lunes, 14 de abril de 2014

Una espléndida síntesis de VIDA Y DESTINO, de Vasili Grossman



 No hace mucho celebrábamos el vigésimo aniversario de nuestro seminario de lecturas. Cinco personas componemos ese grupo que nos reunimos una vez al mes, con el deber de hacer una lectura común. En estos años hemos leído lo esencial del canon occidental. Desde la tragedia griega y la Biblia, hasta los novelistas rusos, pasando por Shakespeare, Cervantes o el teatro clásico francés. Hace unos años leímos a los grandes rusos del XIX (Lermontov, Pushkin, Gogol, Dostoyevski, Turgueniev, Tolstoi y Chejov), con alguna incursión en el XX (Isak Babel, por ejemplo). Este año hemos decidido completar un poco la visión de la gran literatura rusa y nos hemos metido con Vasili Grossman (y su monumental Vida y destino) y los Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov. La obra de Grossman nos impresionó profundamente y supuso un reencuentro con lo mejor de la literatura (la gloria de la literatura, como la denominé en un post anterior). Hoy incorporo una espléndida síntesis de nuestros comentarios que me ha enviado Mª Ángeles Villalba, el miembro femenino (miembra, que dirían otros) del grupo.

Novela de enormes dimensiones no solo en páginas, sino por la extraordinaria  conjunción de lo histórico e ideológico con lo humano. En la batalla de Stalingrado, con la derrota del pueblo alemán, Rusia se convierte en la “salvadora” de Europa, pues precipita y decide el final de Hitler y de su locura imperialista y genocida. Sin embargo, esa victoria encierra una estremecedora paradoja: el pueblo ruso vive amordazado por un totalitarismo tan destructivo como el alemán. Stalin y el Partido han construido una maquinaria de terror donde la más mínima sospecha de disidencia se paga con años de reclusión en un campo de trabajo, con la tortura en la Lubianka o con la propia vida. Nadie se salva de la sospecha. Todo el mundo ha de medir sus palabras, lo que dice, a quién lo dice y casi lo que piensa. No se salva el prestigioso científico Sthrum, ni siquiera el viejo bolchevique Krímov que pelea en Stalingrado y que conoció (y silenció) casos de compañeros víctimas de las purgas de 1937, y al que finalmente se priva de libertad por cierto comentario en el que podía atisbarse ciertas dudas...
  Por eso, la obra es un himno a la libertad como esencia de lo humano. Y también un himno a la condición humana, a su resistencia, a su capacidad de supervivencia en las condiciones extremas de la Europa en guerra de los años cuarenta. Y, en medio de la sinrazón y la barbarie que provocan  cualquier tipo de totalitarismo, verdadero eje ideológico de la novela, no pierden ni un ápice de intensidad las historias particulares que transitan por ella, al contrario, se engrandecen en ese fondo común. Los personajes no son tipos (peligro que encierra siempre una “novela de tesis” como es esta en gran medida), sino seres bien definidos psicológicamente, hombres y mujeres complejos con pasiones, deseos, dudas, contradicciones…y un miedo común que lo emborrona todo. Y aunque sus peripecias particulares se plantean en una materia narrativa fragmentada con ciertos hilos de unión familiar, el especial momento histórico que comparten lo hilvana todo, da un sentido de globalidad absoluta a todas las historias.
   Asistimos a los horrores del nazismo, a un determinante triunfo bélico y al fracaso estrepitoso de un sistema que se prometía justo e ideal. Y en cada escena, la obra destila diferentes reflejos del poliédrico paisaje del alma humana.

1 comentario:

Luis Lopes dijo...
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