¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Julio Cortázar
miércoles, 20 de mayo de 2009
viernes, 15 de mayo de 2009
Comienzo de CIEN AÑOS DE SOLEDAD
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. "Las cosas tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima."
Gabriel García Márquez
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martes, 12 de mayo de 2009
Comienzo de CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo.
Gabriel García Márquez
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viernes, 8 de mayo de 2009
EL PORQUÉ DE LOS DICHOS: Dar sopas con honda
Aunque es una locución en progresivo desuso y por tanto extraña para muchos, todos cuantos aún la reconocen están de acuerdo en que «dar sopas con honda» significa ‘mostrar una persona clara superioridad en algo sobre otra’. Donde hay discrepancias es en la forma de escribirlo. ¿Son «sopas con honda» o «sopas con onda»? La duda ortográfica sobre la hache deriva de una vacilación léxica previa. Y es que muchos hablantes no saben si la fórmula se refiere a "onda" (es decir, ola, ondulación) o a "honda" (utensilio para lanzar piedras).
Nos hallamos ante uno de esos modismos de cuyo origen nadie consigue dar fe y que, por añadidura, han perdido el vínculo referencial con la idea que expresan. Se mire por donde se mire, ni el hecho de lanzar migas de pan con un arma de pastor bíblico ni el de remover el caldo en el plato formando olas antes de llevar la cuchara a la boca parecen guardar relación alguna con la idea de superioridad, sino en todo caso con la de estupidez. Esta ausencia total de lógica favorece aún más la confusión. Pero ¿qué sería del idioma sin sus pequeños o grandes absurdos?
No obstante, el enigma tiene respuesta. Se debe escribir «dar sopas con honda» porque una de las antiguas acepciones de «sopa» es la mencionada en un pasaje del Quijote: «sopa de arroyo», que es lo mismo que «guijarro» o piedra suelta. Así que da sopas con honda a otro quien demuestra mayor pericia o fuerza al emplear la honda, y más si consigue acertar con la «sopa» –el proyectil, no precisamente de pan- en la cabeza del contrincante.
Publicado por José María Romera en ‘Juego de palabras’ del suplemento cultural ‘Territorios’ de El Correo, 14.3.06.
Nos hallamos ante uno de esos modismos de cuyo origen nadie consigue dar fe y que, por añadidura, han perdido el vínculo referencial con la idea que expresan. Se mire por donde se mire, ni el hecho de lanzar migas de pan con un arma de pastor bíblico ni el de remover el caldo en el plato formando olas antes de llevar la cuchara a la boca parecen guardar relación alguna con la idea de superioridad, sino en todo caso con la de estupidez. Esta ausencia total de lógica favorece aún más la confusión. Pero ¿qué sería del idioma sin sus pequeños o grandes absurdos?
No obstante, el enigma tiene respuesta. Se debe escribir «dar sopas con honda» porque una de las antiguas acepciones de «sopa» es la mencionada en un pasaje del Quijote: «sopa de arroyo», que es lo mismo que «guijarro» o piedra suelta. Así que da sopas con honda a otro quien demuestra mayor pericia o fuerza al emplear la honda, y más si consigue acertar con la «sopa» –el proyectil, no precisamente de pan- en la cabeza del contrincante.
Publicado por José María Romera en ‘Juego de palabras’ del suplemento cultural ‘Territorios’ de El Correo, 14.3.06.
jueves, 7 de mayo de 2009
Una anécdota léxica de Valle-Inclán: homofagia
Su agresividad estaba siempre erguida.
Un día, contando que entre las arañas es muy corriente la homofagia, fue interrumpido por un catecúmeno, que le preguntó:
- ¿Qué diablos es eso de la homofagia?
Don Ramón repuso con rapidez:
- El hecho de comer animales de la misma especie... Usted, por ejemplo, sería homófago si comiera besugo.
(Ramón Gómez de la Serna: Don Ramón María del Valle-Inclán)
Un día, contando que entre las arañas es muy corriente la homofagia, fue interrumpido por un catecúmeno, que le preguntó:
- ¿Qué diablos es eso de la homofagia?
Don Ramón repuso con rapidez:
- El hecho de comer animales de la misma especie... Usted, por ejemplo, sería homófago si comiera besugo.
(Ramón Gómez de la Serna: Don Ramón María del Valle-Inclán)
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martes, 5 de mayo de 2009
Un par de anécdotas de Valle-Inclán
En su fobia contra Echegaray, gritaba en el saloncillo del teatro en que se estaba estrenando una de sus obras:
- ¡Ese don José tiene la obsesión de la infidelidad conyugal! Todos sus dramas son autobiografías de marido burlado.
Un joven que había cerca de él le interpeló:
- Opine usted de la obra, pero no de la vida privada.
- ¿Y quién ez usted para intervenir? –preguntó don Ramón.
- El hijo de don José de Echegaray.
¿Eztá uzted seguro?
(R. Gómez de la Serna: Don Ramón María del Valle-Inclán)
Sobre su escaso pecunio, se cuenta la anécdota de que el casero subió a casa de Valle Inclán para cobrar el alquiler, escondiéndose el escritor en un armario. Pese a que el criado le indicó al casero que Valle Inclán no se hallaba enla casa, el casero rebuscó y rebuscó hasta por fin encontrarle. Cuando lo hizo, el literato, lejos de mostrarse avergonzado, le espetó:
-Es usted un grosero y un maleducado. Podría encontrarme aquí desnudo, y usted ha abierto la puerta sin tan siquiera llamar.
- ¡Ese don José tiene la obsesión de la infidelidad conyugal! Todos sus dramas son autobiografías de marido burlado.
Un joven que había cerca de él le interpeló:
- Opine usted de la obra, pero no de la vida privada.
- ¿Y quién ez usted para intervenir? –preguntó don Ramón.
- El hijo de don José de Echegaray.
¿Eztá uzted seguro?
(R. Gómez de la Serna: Don Ramón María del Valle-Inclán)
Sobre su escaso pecunio, se cuenta la anécdota de que el casero subió a casa de Valle Inclán para cobrar el alquiler, escondiéndose el escritor en un armario. Pese a que el criado le indicó al casero que Valle Inclán no se hallaba enla casa, el casero rebuscó y rebuscó hasta por fin encontrarle. Cuando lo hizo, el literato, lejos de mostrarse avergonzado, le espetó:
-Es usted un grosero y un maleducado. Podría encontrarme aquí desnudo, y usted ha abierto la puerta sin tan siquiera llamar.
domingo, 26 de abril de 2009
EL PORQUÉ DE LOS DICHOS
DE PUNTA EN BLANCO
En los ejercicios para combate, los caballeros medievales empleaban armas de hierro ordinario que carecían de filo y llevaban en la punta un botón, como los floretes con que se aprende esgrima. Recibían el nombre de armas negras, en oposición a las que se usaban en los torneos, que eran de acero filoso y tenían el extremo afilado o, como se decía entonces, la punta en blanco. En esas lizas, los contendientes se presentaban ante el árbitro o maestro de armas acompañados de sus escuderos, quienes portaban los yelmos con sus penachos y los respectivos escudos. La gran pompa de esta ceremonia con música de fanfarrias y el espectáculo de las armaduras relucientes y los estandartes al viento quedaron asociados a la frase "estar de punta en blanco", que tomó el sentido de mostrarse con las mejores galas. Pasaron los tiempos feudales, pero el dicho subsiste. Sólo que ahora se aplica a cualquiera que luce impecablemente desde el peinado hasta los pies. Vestido de punta en blanco. Como para un torneo... de elegancia.
En los ejercicios para combate, los caballeros medievales empleaban armas de hierro ordinario que carecían de filo y llevaban en la punta un botón, como los floretes con que se aprende esgrima. Recibían el nombre de armas negras, en oposición a las que se usaban en los torneos, que eran de acero filoso y tenían el extremo afilado o, como se decía entonces, la punta en blanco. En esas lizas, los contendientes se presentaban ante el árbitro o maestro de armas acompañados de sus escuderos, quienes portaban los yelmos con sus penachos y los respectivos escudos. La gran pompa de esta ceremonia con música de fanfarrias y el espectáculo de las armaduras relucientes y los estandartes al viento quedaron asociados a la frase "estar de punta en blanco", que tomó el sentido de mostrarse con las mejores galas. Pasaron los tiempos feudales, pero el dicho subsiste. Sólo que ahora se aplica a cualquiera que luce impecablemente desde el peinado hasta los pies. Vestido de punta en blanco. Como para un torneo... de elegancia.
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