lunes, 23 de septiembre de 2013

Magias parciales del Quijote (2): La Ilíada de la caja

Leyendo recientemente el capítulo VI de la Primera Parte del Quijote, que trata “Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo”, me encontré con el siguiente pasaje:

Y abriendo otro libro, vio que era Palmerín de Oliva, y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín de Inglaterra, lo cual, visto por el licenciado, dijo: esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden de ella las cenizas, y esa palma de Inglaterra se guarde y se conserve como cosa única, y se haga para ella otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Darío, que la diputó para guardar en ellas las obras del poeta Homero.

Me generó bastante curiosidad la susodicha caja y empecé a investigar a qué tradición antigua remite la alusión cervantina. Tratando de Alejandro Magno, era lógico buscar en la parte a él dedicada en las Vidas paralelas, de Plutarco. Y encontré el pasaje siguiente:

Tengo por cierto haber sido también Aristóteles quien principalmente inspiró a Alejandro su afición a la Medicina, pues no sólo se dedicó a la teórica, sino que asistía a sus amigos enfermos y les prescribía el régimen y medicinas convenientes, como se puede inferir de sus cartas. En general, era naturalmente inclinado a las letras, a aprender y a leer; y como tuviese a la Ilíada por guía de la doctrina militar, y aun le diese este nombre, tomó corregida de mano de Aristóteles la copia que se llamaba La Ilíada de la caja, la que, con la espada, ponía siempre debajo de la cabecera, según escribe Onesícrito.

Indagando un poco más me topé con una obra pictórica que maneja ese motivo clásico que debemos a Plutarco y que Cervantes recuerda (en el s. XVI español se hicieron un par de traducciones de las Vidas paralelas, que Cervantes debió conocer como las conocía Shakespeare). Se trata de La apoteosis de Homero, de Jean Auguste Dominique Ingres. En ella vemos cómo, ante un templo griego, en una obra militantemente clasicista, de concepción claramente simétrica, una Fama alada corona a Homero, a cuyos pies podemos observar dos figuras alegóricas que representan sus dos obras mayores, la Ilíada, con una túnica roja y una espada a su lado, y la Odisea, con una túnica verde y una lanza. En torno a ellos podemos reconocer un gran número de retratos de grandes figuras de los tiempos antiguos y modernos que honran al vate ciego de mirada perdida. Por debajo, a nuestra izquierda, mirándonos y señalando la escena, el pintor Poussin. Detrás de él Cervantes y Shakespeare juntos (al cisne de Avon sólo se le adivina medio rostro).Sobre Cervantes, Dante, que lleva un gorro de color rojo –como su capa- y parece ofrendar su Divina Comedia al insigne griego. Le conduce Virgilio, que le pasa el brazo por la espalda, como lo hará también en su célebre viaje por el Infierno, Purgatorio y Paraíso. Junto a Virgilio, el pintor Apeles, con túnica azul, lleva de la mano a Rafael. El trágico Esquilo le presenta un rollo de pergamino y Herodoto, la cabeza cubierta para hacer sacrificios, quema incienso. En el poeta laureado de tocado azul que asoma el rostro junto al hombro derecho de Homero creo reconocer a Petrarca.
Ya en la otra parte, a nuestra derecha vemos a Píndaro, que le ofrece su lira. A Fidias que hace lo mismo con sus instrumentos de esculpir. Detrás de Fidias, muy juntos, Sócrates, pensativo, Platón, con barba blanca y Aristóteles, junto a Alejandro Magno, su discípulo. Debajo aún podemos reconocer a Molière, que nos mira y porta una máscara en sus manos. Y Miguel Ángel que observa la escena para esbozar un dibujo de ella.
Pues bien, el joven Alejandro Magno, que se cubre con un peto y casco militar, presenta en su mano derecha una caja dorada e historiada. Ya sabemos lo que hay en esa caja: la Ilíada, del homenajeado Homero, anotada nada menos que por Aristóteles, el mayor crítico literario de la Antigüedad.

Cuando en “El espejo y la máscara”, de Borges, que leeremos a final de curso, el rey le dice al poeta, tras elogiar enormemente su obra: “Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar.” No será difícil reconocer el motivo de la Ilíada de la caja detrás de esa promesa.

Umberto Eco montó su magnífica novela El nombre de la rosa a partir de una alusión que hace Aristóteles en su Poética (donde teoriza la epopeya y la tragedia), en que afirma que piensa escribir también sobre la comedia. ¿Qué podría hacer un narrador dotado de portentosa imaginación con nuestro motivo de la caja? Me gustaría poder pensarlo.

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