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lunes, 14 de octubre de 2024

Carlos Fuentes entre Maupassant y Cortázar: "Chac Mool" y el relato como montaje

 

(Como no consigo acceder por Internet a las páginas de la Revista Espéculo -digital- de la Universidad Complutense de Madrid, donde se publicó este ensayo, lo traigo al blog, para que así pueda ser consultado por los interesados en la narrativa breve de Carlos Fuentes. Imprescindible leer el relato [https://ciudadseva.com/texto/chac-mool/] antes de prestar atención al análisis que sigue.)

 

                    La tarea de representación reviste, pues, en Ribalta, el carácter de un montaje. Exagerando un poco, se podría incluso afirmar que Bruno tiene una visión dureriana en un cuadro rafaelesco.

Victor L. Stoichita: El ojo místico. Pintura y visión religiosa en el Siglo de Oro español.

 

"Chac Mool", que pertenece al primer libro de Carlos Fuentes, Los días enmascarados (1954), es un relato que goza de gran consideración: no sólo que el propio Fuentes lo estimara como "el mejor cuento del volumen" (Harss, 349) y que señalara que estaba recogido en la Antología del cuento mexicano, sino que también fue el seleccionado de ese primer volumen para la colección de narraciones de Fuentes Cuerpos y ofrendas. A su vez daba título a otra colección de relatos cortos del autor que publicó Salvat, prologada por José Donoso: Chac Mool y otros cuentos.

Ahora bien, el general reconocimiento de que se trata de uno de los mejores relatos del autor no va acompañado por una paralela atención crítica. En muchos de los estudios sobre al autor se lo despacha brevemente con alguna alusión a la pervivencia del pasado prehispánico en el México actual, y poco más.

domingo, 11 de diciembre de 2022

El intrincado bosque: la relación Benet / Martín-Santos

 


 Una de las cosas más fascinantes de nuestra narrativa del tardofranquismo resulta saber que Luis Martín-Santos (el autor de Tiempo de silencio) y Juan Benet (el creador de Región) fueron íntimos amigos durante unos años (entre 1948 y 1951, muy principalmente, aunque la amistad pervivió hasta la muerte del primero en 1964). Pero no sólo eso, sino que sus vivencias de esos años encuentran un reflejo literario en la novela citada (cuya acción, no lo olvidemos, se sitúa en el Madrid de 1949), donde Pedro, el investigador científico protagonista, y Matías, su jocoso e ingenioso amigo, constituyen una transposición literaria de ambos escritores.

 

domingo, 4 de diciembre de 2022

De Cervantes a Martín-Santos pasando por Galdós: “los soberbios alcázares de la miseria”

 

  Dedico este escrito a mi antiguo alumno del Ramon Llull, Rubén, ahora estudiante de Filología, quien, desde que lo anuncié hace años en clase, lo espera anhelosamente:

 

En este pequeño ensayo de crítica hidráulica pretendo explicar la célebre imagen de Martín-Santos cuando, en una de las primeras secuencias de Tiempo de silencio, en que el joven investigador Pedro y su ayudante Amador se dirigen a los extrarradios de Madrid, donde vive el Muecas, denomina a las chabolas como “los soberbios alcázares de la miseria” (p. 50).

 

Es muy evidente que Martín-Santos parte de un pasaje cervantino. En Don Quijote, tomo II, capítulo 10 (“Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos”), cuando se nos relata la misión de Sancho cerca de Dulcinea, a través de preguntas y respuestas que se hace el propio escudero (casi como si fuera un catecismo: Joyce en el Ulysses utilizará un procedimiento similar), nos encontramos con lo siguiente:

 

miércoles, 4 de mayo de 2022

Fray José de Sigüenza: el mejor prosista español probablemente

 

En su ensayo sobre “La seriedad del estilo” (recogido en La inspiración y el estilo, 1966) deja caer Juan Benet la siguiente observación: “En nuestro país no es posible hablar de la mejor calidad de nuestra prosa sin tropezarse con el inevitable padre Sigüenza.” Intentaré en este escrito aclarar las razones de los adjetivos que dedica a su prosa y al padre.


Todo empieza en Menéndez Pelayo (¡como tantas cosas!). En el capítulo 11, del tomo 1 de su Historia de las ideas estéticas, dedicado a los “Tratadistas de artes plásticas”, aparece el siguiente pasaje:


“y si se reunieran los juicios de pintores y de cuadros esparcidos por la Historia de la Orden de San Jerónimo, del P. Sigüenza, estilista incomparable, bajo cuya mano los secos anales de una Orden religiosa, enteramente española, y no de las más históricas, se convirtieron en tela de oro, digna de los Livios y Xenophontes, tendríamos un Salón no desapacible, que quizá convidaría a muchos profanos a la lectura completa de este grande y olvidado escritor, quizá el más perfecto de los prosistas españoles, después de Juan de Valdés y de Cervantes. No diré que las ideas del P. Sigüenza sobre el arte tengan el alcance ni la trascendencia de sus meditaciones sobre la teodicea o sobre la filosofía de la historia, pero indican algo, todavía menos frecuente que las nociones estéticas en los que no son artistas; es decir, la emoción personal y viva enfrente de las obras de arte, y la facilidad para expresarla.”


Subrayo las apreciaciones destinadas a tener largo recorrido: la perfección de su estilo y el hecho de ser uno de los más perfectos prosistas españoles (por más que olvidado y poco conocido).


Menéndez Pidal, por su parte, lo incluye en su Antología de prosistas españoles (de 1899, aumentada en 1917), junto con Fernando de Rojas, el anónimo autor del Lazarillo, los dos Luises (Granada y León), Cervantes, santa Teresa, Quevedo, Gracián y otros muchos eximios prosistas; pero donde -en mi opinión- hay una ausencia imperdonable: la de don Diego Saavedra Fajardo. Pidal repite el juicio de Pelayo (el parangón con Juan de Valdés y Cervantes) y selecciona un par de textos muy representativos de su estilo.


Unamuno, a quien Abraham Waismann en el prólogo a La sabiduría de la vida, de Schopenhauer, ed. Porrúa, llama “gran hurgador de rarezas y cosas ocultas” (así descubrió a Kierkegaard o la hispanofilia del filósofo alemán), también se topó con el padre Sigüenza, al que confiesa haber leído detenidamente en su libro de viajes Andanzas y visiones españolas, 1920. Allí desgrana, en diversos ensayos, juicios muy elogiosos sobre él y cita fragmentos muy sugestivos de su obra.


Del ensayo titulado “En Yuste” recojo (y subrayo) el siguiente pasaje que sintetiza, podríamos decir, su consideración: “Uno de los más grandes escritores con que cuenta España –y en el respecto de la lengua, si otros le igualan, no se puede decir que haya quien le supere– es el P. fray José de Sigüenza [...] Su Historia de la Orden de San Jerónimo está libre de las pedanterías estilísticas y lingüísticas del siglo XVII [la publicó en 1599], y que es una de las obras en que más sereno, más llano, más comedido y más grave y más castizo discurre nuestro romance castellano.”


Hasta aquí todo casa bien (en esa línea de grandes ensayistas y pensadores de nuestra tradición que constituyen los dos Menéndez y Unamuno), pero más extraño nos resulta encontrar lo siguiente en una carta que le escribe Luis Cernuda, exiliado, profesor en Cambridge, a su amiga Nieves Matthews (hija de Salvador de Madariaga) el 1 de octubre de 1942:


“Me falta concentración hasta para leer. Y eso que trato de releer, por cuarta o quinta vez, a Fray José de Sigüenza, el mejor prosista español probablemente. ¿Le conoces?” (Tomado de Rafael Martínez Nadal: Luis Cernuda. El hombre y sus temas, Hiperión1983, quien anota: “Parece recoger al pie de la letra el juicio de Unamuno sobre el autor de Historia de la Orden de San Jerónimo.” Subrayado mío.)


Después de lo que llevamos visto ¿no resulta casi inevitable lo que dice Benet en las líneas con que abríamos este post?


sábado, 16 de abril de 2022

LA GLORIA DE DON RAMIRO, de Enrique Larreta: taracea intertextual del siglo de oro.

 

Un próximo viaje a la ciudad de Ávila me ha llevado a releer La gloria de don Ramiro, de Enrique Larreta, 35 años después. Si en mi juventud me hechizó la fascinante historia, con su mezcla de ascetismo y sensualidad, pero sobre todo con su manejo prodigioso del lenguaje que evocaba con una belleza sin desmayo el de nuestro siglo de oro, ahora me sigue gustando la historia (aunque puedo verle sus defectos), pero la enorme creación estilística es lo que se me impone nuevamente. Pocas obras literarias son tan representativas como ésta de esa verdad básica de la literatura: las obras se sostienen por y desde el lenguaje.


Muchas cosas pasan en este narración (Amado Alonso, en su clásico estudio habla de “inundación de materia novelesca”, p. 106), novela eminentemente descriptiva (Alonso, 109). Eso quiere decir que, aunque se acumulen los hechos, el ritmo narrativo es lento, porque más que narrarlos se nos describen. Algunas de las cosas que pasan son excesivamente casuales (dos encuentros con su padre moro –en el primero le salva la vida, p. 102-3; en el segundo se produce la anagnórisis, p. 266; asistencia al auto de fe en que queman a su antigua amante árabe, Aixa, p. 258-9; encuentro con Santa Rosa de Lima, que se nos narra retrospectivamente, tras su muerte, p. 276). Ese cúmulo de casualidades narrativas hace que, desde ese punto de vista, la novela flaquee; pero como hemos dicho otras son sus virtudes. Dos especialmente, que hacen de ella una gran novela:


1- el intento de reconstrucción de una época: el siglo XVI español especialmente – época de Felipe II (que evidencia la pasión arqueológica y coleccionista del autor): cómo era la ciudad de Ávila en ese momento, sus instituciones (nobleza, limpieza de sangre, inquisición, autos de fe, forja de armas…), sus costumbres...


2- recreación estética del lenguaje de época: cómo levanta el periodo histórico no sólo a través del mundo referido sino de ese trabajo del lenguaje de época tan hermosamente recreado, el estilo modernista finisecular acercándose a la lengua del XVI (del Lazarillo, de Santa Teresa, de Cervantes, por entendernos). Unamuno, en un ensayo sobre la obra de Larreta, observaba, a propósito del lenguaje: “sin dejar de ser moderno quiere a la vez ser antiguo, tener sabor del siglo XVI español, y lo consigue.” (Por tierras de Portugal y España)


lunes, 15 de noviembre de 2021

Introducción a la literatura: "El espejo y la máscara", de Jorge Luis Borges. Análisis

 

El profesor de COU, cuando le tocaba iniciar el estudio de la literatura, se aparecía en clase con un cuento breve de Borges, “El espejo y la máscara” (de El libro de arena), se leía en voz alta, y luego planteaba unas preguntas:


1- Análisis de la estructura tripartita del cuento (en el propio cuento de dan claves de ella).


2- Concepciones de la literatura que aparecen en el relato.


3- Simbolismo de los regalos.


El cuento se puede consultar aquí: (https://borgestodoelanio.blogspot.com/2015/12/jorge-luis-borges-el-espejo-y-la-mascara.html)


Pasemos a desarrollarlas:

lunes, 16 de agosto de 2021

“La foudre qui fût tombée à mes pieds...”: breve historia de una expresión afortunada (El rayo que no cesa de Chateaubriand a Cela)

 

Al ínclito François René de Chateaubriand debemos la expresión de sorpresa (una comparación hiperbólica negativa) que habría de tener extraordinaria fortuna en el mundo de las letras posterior.


En su impagable novelita René (1802), hacia la parte final, cuando el melancólico protagonista recibe la carta de su hermana Amélie (su único consuelo y su secreta pasión) en que le declara su intención de entrar en un convento para consagrarse a la vida religiosa y, por tanto, separarse definitivamente de él, su reacción ante la inesperada noticia se describe así:


“La foudre qui fût tombée à mes pieds ne m´eût pas causé plus d´effroi que cette lettre.”


En la traducción española que tengo (de Manuel M. Flamant, que lo tradujo a mediados del XIX) suena así:


“Un rayo que hubiese caído a mis pies no me hubiera causado el espanto que esta carta.”


A Chateaubriand debió gustarle la expresión, pues la utiliza, de forma similar, en diversos momentos de sus tardías Mémoires d´Outre-tombe (1848):


martes, 10 de noviembre de 2020

La polémica Mañach / Lezama Lima (revista BOHEMIA, septiembre y octubre de 1949) (4)

 Con este último texto de Mañach damos fin a esta serie dedicada a la polémica que esos dos gigantes de las letras cubanas de mediados del XX mantuvieron a propósito de la comprensión y comunicabilidad de la poesía.


Final Sobre la Comunicación Poética

por Jorge Mañach



Puesto que BOHEMIA tiene lectores para todos los temas, y aun no pocos a quienes gusta descansar de lo político abrumador en lo científico y lo estético, no se me tendrá mal que todavía hoy añada un artículo –ya para terminar– a los dos que he publicado sobre materia poética a propósito del último libro de Lezama Lima.


Huelga decir que la cosa tiene cierta importancia cubana. No trascendemos mucho al exterior, o a la Historia, por nuestros episodios políticos, sino por la cultura. Heredia o Julián del Casal –y no digo ya Martí, que atendió en grande a los dos menesteres– han hecho más por el prestigio cubano que toda la fauna menuda, y mucha de la mayor, en nuestra vida oficial. Que se cultive en Cuba poesía buena es cosa tan importante, por lo menos, como el que la Nación esté bien gobernada, y, desde luego, mucho más importante que la fortuna, próspera o adversa, de tal o cual bandería o renglón administrativo.


Traspuesto ya, a guisa de vestíbulo, ese honorable lugar común, podemos preguntarnos: ¿Qué manera de expresión poética le daría hoy a Cuba más gusto, más edificación espiritual y más prestigiosa resonancia? ¿Por ventura esa que vienen haciendo los Lezama Lima y sus cofrades?

domingo, 8 de noviembre de 2020

La polémica Mañach / Lezama Lima (revista BOHEMIA, septiembre y octubre de 1949) (3)

 Lezama Lima no volvió a participar en la polémica, pero Mañach sí. Provocado por un artículo algo incendiario de Luis Ortega, en que hacía acta de la defunción intelectual de la generación de la Revista de Avance ("Una generación que se rinde", Prensa Libre, 2 de octubre de 1949), volvió a la carga para intentar aclarar sus posiciones respecto al quehacer poético. Como también lo hará en un artículo de una semana después, que próximamente subiré al blog, y con el que daré por cerrada esta serie. 



Reacciones a un diálogo literario

(algo más sobre poesía vieja y nueva)

por Jorge Mañach


No pensaba insistir en el tema de “cierta” poesía nueva, sobre el cual hemos dialogado un poco Lezama Lima y yo en estas páginas. Aunque disto mucho de pensar que la respuesta del poeta fuese convincente en la misma medida en que me resultó interesante, ya él dijo lo suyo y yo lo mío, y es sabido hasta qué punto es una ilusión pensar que en este género de diálogos nadie convenza a nadie.


Pero la discusión ha servido al menos para suscitar en los círculos literarios –y hasta en las infraliterarias– reacciones diversas que no deben perderse en el silencio. La más pública ha sido la de un compañero de prensa, Luis Ortega, que en las páginas de Prensa Libre, sustrayéndose a su tarea habitual de arrimarle titulares como brasas a la opinión pública, procedió a anotar que yo no había polemizado en absoluto con Lezama Lima, sino que me había sencillamente rendido a los pies del poeta, y conmigo toda mi generación. Según él, la confesión que hice de que no entiendo la poesía de Lezama Lima marca el agotamiento, la defunción intelectual de los hombres del 25. ¡Sancta simplicitas la del amigo Ortega!... Aquí, sin duda, cuadraría muy bien aquello de “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, o la salida de Mark Twain de que la noticia de su muerte estaba un poco exagerada.


Una bonita frase de Lezama parece haber inspirado ese arrebato necrológico del distinguido repórter. Nosotros, los hombres del 25, o más específicamente, los que hicimos la Revista de Avance, hemos cambiado –decía el poeta– “la fede por la sede”. Como se trata de una frase de Lezama Lima, no estará de más aclarar lo que quiere decir por si alguien no la entiende. Quiere decir que hemos cambiado la pura dedicación a las cosas de la inteligencia y de la sensibilidad por los halagos o las solicitaciones de la vida histórica. En otras palabras: no nos hemos dedicado a ser poetas, o ensayistas químicamente puros, sino que hemos hecho política, periodismo, labor de animación cultural y otras cosas nauseabundas por el estilo.

jueves, 5 de noviembre de 2020

La polémica Mañach / Lezama Lima (revista BOHEMIA, septiembre y octubre de 1949) (2)

 Le toca ahora el turno a la respuesta de José Lezama Lima, en la misma revista Bohemia, una semana después.



        En la foto José Lezama Lima y Jorge Mañach


Respuesta y nuevas interrogaciones. Carta abierta a Jorge Mañach por José Lezama Lima.


        Qué puntual elegancia, mi querido amigo, muestra usted en su epístola, que le ha permitido enseñar sus más esenciales discrepancias, burlando ciertas furias, pero, con tacto fino para evitar la posibilidad siquiera de un rasguño, entregándonos sin paliativos sus negaciones, lejanías o indiferencias. Así también, quisiera yo, evitando sus enojos, mostrarle al descubierto lo que va implícito en las secretas progresiones de esa poesía a la que usted alude, corriendo ya expresa en el alegre despertar de sus imágenes y metáforas.

        Por una cuestión formal en el tratamiento de los símbolos, en la portada, de un color que gusto de llamar verde tierno, aludiendo a esa ternura que la capilla natural de rocío coloca en el verde de nuestros alamillos; aparece una viñeta y allí donde usted creyó ver una lámpara, sin que sea acaso necesaria la rectificación, se trata de un tornillo sin fin... Referencia tal vez a cierta plaza de a cultura cubana, donde pocos deseaban situarse y donde yo precisamente he insistido en levantar mi tienda con tan reiterada constancia que ha motivado siempre el total entrecruzamiento de flechas.


Aunque usted se declare una y otra vez convicto del no entiendo, nosotros no vamos a caer en la trampa de igualarlo a celui qui ne comprend pas. Pero usted sabe, mi querido amigo, que la frialdad disidente y el ardor neófito se entrecruzan en la misma divinidad enemiga. Expresiones como eso ya lo hice en mi juventud y nosotros queremos empezar de nuevo y equivocarnos, en apariencias opuestas por el vértice, se allegan, se tocan y se destruyen. 

martes, 3 de noviembre de 2020

La polémica Mañach / Lezama Lima (revista BOHEMIA, septiembre y octubre de 1949) (1)

 

Decía en un reciente post dedicado a Pidal y su escrito sobre la oscuridad culterana que los textos llevan a los textos. Y anunciaba cómo un pasaje del ensayo me había traído a la mente la polémica Mañach-Lezama Lima sobre la comprensión (o no) de la nueva poesía del grupo de la revista Orígenes. Se trataba del momento en que el humanista Pedro de Valencia le escribe a Góngora:


“Vuesamerced huye de la claridad y escurécese tanto que espanta de su lección no solamente al vulgo profano, sino a los que más presumen de sabidos en su aldea; ...apenas yo le alcanzo a entender en muchas partes”. (subrayado mío)


Porque, precisamente, Mañach era de los más “sabidos en su aldea” en la Cuba de finales de los cuarenta, y, prácticamente lo que le viene a decir a Lezama es “apenas yo le alcanzo a entender en muchas partes”.


La polémica es eterna: se dio entre Góngora y Jáuregui, como entre Mañach y Lezama, la poesía como comunicación de Bousoño frente a la poesía como conocimiento de Valente, y se podría haber dado entre Freud y Lacan… y así hasta la confluencia de las líneas paralelas.


Traeré al blog los textos iniciales de Mañach y Lezama, así como textos posteriores del primero de ellos en que continúa aclarando su posición (4 textos en total: no recojo la totalidad, porque-como en toda polémica- hubo bastante de excrecencias y mala sombra, que resultan perfectamente obviables).


Fue una polémica en torno a dos formas de entender la poesía (expresión comunicativa / expresión hermética), así como un conflicto generacional (los jóvenes de Orígenes perpetraban el consabido asesinato del padre en la figura de Mañach).


[Me he servido del siguiente material para elaborar los posts:

-Iván González Cruz: Archivo de José Lezama Lima, Madrid, 1998, donde se encuentra el primer texto de Mañach y la respuesta de Lezama, págs. 683 y ss.

- José Lezama Lima: Imagen y posibilidad, La Habana, 1981, selección de textos hecha por Ciro Bianchi Ross, donde se recoge la respuesta de Lezama.

- en Internet se puede encontrar el artículo de Ana Cairo “La polémica Mañach-Lezama-Vitier-Ortega”, La Habana, 2001, que recoge todos los textos de la polémica, aunque la presentación no pase de discreta y la edición se resienta a veces de pequeños (o grandes) errores: esa manía de llamar Gracilazo al insigne toledano del “dolorido sentir” o el hecho de editar incompleta la respuesta de Lezama.


https://fdocuments.mx/download/ana-cairo-la-polemica-manach-lezama-vitier-ortega


- también he tenido en cuenta los originales de la revista Bohemia, que se puede consultar en Internet. Desde ellos -dejándome la vista- he corregido pequeños errores que cometen todos los editores. En algún caso doy, entre corchetes, una lectura diferente al texto original, por pensar que se ha producido algún error tipográfico -entiendo que en mi edición también los habrá, pero los iré corrigiendo conforme los vea o se me haga reparar en ellos.

Haré alguna pequeña anotación al final de los textos -que publicaré en varios posts-, sobre todo en los casos en que los diversos editores yerran (como en el verso de Valéry que cita Lezama).]


El Arcano de Cierta Poesía Nueva. Carta Abierta al Poeta José Lezama Lima por Jorge Mañach.


Poeta: A mi regreso a La Habana hace unos días, hallé sobre mi mesa, cargada de los recuerdos de la ausencia, un ejemplar de su último libro, titulado La Fijeza. También encuentro el “regalo cordial” que Cintio Vitier me hace de su obra más reciente, El hogar y el olvido, publicada igual en esas bellas ediciones de la revista Orígenes que usted viene dirigiendo desde hace algunos años con heroísmo y prestigio sumos.


Primorosos volúmenes ambos, sobre todo el de usted, con esa cubierta citrón (le gustará a usted que no diga el color en castellano, para que el adjetivo no se domestique demasiado) que lleva el nombre de usted en modestas letras blancas, como una cicatriz antigua o un vago rubro estelar: con una viñeta en sepia de Portocarrero, donde se conjugan una lámpara, una oreja y algo que parece un caracol de tripa mágica; y dominando ese tranquilo misterio de la portada, el título austero de sus versos, La Fijeza, como una negra pupila escrutadora.

domingo, 18 de octubre de 2020

Jorge Mañach hace la necrológica de Ortega y Gasset

Hace ya unos 15 años pasé una jornada memorable en la Universidad de la Florida, investigando en los microfilmes que conservaban los antiguos números del Diario de la Marina, el señero periódico habanero. Buscaba material de Jorge Mañach, a quien había descubierto poco ha y me había deslumbrado con su lucidez y su prosa. Fotocopié lo que pude de aquellas publicaciones (no siempre en las mejores condiciones) y he decidido ahora teclearlas para que ese material arribe al ciberespacio. Mi pequeña contribución a propagar el legado del insigne cubano. Hoy traigo una columna que dedicó a la muerte de Ortega y Gasset, su confeso maestro.


El vacío de Ortega


Algunos amigos y lectores me han expresado su extrañeza por no haberse hecho en esta columna duelo más visible sobre la muerte de Ortega y Gasset. El doctor Miguel F. Márquez, por ejemplo, que con tanta lucidez y gusto de filosofías suele acompañarnos en esta misma plana, quedó en espera de que mi esquila doblase también, como las campanas mayores de un Vitier y de un Baquero.

He tenido que ir rebasando la consternación que ya trajo a mi ánimo hace cuatro meses, cuando me hallaba enfermo en Madrid, la noticia de que el gran escritor y pensador estaba herido de muerte. Por cierto, que aquí se publicó, según parece, que yo había ido a visitarle en la clínica donde había sido operado, y la verdad es que, falto de salud para más, tuve que limitarme a rogarle al querido Pepín Fernández y Rodríguez que dejase allí mi tarjeta con la suya. Más explícito testimonio de mi pesar le confié días después, en vísperas ya de mi regreso, a Julián Marías, acaso el más devoto discípulo y colaborador de Ortega.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

El monumento a José María de Pereda en Santander. Comentario iconográfico.


Le dedico esta pequeña investigación a Javier García Gibert, quien, cuando le manifesté una cierta dificultad en encontrar ejemplar de La Puchera, me prestó uno de los tres que posee en su magnífica biblioteca.

Tarde en mi vida vine a reparar en este monumento. En mis primeras visitas a la ciudad, becado por la UIMP, el mundo universitario en torno al Palacio o Las Llamas absorbía todo mi interés, junto con los sitios de copas y esparcimiento juvenil. El paseo de Pereda era el lugar de la burguesía, al que ni nos dignábamos a mirar, o si llegaba el caso lo hacíamos con desdén. El mismo que sentíamos por Pereda, el tradicionalista que practicaba un tipo de novela idílica que a nosotros, kafkianos o beckettianos, no nos podía interesar.
Pero lo años pasan, y hacen que las cosas se miren con otra amplitud, otra profundidad, en la que caben tanto Kafka como Pereda. Nos deslumbró el novelista montañés con su Peñas arriba, y desde entonces nuestra consideración hacia él cambió. Le hicimos un lugar en nuestro panteón literario.
Ahora, siempre que visito Santander, casi lo primero que hago es dirigirme hacia el Paseo Pereda, para visitar su monumento y nutrir mi vista y alma con su contemplación. ¡Qué maravillosa creación! Uno de los más notables monumentos literarios que haya en nuestro país.
Su autor es Lorenzo Coullaut Valera (1876-1932), que fue sobrino del novelista Juan Valera, y que, a juzgar por las obras que realizó, fue un portentoso creador. Aparte de esta maravilla que hoy convoca nuestra atención fue el autor de el monumento a Cervantes en la Plaza de España de Madrid, la estatua de Menéndez Pelayo en la Biblioteca Nacional, el monumento a G. A. Bécquer en el Parque María Luisa de Sevilla, el monumento a los hermanos Álvarez Quintero en el parque del Retiro de Madrid, y otros muchos no menos formidables.
Lo más llamativo de la escultura santanderina lo señaló Menéndez Pelayo, íntimo amigo de Pereda, en el discurso que ofreció con motivo de su inauguración en 1911. Allí dijo en un momento dado el insigne polígrafo:

“Su nombre es para los montañeses dispersos por ambos mundos el símbolo de la región y de la raza. Así lo ha comprendido el escultor cuya obra vais a contemplar, haciendo surgir su estatua no como artificial coronación de un monumento de líneas arquitectónicas, sino como producto vivo que emerge de la roca por donde trepan peñas arriba los hijos predilectos de la imaginación de Pereda, el cortejo ideal de figuras que le acompaña a la inmortalidad.”

En efecto, lo más llamativo del monumento de piedra y bronce es lo que tiene de montaña en sí mismo (y es un monumento que La Montaña dedica a su hijo predilecto, que lo enseñorea en su cumbre) y el hecho de que los grupos escultóricos que pueblan su falda o zona alta representan diversos momentos -diversas obras- de la imaginación creativa del autor. A saber, según se consigna en el cartel explicativo que figura a sus pies, La leva (1871), El sabor de la tierruca (1882), Sotileza (1885), La Puchera (1889) y Peñas arriba (1895), si las nombramos cronológicamente.

Ahora bien, el problema para mí, como espectador, consistía en poder fijar a qué obra corresponde cada grupo escultórico e incluso (a la manera en que Erwin Panofsky hacía sus análisis iconográficos) situar la escena o pasaje que el escultor ha tenido en mente al realizar su trabajo. Lo primero que llama la atención es que se han elegido las obras más representativas del estilo más regional, más local y costumbrista diríamos, de la producción de Pereda (por ello se dejan de lado Pedro Sánchez o La Montálvez, o también sus novelas de tesis).


Una reposada lectura de sus obras y estudios sobre él (de Cossío o de Menéndez Pelayo) me ha llevado a la siguiente conclusión en cuanto a la fijación de las obras (luego fijaré pasajes y personajes en la medida de lo posible): mirando frontalmente la escultura nos encontramos con una escena de Sotileza en la base, la dedicatoria en el centro y a nuestro autor en la cima, con la pluma en mano, tomando apuntes del natural, como buen escritor -o pintor- realista. Si la rodeamos de derecha a izquierda observaremos grupos escultóricos que representan La Puchera (a nuestra derecha), El sabor de la tierruca (a espaldas de la montaña-monumento) y La leva (a nuestra izquierda). Cuando levantamos la vista vemos que en la zona alta, tanto a izquierda como a derecha (donde asoman dos osos en piedra), hay figuras representativas de Peñas arriba.


martes, 2 de junio de 2020

"Después del almuerzo" de Julio Cortázar y "Él" ("He") de Katherine Anne Porter: un estudio de influencias


Después del almuerzo

Juan Ignacio, que fue quien me lo dio a leer por primera vez hacia 1977, lo definió magníficamente: “un muchacho saca a pasear a su hermano y se agobia”. Sobre base tan sencilla se asienta el argumento del relato. Los padres le piden al narrador que lo lleve de paseo y nuestro narrador intenta eludir la tarea, pero el padre lo penetra con la mirada y no le queda otra que sacarlo de paseo.

Una de las claves del relato está en ese pronombre que ya he utilizado dos veces: lo. Porque, en efecto, nunca se nos dice que es hermano del protagonista, ni su nombre, ni su edad, ni su tamaño, ni realmente qué le ocurre para concitar la atención de las personas con las que se cruza y molestarlas. Realmente el cuento opera -como en Hemingway- con “the thing left out”, ese dato esencial que no se dice y que entendemos debe corresponder con algún tipo de tara o deformación.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Gabriel García Márquez: Cien años de soledad. "Escribo para que mis amigos me quieran más."


A lo mejor no es tan banal la famosa respuesta de GGM a la pregunta de rigor, puesto que en la novela, cuyo tema es sin duda la soledad y su condena de esterilidad, establece diversas estrategias de puesta en relieve de la amistad. La más llamativa es la de los cuatro amigos de Aureliano Babilonia, que conoce en la librería del sabio catalán, “encarnizados en una discusión sobre los métodos de matar cucarachas en la Edad Media.” (439) En la novela se les pone nombres: Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel. Pero la crítica cercana ha establecido que también tienen apellidos y que representan a Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor (sus amigos de finales de los años 40, compañeros en el diario El Nacional, de Bogotá) y el propio Gabriel García Márquez. También tiene nombre el librero catalán: Ramón Vinyes, otro personaje real ficcionalizado.

Recordemos al paso que el único personaje de la novela que tiene un amigo es el coronel Aureliano Buendía. Se trata de Gerineldo Márquez, con quien las cosas están a punto de acabar como el rosario de la aurora, pero Gabo, que debía haber visto con atención ¡Viva Zapata!, de Elia Kazan, decide que en el último momento el coronel se vuelva atrás de la barbaridad que va a hacer (ejecutar a su amigo) y se eche al monte una vez más. Lo que nos interesa es que se trata de un Márquez, posible alter-ego del abuelo del autor, al que consagró su El coronel no tiene quien le escriba. Muchos Márquez empiezan a poblar el mundo novelesco, máxime si tenemos en cuenta que también aparece una referencia a una boticaria de Macondo, “de cuello esbelto y ojos adormecidos” (467), que se llama Mercedes y es una alusión, también bastante explícita, pues se trata de “la sigilosa novia de Gabriel” (456), a la futura señora de García Márquez. Un poco antes, Amaranta Úrsula le ha manifestado a Gaston, su deseo de tener hijos que se llamen Rodrigo y Gonzalo (como los propios hijos del autor) y no Aurelianos.


martes, 18 de junio de 2019

Papeles póstumos de un profesor de COU (5): "Allá en las tierras altas". Diseño retórico en dos poemas de Antonio Machado


Otro de los comentarios que solía hacer en mis clases de COU, cuando estudiábamos a Machado, era un análisis comparativo de dos poemas del autor, uno perteneciente a Soledades. Galerías. Otros poemas (le llamaremos SGOP), y el otro a Campos de Castilla (CC). En ellos estudiaba la permanencia en la mente del poeta, durante largos años, de un diseño compositivo (diseño retórico también le podríamos llamar, utilizando la terminología de Lázaro Carreter, vide bibliografía). Los poemas eran el LXXII del primer poemario y el CXXI del segundo, que copio a continuación:

LXXII (Soledades. Galerías. Otros poemas)

La casa tan querida
donde habitaba ella,
sobre un montón de escombros arruinada
o derruida, enseña
el negro y carcomido
maltrabado esqueleto de madera.
La luna está vertiendo
su clara luz en sueños que platea
en las ventanas. Mal vestido y triste,
voy caminando por la calle vieja.


CXXI (Campos de Castilla)

Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.


El primero es un típico poema de SGOP, donde se produce un motivo que, con una modulación un tanto especial, hemos estudiado en el comentario de “Los sueños malos” (en este mismo blog), y que también estudia Francisco Ynduráin en su estudio “Una constante en la poesía de Antonio Machado” (bibliografía).

sábado, 4 de mayo de 2019

Machado: A don Francisco Giner de los Ríos: franciscanismo y santidad laica.



Machado leía muy bien (algo claramente perceptible en sus elogios: el de Unamuno o el de Azorín, por ejemplo). Leía muy bien y también sabía utilizar los materiales de sus lecturas. Si he denominado el post anterior, el comentario sobre el poema a Giner de los Ríos, “la entronización del santo laico”, es porque creo que Machado, para la creación de su poema, está operando a partir de una noción y una estrategia que utiliza Ortega y Gasset en su artículo de elogio a Pablo Iglesias, a raíz de la consecución por parte del líder socialista de un acta de diputado en las elecciones de mayo de 1910. El 13 de mayo de 1910, días después de las elecciones, Ortega publica en El Imparcial un escrito titulado “Pablo Iglesias”, del que entresaco las siguientes líneas (y subrayo determinadas palabras):

“Hoy vuelve a su honor el vidrio: los votos de Pablo Iglesias han henchido las urnas de virtudes teologales.
No extrañe que al escribir de este hombre oriundo del gremio de cajistas soliciten, en tropel la pluma palabras del vocabulario religioso y místicas comparaciones. Pablo Iglesias es un santo. ¿Cómo pretender cerrar la Comunión de los bienaventurados a este tipógrafo? Pablo Iglesias se ha ejercitado hasta alcanzar la nueva santidad, la santidad enérgica, activa, constructora, política, a que ha cedido el paso la antigua santidad quietista, contemplativa, metafísica y de interna edificación. Sin santos no hay virtudes. Como los físicos construyen en sus laboratorios las leyes del mundo de las cosas, los santos hallan experimentalmente en sus vidas las virtudes, leyes del mundo moral. A cada virtud su santo. Si hoy consideramos como aspiración profunda de la democracia hacer laica la vírtud, tenemos que orientarnos buscando con la mirada, en las multitudes, los rostros egregios de los santos laicos. Pablo Iglesias es uno: don Francisco Giner es otro: ambos, los europeos máximos de España.”

La noción de “santo laico”, aplicada a Pablo Iglesias, pero también, inmediatamente, a Giner de los Ríos, va a tener largo uso posteriormente (y muy frecuentemente aplicada a estos dos egregios españoles), pero hasta donde alcanzo la crea Ortega en este artículo (el gran pensador siempre nutricio).

Ni que decir tiene que a Machado, siempre atento al pensamiento de Ortega, debió impactarle esa noción, y sobre todo, su aplicación a Giner, su querido maestro. De manera que unos años después, cuando muere Giner, Machado le dedica un elogio en que lo va a caracterizar de esa manera (sin utilizar el sintagma, pero desarrollando la idea). Y otra cosa, aparte de la noción (que desarrolla, pero no emplea textualmente, repito) tomó el poeta, y es el empleo del lenguaje religioso en su “aspiración profunda de hacer laica la virtud”, precisamente la estrategia que había empleado Ortega en su artículo al aplicar las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) y la noción de santidad a la figura de Iglesias y su prédica socialista.

El poema de Machado, todo imbuido de lenguaje religioso, no hace más que proponer una alternativa de virtudes éticas a la preponderancia de la Iglesia en la vida social española.

Ahora bien, en ese empleo del lenguaje religioso (el lenguaje del enemigo, por así decirlo), Machado recurre a un cliché del franciscanismo a la hora de referirse a Giner: dice la luz: van tres días / que mi hermano Francisco no trabaja.

Ese “mi hermano Francisco”, puesto en boca de la luz, remite al lenguaje de San Francisco de Asís, cuando hablaba de “hermano sol”, “hermana luna”, "hermano viento” o incluso “hermano lobo”. Machado pudo tomarlo directamente del poverello d´Assisi, pero también de dos de sus autores más reverenciados: Rubén Darío, que en “Los motivos del lobo”, poema dedicado al episodio de San Francisco con el lobo de Gubbio, pone en boca del lobo no sólo “hermano Francisco”, sino “hermanos hombres”, “hermanos bueyes”, etc. El otro, su querido don Miguel de Unamuno, que en un artículo de 1912, “De arte pictórica”, al hablar del pintor Regoyos, se manifiesta así:

“el gran paisajista franciscano Darío de Regoyos. Y le llamo franciscano a este dulce bohemio del arte, porque pinta sus paisajes con un amor cristiano, fraternal, a la naturaleza.
El árbol de su paisaje es el hermano árbol, la roca es la hermana roca, el agua es la hermana agua.” (recogido en En torno a las artes, Austral, p. 49).

En un artículo del año siguiente, con motivo de la muerte de Regoyos, se vuelve a expresar en término muy similares, aunque allí le atribuye la denominación de “pintor franciscano”, que él desarrolla, al crítico de arte que firmaba con el seudónimo de Juan de la Encina.

Creemos que todos estos influjos operaban sobre la mente de Antonio Machado (otro santo laico, sin duda) cuando, sobreponiéndose al dolor que le produjo la muerte de Giner, compuso el magistral elogio que a todos nos sigue causando admiración.