miércoles, 10 de mayo de 2017

Ensayando la crítica musical: a propósito de Jacobo Christensen

Aunque algo ducho en crítica literaria o cinematográfica, me falta oído -y sobre todo conocimientos- para ensayar la crítica musical. Sin embargo voy a hacer un pequeño intento a propósito del concierto que ofrecieron Jacobo Christensen y Carlos Apellániz, en la sala Rodrigo del Palau de la Música de Valencia, ayer jueves 9 de mayo.

Me centraré en Jacobo, a quien conozco más, y a quien sigo desde hace tiempo (y con quien he tenido algunas conversaciones muy sabrosas sobre temas musicales). Precisamente sobre el tema de cómo se compone un programa tenemos una conversación pendiente, y sobre ello voy a reflexionar hoy.

El concierto comenzó con una curiosísima Suite in Old Style, de Alfred Schnittke, que se aleja de los movimientos habituales en las suites (giga, sarabanda, etc) y que nos permitió  -la obra tenía un cierto tono humorístico- ver a Jacobo tocando el violín con movimientos algo mecánicos, cual si fuera un robot violinista, en el último tema: Pantomime.

Tras los dos nocturnos de Chopin a cargo del pianista, vino la pieza más virtuosística del concierto, las Variaciones sobre un tema original, de Henry Wieniawski. Aquí el talento interpretativo del solista se hizo notar de lo lindo, magníficamente acompañado por el pianista (son años tocando juntos y se nota mucho la compenetración de los dos músicos).

En el intermedio los espectadores comentábamos la asombrosa interpretación de pieza tan exigente.

La segunda parte comienza con otro tour de force: la Sonata para violín solo, op. 27, de Eugene Ysaÿe. La afronta el violinista en solitario y, en el primer movimiento, juega obsesivamente con una frase melódica de Bach; en el segundo se hunde -y nos hunde- en la melancolía; en el tercero, ensaya una danza de sombras -así se llama el movimiento-; para terminar poseído por las furias en el movimiento final. Excelente interpretación.

El concierto -el programa- está siendo muy exigente, en cuanto a la seriedad de las piezas y su dificultad técnica. Por eso, para recordarnos que también puede interpretar conmovedoramente una pieza sencilla, sentimental y bonita, ejecuta Estrellita, popular pieza del mejicano Manuel Ponce, que no conocía y descubro en este concierto. Una verdadera gozada.

Aún queda para cerrar Le grand Tango, del gran Piazzola, de nuevo maravillosamente interpretada y con momentos de intenso sentimiento.

Ni que decir tiene que finaliza el concierto con una gran ovación de un público absolutamente entregado. Es el momento de los bises. Y, como no ha tocado ninguna pieza española (este Christensen tiene un alma tremendamente española), nos regala la danza de La vida breve, de Falla, una pieza que le he oído en varias ocasiones y que, sencillamente, borda.

Aún queda un último bis, y entonces, personalmente, se produce la gran revelación: el segundo movimiento del Concierto para violín de Max Bruch, pieza bellísima que yo no conocía, que me recuerda por momentos el adagio de la Quinta Sinfonía de Mahler, y donde la música alcanza unos niveles de excelencia y penetración emocional sublimes.

Nos vamos a casa felices, habiendo asistido a un concierto soberbio, y agradecidos de que exista la música, y esos intérpretes que se dejan el alma para traducírnosla y ofrecérnosla de forma inmejorable. ¡Chapeau!


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