lunes, 30 de enero de 2012

Pasaje de Flaubert del que procede el título que Vargas Llosa da a su estudio sobre Madame Bovary

Le seul moyen de supporter l´existence, c´est de s´étourdir dans la littérature comme dans une orgie perpetuelle.
(Carta a Mlle. Leroyer de Chantepie, 4 de septiembre de 1858)

viernes, 27 de enero de 2012

Un par de consideraciones de Pardo Bazán sobre Flaubert

Mostró siempre Flaubert predilección hacia cierto linaje de estudios que hoy apenas atraen más que a entendimientos refinados y curiosos: la apologética cristiana, la historia de la Iglesia, los Santos Padres, las humanidades. Tan graves ejercicios intelectuales, unidos a su ardentísimo culto de la forma y a su sagacidad de implacable observador, hicieron de él un artista consumado, un clásico moderno.

--=--

Todo es vulgar en Madame Bovary: el asunto, el lugar de la escena, los personajes; sólo el talento del autor es extraordinario.


Emilia Pardo Bazán: La cuestión palpitante.

viernes, 20 de enero de 2012

Magias parciales del Quijote

Recojo aquí el texto de una charla que, con ocasión del cuarto centenario de la publicación del Quijote, leí en unas Jornadas que tuvieron lugar en la Universidad de Valencia, organizadas por Rafael Beltrán:

Alguna vez calificó Borges a Alfonso Reyes de "el certero" y ello probablemente en el doble sentido que recoge el diccionario académico de "acertado", pero también de "sabedor", "bien informado". Quiero creer que el uso en aposición del sintagma permite leerlo también como "el que habitualmente acierta", "el que acostumbra a hacerlo". Borges, sin duda, también lo era, y uno de sus muchos aciertos fue el título que le puso a su ensayo sobre El Quijote: "Magias parciales del Quijote". Ensayo en el que pone de relieve un tema fundamental en la novela: el tema especular de la obra dentro de la obra, que tanta inquietud y reflexión provocan en quien se topa con él, sea en el Quijote, Hamlet o Las Mil y una Noches (obras a que alude el mago argentino), sea en Las Meninas o Cien años de soledad (por citar otras que no toma en consideración). Bien es verdad que Borges se basa en la presencia de La Galatea en la librería del hidalgo, mientras que el momento central de la presencia especular de la obra dentro de la obra lo constituye, para mí, el deambular del narrador por Toledo en busca de una continuación para su obra que se le ha quedado en suspenso como las armas de don Quijote y el vizcaíno en el cap. 8, y el posterior encuentro de un cartapacio con papeles en caracteres arábigos que resulta ser la historia del ingenioso hidalgo. Mi pasaje preferido de la obra, que, por ello mismo, no voy a comentar.
Pero me estaba refiriendo a lo acertado del título borgesiano, y es que, en efecto, cualquier acercamiento al texto cervantino tiene por fuerza que ser parcial. Es tan grande la cantidad de aspectos valiosos y significativos de la obra (mágicos podríamos decir) que impide cualquier aproximación totalizadora.
Querría hoy posar mi mirada en dos breves pasajes de tan magna obra.

El primero se encuentra en el Prólogo de la Primera Parte, y se produce cuando, en plena crisis de melancolía ante la página en blanco, se le aparece al autor un amigo que con sus consejos le va a sacar de su marasmo creativo.
Le está aconsejando sobre cómo parecer "hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo" (en una sutil diatriba literaria con Lope de Vega, "el Fénix de los ingenios", hacia quien se dirigen sus dardos en este y otros momentos de la obra). Entonces le dice:

Tras esto, para mostraros hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo, haced de modo como en vuestra historia se nombre el río Tajo, y veréisos luego con otra famosa anotación, poniendo: «El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas; tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar Océano, besando los muros de la famosa ciudad de Lisboa, y es opinión que tiene las arenas de oro», etc. Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco, que la sé de coro; si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito; si de crueles, Ovidio os entregará a Medea; si de encantadores y hechiceras, Homero tiene a Calipso y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el mesmo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y Plutarco os dará mil Alejandros. Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana, toparéis con León Hebreo que os hincha las medidas. Y si no queréis andaros por tierras estrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal materia. En resolución, no hay más sino que vos procuréis nombrar estos nombres, o tocar estas historias en la vuestra, que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las anotaciones y acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros las márgenes y de gastar cuatro pliegos en el fin del libro.

Ahora bien, el fragmento específico al que me referiré es el que está en cursiva:
si de mugeres rameras [tratáredes], ahi está el Obispo de Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Layda y Flora, cuya anotacion os dara gran crédito;
La risa que me provoca este pasaje cada vez que a él me acerco complacería a su autor, y es que es uno de esos momentos de la obra en que Cervantes hace un uso magistral de su endiablada ironía.
El obispo de Mondoñedo (y Cervantes utiliza muy intencionadamente su dignidad en lugar de su nombre, para que contraste agudamente con el asunto de que se trata: de rameras, ni más ni menos) no es otro que fray Antonio de Guevara, el autor español de mayor éxito internacional en el siglo XVI, con obras como Relox de Príncipes y Libro de Marco Aurelio o Menosprecio de corte y alabanza de aldea, y que en la número 63 de la Primera Parte de sus Epístolas familiares (otra obra de gran éxito, muy leída por Cervantes y Montaigne), trata de las "tres más hermosas y más famosas rameras" de la Antigüedad (Lamia, Layda y Flora, como puntualmente refiere el amigo de nuestro narrador).
Se trata del "autor que con mayor desenfreno había abusado en sus libros de autoridades apócrifas y erudición fantaseada" (en palabras de Márquez Villanueva, autor de un sugestivo estudio sobre el seminal influjo de Guevara en Cervantes y especialmente en la creación del narrador poco fidedigno que es Cide Hamete Benengeli: recogido en Fuentes literarias cervantinas).
Guevara, cuyo falaz erudición fue desmontada en su época por el humanista soriano Pedro Rhúa en unas Epístolas censorias de 1540, donde ponía de manifiesto sus invenciones y falsedades, ha merecido en nuestros días calificaciones como las siguientes: "aquel autor que nunca dijo verdad si pudo echar un embuste" (Márquez Villanueva, pág. 187) o "insigne mixtificador" en palabras de Lázaro Carreter, que también se refiere a "la inmensa desfachatez guevariana"; pero una caracterización bastante pormenorizada de su modo de proceder -con alusión explícita al pasaje que comentamos- ya la había hecho Marcelino Menéndez y Pelayo, en sus Orígenes de la novela, al que cito:
"Todos los libros profanos de Fray Antonio de Guevara, sin excepción alguna, están hechos de citas falsas, de autores imaginarios, de personajes fabulosos, de leyes apócrifas, de anécdotas de pura invención, y de embrollos cronológicos y geográficos, que pasman y confunden. Aun la poca verdad que contienen está entretejida de tal modo con la mentira, que cuesta trabajo discernirla. Tenía, sin duda, el ingeniosísimo fraile una vasta y confusa lectura de todos los autores latinos y los griegos que hasta entonces se habían traducido, y todo ello lo baraja con las invenciones de su propia fantasía, que era tan viva, ardiente y amena. Lo que no sabe, lo inventa; lo que encuentra incompleto, lo suple, y es capaz de relatarnos las conversaciones de las tres famosas cortesanas griegas Lamia, Laida y Flora, como si las hubiese conocido."
Como comprenderéis, citar al obispo de Mondoñedo como autoridad que ha de proporcionar "gran crédito" es una ironía tan hiperbólica que nos hace reír a mandíbula batiente.

El otro pasaje al que querría referirme es el de la descripción de Dulcinea que tiene lugar en el cap. XIII de la Primera Parte.

—Luego si es de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado —dijo el caminante—, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues es de la profesión. Y si es que vuestra merced no se precia de ser tan secreto como don Galaor, con las veras que puedo le suplico, en nombre de toda esta compañía y en el mío, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama, que ella se tendría por dichosa de que todo el mundo sepa que es querida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece.
Aquí dio un gran suspiro don Quijote y dijo:
—Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta o no de que el mundo sepa que yo la sirvo. Solo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que solo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas.
—El linaje, prosapia y alcurnia querríamos saber —replicó Vivaldo.
A lo cual respondió don Quijote:
—No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los modernos Colonas y Ursinos, ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña, ni menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia, Palafoxes, Nuzas, Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón, Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla, Alencastros, Pallas y Meneses de Portugal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos. Y no se me replique en esto, si no fuere con las condiciones que puso Cervino al pie del trofeo de las armas de Orlando, que decía:
Nadie las mueva
que estar no pueda con Roldán a prueba.

Es una descriptio en que Cervantes parodia la retórica petrarquista haciéndola estallar por hiperbólica acumulación de atributos. Lo habitual en poemas de esa tradición es hacer referencia a tres o cuatro atributos de la amada, con sus consiguientes correlatos metafóricos (pensemos en los celebérrimos "collige, virgo, rosas" de Garcilaso y Góngora: los que comienzan con "En tanto que de rosa y azucena" y "Mientras por competir con tu cabello"). En algún caso se extienden hasta seis o siete atributos (nueve como máximo tengo documentado en un soneto castellano de Camôes, que os leo a continuación).

De piedra, de metal, de cosa dura,
El alma dura ninfa os ha vestido,
Pues el cabello es oro endurecido,
Y mármol es la fronte en su blancura.
Los ojos, esmeralda verde y escura;
Granata las mejillas; no fingido,
El labio es un robí no poseído;
Los blancos dientes son de perla pura.
La mano de marfil, y la garganta
De alabastro, por donde como yedra
Las venas van de azul muy rutilante.
Mas lo que más en toda vos me espanta,
Es ver que, por que todo fuese piedra,
Tenéis el corazón como diamante.

El poema (dirigido a otra "amada enemiga"), a pesar del exceso metafórico, se mueve dentro de los cauces habituales de la pedrería petrarquista.
Pero Cervantes riza el rizo, lleva la acumulación paródica hasta un extremo y cita once atributos metafóricos que convierten a la pobre Dulcinea en un monstruoso cuadro de Arcimboldo. La carcajada, de nuevo, resulta inevitable.
Y sin embargo, como de detalles estamos hablando, no llegaré a comentar esta descriptio, porque ocurre que la abre un sintagma, "la dulce mi enemiga", que ofrece ya suficiente pábulo a nuestra reflexión.
Edward M. Wilson abre su estudio sobre el estribillo que comienza "De la dulce mi enemiga" (en el que extrañamente no cita esta ocurrencia de la descripción de Dulcinea) con otro momento del Quijote, cuando la condesa Trifaldi cuenta la historia de la caída de la infanta Antonomasia, seducida por don Clavijo. Dice la Trifaldi:
"Pero lo que más me hizo postrar y dar conmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche desde una reja que caía a una callejuela donde él estaba, que si mal no recuerdo decían:

De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere,
y, por más tormento, quiere
que se sienta y no se diga." (D. Quijote, 2, 38)

Wilson, en su estudio, rastrea este estribillo hasta llegar al original italiano del poeta de finales del XV Serafino Aquilano. La versión en castellano más antigua es un villancico de Gabriel Mena que se halla en el Cancionero musical de Palacio. El estudioso inglés va repasando versiones y más versiones (un soneto de Montemayor, distintas glosas…) hasta llegar a una temprana letrilla de Góngora en que parodia el motivo, cuyo estribillo es:


Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.

Y en cuyo cuerpo suelta lindezas como la que transcribo:

Mande Amor lo que mandare
Que yo pienso muy sin mengua
Dar libertad a mi lengua
Y a sus leyes una higa.

Ahora bien, señala Wilson cómo la paradoja "dulce enemiga" era frecuente ya en la poesía de Petrarca ("la dolce mia nemica", Canzone LXXII, "la dolce et acerba mia nemica", Canzone XXIII, etc.) y lo será luego en los petrarquistas (Garcilaso, Cetina, Camôes, Herrera…), indicando los vasos comunicantes que se producen entre la tradición italianizante y la popular en nuestra poesía.
Lo curioso es que Cervantes recoge en el Quijote ambas tradiciones: la popular en el villancico que hemos referido y la petrarquesca, sin duda, al comenzar la descripción de Dulcinea, puesto que de un ejercicio de leso petrarquismo se trata.
Se le podría decir a Cervantes, mutatis mutandis, lo que dice el rey al poeta en el maravilloso cuento de Borges "El espejo y la máscara": "Si se perdiera toda la literatura de Irlanda -omen absit- podría reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda."
Y es que leyendo a Cervantes tenemos la sensación de que en su obra está recogida toda la tradición literaria existente hasta el momento. Y que su obra está a cada paso cuajada de "magias parciales".
De la misma manera en que el músico alemán Carl Maria von Weber escribió una invitación a la danza y Fernando Savater una invitación a la ética, creo que todo ensayo de crítica literaria no es más que una invitación a la lectura. Así que cierro este escrito invitándoos a leer a Reyes, a Borges, a Guevara, a Márquez Villanueva, a Lázaro Carreter, a Menéndez Pelayo, a Wilson, y por supuesto a Cervantes, el certero. Hay mucho que leer.

abril 2005

domingo, 15 de enero de 2012

La clave psicoanalítica de la conducta de Hamlet

¿Y si Hamlet, en años pasados, cuando niño, se hubiera resentido amargamente de haber tenido que compartir el afecto de su madre con su propio padre, y lo hubiera mirado como un rival y hubiera deseado deshacerse de él, de manera que pudiera disfrutar el monopolio de tal afecto sin disputa ni molestias? Si tales pensamientos se hubieran presentado en su mente infantil habrían sido reprimidos y cualquier huella de ellos eliminada por el amor filial y la educación recibida. La realización de su antiguo deseo de muerte del padre por parte de un celoso rival habría despertado estos recuerdos reprimidos que ahora producirían, en forma de depresión y otros sufrimientos, obscuras secuelas de su conflicto infantil.

Ernest Jones: Hamlet y Edipo.

miércoles, 11 de enero de 2012

Woody Allen -gran escritor- parodia las teorías de los eruditos literarios a propósito de la autoría de las obras de Shakespeare (para morise de risa)

A media voz… muy bajito

Preguntad al hombre corriente quien escribió las obras tituladas Hamlet, Romeo y Julieta y Otelo, y en la mayoría de los casos os declarará presuntuosamente: «El Bardo Inmortal de Stratford on Avon». Preguntadle por la paternidad de los sonetos shakespearianos y ya veréis cómo llega a la misma e ilógica contestación. Haced ahora estas preguntas a ciertos detectives literarios que parecen aflorar periódicamente a través de los años, y no os sorprendáis si os salen con respuestas como Sir Francis Bacon, Ben Jonson, la reina Elizabeth y posiblemente hasta la Ley del Suelo.
La más reciente de estas teorías aparece en un libro que acabo de leer, y que trata de demostrar concluyentemente que el verdadero autor de las obras de Shakespeare fue Christopher Marlowe. El libro expone de modo muy convincente esta tesis, y para cuando terminé la lectura ya no estaba seguro de si Shakespeare era Marlowe, o Marlowe era Shakespeare, o qué. Una cosa sé, que no le hubiese aceptado un cheque a ninguno de los dos… y eso que me gustan sus obras.
Ahora bien, intentando considerar la antes mencionada teoría en su justa perspectiva, mi primera pregunta es: si Marlowe escribió las obras de Shakespeare, ¿quién escribió las de Marlowe? La respuesta a esto se halla en el hecho de que Shakespeare estaba casado con una mujer llamada Anne Hathaway. Esto es lo que sabemos como cierto. Sin embargo, según la nueva teoría, fue Marlowe quien realmente estuvo casado con Anne Hathaway, una unión que le causó a Shakespeare un pesar sin límites, por cuanto ellos no le dejaban entrar en casa.
Un día funesto, en una envidiosa disputa sobre quién era el último en la cola de la panadería, Marlowe fue muerto… muerto o quitado de en medio con un disfraz para evitar que le acusaran de herejía, un crimen muy grave que se castigaba con ser muerto, o quitado de en medio, o ambas cosas.
Fue en aquel momento que la joven esposa de Marlowe tomó la pluma y continuó escribiendo las obras y sonetos que todos conocemos y evitamos hoy. Pero permitidme una aclaración.
Todos sabemos que Shakespeare (Marlowe) tomaba prestados sus argumentos de los escritores antiguos (modernos); sin embargo, cuando le llegó la hora de devolvérselos, los argumentos estaban tan gastados que se vio obligado a salir del país con el nombre supuesto de William Bardo (de ahí el término «bardo inmortal») para esquivar la cárcel por deudas (de ahí el término «cárcel por deudas»). Aquí es cuando Sir Francis Bacon entra en escena. Bacon era un innovador de la época que estaba experimentando conceptos avanzados de frigorificación. La leyenda pretende que murió en el intento de congelar un pollo. Al parecer, el pollo fue el primero en echarse atrás. En un esfuerzo por ocultar a Marlowe de Shakespeare, si demostraran ser la misma persona, Bacon había tomado el nombre ficticio de Alexander Pope, quien era en realidad el Pope Alexander, jefe de la Iglesia ortodoxa rusa y actualmente en el exilio a causa de la invasión de Rusia por los Bardos, una de las últimas tribus nómadas (los Bardos nos dan la clave del término «bardo inmortal»), y que años antes había huido al galope hasta Londres, donde Raleigh aguardaba la muerte en la Torre.
El misterio aumenta en cuanto, según discurre esta historia, Ben Jonson pone en escena un falso funeral por Marlowe, al convencer a un poeta menor de que ocupase su sitio en el entierro. No hay que confundir a Ben Jonson con Samuel Johnson. Era Samuel Johnson. Samuel Johnson no lo era. Samuel Johnson era Samuel Pepys. Pepys era en realidad Raleigh, que se había fugado de la Torre para escribir El paraíso perdido con el nombre de John Milton, un poeta que gracias a su ceguera se había librado de la Torre y al que ahorcaron con el nombre de Jonathan Swift. Todo esto empieza a ponerse en claro cuando se descubre que George Eliot era una mujer.
A partir de aquí, por consiguiente, El rey Lear no es una obra de Shakespeare, sino una revista satírica de Chaucer, originalmente titulada «Nadie es perfecto», la cual proporciona una pista del hombre que mató a Marlowe, un hombre al que en la época isabelina (o de Elizabeth Barret Browning) se conocía por Old Vic. Old Vic se ha hecho luego más familiar para nosotros con el nombre de Victor Hugo, quien escribió Nuestra Señora de París, novela que numerosos expertos literarios consideran que es simplemente Coriolano con unos cuantos obvios cambios. (Léanse ambas obras deprisa.)
Cabe preguntarse entonces, ¿no hizo Lewis Carroll una caricatura de toda esta situación al escribir Alicia en el País de las Maravillas? El Conejo Blanco era Shakespeare, el Sombrerero Loco, Marlowe, y el Ratón, Bacon -o el Sombrerero Loco, Bacon, y el Conejo Blanco, Marlowe- o Carroll, Bacon, y el Ratón, Marlowe -o Alicia era Shakespeare, o Bacon- o Carroll era el Sombrerero Loco. Es una lástima que Carroll no esté vivo hoy para dejar sentado este tema. O Bacon. O Marlowe. O Shakespeare. Lo importante es que, si os vais a mudar, deis parte a la oficina de correos. A menos que os importe un pimiento la posteridad.

lunes, 9 de enero de 2012

Petrarca: Subida al Monte Ventoso

Copio un par de fragmentos de la epístola de Petrarca en que narra su ascensión al Monte Ventoso y que constituye uno de los monumentos del Humanismo. Reparemos en dos detalles: el estímulo libresco -y erudito- que determina el ejercicio físico del ascenso; y el satori espiritual que experimenta -de raíz libresca otra vez- a mitad del camino, cuando abre el libro de San Agustín:

A DIONISIO DA BURGO SAN SEPOLCRO, DE LA ORDEN DE SAN AGUSTÍN Y PROFESOR DE SAGRADAS ESCRITURAS, ACERCA DE CIERTAS PREOCUPACIONES PROPIAS
(FAM. IV, 1)

Impulsado únicamente por el deseo de contemplar un lugar célebre por su altitud, hoy he escalado el monte más alto de esta región, que no sin motivo llaman Ventoso. Hace muchos años que estaba en mi ánimo emprender esta ascensión; de hecho, por ese destino que gobierna la vida de los hombres, he vivido –como ya sabes– en este lugar desde mi infancia y ese monte, visible desde cualquier sitio, ha estado casi siempre ante mis ojos. El impulso de hacer finalmente lo que cada día me proponía se apoderó de mí, sobre todo, después de releer, hace unos días, la historia romana de Tito Livio, cuando por casualidad di con aquel pasaje en el que Filipo, rey de Macedonia, –aquel que hizo la guerra contra Roma–, asciende al Hemo, una montaña de Tesalia desde cuya cima pensaba que podrían verse, según era fama, dos mares, el Adriático y el Mar Negro. No tengo certeza de si ello es cierto o falso, ya que el monte está lejos de nuestra ciudad y la discordancia entre los autores hace poner en duda el dato. Por citar sólo a algunos, el cosmógrafo Pomponio Mela refiere el hecho tal cual, dándolo por cierto; Tito Livio opina que es falso; en cuanto a mí, si pudiera tener experiencia directa de aquel monte con tan tanta facilidad como la he tenido de éste, despejaría rápidamente la duda. Pero dejando de lado aquel monte, volveré al nuestro.
(...)
Mientras contemplaba estas cosas en detalle y me deleitaba en los aspectos terrenales un momento, para en el siguiente elevar, a ejemplo del cuerpo, mi espíritu a regiones superiores, se me ocurrió consultar el libro de las Confesiones de Agustín, un presente fruto de tu bondad, que guardo conmigo en recuerdo de su autor y de quien me lo regaló y que tengo siempre a mano; una obra que cabe en una mano, de reducido volumen, mas de infinita dulzura. Lo abro para leer cualquier cosa que salga al paso ¿pues, qué otra cosa, sino algo pío y devoto podría encontrar en él? Por azar, el volumen se abre por el libro décimo. Mi hermano, que permanecía expectante para escuchar a Agustín por mi boca era todo oídos. Dios sea testigo y mi propio hermano que allí estaba presente, que en lo primero donde se detuvieron mis ojos estaba escrito: “Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos”. Me quedé estupefacto, lo confieso, y rogando a mi hermano, que deseaba que siguiera leyendo, que no me molestara, cerré el libro, enfadado conmigo mismo, porque incluso entonces había estado admirando las cosas terrenales, yo que ya para entonces debía haber aprendido de los propios filósofos paganos que no hay ninguna cosa que sea admirable fuera del espíritu, ante cuya grandeza nada es grande.

viernes, 6 de enero de 2012

El texto prometido de Borges tal como lo recoge Foucault en el Prefacio de Las palabras y las cosas

Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento —al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita "cierta enciclopedia china" donde está escrito que "los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas"*. En el asombro de esta taxonomía, lo que se ve de golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la imposibilidad de pensar esto.

*”El idioma analítico de John Wilkins”, Otras inquisiciones.