Una de las virtudes de la narrativa inglesa es la manera que tiene pintar señoras especialmente odiosas. Me viene al recuerdo, aunque ahora es vago, pues leí la obra bastantes años atrás, lo mucho que me impresionó la Becky Sharp de La feria de las vanidades, de W. M. Thackeray. Muy reciente es la lectura de Mansfield Park, donde nos encontramos con la insoportable tía Norris. Personaje muy pagado de sí mismo, que quiere meterse en todos los asuntos y llevar las riendas si es posible, con un afán de protagonismo exagerado, que nos recuerda a algunas personas que hemos conocido a lo largo de nuestra vida.
Uno de los rasgos
que la caracterizan es el de no respetar los turnos de palabra en una
conversación (ni, por supuesto, el decoro o jerarquía de los asuntos) e interrumpir
continuamente a los que están hablando. Esto lo capta (y muestra = showing) de manera maravillosa la
autora, y es por ello que no me resisto a traer algún pasaje al blog. Éste, por
ejemplo (sir Thomas, el señor de Mansfield Park acaba de volver de un largo
viaje por América y está contando las dificultades de su regreso):
“Tía Norris se
sintió defraudada, privada de un protagonismo en el que siempre había confiado,
ya fuera para proclamar la muerte o la
llegada de su cuñado, y ahora intentaba hacerse imprescindible donde no se
requería más que tranquilidad y silencio. Si sir Thomas hubiera querido comer
algo, ella se hubiera dirigido al ama de llaves dándole complicadas
instrucciones y hubiera azuzado a los lacayos con requerimientos de premura;
pero sir Thomas se negó a cenar: no tomaría nada, sólo el té, y esperaría a que
éste fuese servido. No obstante tía Norris continuaba sugiriendo una cosa u
otra; y en el momento más interesante de la descripción de la travesía hacia
Inglaterra, cuando la amenaza de un corsario francés alcanzaba su punto
culminante, ella interrumpió el relato proponiéndole una sopa:
- Vamos, querido
Thomas, un plato de sopa te sentará mucho mejor que el té. Tomarás un plato de
sopa.
Sir Thomas
sonrió.
- Siempre la misma,
siempre el mismo desvelo por el bienestar de los demás –fue su respuesta. Pero
te aseguro que sólo me apetece el té.
- Pues bien, entonces
tú que eres su esposa, María, deberías ordenar que sirvieran el té
inmediatamente… No estaría de más que que dieras un poco de prisa a Baddeley;
parece que anda muy retrasado esta noche.
Luego, sir Thomas
reanudó su relato.”
(cap. 19, p. 221,
ed. Debolsillo, traducido por Miguel Martí)