Descubrí a Truman Capote por una
referencia de Julio Cortázar en “Algunos aspectos del cuento”, cuando, entre
sus relatos favoritos, cita “Un recuerdo de Navidad”, de Capote. Muchos años
después de leer el ensayo de Cortázar me topé con el cuento, que me fascinó. Un
cuento tierno y encantador, maravillosamente construido.
También
leí, cómo no, “Desayuno en Tiffany´s”, que me gustó, sin llegar a subyugarme.
La verdadera revelación se produce
cuando, recientemente, leo A sangre fría
(la magnífica película de Richard Brooks la había visto hacía muchísimos años).
Me atrapa desde el primer momento, y me parece una novela excelente, muy, muy
bien construida (un joven Vargas Llosa diríamos, pero manejando un trovar claro,
poco faulkneriano).
Ahora, como lectura poco exigente, estoy
con Plegarias atendidas. Texto
frívolo y lleno de chismorreos, pero escritos por un maestro de la pluma. En un
momento dado de “Monstruos perfectos”, primera parte del escrito (no sabría
llamarlo novela), P. B. Jones, el protagonista-narrador (alter ego de Capote),
suelta lo siguiente:
“En general, el tema de mis cuentos era
el polo opuesto a mi carácter, es decir, eran cuentos tiernos y tristes.”
Esto me recuerda que un pasaje de A sangre fría, que me maravilló, como
otros muchos momentos de la obra, podría constituir en sí un cuento tierno y triste.
Lo tecleo para deleite propio y del ocasional lector de estas líneas (se trata
de un episodio de su juventud que relata el señor Clutter a Bobby, el novio de
su hija Nancy, y a otros miembros de su familia, futuras víctimas de un asesinato
espeluznante):
Pero normalmente, los
inviernos de la Kansas del oeste son duros y por lo general la helada en los
campos y los cortantes vientos han cambiado el clima antes de que llegue la
Navidad. Unos años atrás, la nieve empezó a caer la víspera de Navidad y siguió
cayendo. Cuando Bobby se dirigía a la mañana siguiente a casa de los Clutter
que estaba a unos cinco kilómetros de distancia, tuvo que luchar contra
montones de nieve. Valió la pena porque a pesar de que llegó aterido y rojo de
frío, el recibimiento que le hicieron le desentumeció completamente. Nancy
estaba admirada y orgullosa y su madre, casi siempre tan tímida y distante, lo
abrazó, lo besó y le instó a que se envolviera en un edredón y se sentara junto
a la chimenea de la sala. Mientras las mujeres trajinaban en la cocina, él,
Kenyon y el señor Clutter se quedaron sentados alrededor del fuego, cascando
nueces y pacanas. Clutter dijo que le venía a la memoria otra Navidad cuando él
tenía la edad de Kenyon:
—Éramos siete. Mi
madre, mi padre, mis dos hermanas y los tres chicos. Vivíamos en una granja muy
apartada de la ciudad. Por esa razón teníamos la costumbre de hacer de una sola
vez nuestras compras de Navidad. Hacíamos un solo viaje y lo comprábamos todo.
Aquel año, la mañana destinada a las compras, la nieve estaba tan alta como
hoy, o quizá más, y además seguía nevando: copos como platillos, íbamos a tener
unas Navidades sin regalos, allí aislados por la nieve. Mi madre y mis hermanas
estaban desconsoladas. Entonces se me ocurrió una idea.
Ensilló el caballo de tiro más fuerte
que tenían, se fue con él a la ciudad para hacer las compras de todos. La
familia celebró la idea. Cada cual entregó a Clutter sus ahorros y la lista de
lo que quería; cuatro metros de batista, un balón de fútbol, una almohadilla
para alfileres, cartuchos de fusil, tal cantidad de encargos que no terminó
hasta la noche. De vuelta a casa, con las compras seguras dentro de una bolsa
impermeable, no pudo menos que agradecer a su padre que le hubiera obligado a
llevarse una lámpara y que los arreos del caballo estuvieran provistos de
campanillas porque ambas cosas, el airoso tintineo y la oscilante luz de la
lámpara de petróleo, le hacían compañía.
—El viaje de ida fue
fácil: coser y cantar. Pero a la vuelta, la carretera había desaparecido con
todas sus indicaciones.
Cielo y tierra, todo
era nieve. El caballo, metido en ella hasta las ancas, resbaló de lado.
—Dejé caer la
lámpara. Estábamos perdidos en la noche. Era sólo cuestión de tiempo hasta que
nos durmiéramos y muriéramos de frío. Sí, pasé miedo. Pero recé. Y sentí la
presencia de Dios...
Unos perros aullaban.
Anduvo en dirección a los aullidos hasta que logró ver las ventanas de una
granja vecina.
—Debí quedarme allí.
Pero pensé en la familia, imaginé que mi madre estaría llorando, que papá y los
chicos saldrían a dar una batida y seguí adelante. Así que, naturalmente, no me
complació mucho cuando por fin llegué a casa y vi que estaba completamente a
oscuras. Las puertas cerradas. Me encontré con que todos se habían acostado y
se habían olvidado de mí. Nadie comprendía por qué estaba deprimido. Mi padre
dijo:
—Estábamos
convencidos de que pasarías la noche en la ciudad. ¡Por todos los santos,
muchacho! ¿Quién iba a pensar que harías la locura de volver a casa con una
tempestad como ésta?

