Una reciente estancia hospitalaria, en que sentí cómo mi cuerpo se convertía en casa Pepe, por decirlo así, es decir, un espacio que médicos y enfermeros utilizaban casi a su antojo, en busca de mi curación, sin duda, pero sin miramientos, de manera poco respetuosa, me llevó a pensar en una posible clasificación de los cuerpos, graduándolos por orden de mayor a menor perfección.
- el cuerpo del bailarín: sin
duda el más bello y más estilizado de los cuerpos, el cuerpo que roza con el
ideal. Su movilidad es casi vuelo, diríamos que apenas se sostiene sobre el
suelo. De ahí que yo siempre considere el ballet, la danza, como la expresión
de la utopía de los cuerpos, sin saber exactamente qué quiere decir tal
expresión, pero sabiendo que remite a algo que está por encima de lo corriente
y que apunta a la idea de perfección en ellos.
- el cuerpo del actor: tiene
que ser un cuerpo dúctil, manejable, adaptable a muy diversas circunstancias,
un cuerpo sin referente claro y que se puede transformar en su contrario,
siempre en función de lo representable. Es otra especie de casa Pepe, un cuerpo
compartible, abierto al contacto con los otros cuerpos (Barthes, en una de sus
obras, observa que lo que distingue el cuerpo del actor de teatro del de cine
es que, en un momento dado, te podrías acercar al escenario y tocarlo), pero, a
diferencia del cuerpo del enfermo todas las transformaciones y posibilidades
del cuerpo del actor dependen de su voluntad, está en su manos crear ese lugar
de plasmación de la diversidad inagotable del mundo.
- el cuerpo del enfermo:
cuando te posee la enfermedad, de repente tu cuerpo deja casi de pertenecerte,
está en manos de otros, los profesionales, los expertos en la cura, que son los
que van a disponer de él, cual si de un juguete se tratara, todo ello con el
objetivo de devolverte la salud. Es un momento maravilloso cuando, en la
convalecencia, tu cuerpo vuelve a ser poco a poco tuyo, y tú decides por él, ya
no los otros.
- el cuerpo del muerto, el
cadáver: aquí ya el cuerpo, que todavía era sujeto, se convierte en objeto, con
lo que los vivos procuramos poner distancia respecto de ellos. De ahí esa ley
humana por excelencia de dar tierra a los muertos (que se lo pregunten a
Antígona). Si no fuera porque esa materia inerte ya se ha convertido en otra
cosa, algo fuera de la vida ¿seríamos capaces de entregárselo a los funerarios,
sabiendo –como sabía León Felipe- que para enterrar a los muertos cualquier
persona sirve… menos un sepulturero?