sábado, 24 de enero de 2026

Cuidado con las muletillas (El Camino, de Miguel Delibes)

 

Para una estancia hospitalaria decidí llevarme una lectura segura y ligera. Como en mi grupo de lectura estamos releyendo novela de postguerra, aposté por El camino, de Miguel Delibes, de la cual tenía un recuerdo inmejorable. No me decepcionó lo más mínimo la obra terminada durante la convalecencia (en la clínica sólo llegué a leer 3 o 4 páginas), casi diría me gustó más que entonces (hace 40 años) cuando la leí para ponerla en clase con cierto éxito (mi amigo Javier me confiesa con tristeza que los jóvenes de hoy probablemente no entenderían nada). 

 

Hoy quiero traer al blog dos pasajes. El primero lo leí en la clínica y me emocionó por su maravillosa ternura. En el capítulo XII, Daniel el Mochuelo cuenta cómo su padre cogía a veces el tren para ir de caza y la escena que se producía a la vuelta:

 

“Tanta ilusión como por ver llegar a su padre triunfador, con un par de liebres y media docena de perdices colgadas de la ventanilla, le producía a Daniel, el Mochuelo, el primer encuentro con Tula, la perrita cocker, al cabo de dos o tres días de ausencia. Tula descendía del tren de un brinco y, al divisarle, le ponía las manos en el pecho y, con la lengua, llenaba su rostro de incesantes y húmedos halagos. El la acariciaba también, y le decía ternezas con voz trémula. Al llegar a casa, Daniel, el Mochuelo, sacaba al corral una lata vieja con los restos de la comida y una herrada de agua y asistía, enternecido, al festín del animalito.”

 

(cap. XII, p. 119-120)

 

El otro pasaje –que motiva el título de esta entrada- resulta bastante humorístico. Para más inri Delibes, unos capítulos más tarde (el XVII), ejemplifica esta forma de hablar en un sermón del cura que a Daniel el Mochuelo le impresiona considerablemente (trata sobre “el camino de cada uno”) y constituye una de las justificaciones del título de la novela. Con lo cual Delibes ha llevado a cabo una magnífica ilustración de la oposición entre los procedimientos de telling y showing que desarrolló la narratología británica.

 

 

“Don José, el cura, que era un gran santo, utilizaba, desde el púlpito, todo género de recursos persuasivos: crispaba los puños, voceaba, reconvenía, sudaba por la frente y el pescuezo, se mesaba los escasos cabellos blancos, recorría los bancos con su índice acusador e incluso una mañana se rasgó la sotana de arriba abajo en uno de los párrafos más patéticos y violentos que recordaría siempre la historia del valle. Así y todo, la gente, particularmente los hombres, no le hacían demasiado caso. La misa les parecía bien, pero al sermón le ponían mala cara y le fruncían el ceño. La Ley de Dios no ordenaba oír sermón entero todos los domingos y fiestas de guardar. Por lo tanto, don José, el cura, se sobrepasaba en el cumplimiento de la Ley Divina. Decían de él que pretendía ser más papista que el Papa y que eso no estaba bien y menos en un sacerdote; y todavía menos en un sacerdote como don José, tan piadoso y comprensivo, de ordinario, para las flaquezas de los hombres.

Eran un poco torvos y adustos y desagradecidos los hombres del valle. No obstante un franco espíritu deportivo les infundía un notorio aliento humano. Los detractores de don José, el cura, como orador, decían que no se podía estimar que hablase bien un hombre que a cada dos por tres decía «en realidad». Esto era cierto. Claro que puede hablarse bien diciendo «en realidad» a cada dos por tres. Ambas cosas, a juicio de Daniel, el Mochuelo, resultaban perfectamente compatibles. Mas algunos no lo entendían así y si asistían a un sermón de don José era para jugarse el dinero a pares o nones, sobre las veces que el cura decía, desde el púlpito, «en realidad». La Guindilla mayor aseguraba que don José decía «en realidad» adrede y que ya sabía que los hombres tenían por costumbre jugarse el dinero durante los sermones a pares o nones, pero que lo prefería así, pues siquiera de esta manera le escuchaban y entre «en realidad» y «en realidad» algo de fundamento les quedaría. De otra forma se exponía a que los hombres pensaran en la hierba, la lluvia, el maíz o las vacas, mientras él hablaba, y esto ya sería un mal irremediable.”

 

(cap. XVI, p. 163-64)

 

Las muletillas (o latiguillos) son formas inconscientes del discurso de cada uno, que pueden fatigar al que escucha y que desde luego no aportan la menor riqueza al lenguaje (todo lo contrario).

 

Al margen de los eh, eh, que hacemos tantos, están los ¿sabes? o ¿sabes lo que te quiero decir? (este último francamente insoportable), y otros muchos.

 

Recuerdo a un conferenciante portugués que, hablando de literatura, nos decía continuamente tem a ver com. Todo tenía que ver con algo, pero nada era nada. U otra profesora, en Internet, cuyos en cierto modo hacen que nada sea definitivamente de una manera.

 

 

En mi juventud universitaria, mis amigos se partían de risa al ver que yo, en un comentario de texto oral, remachaba muchas frases diciéndole al catedrático de la asignatura: ¿Entiendes?