miércoles, 30 de noviembre de 2011

Retórica: El estilo indirecto libre

El estilo indirecto libre.(También se le podría llamar en rigor estilo semidirecto)

Forma de narrar que refleja el pensamiento del personaje sin dejar la tercera persona del narrador. Es típica de la novela realista del XIX y supone un mecanismo de aproximación al personaje, para que el lector perciba la realidad de manera cercana a éste.

Así, lo que piensa un personaje puede expresarse:
- En estilo directo: – ¡Qué tostón es este libro!¡Qué rollo!-pensó Smith
- En estilo indirecto: Pensaba Smith lo aburrido y pesado que era aquel libro.
- En estilo indirecto libre: Pensaba Smith lo tostonazo que era aquel libro, ¡vaya rollo!

Saco este ejemplo -mejor- de una novela de Vargas Llosa, Elogio de la madrastra (pongo en negrita los momentos en que el texto pasa del estilo indirecto al estilo indirecto libre) :

Doña Lucrecia lo contradecía y lo besaba en los cabellos. No, Fonchito, nada de eso es verdad. ¿Qué susceptibiliades eran ésas, chiquitín! Y, buscando la forma más atenuada, trataba de explicárselo. ¡Cómo no lo iba a querer! Muchísimo, corazoncito. Pero si vivía pendiente de él para todo y lo tenía siempre en la mente cuando él estaba en el colegio o jugando al fútbol con sus amigos. Ocurría, simplemente, que no era bueno que fuera tan pegado a ella, que se desviviera en esa forma por su madrastra. Podía hacerle daño, zoncito, ser tan impulsivo y vehemente en sus afectos.

Y un ejemplo de Madame Bovary (Parte I, cap. 9):

Abandonó la música. ¿Para qué tocar?, ¿quién la escucharía? Como nunca podría, con un traje de terciopelo de manga corta, en un piano de Erard, en un concierto, tocando con sus dedos ligeros las teclas de marfil, sentir como una brisa circular a su alrededor como un murmullo de éxtasis, no valía la pena aburrirse estudiando. Dejó en el armario las carpetas de dibujo y el bordado. ¿Para qué? ¿Para qué?

viernes, 25 de noviembre de 2011

También Bécquer hizo su particular homenaje a Dante

Rima XXIX
(La bocca mi baciò tutto tremante,
Dante, Commedia, Inferno, Canto v)

Sobre la falda tenía
el libro abierto;
en mi mejilla tocaban
sus rizos negros;
no veíamos letras
ninguno creo;
mas guardábamos ambos
hondo silencio.
¿Cuánto duró? Ni aun entonces
pude saberlo.
Sólo sé que no se oía
más que el aliento,
que apresurado escapaba
del labio seco.
Sólo sé que nos volvimos
los dos a un tiempo,
y nuestros ojos se hallaron
¡y sonó un beso!
*
Creación de Dante era el libro;
era su Infierno.
Cuando a él bajamos los ojos,
yo dije trémulo:
—¿Comprendes ya que un poema
cabe en un verso?
Y ella respondió encendida:
—¡Ya lo comprendo!

Gustavo Adolfo Bécquer

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Poesía y filosofía: Roberto Juarroz

Una de las nociones que me impresionó mucho de lo poco que pude entender de Heidegger fue la de “habladuría” (en alemán “Gerede”): hablamos con palabras que no nos pertenecen, decimos con frecuencia lo que se dice (lo ya codificado sintáctica y semánticamente) y, por lo tanto, no lo que querríamos –o tendríamos que- decir. Esta carencia de lenguaje yo la entendía como un signo de alienación, de extrañamiento. “Se trata de un extrañamiento que va más allá de lo social, ontológico”, me decía Fernando, que fue quien me pasó el texto de Heidegger. Hoy me encuentro con este poema de Roberto Juarroz que, creo, expresa perfecta y poéticamente la noción del filósofo:

Parecería que alguien,
escondido entre las bambalinas de la vida,
introduce en nuestro diálogo
frases que no nos pertenecen.
El apócrifo apuntador,
simulando nuestra voz,
la coloca en los espacios insalvables
que dejan entre sí las palabras del hombre.

Todo lenguaje es un malentendido.
Pero esta oscura interferencia va más lejos
y se introduce en nuestra soledad,
en los intersticios del monólogo
que cada cual sostiene
como la última columna de su templo.

¿Hacia quién
o por lo menos hacia dónde
podemos hablar?

La palabra propia del hombre
todavía no existe.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Sobre el oficio de historiador

Yacen como en sepulcros, gastados ya y deshechos, en los monumentos de la venerable antigüedad, vestigios de sus cosas. Consérvanse allí polvo y cenizas, o, cuando mucho, huesos secos de cuerpos enterrados; esto es, indicios de acaecimientos cuya memoria casi del todo pereció; a los cuales, para restituirles vida, el historiador ha menester, como otro Ezequiel, vaticinando sobre ellos, juntarlos, unirlos, engarzarlos, dándoles a cada uno su encaje, lugar y propio asiento en la disposición y cuerpo de la historia; añadirles, para su enlazamiento y fortaleza, nervios de bien trabadas conjeturas; vestirlos de carne, con raros y notables apoyos; extender sobre todo este cuerpo, así dispuesto, una hermosa piel de varia y bien seguida narración, y, últimamente, infundirles un soplo de vida con la energía de un tan vivo decir, que parezcan bullir y menearse las cosas de que trata en medio de la pluma y el papel.

Jerónimo de San José: Genio de la historia (1651)

viernes, 11 de noviembre de 2011

De avaros y tacaños. Haciendo boca para ver El avaro, de Molière

Estos días en que he estado leyendo La cuestión palpitante, de doña Emilia Pardo Bazán, su presentación, no exenta de crítica, del naturalismo en España, recuerdo que, cuando hablaba del realismo de la tradición narrativa española, hacia referencias a Cervantes, El gran tacaño, Hurtado de Mendoza o Espinel. Con Hurtado de Mendoza quería referirse al Lazarillo, pues que se creía que ese era el nombre del autor de la novelita anónima. El gran tacaño vale por El Buscón, de Quevedo. ¿Por qué? No olvidemos que uno de los títulos con que se conoce a la novela es Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. No me cabe duda que el “ejemplo de vagamundos” es el propio Pablos, pero también es “espejo de tacaños” porque, como buen pícaro, padece las inclemencias de diversos tacaños con que se topa. Ya Lázaro de Tormes había sufrido al ciego del primer capítulo, pero sobre todo al clérigo de Maqueda. A Pablos le tocará lidiar con el celebérrimo Licenciado Cabra, cuya descripción, centrada en su miserable tacañería, es uno de los pasajes más antologizados de la literatura española. Todos recordamos:

Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.

O más tarde, cuando supuestamente comen en su pupilaje (es decir, su hospedaje):

Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:
-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.

La sopa más peligrosa que la fuente de Narciso, por su claridad, donde naufraga un garbanzo huérfano, o ese dormir de lado por no gastar las sábanas, son hipérboles extraordinarias que reflejan muy bien la catadura de tales personajes.
Hace poco, leyendo Zaragoza, Episodio Nacional de Pérez Galdós, me encontré con otro personaje extremadamente avaricioso, el tío Candiola, que resulta ser el mejor descrito de la novela. En un momento dado se enfada con su hija porque la ve hablando de noche con dos hombres. Recojo parte de la riña que le suelta:

¡Dos hombres, dos hombres en mi casa, de noche, contigo! ¿No has reparado en las canas de tu anciano padre? ¿No consideras que esos hombres pueden robarme? ¿No has reparado que la casa está llena de mil objetos de valor, que caben fácilmente en una faltriquera?... ¡Mereces la muerte! Y si no me engaño, aquellos dos hombres se llevaban alguna cosa. ¡Dos hombres! ¡Dos novios! ¡Y recibirlos de noche en mi casa, deshonrando a tu padre y ofendiendo a Dios! ¡Y yo, desde mi cuarto, miraba la luz del tuyo, creyendo con esto que velabas allí haciendo alguna labor!... De modo, miserable chicuela; de modo, hembra despreciable, que mientras tú estabas en la huerta, en tu cuarto se estaba gastando inútilmente una vela...

Lo que cierra la riña del señor Candiola es el hecho absolutamente espantoso de que, mientras todo ocurría, en el cuarto se estaba gastando inútilmente una vela. Ni que decir tiene que me recordó al Licenciado Cabra y a toda la retahíla de grandes tacaños de la literatura española.

¿Qué nos deparará El avaro, de Molière? De tan gran ingenio como el comediógrafo francés no es poco lo que podemos esperar.

martes, 1 de noviembre de 2011

Dante e la donna angelicata

Ahora que nos acercamos a Dante y su Commedia, traigo aquí un soneto de amor dedicado a Beatrice (¡a quién si no!) que considero una de las cosas más finas que jamás se hayan escrito. Me lo dio a conocer años ha Dámaso Alonso en las páginas de su admirable Poesía española. Su intento de traducción (toda traducción es un intento fallido) transcribo:

Tanto gentile e tanto onesta pare
la donna mia quando ella altrui saluta,
ch'ogne lingua deven tremando muta,
e li occhi no l'ardiscon di guardare.

Ella si va, sentendosi laudare,
benignamente d'umiltà vestuta;
e par che sia una cosa venuta
di cielo in terra a miracol mostrare.

Mostrasi si piacente a chi la mira,
che da per li occhi una dolcezza al core,
che'ntender non la può chi non la prova;

e par che de la sua labbia si mova
un spirito soave pien d'amore,
che va dicendo a l'anima: sospira.

(Dante Alighieri da Vita Nova)


Tan gentil, tan honesta en su pasar
es mi dama cuando ella a alguien saluda,
que toda lengua tiembla y queda muda,
y los ojos no la osan contemplar.

Ella se va, oyéndose alabar,
benignamente de humildad vestida,
y parece que sea cosa venida
un milagro del cielo acá a mostrar.

Muestra un agrado tal a quien la mira,
que al pecho, por los ojos, da un dulzor,
que no puede entender quien no lo prueba;

parece de sus labios que se mueva
un espíritu suave, todo amor,
que al alma va diciéndole: suspira.

(Traducción: Dámaso Alonso)