lunes, 4 de julio de 2016

La Canción del jinete, de García Lorca, comentada por Lázaro Carreter

Restituyo a su forma original y a su autor (F. Lázaro Carreter) uno de sus magníficos comentarios de texto de los antiguos libros de Anaya (años 80) y que circula, con algunas pequeñas variaciones y sin nombre de autor, por el ciberespacio. A tal señor, tal honor.

COMENTARIO DE TEXTOS: FEDERICO GARCÍA LORCA – CANCIÓN DEL JINETE
Introducción.

En el perfil humano de Federico García Lorca (nacido en 1898), nos sorprende una doble vertiente: por un lado, su personalidad arrolladora, llena de vida, desbordante de simpatía; por otro, un íntimo malestar, un dolor de vivir, un sentimiento de frustración, como anuncio del trágico destino que hizo de él una víctima inocente en 1936.
El malestar, la frustración, el destino trágico son, precisamente, los temas fundamentales de su obra. Ya en muchas de sus primeras composiciones (Libro de poemas, 1921), se nos presenta como marcado por una maldición que lo convierte en hombre al margen. Más tarde, su obra -tanto el Romancero gitano como su producción teatral- se llenará de seres que se mueven en un mundo hostil; vidas amenazadas, condenadas a la frustración o abocadas a la muerte. Es como si el poeta proyectara en ellos sus sentimientos personales.

Buen ejemplo de esas figuras marginales y trágicas es el jinete que aparece en dos poemas del libro Canciones (1927). Veremos ahora uno de ellos:


En la luna negra
de los bandoleros,
cantan las espuelas.

Caballito negro,
¿Dónde llevas tu jinete muerto? 5

...Las duras espuelas
del bandido inmóvil
que perdió las riendas.

Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
10

En la luna negra,
sangraba el costado
de Sierra Morena.

Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?
15

La noche espolea
sus negros ijares
clavándose estrellas.

Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
20

En la luna negra,
¡un grito!, y el cuerno
largo de la hoguera.

Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto? 25


1. Primer acercamiento (Contenido y estructura).


La lectura del poema nos ha colocado ante un cuadro fantasmal: un bandido muerto es llevado -hacia dónde?- por su caballo, mientras la Naturaleza, en torno, parece sacudida, animada, por la tragedia.
No sabemos nada sobre las circunstancias de la muerte. Evidentemente no nos hallamos ante un poema narrativo: se elude el posible contexto (la anécdota), para reducir el poema a unas puras líneas lírico-descriptivas.
Este “llanto por un bandido” nos revela, por otra parte, la actitud del autor: Lorca hablaba en cierta ocasión de su “comprensión por los perseguidos” (también hay toda una tradición popular de simpatía hacia cierto tipo de bandolero).


En su estructura externa, la Canción nos presenta cinco unidades construidas según un mismo esquema métrico: primero una tercerilla de hexasílabos (algo semejante al ritmo popular de las “soleares”); luego, un pareado “irregular”, compuesto por un hexasílabo y un decasílabo, y que viene a ser como un estribillo con dos variantes. Nótese que la rima es la misma para todas las tercerillas (asonancia en é-a), mientras que varía para cada estribillo (é-o, í-o). Estos cambios de ritmo y de rima crean una dualidad musical que justifica el título: Canción. En las formas de la canción popular se ha inspirado conscientemente Lorca.

También en la estructura interna (desarrollo del tema) hay que hacer una doble distinción. En los estribillos alternan una pregunta (desconcierto) y una exclamación (dolor). Entre los estribillos, las dos primeras tercerillas se centran en el personaje; las dos siguientes desarrollan una visión animada del paisaje nocturno; la última es un misterioso y dramático remate del poema.



2. Análisis del texto (expresión y contenido).


Una advertencia necesaria: un poeta como Lorca tiene mucho de visionario. La realidad queda sometida en sus versos a insólitas transmutaciones. Paralelamente, su lenguaje trastorna los hábitos de nuestra expresión cotidiana. Del poema recibiremos impactos que nuestra sensibilidad tendrá que interpretar para llegar a una visión coherente, aunque no cuadre con la fría lógica. Veamos -estrofa a estrofa- qué nos sugiere, qué sorprendentes visiones nos propone esta Canción del jinete.

Nuestra sorpresa comienza en el primer verso: En la luna negra... Una primera transmutación de la realidad. Frente a lo que se podía esperar (luna “blanca”, “pálida”, “llena”, etc.), el insólito adjetivo hace que una luna irreal, espectral, se cierna sobre el cuadro: es el color del luto, de la muerte. Con un excepcional toque fúnebre empieza, pues, el poema. Y esa “luz negra” se difundirá por toda la Canción, merced a unas insistentes reiteraciones que iremos viendo.
Los dos versos siguientes contienen alusiones envueltas aún en misterio. Esa luna parece ser el signo funesto de los bandoleros, el negro destino de los hombres al margen de la ley, de esas figuras perseguidas tan gratas a Lorca. (Pero sólo después sabremos que se nos habla precisamente de un bandolero.) Del mismo modo, ¿qué decir de ese sonido de espuelas, puesto de relieve por el verbo cantan? El lector habrá de seguir para ir “recomponiendo” el sentido.
La claridad comienza a hacerse con el primer estribillo, en el que aparece ya el jinete muerto a lomos de su caballo. El contexto -en este caso- da al diminutivo caballito un valor que se sitúa entre la ternura y la tristeza. Y el adjetivo negro, aunque ahora se acepta en su sentido propio, es una pincelada de luto, acorde con la luna negra. La pregunta (¿Dónde llevas...?) está cargada de patetismo; sugiere un ir sin rumbo, tras la muerte del jinete.

Pasado el estribillo, la nueva estrofa se nos aparece como una clara continuación de la primera. Así lo indican los puntos suspensivos y la insistencia en las espuelas, ahora con el epíteto duras: un adjetivo que también se armoniza con el doloroso cuadro. El lector imagina cómo esas espuelas se clavan duramente en los ijares del caballo, espoleándolo sin cesar -imagen que tendrá un eco en la que aparece después: versos 16-18. En todo caso, el lector ya percibe ahora el sentido del tercer verso (cantan las espuelas) con la visión de las piernas inertes del bandido inmóvil. A la vez, el último verso (que perdió las riendas) completa aquella idea de un ir sin rumbo fijo que ya estaba implícita en la pregunta del estribillo.
En el nuevo estribillo, se diría que la frialdad de la muerte se desplaza del hombre al caballo (caballito frío), como si algo de la muerte se difundiera en el animal. (Este tipo de “desplazamientos calificativos”, como se les ha llamado, es frecuente en Lorca.) Sigue ahora una intensa exclamación: ¡Qué perfume de flor de cuchillo! El nombre del arma mortífera se asocia, en violento contraste, con sustantivos como perfume y flor. Podría comprobarse cómo, en otros poemas de Lorca, la sangre de una herida es clavel o granada. Se trata, pues, de la visión y del olor de la sangre, pero esas notas sensoriales quedan magnificadas, trágicamente embellecidas, gracias a ese audaz juego del lenguaje poético.

Al principio de la estrofa siguiente, se repite el verso que iniciaba el poema: En la luna negra. La reiteración, recurso fundamental en poesía, es un toque obsesionante en este caso, como antes decíamos. Tras él, otra asombrosa visión de paisaje: sangraba el costado - de Sierra Morena. He aquí una auténtica creación de visionario, una nueva y tremenda distorsión de la realidad: la Naturaleza sangra, como sangra el cuerpo del jinete. Se confirman nuestras intuiciones anteriores: es como si el poeta quisiera difundir la tragedia por todo el entorno. También autores de otros tiempos nos presentaban un paisaje acorde con sus propios sentimientos o con los de sus personajes, pero ¡cuánto más lejos va Lorca con la imagen de esta sierra herida en su costado!

Comentado ya el estribillo, pasamos a otra estrofa en la que la visión de una Naturaleza animada alcanza la cima del paroxismo. La noche, ahora, se convierte en otro caballo, un caballo parejo del que lleva al bandido muerto. Negros son también sus ijares. Las estrellas son punzantes espuelas. Los verbos (espolea, clavándose) van cargados de furia, de dolor. Hasta el ritmo se hace más vivo; los acentos, que en los hexasílabos precedentes se distribuían -puede comprobarse- con natural variedad, adoptan en estos tres versos un mismo esquema rítmico: oóo oóo. Se trata de pies métricos (anfíbracos) que imprimen un ritmo “galopante”: recordemos versos como “Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo” (R. Alberti).
Todo es esta estrofa -la visión de esa noche frenética, las palabras, el ritmo- es un espléndido ajuste entre el contenido y la expresión.

Y más allá de la triste letanía del estribillo, llegamos a la estrofa final. Bajo esa obsesiva luna negra (nueva reiteración), se alza un grito: breve sintagma nominal reforzado por los signos de exclamación. Y una última pincelada en el cuadro: es una agresiva metáfora que convierte la llama de la hoguera en un temible cuerno largo. Pero, ¿quién lanza ese grito?, ¿qué hoguera es ésa? ¿Acaso ha llegado el caballo al campamento de los compañeros del bandido muerto? ¿Pasa junto a gentes que se calientan en torno a una fogata? Cada lector es libre de imaginar..., pero insistamos: Lorca no narra, no pretende explicitar, sino sugerir. La exclamación y la metáfora de estos versos escuetos se nos proponen como puras -y dramáticas- cargas verbales.
El caballito negro continúa adelante. Y al final del poema sigue sonando la desconsolada pregunta: ¿Dónde llevas tu jinete muerto?


Conclusión.

La Canción del jinete es una muestra ya madura del mundo poético y del lenguaje de Lorca, tal y como se confirmará en su libro siguiente, el Romancero Gitano (1928). Partiendo de unas formas métricas inspiradas en la poesía popular, García Lorca ha desarrollado una de sus personalísimas versiones del tema del destino trágico: una sombría pintura de muerte en el horizonte de una Naturaleza convulsa.
Personalísimo es también el lenguaje del poema: un lenguaje tan audaz como riguroso; los efectos expresivos han sido, sin duda, sabiamente calculados, pero lo que queda al final es una intensa impresión de desgarrado dramatismo. Sabia maestría y fuerza vital: he aquí el doble signo que preside la potente figura creadora de Federico García Lorca.


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