Las fallas.
En la noche templada y
límpida. Los dos balcones que dan a la plaza tienen las maderas cerradas. En la
sala hay una sillería de amarillenta enea. Las sillas ostentan una lira en el
respaldo. Los sillones una lira. El canapé, una lira entre dos jarrones. Sobre
una consola con embutidos de nácar y ébano, se levantan dos estatuitas de fina
porcelana que representan un caballero y una dama del siglo XVIII. A un lado de
la sala está la alcoba, cerrada por vidriera con cortinillas verdes. El techo
es alto.
En uno de los sillones se
encuentra sentada una señora anciana. Va vestida de negro. En una de sus manos
blanquea un pañuelo de finísima batista que la anciana se lleva de cuando en
cuando a los ojos. En dos sillitas bajas, a un lado y otro del sillón, a los
pies de la dama, están sentadas dos jóvenes también con luto riguroso. En la
penumbra en que está sumida la estancia, casi se funde lo negro de los trajes
con el ambiente negro. Y sólo resalta, bien visible, la nota blanca del pañizuelo.