miércoles, 22 de abril de 2026

Una nota a Larra con Cadalso de fondo

 


Si citaba hace poco el magnífico “Epílogo en Castilla”, de Azorín, es porque al hablar de las causas de la decadencia de España, y especialmente de la falta de curiosidad intelectual, enumera cuatro autores, a saber, “Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Larra”, insignes representantes de lo que podríamos denominar una tradición de pensamiento crítico a propósito del país. Me interesa la manera en que junta Azorín a los dos últimos, pues que (habiendo releído a Larra hace poco y releyendo a Cadalso en este momento) considero que son autores que tienen mucho en común, y no dudo que Cadalso (en sus Cartas marruecas) es el más firme precedente hispánico de la actitud crítica de Larra.

 

Pues bien, mucho me extrañó en mi reciente relectura de Larra que, en un determinado momento de “El casarse pronto y mal”, en que cita a Cadalso, en ninguna de las ediciones más o menos críticas que tengo en casa se anotara el pasaje. Me refiero a la de Carlos Seco Serrano en Planeta, la de Jerry L. Johnson en Bruguera, la de Juan Cano Ballesta en Alhambra Clásicos, o la de Enrique Rubio en Cátedra, esta última con abundantes anotaciones. Quien sí lo hace es Joan Estruch en el tomo 1 de las Obras Completas de Larra, de Cátedra, dedicado a los Artículos (que consulté en una Biblioteca).

 

El susodicho pasaje en que los protagonistas (la joven Elenita y Augusto, sobrino de El Pobrecito Hablador) insisten en casarse reza así:

 

“Bien quisiéramos que nuestra pluma, mejor cortada, se atreviese a trasladar al papel la escena de la niña con la mamá; pero diremos, en suma, que hubo prohibición de salir y de asomarse al balcón, y de corresponder al mancebo; a todo lo cual la malva respondió con cuatro desvergüenzas acerca del libre albedrío y de la libertad de la hija para escoger marido, y no fueron bastantes a disuadirle las reflexiones acerca de la ninguna fortuna de su elegido: todo era para ella tiranía y envidia que los papás tenían de sus amores y de su felicidad; concluyendo que en los matrimonios era lo primero el amor, y que en cuanto a comer, ni eso hacía falta a los enamorados, porque en ninguna novela se dice que coman las Amandas y los Mortimers, ni nunca les habían de faltar unas sopas de ajo.

 

Poco más o menos fue la escena de Augusto con mi hermana, porque aunque no sea legítima consecuencia, también concluía que los Padres no deben tiranizar a los hijos, que los hijos no deben obedecer a los padres: insistía en que era independiente; que en cuanto a haberle criado y educado, nada le debía, pues lo había hecho por una obligación imprescindible; y a lo del ser que le había dado, menos, pues no se lo había dado por él, sino por las razones que dice nuestro Cadalso, entre otras lindezas sutilísimas de este jaez.”

 

Subrayo esa alusión a Cadalso, que no anota casi ninguna edición crítica.

¿Cuáles son las razones aludidas –y reparemos el posesivo “nuestro Cadalso”, que no dudo da indicio de la proximidad entre ambos autores?

Para ello hay que acudir no a las Cartas marruecas, sino a las Noches lúgubres.

 

En un pasaje de la Noche Primera, mientras Tediato, junto con Lorenzo, intenta alzar la losa en que reposan los restos de su amada, se produce el siguiente diálogo:

 

LORENZO.-  Ya he empezado a alzar la losa de la tumba. Pesa infinito. ¡Si verás en ella a tu padre! Mucho cariño le tienes cuando por verle pasas una noche tan dura... Pero ¡el amor de hijo! Mucho merece un padre.

TEDIATO.-  ¡Un padre! ¿Por qué? Nos engendran por su gusto, nos crían por obligación, nos educan para que los sirvamos, nos casan para perpetuar sus nombres, nos corrigen por caprichos, nos desheredan por injusticia, nos abandonan por vicios suyos.

LORENZO.-  Será tu madre... Mucho debemos a una madre.

TEDIATO.-  Aún menos que al padre. Nos engendran también por su gusto, tal vez por su incontinencia. Nos niegan el alimento de la leche, que Naturaleza las dio para este único y sagrado fin, nos vician con su mal ejemplo, nos sacrifican a sus intereses, nos hurtan las caricias que nos deben y las depositan en un perro o en un pájaro.

 

En efecto, éstas son “las razones que dice nuestro Cadalso”, que la ironía de Larra le otorga la consideración de “lindezas”. Muchas otras cosas acercan a estos dos grandes ingenios, que tal vez desarrolle en un futuro post. Hoy sólo quería anotar este pasaje de “El casarse pronto y mal”.

martes, 21 de abril de 2026

Azorín - EPÍLOGO EN CASTILLA

 

Leía esta mañana un viejo artículo de Julián Marías en que hacía un elogio de las librerías de viejo y contaba alguna de las joyas que poseía en su biblioteca y que procedían de ese tipo de compras (una edición en latín de Descartes del siglo XVII o XVIII, por ejemplo). Mi caso es diferente: como estudiante procedente de una familia  de exiliados, con pocos recursos económicos, que además se había matriculado en una carrera de letras, hube de desarrollar un hábito casi infalible de cazador de ofertas que pudieran nutrir mi incipiente biblioteca: la sección de saldos de París Valencia, la librería de viejo Olmos, la cooperativa universitaria Santo Tomás, más tarde la cuesta de Moyano, fueron los primeros veneros de mi afición libresca.

 

Precisamente en París Valencia adquirí  (por 50 pesetillas) un libro que hoy considero casi una joya de mi biblioteca y del que no me desprendería por ningún motivo. Se trata de una edición no venal (entonces descubrí el significado de ese adjetivo) de Lecturas españolas, de Azorín, que se vendía, como reza la pegatina que porta mi ejemplar, en solidaridad con los libreros que habían sufrido atentados (eran los tiempos del tardofranquismo).



 En ese libro, respondiendo a su título, ensayaba Azorín lecturas de algunos de los más egregios escritores españoles: Juan Luis Vives, Cervantes, Garcilaso, Góngora, Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Larra… hasta llegar a Galdós y Baroja.

 

Pero lo que me encantaba del volumen era su cierre, ese “Epílogo en Castilla”, que tantas veces llevé y trabajamos en mis clases, pues me parecía un ejemplo paradigmático del espíritu del 98. Lo traigo hoy al blog por su belleza, su enjundia y porque me dará pie para un próximo post que tengo en mente.

 

EPÍLOGO EN CASTILLA

 

Quiero fechar idealmente estas páginas en un viejo pueblo castellano; uno de esos pueblos que he intentado retratar en mis libros. El campo se extiende ante mi vista; se halla en la primavera cubierto con el tapiz verde de los sembrados, roto acá y allá por las hazas hoscas, negras, de los barbechos y eriazos; aparece en otoño desnudo, pelado, de un uniforme color grisáceo. No se yerguen árboles en la llanura; no corren arroyos ni manan hontanares. El pueblo reposa en un profundo sueño…

 

Ningún lugar mejor que estos parajes para meditar sobre nuestro pasado y nuestro presente. Causa de la decadencia de España han sido las guerras, la aversión al trabajo, el abandono de la tierra, la falta de curiosidad intelectual; convienen en ello —como habrá visto el lector— Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Larra. No hay más aplanadora y abrumadora calamidad para un pueblo que la falta de curiosidad por las cosas del espíritu; se originan de ahí todos los males. Se origina de ahí la ausencia de examen, de comparación, de apreciación, de crítica. De crítica engendradora de adhesión y de repulsión, de entusiasmo y de hostilidad: entusiasmo y hostilidad que remueven la inercia de los de abajo e impiden la corrupción de los de arriba.

 

Esos españoles eminentes que hemos hecho desfilar por estas páginas, movidos estaban de una insaciable curiosidad intelectual; viajaron por Francia, Italia, Alemania, Inglaterra. Los que no salieron de casa —como Gracián— sentíanse ansiosos por toda novedad filosófica o primor literario. La falta de curiosidad intelectual es la nota dominante en la España presente. ¿Cómo haremos para que interese un libro, un cuadro, un paisaje, una doctrina estética, una manifestación nueva del pensamiento? Reposa el cerebro español como este campo seco y este pueblo grisáceo. No saldrá España de su marasmo secular mientras no haya millares y millares de hombres ávidos de conocer y comprender.  

 

                                             Nebreda, marzo 1912

martes, 31 de marzo de 2026

Unas notas sobe EL JARAMA, de Rafael Sánchez Ferlosio

 

Releo El Jarama, de Ferlosio, 46 años después de mi primera lectura, y me vuelve a gustar tanto como entonces (si no más), y es que ahora mi mirada creo que percibe mejor el objeto y el propósito del autor. Una novela que, tal vez, no se sepa a dónde va (por lo que la menospreciaba su creador), pero que constituye un verdadero monumento literario. Y digo monumento en el sentido de obra minuciosamente construida para durar y que quede como ejemplo de una época y de una forma de hacer. 

La época, esos mediados años 50 (en la larga postguerra, pero ya cuando el pacto de 1953 con los norteamericanos permitía vislumbrar un despegue económico y consumista en la sociedad española), vista a través del contraste entre un grupo de jóvenes empleados de clase media madrileña, que van de excursión a pasar un domingo junto al Jarama, y los mayores del pueblo que se reúnen en el merendero de Mauricio (y que van rumiando poco a poco los sinsabores de sus vidas). La obra nos ofrece un panorama parcial, pero muy intenso, de los modos de pasar por el mundo de esas gentes. 

Pero más importante aún, me parece, la novela como ejemplo de una forma de hacer. En este caso, lo que Ferlosio pretendió (y logró como nadie más en ese momento) fue construir una novela a partir de los diálogos de los personajes, centrándose en su registro más coloquial e informal. Esos diálogos alumbran lo que podríamos denominar, acudiendo al galicismo, une tranche de vie. Pues esto es precisamente lo que nos deseaba mostrar el autor: aspectos de la vida cotidiana, sin el menor dramatismo, captados de manera muy objetiva. Ahora bien, están tan perfectamente elaborados lingüísticamente que la novela se convierte (y así venía a definirla Félix de Azúa en una presentación que he visto en Internet) en música.

 

Uno de los motivos que utiliza Ferlosio para componer esta obra musical (que empieza y termina -musicalmente-  con una descripción, tomada prestada, del río Jarama) son los modismos, frases hechas, refranes y expresiones populares puestas en boca de sus personajes. Sin intentar ser exhaustivo, citaré muchos de los que emplea el autor en su composición. Es una de las materias primas esenciales de tan concienzudo trabajo.

 

A continuación viene un muestreo, que no podrá ser corto (el orden es, grosso modo, de principio a final de la novela):

 

- sacar los bártulos

- la que se pica, ajos come

- darse un garbeo

- ninguna cosa del otro jueves

- (si se cabrea) dos trabajos tendrá

- dando la lata a todo el mundo

- ¡vaya potra que tienes!

- El que no corre, vuela.

- tener delito

- culo de mal asiento

- hace un porrón de años

- para luego es tarde

- mejorando lo presente

- la primera en la frente

- meter en cintura

- no saber a qué carta quedar

- El que no te conozca que te compre.

- hacer mutis por el foro

- hacer el canelo

- De aquí a cien años todos calvos.

- es de los de aquí te espero

- haber de todo, como en botica

- no ser santo de su devoción

- tener dos dedos de frente

- atar corto

- De perdidos, al río.

- Contra menos bultos, más claridad.

- meter la pata

- dar más guerra que un hijo tonto

- papando moscas

- que le quiten lo bailado

- harina de otro costal

- de golpe y porrazo

- el oro y el moro

- no caen esas brevas

- hay correa para rato

- medir las palabras

- tener la fiesta en paz

- meterse en dibujos

- aguantando mecha

- vivita y coleando

- no hay color

- echarse el alma a la espalda

- creen que todo el monte es orégano

- con pelos y señales

- de refilón

- Quien mucho corre pronto para.

- dar mala espina

- un pimiento [nada]

- no dar una en el clavo

 

Por no hablar del uso de términos como: gazuza, chunga, pachucho, golipos [guardias civiles], virguería, placas [discos de vinilo], la espuela [última copa], paganos [el que paga], despiporre, bochinche, el no-va-más, pardillo, curruca…  


Un monumento literario y un tesoro léxico.

sábado, 28 de marzo de 2026

Tarzán y don Quijote

 

Tras sus peleas con leopardos, leones y cocodrilos, Tarzán volvía algo magullado a su árbol. Entonces Jane le ponía una venda en la frente y volvía al tajo de nuevo: podía pelear otra vez con cuanta fiera salvaje le saliera al encuentro.

 

Mi esposa y yo siempre nos hemos divertido con la rapidísima solución al problema de sus heridas que ofrecen los guionistas y la credulidad del público que lo acepta sin rechistar (es verdad que las películas de Tarzán van dirigidas a un público menor, entusiasta y poco crítico).

 

Pues bien, releyendo hoy un pasaje del primer capítulo del Quijote veo cómo al hidalgo manchego no le hubieran convencido en absoluto esas argucias de los guionistas.

 

Estamos asistiendo a la lectura de “la razón de la sinrazón” de las novelas de Feliciano de Silva, y el narrador nos dice:

 

“Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales.”

 

Como vemos, las novelas de caballerías serían el equivalente del Hollywood de nuestro tiempo, pero el hidalgo de la Mancha no dejaba de ensayar una mirada crítica (en sus momentos de lucidez: ya sabemos que es un “loco entreverado, lleno de lúcidos intervalos”).

 

jueves, 26 de marzo de 2026

En una glosa de Eugenio d´Ors

 

Parábola que d´Ors, en una de sus Glosas, atribuye a un ministro laborista inglés, Mr. Thomas.

 

“Tres obreros se ocupan en tallar piedras en una obra, para la construcción de una catedral, en Lancashire. Un camarada se acerca a ellos, y les pregunta:

 - ¿Qué estáis haciendo aquí?

- Estoy tallando piedras.

- ¿Y tú?, prosigue el interrogador, dirigiéndose al segundo.

- Yo estoy ganando un chelín por hora.

Vuélvese entonces a aquél tercer obrero.

- Y tú ¿qué haces?

- Estoy construyendo una catedral”.

jueves, 12 de marzo de 2026

Picón Salas y el Purgatorio de la Literatura

 

Si hace no mucho escribía en el blog sobre el Paraíso de la Literatura, a propósito de Dante y Estacio, recientemente, releyendo al gran ensayista venezolano Mariano Picón-Salas, me encuentro con una referencia al Purgatorio de la Literatura. En un momento de su escrito “Y va de ensayo” nos dice:

 

“La posteridad edifica una especie de Purgatorio de la Literatura en que hasta los genios como Víctor Hugo deben pagar por miles de páginas que fueron sólo oratoria e incontinencia, y don Emilio Castelar se achicharra por haber pronunciado tantos discursos en que las palabras estaban colgando como bejucos, y a Zorrilla se le cobran sus versos fáciles y superficiales y a don José María de Pereda el convencionalismo de sus novelas. En cuanto a los demagogos del Arte, ésos jamás verán la beatitud eterna.”

(Viejos y nuevos mundos, p. 502)

 

Me quedo con las ganas de ver a cuáles de esos demagogos metería Picón en el Infierno, aunque me parece claro que cada uno tiene su lista particular.

El caso es que hoy, paseando, me topo con una confluencia de calles cuyos nombres podrían ejemplificar muy bien las dos primeras postrimerías, aquellas que ven o aspiran a ver la beatitud eterna. No pude resistirme a hacer una fotografía.




domingo, 8 de marzo de 2026

Gradación de los cuerpos

 

        

Una reciente estancia hospitalaria, en que sentí cómo mi cuerpo se convertía en casa Pepe, por decirlo así, esto es, un espacio que médicos y enfermeros utilizaban  casi a su antojo, en busca de mi curación, sin duda, pero sin miramientos, de manera poco respetuosa, me llevó a pensar en una posible clasificación de los cuerpos, graduándolos por orden de mayor a menor perfección.

 

- el cuerpo del bailarín: sin duda el más bello y más estilizado de los cuerpos, el cuerpo que roza con el ideal. Su movilidad es casi vuelo, diríamos que apenas se sostiene sobre el suelo. De ahí que yo siempre considere el ballet, la danza, como la expresión de la utopía de los cuerpos, sin saber exactamente qué quiere decir tal expresión, pero sabiendo que remite a algo que está por encima de lo corriente y que apunta a la idea de perfección en ellos.