viernes, 30 de octubre de 2026

Dos breves ejemplos de la magnífica prosa de Picón Salas

 En el prólogo que Mariano Picón Salas escribe a la novela de su pariente Gonzalo Picón Febres, El sargento Felipe, vuelvo a disfrutar de la excelente prosa del eximio escritor. Traigo un par de ejemplos: uno referido a un episodio de la vida del novelista (las difíciles relaciones entre el intelecto y el poder) y otro sobre el ambientes pacato que se respiraba en la Mérida andina hacia principios del siglo XX.

“Contaban, también, en la ciudad, que cuando el centenario de la Independencia en 1911, Picón Febres fue llamado a Caracas para que pronunciara uno de los discursos oficiales de las ceremonias. La oratoria (de acuerdo con los cánones del siglo XIX), conjugando su excelente voz con su orgullosa apostura y la dinámica de sus ademanes, era uno de sus acendrados ritos. Concluían y sonaban las frases de sus discursos con cadencia de endecasílabos. Era muy significativo que al formular la lista de oradores de Centenario, Gómez se acordase de Picón Febres, quien vivía casi a mil kilómetros de distancia de la capital y diez días de jornada, por las penosas rutas de entonces. Una distinción semejante casi implicaba que el sumo Dictador le ofreciese, después, un alto cargo público. Pero el orador no supo halagarlo a la medida que quería el gran mayoral de Venezuela; al final del discurso Gómez le extendió una mano díscola, y Picón Febres entendió que era preciso preparar las maletas de regreso. Fue a hundirse entonces –como quien ya cortó todos los puentes- en el recato de la provincia.” (p. 12)

 

 “En aquellos días, más que el prudente y elegante Obispo Monseñor Silva, era enérgico director de las conciencias locales el agresivo Deán de la Catedral, Presbítero José Clemente Mejía. Cualquier pecadillo venial de los escrupulosos vecinos merecía, para el sacerdote, sempiterna condenación, De creerle al Deán, incansable y casi cotidiano sermoneador en todas las ceremonias de Catedral, el diablo andaba suelto en Mérida, sembrando las más azufradas tentaciones. Como un Savonarola autóctono condenaba el baile, las fiestas de carnaval, y hasta la lectura de versos y novelas. Alguna quema y expurgo de libros, caso de un viejo Doctor que dejó al morir su biblioteca a la Universidad, fue animada por el rabioso celo del Canónigo. Y había dirigido, muchos años atrás, un periodiquito cuyo nombre era todo un desafiante programa de resurrección medieval. Se llamaba El Cruzado, y armado de la más colérica catapulta de la fe, aprestábase a lanzarse contra todos los endriagos y diabólicas engañifas de la civilización.” (p. 13)

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