lunes, 8 de enero de 2024

Huxley nos describe un cuadro penitencial encargado por el músico Gesualdo

 

Comienzo el año leyendo ensayos de Aldous Huxley, uno de mis escritores predilectos, a quien descubrí de joven (Un mundo feliz, Las puertas de la percepción) y al que he leído a lo largo de toda mi vida (uno de mis maîtres à penser, como lo han sido Georges Steiner, Roland Barthes, Umberto Eco, Tzvetan Todorov, Susan Sontag, Hans Magnus Enzensberger o, en mi lengua propia, Francisco Ayala). El libro con que abro el año es Adonis y el alfabeto, del que querría destacar su ensayo sobre el músico renacentista Carlo Gesualdo, príncipe de Venosa. Huxley nos habla de su desdichada vida (con un matrimonio que termina en homicidio de su esposa y el amante de ésta, e incluso, más tarde, del hijo de ellos), su neurosis que degenera en locura, lo que no impide que sea uno de los músicos más grandes (y más extrañamente innovadores) de su tiempo. El déficit moral y la grandeza creativa pueden ir perfectamente de la mano, a pesar de lo que dictamina el neopuritanismo de la actual cultura de la cancelación.


Me interesó mucho la descripción que hace de una pintura encargada por el músico (cuadro penitencial lo denomina, concepto que desconocía), que he buscado por Internet hasta dar con ella. La inserto aquí, así como la descripción de Huxley:




“Pocos años antes de su muerte, el artista dotó en Nápoles, su ciudad natal, un convento de frailes capuchinos y construyó una hermosa iglesia. Sobre al altar pendía un enorme cuadro penitencial, pintado por encargo del príncipe y bajo su dirección personal. Esta pintura, que todavía subsiste, representa al Cristo Juez sentado en lo alto, con la Virgen a un lado y el arcángel Miguel al otro. Debajo del Señor, dispuestos simétricamente en hileras descendentes, a derecha e izquierda, están san Francisco y santa María Magdalena, santo Domingo y santa Catalina de Siena, todos ellos, a juzgar por su gesto y ademanes, intercediendo vigorosamente ante el Salvador a favor de Carlo Gesualdo, que está arrodillado en el ángulo inferior de la izquierda, vestido de terciopelo negro y luciendo una enorme gorguera, mientras, espléndido en su vestidura roja de príncipe de la Iglesia, su tío el santo [nada menos que san Carlos Borromeo, arzobispo de Milán], de pie junto a él, pone una mano protectora en el hombro del pecador. Ante ellos, arrodillada, está la tía de Carlo, Isabella, con su vestido de monja, y en el centro de este grupo familiar se ve al niño asesinado en forma de celestial querubín. Abajo, en la parte inferior de la composición, se ve a Donna Maria y al duque de Andria [los amantes asesinados] asándose eternamente en las llamas de que el hombre que los hizo matar todavía espera, contra toda esperanza, poder salvarse.” [Entre corchetes, aclaraciones mías.]

 

El cuadro, de Giovanni Balducci (1560-1631) se encuentra actualmente, según mis noticias cibernéticas, en una iglesia de Gesualdo, población de la región de Campania, no demasiado lejos de Nápoles.

 

Me llaman la atención, en el cuadro, esas dos figuras de ángeles que rescatan a penitentes en ese Purgatorio en llamas, desde el que todavía se puede salir (según la teología católica), pues que si se tratara del Infierno tal posibilidad no existiría. Así que la esperanza de Gesualdo, que Huxley viene a descartar, se halla inserta en el cuadro.

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