miércoles, 26 de mayo de 2010

Milena Jesenská, que fue novia de Kafka, cuenta una anécdota sobre él

Cuando murió –era demasiado bueno para este mundo (y no me da miedo esta frase, está escrita aquí con plena justicia)- leí en uno de sus diarios un suceso de su juventud, y como me parece la cosa más hermosa que jamás he oído voy a relatarlo. Cuando era un muchacho –y muy pobre-, su madre le dio un día una moneda de un secherl (20 hellers). Jamás había poseído antes un secherl y por eso constituyó para él un gran acontecimiento, tanto más cuanto que se lo había ganado. Cuando fue a la calle para comprarse algo se encontró con una mendiga que tenía un aspecto de tan terrible pobreza que a él le impresionó y quiso de repente regalarle su moneda. Pero eran todavía tiempos en los que un secherl constituía, tanto para una mendiga como para un muchacho un pequeño tesoro. Le dieron tanto miedo las muestras de agradecimiento que pudiera manifestarle la mendiga, le asustó tanto la atención que su rasgo podía despertar, que cambió el secherl. Entonces entregó un kreuzer a la mendiga, dio toda una vuelta a la manzana y, viniendo en dirección contraria, le entregó un segundo kreuzer, y así diez veces; con toda honestidad le regaló las diez monedas, sin quedarse con ninguna, y luego estalló en sollozos, totalmente agotado por su acción.

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