viernes, 2 de febrero de 2024

Historia de una tertulia, de Antonio Díaz-Cañabate. Un puñado de anécdotas

 

Leo Historia de una tertulia, de Antonio Díaz-Cañabate, con placer y regocijo. Esa tertulia de la postguerra (primeros años 40) que, liderada por José María Cossío, aglutinaba a su alrededor, en el café Lyon d´Or, a Eugenio d´Ors, Emilio García Gómez, Ignacio Zuloaga, el propio Cañabate, Edgar Neville, Gerardo Diego y a numerosos intelectuales, artistas y toreros.

 

En la tertulia, donde se excluía la temática política y la crítica sañuda, se hablaba de lo divino y lo humano, mucho de toros (Cossío redactaba entonces su enciclopedia Los toros), pero especialmente se contaban anécdotas. Traeré algunas a este blog.

 

Por ejemplo, esta de Sebastián Miranda, el escultor, que narra una anécdota de Valle-Inclán en relación con Miguel Primo de Rivera:

 

“Era por el año 1924 y yo me reunía todos los días con Belmonte, Valle-Inclán, Pérez de Ayala y otros más para ir a cenar por ahí. Una noche resolvimos ir al restaurante del Frontón. Por el camino se habló del general Primo de Rivera, y Valle-Inclán, con aquellas sus cosas, dijo: “Tengo ganas de encontrármelo un día por ahí, para llamarle fantoche; así iré a la cárcel. Me encantaría ir a la cárcel.” Ninguno le dimos importancia a las palabras de don Ramón, y llegamos al Frontón; el comedor estaba lleno; había sólo una mesa vacía; nos dirigimos a ella, y observo que en la frontera estaba comiendo el general Primo de Rivera con otros amigos. Me espanté: le creía a Valle muy capaz de realizar lo que pocos minutos antes nos había anunciado, y me dije: “¡Vaya, hoy vamos todos a la cárcel porque Valle le llama fantoche al dictador y no sólo él, sino todos sus acompañantes, vamos a la cárcel!” Quise alegar que la mesa estaba en mal sitio y que debíamos irnos a otro restaurante, pero Valle exclamó: ¡De ninguna manera! No siempre se va usted a salir con la suya. Aquí, en esta mesa, estamos muy bien.” No me cupo duda. Aquella noche dormíamos todos en la cárcel, y más muerto que vivo me senté a cenar. Don Ramón dijo que no tenía gana; pidió un caldo, encendió un pitillo de boquilla dorada y se puso a fumar muy despacio y, contra su costumbre, sin hablar una palabra. Empezamos a cenar; yo apenas probé bocado. A la media hora, Primo de Rivera se levantó y se fue. Yo respiré, y cuando terminamos de tomar café y salimos a la calle, le dije a Valle: “Bueno, yo creía que esta noche dormiría usted en la cárcel, porque mejor ocasión de haber hecho lo que nos anunció antes, difícilmente se le presentará.”

- No, hoy no; había poco público. ¡Si hubiera sido en el Real!”  

                                                                                     (págs. 239-240)

Lo que nos demuestra que Valle-Inclán era humano: podía sentir miedo, pero nunca le faltaba la respuesta oportuna.

 

O esta otra, del autor del libro, en que narra un encuentro entre Pío Baroja y Rafael “el Gallo”. Me recuerda un episodio de la vida de Lola Flores, cuando, ya de mayor, Hacienda la procesó por deber una suma considerable al erario público. Lola propuso entonces que cada español diera una peseta para poder sufragar su deuda y verse libre del proceso judicial. ¿Es que no era ella La Lola de España? Pues bien, ambas historias podrían recogerse en un artículo que se llamara: “Cuando los gitanos asesoran al Ministerio de Hacienda o el arbitrismo extravagante.”

 

“Salimos al jardín. Funciona la Leica de [Sebastián] Miranda, y se emparejan ante el objetivo el torero que nunca leyó al novelista y el novelista que jamás va a los toros. Nos sentamos en un banco.

- Pues aquí tiene usted, Baroja, a Gallito –informa Sebastián-, que este año habrá ganado alrededor de las ochocientas mil pesetas.

Pese a lo evidentemente desproporcionado de la cantidad, el torero no la rectifica, sino que comenta:

- Sí, pero más de la mitad se ha quedado en el camino.

- ¿Y en cuánto tiempo ha ganado usted esas pesetas? –pregunta Baroja.

- En ocho meses.

- No está mal, no está mal.

- Usted, don Pío, no gana tanto con sus libros, ¿verdad? –inquiere Miranda.

Don Pío sonríe.

- No, no, desde luego.

Y la conversación se enzarza sobre las ganancias de los artistas. Gallito se declara partidario de que el Estado debería sostener a los artistas con toda magnificencia.

- O si no –aclara-, que cada español diera una peseta al año, y que esos veinticuatro millones se repartieran entre los artistas.

Don Pío sonríe.

- No estaría mal.                                                                     

                                                                                                (pág. 218)

 

Cito, para terminar, un par de anécdotas contadas por Eugenio d´Ors. En ellas (no podía ser de otra forma), entre el relato y la risa, se solicita siempre la comparecencia de la inteligencia.

 

“Yo tengo un libro de cocina, que he de buscar entre mis libros recuperados; éste sí que me interesa encontrarle. Es el libro de un tal Rey, un andaluz, cocinero en Londres muchos años, que escribió un voluminoso tomo, en el que trata temas culinarios y gastronómicos estupendos. Por ejemplo, decía: “De cómo debe ser una comida celebrada en una jaula de leones.” Y especificaba que los comensales no debían mirar nunca a los leones ni a los barrotes.”                              (pág. 46)

 

“¿Ustedes saben la respuesta de aquel habitante de una ciudad pequeña, con una gran catedral histórica, a la pregunta del forastero de dónde se encuentra el magnífico templo? Pues es soberbia: Le dice: “Mire usted; tuerce usted por esa calle, luego a la izquierda, luego a la derecha; se encontrará usted con una plaza; allí hay un estanco; pues bien, enfrente está la Catedral.”                                                                         (pág. 253)


(Manejo la edición de Selecciones de Austral, con prólogo de Francisco Umbral, Espasa-Calpe, 1978)

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