En el prólogo que Mariano Picón Salas escribe a la novela de su pariente Gonzalo Picón Febres, El sargento Felipe, vuelvo a disfrutar de la excelente prosa del eximio escritor. Traigo un par de ejemplos: uno referido a un episodio de la vida del novelista (las difíciles relaciones entre el intelecto y el poder) y otro sobre el ambientes pacato que se respiraba en la Mérida andina hacia principios del siglo XX.
“Contaban, también, en la
ciudad, que cuando el centenario de la Independencia en 1911, Picón Febres fue
llamado a Caracas para que pronunciara uno de los discursos oficiales de las
ceremonias. La oratoria (de acuerdo con los cánones del siglo XIX), conjugando
su excelente voz con su orgullosa apostura y la dinámica de sus ademanes, era
uno de sus acendrados ritos. Concluían y sonaban las frases de sus discursos
con cadencia de endecasílabos. Era muy significativo que al formular la lista
de oradores de Centenario, Gómez se acordase de Picón Febres, quien vivía casi
a mil kilómetros de distancia de la capital y diez días de jornada, por las
penosas rutas de entonces. Una distinción semejante casi implicaba que el sumo
Dictador le ofreciese, después, un alto cargo público. Pero el orador no supo
halagarlo a la medida que quería el gran mayoral de Venezuela; al final del
discurso Gómez le extendió una mano díscola, y Picón Febres entendió que era
preciso preparar las maletas de regreso. Fue a hundirse entonces –como quien ya
cortó todos los puentes- en el recato de la provincia.” (p. 12)
“En aquellos días, más que el prudente y elegante
Obispo Monseñor Silva, era enérgico director de las conciencias locales el
agresivo Deán de la Catedral, Presbítero José Clemente Mejía. Cualquier
pecadillo venial de los escrupulosos vecinos merecía, para el sacerdote,
sempiterna condenación, De creerle al Deán, incansable y casi cotidiano sermoneador
en todas las ceremonias de Catedral, el diablo andaba suelto en Mérida,
sembrando las más azufradas tentaciones. Como un Savonarola autóctono condenaba
el baile, las fiestas de carnaval, y hasta la lectura de versos y novelas.
Alguna quema y expurgo de libros, caso de un viejo Doctor que dejó al morir su
biblioteca a la Universidad, fue animada por el rabioso celo del Canónigo. Y
había dirigido, muchos años atrás, un periodiquito cuyo nombre era todo un
desafiante programa de resurrección medieval. Se llamaba El Cruzado, y armado
de la más colérica catapulta de la fe, aprestábase a lanzarse contra todos los
endriagos y diabólicas engañifas de la civilización.” (p. 13)
