplig, Chejov- como en Dios mismo.”

Esto me ha recordado mis antiguas indagaciones en busca de un canon –más o menos objetivo- del género. Para ello lo que hice fue leer a varios tratadistas (algunos también cuentistas, como el propio Quiroga) y cruzar sus referencias. Así obtendría una idea más o menos general de lo que constituye –tanto en autores como en obras- la flor y nata del género.

Hace muchos años, en la biblioteca del British Institute, leí un ensayo del novelista –y cuentista- W. Somerset Maugham titulado “The short story”. A pesar de precedentes notables, como Boccaccio y Cervantes, el género llega a su madurez en el siglo XIX. La nómina de grandes cuentistas la constituían, en su opinión, Anton Chejov (“Los campesinos”, “La dama del perrito”, “La celda número 6”...), Guy de Maupassant (“Boule de suif”, “La parure”...), Rudyard Kipling, Katherine Mansfield, E. A. Poe, Henry James...

Julio Cortázar, maestro del género en cuestión, en su brillante ensayo “Algunos aspectos del cuento”, cita como grandes cuentistas a Franz Kafka, Henry James, K. Mansfield, E. A. Poe, Chejov o Hemingway. Además, hace una selección de sus cuentos favoritos: “Tengo “William Wilson” de Edgar A. Poe; tengo “Bola de sebo” de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está “Un recuerdo de Navidad” de Truman Capote; “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Jorge Luis Borges; “Un sueño realizado” de Juan Carlos Onetti; “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi; “Fifty Grand”, de Hemingway; “Los soñadores”, de Isak Dinesen, y así podría seguir y seguir...”

El tratadista español Mariano Baquero Goyanes, en “Qué es el cuento”, considera al XIX el siglo del cuento, y cita entre sus maestros a Maupassant, Daudet, Chejov, Oscar Wilde, E. A. Poe y Hoffmann.

Vargas Llosa, en La verdad de las mentiras, hablando de Dublineses de Joyce, cita algunos de sus cuentos, “cuya inigualable maestría los hace dignos de figurar, con algunos textos de Chejov, Maupassant, Poe y Borges, entre los más admirables que ha producido ese género.”

Hay tres nombres que aparecen siempre: E. A. Poe, Maupassant y Anton Chejov. Habrá que considerarlos como los maestros indiscutibles del género.

viernes, 3 de junio de 2011

Propuesta de interpretación colectiva de un texto vanguardista

MADRIGAL AL BILLETE DE TRANVÍA

Adonde el viento, impávido, subleva
torres de luz contra la sangre mía,
tú, billete, flor nueva,
cortada en los balcones del tranvía.

Huyes, directa, rectamente liso,
en tu pétalo un nombre y un encuentro
latentes, a ese centro
cerrado y por cortar del compromiso.

Y no arde en ti la rosa, ni en ti priva
el finado clavel, si la violeta
contemporánea, viva,
del libro que viaja en la chaqueta.

RAFAEL ALBERTI, Cal y canto (1929)


En clase vimos las dificultades interpretativas que plantea un texto de esta índole. Propusimos como actividad colgarlo en el blog y que se pueda participar en un intento de lectura colectiva. Se trataría de responder: ¿Qué nos cuenta Alberti? ¿De qué trata el poema? ¿Qué pasa en él?
Animaos y poned un granito de arena.

martes, 24 de mayo de 2011

Parva cosecha: las greguerías de 2011

Me gusta registrar en el blog las greguerías más afortunadas entre las creadas en clase dentro de una actividad. Este año la cosecha ha sido parva. He aquí unas cuantas:

Los tigres del presente serán los gatos del futuro.

Hoy un pescado, mañana las espinas.

Marta Jurado


El elefante es el bombero del zoo.

Carla Hernández


Los gallos son los despertadores del pueblo.

Sergi Laguna


Un gran tigre no es más que una pulga con hilos.

Wendy Quinga

sábado, 21 de mayo de 2011

La mejor forma de preparar el examen de Literatura Universal es ir al cine

Midnight in Paris, de Woody Allen.

Intentando reflexionar sobre qué era un intelectual llegué en cierta ocasión a la siguiente formulación: “Un intelectual es aquella persona que tiene fantasías intelectuales.” Todos tenemos fantasías eróticas y algunas personas manifiestan verdaderos delirios de grandeza, por ejemplo. Pues bien, aquella persona capaz de alimentar fantasías intelectuales (asistir a un coloquio de verano en el castillo de Umberto Eco o tener una noche, a su sola disposición, la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, por decir un par de ellas) se me antoja que es un intelectual.
Que el cine de Woody Allen es un cine de fuerte raigambre intelectual (con sus confesadas admiraciones a Ingmar Bergman o Federico Fellini) es algo que nadie pone en cuestión. Si existiera, aunque fuera mínimamente, algún atisbo de duda, esta película que hoy traemos a consideración, acabaría por disiparla. Y es que Midnight in Paris, aparte de un rendido homenaje a la ciudad de París, es una fantasía intelectual en la que Allen da salida a una extensa porción de su fetichismo cultural.
En la línea de La rosa púrpura del Cairo, en que una enajenada devoradora de filmes de los años de la Gran Depresión vivía una aventura romántica con un explorador escapado del celuloide (y que sólo poseía la virtual existencia de personaje de ficción), aquí, un joven guionista americano, en vacaciones parisinas con la acaudalada familia de su prometida, y que fantasea con el París de los años 20, el de la lost generation, los surrealistas y el jazz, una noche en que deambula solitario por la ciudad, se ve invitado, cual cenicienta lletraferida, a subir a un coche de época que le llevará a una moveable feast de su periodo soñado, donde conocerá a Scott Fitzgerald y su esposa Zelda. Estos le presentarán a Hemingway, y por medio de él conocerá a Gertrude Stein, Picasso, Adriana, una modelo de éste de la que se enamora y otros muchos protagonistas de aquel momento histórico: al surrealista Dalí y a su amigo Buñuel, al que le ofrecerá la idea para El ángel exterminador: “¿Pero por qué no pueden salir de la habitación?”, se pregunta un Buñuel algo romo en una escena desternillante.
Entre saltos del presente al pasado se mueve el filme, e incluso hay otro salto hasta la belle epoque, que es la edad de oro con que sueña Adriana (se encontrarán entonces con Toulouse Lautrec, Gauguin, Degas). Allí nuestro mitómano personaje se da cuenta de la falacia que subyace a esas mitificaciones del pasado y decide, deshaciendo su proyectado matrimonio y quedándose a vivir en París, asumir su compromiso con el presente. Eso sí, de la mano de una joven parisina sutilmente nostálgica del tiempo pasado (la compartida pasión por Cole Porter), con la que se podrá entender de maravilla.
Maravillosa es esta fantasía intelectual de Woody Allen, que consigue hacer un idilio de un periodo anti-idílico por excelencia (la dipsomanía de Scott Fitzgerald, la locura de Zelda o las depresiones filosuicidas de Hemingway no parecen poder alentar idilio alguno), que confirma que el cineasta sigue en forma (como ya demostró en Si la cosa funciona) y que la ridícula inepcia de Vicky Cristina Barcelona (en la que consiguió hacer de Bardem un mal actor, cosa nada fácil) fue una caída momentánea.

viernes, 6 de mayo de 2011

El monólogo interior por antonomasia

Cito fragmentariamente el comienzo y el final del stream of consciousness de Molly Bloom al final del Ulises de Joyce. Los puntos suspensivos equivalen a más de 50 páginas sin ningún signo de puntuación:


Sí porque él nunca había hecho tal cosa como pedir el desayuno en la cama con un par de huevos desde el Hotel City Arms cuando solía hacer que estaba malo en voz de enfermo como un rey para hacerse el interesante con esa vieja bruja de la señora Riordan que él se imaginaba que la tenía en el bote y no nos dejó ni un ochavo todo en misas para ella sola y su alma grandísima tacaña como no se ha visto otra con miedo a sacar cuatro peniques para su alcohol metilico contándome todos los achaques tenía demasiado que desembuchar sobre política y terremotos y el fin del mundo vamos a divertirnos primero un poco Dios salve al mundo si todas las mujeres fueran así venga que si trajes de baño y escotes claro que nadie quería que ella se los pusiera imagino que era devota porque ningún hombre la miraría dos veces espero no llegar a ser nunca como ella
(…)
y de las tiendas de vinos entreabiertas por la noche y las castañuelas y de la noche que perdimos el barco de Algeciras el vigilante rondando sereno con su linterna y oh el mar el mar carmesí a veces como de fuego y las soberbias puestas de sol y las higueras de los jardínes de la Alameda sí todas las raras callejuelas y las casas rosas y azules y amarillas y de las rosaledas y los jazmines y los geranios y cactus y de Gibraltar cuando niña y cuando flor de montaña sí cuando puse la rosa en mis cabellos como las muchachas andaluzas la llevan y debí llevar una roja sí, y cómo él me besaba al pie de la pared morisca y me pareció bien lo mismo de él que de otro y después le pedí con los ojos para poder volverle a pedir sí y él luego me pidió si quería decir sí mi flor de montaña y primero le rodeé con mis brazos y lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis pechos todo perfume sí y su corazón latía como alocado y sí dije sí quiero Sí

James Joyce: Ulises.

Un ejemplo de monólogo interior o corriente de conciencia en La colmena de Cela

Martín Marco, que sin llegar a ser el protagonista (pues es una obra de protagonismo múltiple) es el personaje más destacado de la obra, y que por haber pertenecido durante la República a la Federación Universitaria de Estudiantes, sindicato estudiantil de izquierdas, corre peligro de ser depurado en la post-guerra franquista, se ha encontrado con un policía que le ha pedido sus papeles. El policía tenía un diente de oro. Cuando se vuelve a quedar solo Martín Marco, atemorizado, se sumerge en un monólogo interior o corriente de conciencia, del que cito sólo el comienzo:


Martín empieza a pensar muy deprisa.
- ¿De qué tengo yo miedo? ¡Je, je! ¿De qué tengo yo miedo? ¿De qué, de qué? Tenía un diente de oro. ¡Je, je! ¿De qué puedo tener yo miedo? ¿De qué, de qué? A mí me haría bien un diente de oro. ¡Qué lucido! ¡Je, je! ¡Yo no me meto en nada! ¡En nada! ¿Qué me pueden hacer a mí si yo no me meto en nada! ¡En nada! ¡Je, je! ¡Qué tío! ¡Vaya un diente de oro! ¿Por qué tengo yo miedo? ¡No gana uno para sustos! ¡Je, je! De repente, ¡zas! ¡un diente de oro! ¡Alto! ¡Los papeles! Yo no tengo papeles. ¡Je, je! Tampoco tengo un diente de oro. Yo soy Martín Marco. Con diente de oro y sin diente de oro (…)

Camilo José Cela: La colmena, capítulo 4.