sábado, 18 de abril de 2015

Caupolicán, de Rubén Darío (Comentario de texto: Lázaro Carreter)

En aquellos magníficos libros de texto de Lengua española, que publicaba Anaya (azules y de formato cuadrado), con los que empecé a trabajar a principios de los 80 (desde entonces todos los otros manuales que he ido manejando han sido progresivamente peores: ¡vaya un progreso!) y que firmaban Fernando Lázaro Carreter y Vicente Tusón, se notaba bastante claramente la prodigiosa mano del maestro de maestros. En el de 1º de BUP venían unos comentarios de texto, excelentes, en los que se seguía la metodología de comentario que Lázaro Carreter, junto con Evaristo Correa Calderón, habían introducido en nuestro país con otro célebre manual, Cómo se comenta un texto literario (también el primero, y el mejor, de los que al comentario de textos se han dedicado). Pues bien, traigo hoy a este blog un magnífico comentario de un poema de Rubén Darío que recientemente hemos aprendido en clase de memoria. El texto lo he conseguido localizar en el ciberespacio, pero sin nombre de autor o apócrifamente utilizado. Aquí lo restituyo a sus creadores. Es de bien nacidos ser agradecidos.

Introducción.
            Como es bien sabido, el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) no es sólo una de las figuras máximas de las letras hispanoamericanas, sino también uno de los grandes renovadores de la poesía española contemporánea. Gran conocedor, ante todo, de poetas franceses, aunque también de clásicos y españoles, hace triunfar en todo el ámbito de la literatura en lengua castellana el Modernismo, movimiento que reacciona contra el prosaísmo dominante en la poesía anterior y que se propone un profundo enriquecimiento de la lengua poética (ritmos, efectos sensoriales, vocabulario, etc.).
            En los principales libros de Rubén (Azul, 1888; Prosas profanas, 1896; Cantos de vida y esperanza, 1905), alternan las evocaciones exóticas, los sentimientos íntimos, los temas españoles e hispanoamericanos. Junto a esta variedad temática, aparece siempre -como nota común- una gran brillantez estilística.
            El soneto Caupolicán (del libro Azul) es una buena muestra de los temas americanos. El asunto tiene viejas raíces: Alonso de Ercilla (1533-1594) contaba al principio de La Araucana -epopeya de la conquista de Chile- aquella famosa prueba con que los indios araucanos eligieron a su caudillo, y que consistía en ver quién era capaz de llevar durante más tiempo un pesado tronco sobre sus hombros. Caupolicán salió vencedor y fue proclamado Toqui (jefe de estado en tiempos de guerra).
            He aquí el poema de Rubén Darío:
Texto.
Es algo formidable que vio la vieja raza;
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región;
lancero de los bosques, Nemrod (1) que todo caza,
desjarretar (2) un toro o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

"¡El Toqui, el Toqui! ", clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo "Basta",
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

1 Nemrod: Legendario rey de Babilonia. La Biblia lo llama "poderoso cazador ante Dios".
2 desjarretar: cortar las patas o -aquí- derribar.

Contenido y estructura.
            Del episodio narrado ampliamente por Ercilla en su poema épico, Rubén Darío, con intención épico-lírica, retiene los rasgos que le parecen esenciales: la colosal fortaleza del héroe indio y lo grandioso de su hazaña. Así pues, el soneto es, ante todo, una descripción física (o prosopografía) de Caupolicán, seguida de un relato condensado de su proeza.
            Esos dos aspectos del contenido se corresponden con las dos partes que suele presentar todo soneto: en las dos primeras estrofas se recoge la descripción del héroe; en las dos últimas, se cuenta su hazaña.


            Desde el punto de vista métrico, este soneto ofrece dos particularidades: por un lado, los versos son alejandrinos, en vez de endecasílabos; por otro, los cuartetos han sido sustituidos por serventesios (rimas cruzadas o alternantes). Ambas particularidades son muy frecuentes en los sonetos modernistas. Señalemos, además, las rimas agudas que -como se verá- se insertan en la sonoridad brillante que caracteriza al poema. La acentuación, en fin, ofrece una indudable regularidad: van acentuadas las sílabas pares de cada hemistiquio, o al menos las sílabas 2ª y 6ª. Véanse, por ejemplo, los versos 1 y 10:

es algo formidable / que vio la vieja raza  (2 – 6 / 2 – 4 – 6)

le vio la tarde lida / le vio la noche fría  (2 – 4 - 6 /2 – 4 – 6)

Nos hallamos, evidentemente, ante un ritmo muy marcado.

Análisis del texto (Expresión y contenido).

            Los dos primeros versos presentan, como en una estampa, al indio con él tronco a cuestas. Es algo formidable... El adjetivo "formidable" se usa hoy tanto en la conversación familiar que hemos de recordar su sentido verdadero: en su origen significaba "temible"; luego pasó a ser "muy grande-o "grandioso", y este es el sentido con que lo usa Rubén. Desde el principio, pues, se afirma el carácter excepcional del suceso y del personaje, a quien se llama luego campeón (palabra que, antes de tener el actual valor deportivo, tenía -como aquí- un sentido militar).
            Dos adjetivos, encabalgados en el verso 3, completan a campeón: salvaje y aguerrido, palabras que nos dan una primera caracterización del personaje: primitivo, elemental, valeroso. Tal impresión se continúa con referencias a personajes legendarios: un héroe de la mitología clásica (Hércules) y un héroe bíblico (Sansón), ambos caracterizados por su fuerza excepcional. De cualquiera de ellos habría sido digna la fornida maza del héroe americano. Por lo demás, compárese fornida maza con robusto tronco: en los dos casos, el adjetivo epíteto recoge también esa idea de fuerza que es tema central del soneto.
            Pero al sentido de las palabras se añade -y esto es importantísimo-la sonoridad (aliteración). Desde la primera lectura, nuestros oídos perciben la abundancia de consonantes ásperas, como la j (vieja, salvaje) o la z (raza, maza, brazo). Destacan -aún más las rr (raza, robusto, aguerrido). Algunas vocales suenan de, manera especialmente rotunda al ir seguidas de consonantes nasales o de r (formidable, tronco, hombro, fornida, blandiera); y ello es aún más perceptible en las rimas (campeón-Sansón). Realmente, pocas veces podemos asistir a un ajuste tan significativo de expresión y contenido: la sonoridad "fuerte" contribuye, tanto o más que los significados, a hacernos sentir esa, impresión de fuerza.
            En torno a la misma impresión de fuerza, sigue la descripción de Caupolicán en la segunda estrofa. El verso 5 nos lo muestra poderoso en su desnudez: Por casco sus cabellos, su pecho por coraza. Es un cuerpo férreo que no necesita de armaduras. Notemos de paso la hermosa construcción del verso, bimembre y con un "quiasmo" (o cruce de estructuras gramaticales) para poner de: relieve los términos:

                                   por casco sus cabellos / su pecho por coraza
                                             2           1                          1               2
            Más adelante (y observando de pasada el hipérbaton de Arauco en la región), se completa el retrato con un nuevo atributo (lancero de los bosques), enlazado con otra referencia a un héroe legendario (el caldeo Nemrod). Y todo ello para decir que Caupolicán hubiera podido (=pudiera tal guerrero) desjarretar un toro o estrangular un león. El verso es un espléndido remate de la descripción del héroe. Su fuerza llega aquí al punto culminante con esa capacidad de vencer a fieras terribles. Debemos añadir que este verso es una nueva alusión a Hércules y á sus "doce trabajos"". En efecto, el héroe griego -entre otras hazañas- domó al toro de Creta y estranguló al león de Nemea. Detengámonos un momento a reflexionar: Rubén Darío quiere dotar al guerrero araucano de una aureola mítica de claras resonancias bíblicas y clásicas. Es todo un cruce de culturas: lo hebreo, lo greco-romano, lo americano... Y eso es Rubén Darío.
            Desde un punto de vista formal este verso -que concluye la segunda estrofa- es de construcción semejante al verso final de la primera: ambos son bimembres. Por lo demás, su calidad sonora viene a ser un compendio de lo que antes hemos dicho sobre la sonoridad del poema (confirmada en este segundo serventesio).
            Tras la descripción del personaje, se inicia ahora el relato de su hazaña. Ya en el verso 2 lo habíamos visto con el tronco de árbol a sus hombros. Pero del presente descriptivo (Es algo formidable) pasamos en los tercetos al pretérito de narración: Anduvo, anduvo, anduvo... La pura repetición es un recurso elemental de intensificación para indicar lo inacabable de la acción. La misma idea de duración es lo que expresan las tres oraciones yuxtapuestas que siguen: Le vio la luz del día, - le vio la tarde pálida, le vio la noche fría... (Nótese la insistencia en le vio -anáfora- y la regularidad de la acentuación en los dos versos.) Y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán. Limitémonos a subrayar la nueva connotación de fuerza en la última palabra.
            El terceto final se inicia con el reconocimiento de la superioridad de Caupolicán: la conmovida casta (=la vieja raza) lo proclama jefe con entusiasmo: ¡El Toqui, el Toqui! Pero Caupolicán sigue caminando: reaparece la repetición Anduvo, anduvo, anduvo... Ercilla, en el citado pasaje de La Araucana insistía también en la duración de la proeza (dos días y dos noches en aquel poema); veamos cómo se nos contaba allí el final:

Era salido el sol cuando el enorme
peso de las espaldas despedía,
y un salto dio, en lanzándolo, disforme,
mostrando que aún más ánimo tenía.
            Por comparación con estos versos, admiramos la condensación y la eficacia del final de este soneto:
                                               La aurora dijo “Basta”
                        e irguióse la alta frente del gran Caupolicán

Como en la obra de Ercilla, la prueba termina al amanecer. Pero aquí es la misma aurora quien parece ordenarlo, con una palabra que restalla con fuerza ("Basta”). Y el majestuoso verso final recoge la noble actitud del héroe (irguióse), al que dos epítetos muestran en todo su esplendor (alta frente, gran Caupolicán). El poeta ha esperado hasta el final para darnos su nombre, que resuena grandioso. Por lo demás, todo el verso es muestra eminente de esa poderosa sonoridad que ya hemos señalado antes.

Conclusión.

            El poema es una brillante exaltación de un héroe americano. A esa exaltación contribuyen las referencias a legendarios colosos; referencias que, por otra parte, nos descubren las preferencias culturales de Rubén Darío.

            Pero lo más digno de destacar es la adecuación de las formas a la índole del tema. El vocabulario, la amplitud del ritmo y -sobre todo- esa sonoridad en la que tanto hemos insistido, confirman la certera conciencia estilística del autor, conocedor profundo de los poderes del lenguaje.

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