lunes, 1 de abril de 2019

Gómez de la Serna describe a la Magdalena penitente, de Pedro de Mena


En un viaje que hice, hace ya muchos años, a Valladolid, y en el que visité el Museo Nacional de Escultura Policromada (así se llamaba entonces), tuve una de esas experiencias estéticas, de hondo calado emocional, que resultan inolvidables e infrecuentes. Visitaba las salas del formidable museo cuando, en un rincón, me topé con una mujer de tamaño natural, vestida de áspera arpillera, que dejaba al descubierto sus hombros, brazos y pìes, y que se consumía en un éxtasis silencioso, la mirada fija en un crucifijo, salvada de la oscuridad del recinto por una potente iluminación dirigida a su cuerpo. Me quedé imantado ante su presencia y preso de un éxtasis que, por simplificar, habríamos de denominar estético. No me quería apartar de la imagen y, sin dudarlo, me habría quedado a vivir en esa sala, junto a ella. Se trataba, como luego supe, de la Magdalena penitente, de Pedro de Mena, una de las obras maestras de nuestra imaginería religiosa barroca.



Recientemente, leyendo la Automoribundia, de Ramón Gómez de la Serna, me topo (en el capítulo XLV) con la narración de una envidiable experiencia que tuvo en 1921: se trata de la visita nocturna y en soledad del Museo del Prado, facilitada por el director de entonces, Aureliano de Beruete y Moret, que era amigo suyo. El recorrido resulta fascinante, pero Beruete le tiene reservada una sorpresa para el final, que dejo narre Ramón con sus propias palabras:


Y allí, Beruete, que me había prometido además de la novedad de una noche en el Museo una sorpresa que me maravillaría, me llevó a una habitación deshabitada, de cuyas paredes no pendía ningún cuadro, y ya en medio de ella, hizo que pasase delante de nosotros el conserje que llevaba el farol y que proyectaba nuestras sombras en aquella alcoba deshabitada, diciéndole: «Ilumine usted ese rincón», y dirigiéndose a mí, dijo:

 ¡Vea usted!
Yo di un paso atrás, y lleno de emoción y sorpresa exclamé:
 ¡Qué maravilla!
Lo que había iluminado el conserje y lo que me había maravillado en aquella destartalada alcoba del Museo del Prado, sumido en las sombras de la noche, era una mujer medio desnuda, que, como una sonámbula, miraba un crucifijo que llevaba en la mano.
Extraña mujer, cuya presencia era inusitada en el Museo, pues nuestro Museo es en sus alturas sólo pictórico, y no suelen alternar con sus pinturas esas tallas que en los museos italianos equilibran con su plástica la exterior presencia pictórica del Museo.
La naturalidad de aquella mujer, su tamaño humano, lo verdadero de su rostro y sus cabellos sueltos, todo eso reunido, la hizo aparecer como una mujer en pleno deliquio, vestida sólo con el largo camisón de dormir.
Después, todo se fue aclarando: era la María Magdalena que talló Pedro de Mena en 1664, obra de arte que estaba en clausura en el antiguo convento de las Salesas Nuevas, en la calle de San Bernardo, y de la que se conocía sólo alguna fotografía.
Es esta escultura la escultura de una «justa», de un alma en pena, de una posesa que avanza magnetizada por las llagas de Cristo. Impresiona con su sonambulismo de fanática.
Sorprende esa mujer enjuta, con rostro enflaquecido, con su figura débil, anemizada, arrebatada por el deliquio.
Bajo la luz tiene una viva personalidad de andaluza fina: feílla, pero aguda, fervorosa, de manos y pies bellísimos.
Las pobres monjas que se han quedado sin esa imagen deben recordarla con nostalgia de hermana, y deben estar quejosas de esa ley por la cual una antigua concesión ha podido exclaustrar a la hermana que con mayor fijeza miró a Cristo crucificado durante toda su vida, sin distracción que confesar y a la que vieron entrar en el convento sólo las que ya murieron.
Estas primicias de un hallazgo así, que es como producto de una excavación, las comenzaron a gozar en este verano de 1921 unos cuantos héroes.
Pedro de Mena, el escultor de las vírgenes con los ojos hinchados de llorar, ha tallado en ésta, con su gubia más afilada, la imagen más profana de sus imágenes, la que no tiene aureola, una especie de mendiga deshecha, con cara que se ha alargado por la demacración, y frente desmayada y amplia por el ascetismo: es una joven penitente, un poco envejecida por la penitencia; una Lolilla cualquiera a la que han consumido los fuegos místicos. Toda su hetiquez da una bárbara realidad a su cabeza de mujer algo escrofulosa, la cabeza grande y larga de las beatas que padecen las brutales jaquecas del fanatismo. Se ve que a esta mujer le laten las sienes con frenesí.
Vestida con una estera de pleita que da gran rigidez a su cuerpo de caderas ceñidas, resaltan mucho más los inevitables senos de los hombros, libres de toda hombrera, y los brazos, delicados, y las manos, sobre todo la derecha, llenas de una delicada coquetería, que se revela contra todo tapujo y contra toda deformación de la penitencia. Los mismos pies tienen esa delicada coquetería de los pies bonitos, ese temor infantil y gracioso con que sobresalen bajo el gran cortinón espeso.
Extraña virgen posesa, un poco loca, con el tipo de esas que se lavan en las fuentes públicas y tienen la vejez precoz de la que ha dormido en el quicio de la vida los sueños precarios y desarropados. Está enferma esta mujer cuyos ojos están embizcados porque miran los dos la misma llaga del costado en el Cristo que se muestra a sí misma en el crucifijo y que es misionera de su alma rebelde.
A través del tiempo, se le han secado aquellas lágrimas que tenía:

Cuatro lágrimas que penden en sus oxos
precipitadas con tan vivo impulso,
que con ser permanentes en su rostro
parecen sucesivas en el curso.

Desnuda y sin desnudez, porque la ciñe la estera más rígida, está fabricada para que tenga vida la cabeza, de expresión adelgazada y aguda, con aire de devota más que de santa, devota semilla, retrato de una modesta andalucita, o retrato de la mujer que se echó al desierto como la novia de «Don Alvaro».
Ya después de ver esa maravilla de la escultura, todo palidece, y en la emoción de la noche figura sobre todo esa loca joven que parece que hemos visto pasar por los pasillos de nuestro sueño.




Hoy, como he dicho, la podemos contemplar en el Museo de Escultura de Valladolid.

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