miércoles, 26 de mayo de 2010

Milena Jesenská, que fue novia de Kafka, cuenta una anécdota sobre él

Cuando murió –era demasiado bueno para este mundo (y no me da miedo esta frase, está escrita aquí con plena justicia)- leí en uno de sus diarios un suceso de su juventud, y como me parece la cosa más hermosa que jamás he oído voy a relatarlo. Cuando era un muchacho –y muy pobre-, su madre le dio un día una moneda de un secherl (20 hellers). Jamás había poseído antes un secherl y por eso constituyó para él un gran acontecimiento, tanto más cuanto que se lo había ganado. Cuando fue a la calle para comprarse algo se encontró con una mendiga que tenía un aspecto de tan terrible pobreza que a él le impresionó y quiso de repente regalarle su moneda. Pero eran todavía tiempos en los que un secherl constituía, tanto para una mendiga como para un muchacho un pequeño tesoro. Le dieron tanto miedo las muestras de agradecimiento que pudiera manifestarle la mendiga, le asustó tanto la atención que su rasgo podía despertar, que cambió el secherl. Entonces entregó un kreuzer a la mendiga, dio toda una vuelta a la manzana y, viniendo en dirección contraria, le entregó un segundo kreuzer, y así diez veces; con toda honestidad le regaló las diez monedas, sin quedarse con ninguna, y luego estalló en sollozos, totalmente agotado por su acción.

jueves, 20 de mayo de 2010

Kafka y Virgilio: hablar y leer. La transfiguración lectora

Imaginamos a Kafka tartamudo, balbuciente a la hora de hablar. En efecto, como él mismo indica en la Carta al padre: “La imposibilidad de una relación serena tuvo otra consecuencia, por otra parte muy natural: perdí la facultad de hablar. Es probable que, de todos modos, no hubiese llegado a ser un gran orador, pero sin duda habría dominado el lenguaje fluido, habitual entre la gente. No obstante, ya muy temprano me prohibiste hablar; tu amenaza: “¡No te atrevas a replicarme!”, y tu mano alzada al proferirla, son dos cosas que me acompañan desde siempre. Frente a ti –eras un magnífico orador cuando se trata de lo tuyo- adquirí una forma de hablar entrecortada, balbuciente, y acababa por callarme, al principio quizá por obstinación, y después porque no podía pensar ni hablar en tu presencia.”
Nos quedamos, por tanto, sorprendidos, cuando en la biografía de Max Brod, su amigo, nos enteramos de que leer en voz alta era su afición predilecta y de que lo hacía extraordinariamente bien.

Algo parecido le ocurría a Virgilio, según refiere Donato: “Defendió una causa ante los jueces, y no más que una: pues Melisso transmitió que era torpísimo en el discurso y casi igual a un indocto.”
Pero poco más tarde leemos: “Declamaba con dulzura y encanto admirables. Y Séneca ha transmitido que el poeta Julio Montano había acostumbrado a decir que él le habría robado a Virgilio algunas cosas, si pudiera su voz y boca y ademán: porque los mismos versos declamándolos él sonaban bien, pero sin él eran vacíos y mudos.”

Esta contradicción entre el torpe hablar y el brillante leer me trae a la mente la imagen del albatros baudelairiano, con su gloria celeste y su torpeza terrena; y es que parece que lo que nos muestran tales casos es la dificultad, para ciertos eminentes individuos, de atenerse a lo terreno, lo relativo, lo mezquino, encontrándose sólo a sus anchas en el espacio de lo absoluto. Por ello los hombres que en el hablar son tardos y torpes se transfiguran –ésta es la palabra- en la lectura de la literatura, al acceder a otra dimensión, aquella que busca lo absoluto.

hacia 1992

miércoles, 19 de mayo de 2010

El comienzo de la Carta al padre, de Kafka.

Un texto esencial, que supone un intento mayor de clarificación de un ser humano y de una relación familiar, y que Kafka jamás se atrevió a entregar a su padre:

Querido Padre: No ha mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque razonar sobre este miedo requiere demasiados detalles como para que al hablar pueda coordinarlos a medias. Y si ahora intento contestarte por escrito, aun así no resultará sino muy incompleto, porque el miedo y sus consecuencias me bloquean ante ti también al escribir, y porque la magnitud del tema supera en mucho mi memoria y mi entendimiento.

Franz Kafka: Carta al padre.

martes, 18 de mayo de 2010

La visión de El Aleph: el tour de force de una enumeración infinita

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.

Jorge Luis Borges: El Aleph.

viernes, 14 de mayo de 2010

Quiz literario: ¿cuál es "the thing left out" del siguiente cuento? ¿Su clave escondida?

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS (ERNEST HEMINGWAY)


Las colinas que cruzaban el valle del Ebro eran largas y blancas. De este lado no había sombras ni árboles y la estación se hallaba al sol, entre dos líneas de rieles. Pegada al costado de la estación estaba la umbría tibia del edificio y una cortina, hecha de cuentas de bambú en ringleras, colgaba en la puerta abierta del bar, para dejar fuera las moscas. El norteamericano y la chica que lo acompañaba estaban en una mesa a la sombra, afuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona vendría en cuarenta minutos. Se detenía en este empalme dos minutos, para luego seguir hasta Madrid.

— ¿Qué beberemos? —preguntó la chica. Se había quitado el sombrero, dejándolo sobre la mesa.

—Hace mucho calor —dijo el hombre—. Bebamos cerveza.

—Dos cervezas —dijo el hombre en dirección a la cortina.

— ¿Grandes? —preguntó una mujer desde el umbral.

—Sí, grandes.

La mujer trajo dos vasos de cerveza y dos posavasos de fieltro. Puso los posavasos y los vasos de cerveza sobre la mesa y miró al hombre y a la chica. La chica miraba la línea de colinas. Eran blancas al sol y el campo café y seco.

—Parecen elefantes blancos —dijo.

—Nunca vi uno —el hombre bebió de su cerveza.

—No, no habrías podido.

—Podría haber sucedido —dijo el hombre—. El que digas que no habría podido nada prueba.

La chica miró la cortina de cuentas. “Pintaron algo en ella —dijo—. ¿Qué dice?”

—Anís del Toro. Es un licor.

— ¿Lo probamos?

El hombre gritó “Oiga” a través de la cortina. La mujer salió del bar.

—Cuatro reales.

—Queremos dos anises del Toro.

— ¿Con agua?

— ¿Lo quieres con agua?

—No sé —dijo la chica—. ¿Sabe bien con agua?

—No sabe mal.

— ¿Los quieren con agua? —preguntó la mujer.

—Sí, con agua.

—Sabe a regaliz —dijo la chica y puso el vaso en la mesa.

—Así ocurre con todo.

—Sí —dijo la chica—, todo sabe a regaliz. En especial las cosas que has esperado por largo tiempo, como el ajenjo.

—Oh, no sigas.

—Tú empezaste —dijo la chica—. Me divertía. La estaba pasando bien.

—Bueno, pues tratemos de pasarlo bien.

—De acuerdo. Lo estaba intentando. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue brillante?

—Fue brillante.

—Quise probar este trago nuevo. ¿No es todo lo que hacemos, mirar las cosas y probar tragos nuevos?

—Supongo.

La chica miró hacia las colinas.

—Son colinas adorables —dijo—. En realidad no parecen elefantes blancos. Quise decir el color de sus pieles a través de los árboles.

— ¿Tomamos otro trago?

—Bueno.

El tibio viento empujó la cortina de cuentas contra la mesa.

—La cerveza está fría y agradable —dijo al hombre.

—Encantadora —dijo la chica.

—En serio que es una operación terriblemente sencilla, Jig —dijo el hombre—. En serio que ni operación llega a ser.

La chica miró el piso donde se apoyaban las patas de la mesa.

—Sé que no te importará, Jig. En serio que no es nada. Simplemente sirve para que entre el aire.

La chica nada dijo.

—Iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Simplemente dejan entrar el aire y entonces todo sucede de modo natural.

—Y después, ¿qué haremos?

—Estaremos bien después. Igual que antes.

— ¿Qué te hace creerlo?

—Es lo único que nos molesta. Lo único que nos ha hecho infelices.

La chica miró la cortina de cuentas, extendió la mano y asió dos de las hileras de cuentas.

—Y piensas que entonces, todo estará bien y seremos felices.

—Estoy seguro. No hay por qué tener miedo. Conozco montones de personas que lo han hecho.

—También yo —dijo la chica—. Y después fueron tan felices.

—Bueno —dijo el hombre—, si no quieres no tienes que hacerlo. No te obligaré a hacerlo si no quieres. Pero sé que es completamente sencillo.

— ¿Y tú sí lo quieres en serio?

—Creo que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en verdad no quieres hacerlo.

— ¿Y si lo hago serás feliz y todo será como antes y me amarás?

- Ahora también te quiero. Tú sabes que te quiero.

—Lo sé. Pero si lo hago ¿volverá a ser agradable cuando diga que las cosas son como elefantes blancos y te gustará?

—Me encantará. Me encanta ya, pero simplemente no puedo pensar en ello. Sabes cómo me pongo cuando algo me preocupa.

—Si lo hago ¿ya no te preocuparás jamás?

—No me preocuparé porque es completamente sencillo.

—Entonces lo haré. Porque no me intereso en mí.

— ¿Qué quieres decir?

—No me intereso en mí.

—Bueno, pues yo sí me intereso en ti.

—Oh sí, pero yo no me intereso en mí. Lo haré y entonces todo volverá a estar bien.

—No quiero que lo hagas si te sientes así.

La chica se puso de pie y caminó hasta donde terminaba la estación. Al otro lado había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzó el campo de grano y la chica vio el río entre los árboles.

—Y podríamos tener todo esto —dijo—. Podríamos tenerlo todo y cada día lo volvemos más imposible.

— ¿Qué dijiste?

—Dije que podríamos tenerlo todo.

—No, no podemos.

—Podemos tener el mundo entero.

—No, no podemos.

—Podemos ir a cualquier sitio.

—No, no podemos. Ya no es nuestro.

—Lo es.

—No, no lo es. Una vez que te lo quitan, jamás lo recuperas.

—Pero no nos lo han quitado.

—Vamos a esperar y ya veremos.

—Regresa a la sombra —dijo él—. No debes sentirte así.

—No me siento de ningún modo —dijo la chica—. Simplemente sé cosas.

—No quiero que hagas nada que no quieras hacer...

—Y eso que me conviene —dijo—, ya lo sé. ¿Podemos pedir otra cerveza?

—Bueno. Pero debes darte cuenta...

—Me la doy —dijo la chica—. ¿No podríamos dejar de hablar?

Se sentaron a la mesa y la chica miró hacia las colinas en la parte seca del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.

—Debes darte cuenta —dijo— que no quiero que lo hagas si no quieres. Estoy por completo dispuesto a que lo tengas si te significa algo.

—Y a ti ¿nada te significa? Podríamos llevarnos bien.

—Claro que me importa. Pero a nadie quiero sino a ti. No quiero a nadie más. Y sé que es completamente sencillo.

—Sí, sabes que es completamente sencillo.

—Te es muy fácil decir eso, pero sí lo sé.

— ¿Harías algo por mí ahora?

—Haría cualquier cosa.

— ¿Me harías el favor y el favor y el favor y el favor y el favor y el favor de callarte?

Él nada dijo, pero miró las maletas junto a la pared de la estación. Había en ellas etiquetas de todos los hoteles donde pasaron alguna noche.

—Pero no quiero que lo hagas —dijo—, no me importa en lo absoluto.

—Voy a gritar —dijo la chica. La mujer salió entre las cortinas con dos vasos de cerveza y los puso encima de los húmedos posavasos de fieltro.

—El tren llega en cinco minutos —dijo.

— ¿Qué dijo? —preguntó la chica.

—Que el tren llega en cinco minutos.

La chica sonrió abiertamente a la mujer, para darle las gracias.

—Es mejor que lleve las maletas al otro lado de la estación —dijo el hombre. La chica le sonrió.

—Está bien. Luego regresa y terminaremos las cervezas.

Levantó él las dos pesadas maletas y por detrás de la estación las llevó a la otra vía. Miró vía arriba pero no vio el tren. De regreso atravesó el bar, donde bebían quienes esperaban el tren. En el bar bebió un anís y miró a la gente. Todos esperaban el tren sensatamente. Salió a través de la cortina de cuentas. Sentada a la mesa la chica le sonrió.

— ¿Te sientes mejor? —preguntó él.

—Me siento muy bien —dijo ella—. Nada malo me ocurre. Me siento muy bien.

jueves, 13 de mayo de 2010

Carta de un lector de La Metamorfosis al autor

Muy señor mío:

Me ha hecho usted un desgraciado.
He comprado su Metamorfosis y se la he regalado a mi prima. Pero ella no sabe qué pensar del argumento. Mi prima se lo ha dado a su madre, ésta tampoco sabe qué pensar. La madre le ha dado el libro a mi otra prima y ésta tampoco se aclara.
Así que ahora me han escrito a mí: que yo les explique la trama. Porque soy el doctor de la familia. Pero yo estoy perplejo.
¡Señor mío! (...) si se fuese a pique la reputación de que gozo entre mis primas, eso no lo soportaría. Sólo usted puede ayudarme. Y tiene que ayudarme; pues usted es quien me ha metido en el lío. Así que, por favor, dígame lo que mi prima tiene que pensar de la Metamorfosis.
Su muy atento y seguro servidor,

Dr. Siegfried Wolff

Charlottenburg, 10 de abril de 1917.

miércoles, 12 de mayo de 2010

El comienzo de La Metamorfosis

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.

«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.

No era un sueño.

(Franz Kafka)

lunes, 10 de mayo de 2010

Razón de ser de una foto

Mientras que acabamos de ver el tema dedicado al teatro del absurdo y estamos a punto de comenzar a leer a Kafka (La metamorfosis), resulta procedente este pequeño homenaje a un hombre de teatro como José Luis Gómez, uno de los más significativos en los últimos 40 años. Habiendo estudiado teatro en Alemania en su juventud, y entrado en contacto con Grotowski, casi diríamos que se da a conocer en España con un Informe para una academia, de Kafka, que se pudo ver en los Estudio 1 de TVE. Estos días presenta en el teatro de La Abadía (otra de sus grandes creaciones) un Fin de partida, de Beckett, donde borda un Hamm protagónico absolutamente magistral. Es una de esas interpretaciones en que cuesta creer lo que se esta contemplando -de tan genial que resulta- y al mismo tiempo se goza doblemente: por asistir a una interpretación tan buena (no sólo de él); y por estar disfrutando de quien ya es historia viva, pero sobre todo historia, del teatro español contemporáneo.
¿Recordaré que le vi hace años, también en La Abadía, compartiendo el escenario con Verónica Forqué en Las sillas, de Ionesco?
Kafka, Beckett, Ionesco. Resultaba inevitable traerlo hoy a estas páginas.

jueves, 6 de mayo de 2010

Beckett y Ionesco

Milan Kundera, comentando una típica lista de una encuesta periodística sobre los 100 "libros que han conformado Francia":

"Y algo aún más sorprendente: la ausencia de Beckett y Ionesco. ¿Cuántos dramaturgos del siglo pasado los igualaron en fuerza y proyección? ¿Uno? ¿Dos? No más. Un recuerdo: la emancipación de la vida cultural en la Checoslovaquia comunista estuvo vinculada a los pequeños teatros nacidos muy al principio de los años sesenta. Allí vi por primera vez una obra de Ionesco. Fue inolvidable: la explosión de una imaginación, la irrupción de un espíritu irrespetuoso. Yo decía con frecuencia: la Primavera de Praga empezó ocho años antes de 1968, con las obras de teatro de Ionesco puestas en escena en el pequeño teatro En la Balaustrada."

Milan Kundera: El telón.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Los escritores suelen dar pistas de la tradición en que se insertan

"La habitación de John, donde yo había dormido, era más grande y estaba mejor iluminada. Un estante: diccionarios, manuales de conversación, textos para aprender por ti mismo esto y aquello. Beckett. Kafka. Sobre la mesa, papeles desordenados. Un archivador. Examiné ociosamente los cajones. En el inferior, una caja con fotografías, a las que eché un vistazo. ¿Qué estaba buscando? No lo sabía. Algo que sólo reconocería cuando lo encontrara. Pero no estaba allí."

J. M. Coetzee: Verano.

martes, 4 de mayo de 2010

Bertolt Brecht: Preguntas de un obrero que lee

¿Quién construyó Tebas,
la de las Siete Puertas?
En los libros figuran
sólo los nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos
bloques de piedra?

Y Babilonia, mil veces destruida,
¿quién la volvió a levantar otras tantas?

¿Quienes edificaron la dorada Lima?,
¿en qué casas vivían?

¿Adónde fueron la noche
en que se terminó la Gran Muralla, sus albañiles?

Llena está de arcos triunfales
Roma la grande. Sus césares
¿sobre quienes triunfaron?

Bizancio tantas veces cantada,
para sus habitantes
¿sólo tenía palacios?

Hasta la legendaria
Atlántida, la noche en que el mar se la tragó,
los que se ahogaban
pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.
¿El sólo?

César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera a un cocinero?

Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró más que él?

Federico de Prusia ganó
la guerra de los Treinta Años.
¿Quién ganó también?

Un triunfo en cada página.
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias,
tantas preguntas.

domingo, 2 de mayo de 2010

El arbóreo lecho de Ulises

Recibo un libro, de un viejo amigo, cuyo primer capítulo comienza así:

"Grecia es el comienzo, la semilla, la materia prima sobre la que se elabora, con el concurso imprescindible de la admiración fecunda y consciente de Roma y de la tensa y pasional modulación cristiana, la tradición humanística. Como la cama que se construye Ulises, labrada en el tronco ya plantado de un robusto olivo y alrededor de la cual erige su cámara, el humanista, tras los azarosos viajes del espíritu, siempre vuelve, como el héroe homérico, a querer descansar en ese lecho."

(Javier García Gibert: Sobre el viejo humanismo. Exposición y defensa de una tradición.)