Para una estancia
hospitalaria decidí llevarme una lectura segura y ligera. Como en mi grupo de
lectura estamos releyendo novela de postguerra, aposté por El camino, de Miguel Delibes, de la cual tenía un recuerdo inmejorable.
No me decepcionó lo más mínimo la obra terminada durante la convalecencia (en
la clínica sólo llegué a leer 3 o 4 páginas), casi diría me gustó más que
entonces (hace 40 años) cuando la leí para ponerla en clase con cierto éxito
(mi amigo Javier me confiesa con tristeza que los jóvenes de hoy probablemente
no entenderían nada).
Hoy quiero traer al blog dos
pasajes. El primero lo leí en la clínica y me emocionó por su maravillosa ternura.
En el capítulo XII, Daniel el Mochuelo cuenta cómo su padre cogía a veces el
tren para ir de caza y la escena que se producía a la vuelta:
“Tanta ilusión como por ver
llegar a su padre triunfador, con un par de liebres y media docena de perdices
colgadas de la ventanilla, le producía a Daniel, el Mochuelo, el primer
encuentro con Tula, la perrita cocker,
al cabo de dos o tres días de ausencia. Tula descendía del tren de un brinco y,
al divisarle, le ponía las manos en el pecho y, con la lengua, llenaba su
rostro de incesantes y húmedos halagos. El la acariciaba también, y le decía
ternezas con voz trémula. Al llegar a casa, Daniel, el Mochuelo, sacaba al
corral una lata vieja con los restos de la comida y una herrada de agua y
asistía, enternecido, al festín del animalito.”
(cap. XII, p. 119-120)