En el otoño de 2021 hice una
escapada solitaria a Turín. Mitómano como soy, quería estar en el hotel en que se
suicidó Cesare Pavese, el antiguo Hotel Roma (que ahora se llama Roma e Rocca
Cavour). De hecho mi habitación individual, modestísima y casi siniestra, era idéntica a aquella en que se alojó el
poeta esos últimos días, situada justamente encima, en el piso superior.
Siempre me interesaron los suicidas y eso hizo que, en mi primer viaje a Italia, para aprender su lengua en Perugia, Pavese fuera de los autores a que más atención presté (Verrà la morte e avrà i tuoi occhi), aunque con posterioridad, al leer algunas de sus novelas y su diario, ese interés disminuyó sustancialmente. Como escritora prefiero, sin duda, a su gran amiga, Natalia Ginzburg. Pero la figura de Pavese seguía ahí, presente, concitando mi curiosidad y, como he dicho antes, tuvo mucho que ver en mi elección de Turín y el hotel al que fui a parar por unos días.
Muchas cosas me reclamaron en
Turín (su museo del cine, sus pinturas –aquella del Tobías y el ángel de Pollaiuolo, de que hablaba D´Ors en Introducción a la vida angélica-, su
cementerio, la fundación de San Juan Bosco, el río Po, la propia Natalia
Ginzburg, la ciudad en sí), por eso el viaje no llegó a constituir una peregrinación
tras los pasos del escritor.
Curiosamente estos días me
encuentro con un libro que sí se consagra al descubrimiento de Turín y a una circunstanciada
evocación de Pavese. Se llama Hotel Roma
y su autor es un francés, Pierre Adrian, que vive en Roma. Me pongo a leer esa
obra (que podría –o debería- haber escrito yo) y sin llegar a entusiasmarme me
resulta –no podría ser de otra manera- francamente interesante.
Traeré al blog un par de
pasajes. El primero, porque me recuerda algunas fotos que tomé de las orillas
del Po:
“Desde la plaza Vittorio
Veneto, tomando la calle Po en dirección al palacio Madama, se llegaba a la
librería a la que solía ir Pavese. La Bussola era una tiendecita que estaba
medio oculta entre los puestos de venta de segunda mano y los expositores giratorios
de postales que instalaban bajo las arcadas, con un rótulo donde no se decía
que estuviera dedicada a las humanidades. Los libros infantiles lo ocupaban
todo y nada había que recordara su glorioso pasado. Un día le pedí al librero
obras de Pavese, seguro de que habría un estante lleno, una capillita, un
mausoleo. “Pavese, Pavese…” Me trajo tres libros tristes y grises de Mondadori
después de buscar por toda la librería. Trató de ofrecerme más. No tenía.
Podría haberme hecho un guiño cómplice y haberme dicho lo que yo ya sabía, que
el escritor iba mucho por allí. Pero no, volvió a su mesa y siguió con lo que
estaba haciendo. Era como si Pavese, ese hombre desgraciado, no interesara a
una época en la que sentirse bien, ser feliz, es casi una obligación. Yo creía
que Turín se sentía orgulloso de Pavese, que lo consideraba uno de sus
personajes, pero no se mantenía vivo su recuerdo ni siquiera en la bonita
librería que frecuentaba. Era una prueba más, por si hacía falta, de que un
escritor perdura sólo en su obra y de que buscar su sombra en cada esquina es
una batalla perdida.”

