Muchas veces he pensado, mientras ejercía de profesor de lengua y literatura, que antes de saber lo que era una estructura profunda en sintaxis (cuando estuvo de moda la gramática generativa de Chomsky) o los dichosos conectores de la Pragmática, lo que debía aprender al alumno era a “leer y escribir”. ¡Qué tristeza me daba cuando observaba, ya en tercero o cuarto de la ESO, como muchos, muchísimos estudiantes eran incapaces de articular tres o cuatro frases seguidas con fluidez y sentido! Pero no sólo eso: es habitual ver cómo, en los oficios religiosos, los adultos que leen pasajes de la Biblia y los Salmos no hacen sino farfullar emisiones poco inteligibles. No es difícil tampoco encontrar cómo actores de teatro no aciertan a decir correctamente el verso (sin ir más lejos, recientemente, en el programa de Iñaki Gabilondo sobre la lengua española, una actriz recitaba unos versos de nuestro siglo de Oro -creo que eran de Lope- con mayúsculo énfasis pero con deficiencia perceptible).
En clase, cuando leíamos en voz alta, muchas veces le decía a los alumnos: “lee el pasaje y no huyas de él”, porque, cuando les tocaba leer, ponían la directa e intentaban acabar lo antes posible, a toda velocidad, el fragmento en cuestión. Creían que pronunciar muy rápido es la forma correcta de leer, cuando se trata de todo lo contrario, leer con calma y tranquilidad, siguiendo el ritmo que el propio texto propone, matizando el sentido de lo que el autor expresa. No leían, huían de lo escrito.
Recuerdo hoy esto porque, leyendo Mansfield Park (1814), de Jane Austen, estupenda novela, me encuentro con un fragmento en que –hace ya más de dos siglos- se trata esta cuestión. Henry Crawford ha leído muy bien un pasaje de Shakespeare, ante Edmund, Fanny y la señora Bertram, y entonces aparece la siguiente reflexión:
“La conversación se prolongó sobre el tema de la lectura en voz alta. Los dos jóvenes eran los únicos que hablaban, de pie, junto a la chimenea, comentando la habitual falta de preparación, el total descuido de este aspecto en los sistemas ordinarios de enseñanza en las escuelas para niños y el consiguientemente natural (aunque en algunos casos casi innatural) grado de ignorancia y torpeza en ciertos hombres, hasta en hombres sensibles e instruidos, al verse de pronto en la precisión de leer en voz alta, como había ocurrido en varios casos que les eran conocidos. Citaron ejemplos de dislates y omisiones, analizando las causas secundarias, la falta de educación de la voz, de justeza en la entonación y la modulación, de sutileza y discernimiento... debido todo a la causa principal: la falta, desde un principio, de estudio y hábito.”