Leyendo el libro de Nina
Ayala sobre Bartolomé Esteban Murillo,
y contemplando las ilustraciones que lleva, me topo con un cuadro en el que no
recuerdo haber reparado anteriormente, y que me llama la atención por lo que a
continuación señalo. Se trata de San
Diego de Alcalá dando de comer a los pobres, que se conserva actualmente en
la Academia de Bellas Artes de San Fernando (en Madrid), pero que fue pintada, hacia
1645, dentro de una serie, para el Claustro Chico del convento de San Francisco
en Sevilla.
Diego de Alcalá era un
hermano lego, procedente de Sevilla, que vivió y murió en el siglo XV en el
convento de los franciscanos de Alcalá de Henares, especialmente tocado por la
virtud de la caridad, y que fue canonizado en 1589.
Si miramos el cuadro con
atención veremos que los pobres no tienen demasiado aspecto de pobres. Tal vez
sí el de la primera fila de la derecha, pero en los demás la sensación de
pobreza no es especialmente intensa. Mucho menos en el rozagante infante que,
bien iluminado (pero tal vez aún más luminoso), se encuentra frontalmente,
sujetado por su madre, próximo al santo. Tampoco la madre da muestras de
pobreza, ni el señor mayor con la vara, detrás de ella y el santo. Y es que
mucho me temo que no se trata de tres pobres, sino de la segunda Trinidad,
la terrenal, la sagrada familia formada por el niño Jesús, la Virgen María y San
José.
Entonces ¿a qué viene esa presencia sagrada junto al santo y los pobres? No me cabe la menor duda de que viene a ilustrar un célebre pasaje evangélico, el del Juicio Final en Mateo, 25, 31-46, que transcribo en la versión de la Biblia de Jerusalén (y subrayo en negrita la frase esencial que aquí se quiere ejemplificar):
31 «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria,
acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. 32 Entonces
serán congregadas delante de él todas las naciones, y él irá separando a unos
de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. 33 Pondrá
las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. 34 Entonces
dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la
herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. 35 Porque
tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era
forastero y me acogisteis, 36 estaba desnudo y me
vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y acudisteis a mí.’ 37 Entonces
los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de
comer, o sediento y te dimos de beber? 38 ¿Cuándo te vimos
forastero y te acogimos, o desnudo y te vestimos? 39 ¿Cuándo
te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti?’ 40 Y el
Rey les dirá: ‘Os aseguro que cuanto
hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.’ 41 Entonces
dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno
preparado para el diablo y sus ángeles. 42 Porque tuve
hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, 43 fui
forastero y no me acogisteis, anduve desnudo y no me vestisteis, estuve enfermo
y en la cárcel, y no me visitasteis.’ 44 Entonces dirán
también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o
desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ 45 Y
él entonces les responderá: ‘Os aseguro que cuanto dejasteis de hacer con uno
de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.’ 46 E
irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.»
También subrayo en negrita la
frase de la inscripción a pie de cuadro que más incidiría en esta idea que
defiendo:
Da de comer al Pobre y el
prouecho, / Reciue Diego de que el Pobre Coma, / El Pobre Come y Diego
satisfecho, / El dar las Gracias por su quenta toma, / Mira en el Pobre a Dios y de su pecho, / Caridad todos a
Dios le ofrece Aroma / I a un tiempo exercitando vida activa / El Santo Goza la
Corona dichosa.
Esto me confirma aquella
percepción de Julián Gállego, en su Visión
y símbolos en la pintura española del siglo de Oro, de que el tan manido
realismo de nuestra pintura en esa época no era tal, sino más bien un realismo atravesado
por elementos simbólicos y trascendentes.
En ese sentido un cuadro tan
hermoso y célebre como La Sagrada Familia
del pajarito, que se conserva en el Prado, se me antoja menos una simpática
y tierna escena familiar de interior, que una premonición alegórica del Salvador
que ese niño encarna.

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