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domingo, 21 de junio de 2026

El síndrome del Taj Mahal (fragmento)

 

        

Ahora que estoy pasando al ordenador algunos de mis cuadernillos de viajes, me encuentro con el siguiente texto que escribí en el verano de 1999, cuando anduve por India y Nepal. Visitar el Taj Mahal en Agra fue, como se suele decir, un sueño realizado. Desde niño había una serie de lugares a los que yo deseaba ir ardientemente (cataratas del Niágara, Macchu Picchu, algunas otras y Taj Mahal). A las dos primeras nunca fui, ni creo ya que pueda ir (los años no perdonan), pero el gran mausoleo de Agra no sólo lo pude visitar, sino que superó todas mis expectativas. Fruto de esa vivencia son estas notas que tomé poco después de estar en él y que tienen, por tanto, la friolera de casi 27 años.

 

         El visitante que entra en el recinto del Taj Mahal lo primero que siente es un sobrecogimiento que se apodera de él. Los pasos se vuelven lentos, la respiración trabajosa y, desde luego, calla. Ante el Taj Mahal huyen todas las  palabras. Habrá luego el intento de traducir en palabras (o más bien aludir a través de ellas) toda la grandeza del edificio. Pero la primera impresión conduce al silencio. Y al asombro también, origen de toda reflexión. Y es que el Taj Mahal da qué pensar. Parece una síntesis de la filosofía platónica y sus ideas madres de orden, arquetipo, inmutabilidad. Es el edificio en el que la simetría se convierte en una especie de apuesta ontológica. Es una de esas pocas obras de los hombres que promueven una confrontación con los dioses. Es un edificio fúnebre que no hace sino poner de relieve la muerte (su carácter de esfinge), pero que al tiempo parece trascenderla. Hay un espacio de ideas trascendentes de las cuales esta construcción no es sino un leve reflejo.

         Y este edificio produce un síndrome que me pareció ver reflejado en la actitud de algunos de sus visitantes: un joven occidental no hacía más que mirar los muros, acercaba el objetivo de la cámara una y otra vez, pero lo retiraba con aire de decepción; un japonés de complexión musculosa estaba sentado con un gesto de asombro que no remitía de ninguna manera, extrañamente se encontró reflexionando, cosa que no debía haber hecho en mucho tiempo; otra pareja de japoneses se recostó, sin mediar palabras, bajo la puerta trasera, la que da al río, y por sus mentes debió pasar el siguiente designio: echarse a morir (“que todo acabe aquí, que todo acabe de una vez para siempre”).


Yo también experimenté ese síndrome, pero eso está escrito en otro lugar, estrictamente privado, mis Episodios Personales.

 

domingo, 14 de septiembre de 2025

Otra forma de danzar: el toreo según Gerardo Diego

 

A la vuelta de Cantabria (siempre tan vivificadora para mí) decidí leer a alguno de sus escritores y me enfrasqué en la correspondencia entre Gerardo Diego y José María de Cossío. Comentaban cosas de literatura y libros, sobre todo, pero algo de toros aparecía de vez en cuando (la creación de "Torerillo en Triana" del primero para la antología del toro en la poesía que proyectaba el segundo, por ejemplo). Javier me comentó que la mejor poesía sobre tema taurino que había era la de Diego, y así me puse a leer la recopilación Poesía y prosas taurinas, editada por Pre-Textos. Allí me encuentro con un artículo que Diego escribió para el diario ABC el 17-12-1961, y que lleva por título Novísimo “Laocoonte”. En sus primeros párrafos despliega el poeta una teoría sobre la relación entre la tauromaquia y la danza que me parece muy penetrante y que, por ello, no puedo resistirme a teclear:

 

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Una etapa en el viaje literario: las inscripciones sepulcrales del Monasterio de Oña

 

En mi periplo hacia al Cantábrico, esta vez, no bajé por la Mazorra ni, por tanto, pude contemplar, con cierta holgura, la torre de Valdenoceda. Conspiró contra ello lo que podríamos denominar el elemento literario del viaje. Así que, tras Burgos, en vez de atravesar el páramo de la Masa, me fui por Briviesca en dirección a Oña.

 

Quería volver a visitar el Monasterio de San Salvador para reparar mejor en las inscripciones sepulcrales que se encuentran en su claustro.

 

viernes, 4 de julio de 2025

Un fragmento de Ivo Andric: sobre el origen de los puentes

 

Cuando viajé a Perugia, por primera vez, para aprender italiano, mis principales amigos allí fueron un alemán, Wolfgang, y dos croatas, Branko y Erwin, compañeros de clase y del asueto vespertino, paseando por el Corso Vanucci, al tiempo que blandíamos el inevitable helado de stracciatella.

 

Un día les pregunté a mi amigos yugos (todavía existía Yugoslavia) cuál era la obra literaria fundamental de su país. Y me nombraron a Ivo Andric, premio Nobel, cuyo Un puente sobre el Drina era la joya de la corona de su literatura. Retuve la referencia en mi cabeza, y tiempo después adquirí la obra, pero no ha sido hasta ahora, unos cuarenta años más tarde, que me he puesto a leerla (así de cargada y exigente es mi agenda de lecturas).

 

La obra no me ha defraudado lo más mínimo, sino que me parece excelente, con una prosa al mismo tiempo cristalina, precisa y profunda. Pasa revista a cuatro siglos de historia local en torno al puente y la ciudad de Visegrad, en Bosnia, con la cotidiana y difícil convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos que pueblan la región. Una novela histórica y coral cuyo protagonista principal no es otro que el magnífico puente.

 

domingo, 1 de junio de 2025

Sobre el turismo: con Unamuno de viaje por Extremadura

 

Por aquel salón de actos de la Facultad de Filosofía y Letras de Valencia, en los años de la Transición, pasaron notables figuras de las letras: recuerdo a Manuel Puig, a Juan Goytisolo, o a los numerosos grupos teatrales que nos trajo Antoni Tordera (Caterva de Gijón, Esperpento de Sevilla o el Libre Teatro Libre Latinoamericano, por ejemplo). Un buen día un grupo de jóvenes muy modernos y à la page presentaban una revista de nombre ambiguo, Diwan, que tanto podía aludir  al diván de Freud, como al farol de considerarse los número uno. Allí estaban Alberto Cardín, Biel Mesquida y también Jiménez Losantos. El caso es que tras mostrar su refinamiento, inteligencia y actitud polémicamente avanzada (hablaban mucho de Lacan, Barthes y otros), al llegar el turno de palabras, la tomó un extraño en el público (no se trataba de un universitario), con ciertos indicios de retraso, o desorientación, que dijo:

- Todo eso está muy bien. Pero yo pienso que lo que hay es que leer más a Unamuno.

Sensación de tierra trágame generalizada, y uno de los jóvenes (tal vez Jiménez Losantos) supo complacer al espontáneo ponderando lo mucho que él apreciaba a don Miguel.

 

Recuerdo esto porque hoy, releyendo a don Miguel (el Unamuno que prefiero es el de los libros de viajes o ensayos cortos sobre arte), precisamente algunas de las crónicas que escribía para La Nación, de sus andanzas por Portugal y España, las relacionadas con el reciente viaje que he hecho por Extremadura, me topo con algunos pasajes interesantes.

 

martes, 6 de mayo de 2025

Pedro Antonio de Alarcón hace una crítica premonitoria de la banalidad turística

 A la vuelta de un viaje por tierras extremeñas, en que visito el Monasterio de Yuste, leo las páginas que Pedro Antonio de Alarcón dedicó al mismo asunto -aunque tan diferente: diligencia,  caballo, campo a través, ruinas...- hace más de siglo y medio. La capacidad narrativa de Alarcón es prodigiosa. Pero lo que más me llama la atención en este momento es una premonición crítica hacia lo que finalmente ha devenido el turismo de masas, y que copio a continuación:

Dijimos más atrás que el sueño eterno de Carlos V ha sido turbado también en el Monasterio del Escorial, y que nosotros mismos no hemos sabido librarnos de la tentación de asistir a una de las sacrílegas exhibiciones que se han hecho de su momia en estos últimos años....

miércoles, 23 de abril de 2025

Un poema de José Angel Valente: Maquiavelo en San Casciano

 

MAQUIAVELO EN SAN CASCIANO

 

…non temo la povertà, non mi sbigottiscie la morte

(Carta a Francesco Vettori, diciembre 1513)

 

 

Al tordo que madruga en los olivos

tiendo tempranas redes,

mientras dura setiembre

y un cielo gris apaga

el eco doble de esta pena

en pobreza y destierro.

                   Tengo un bosque

cuya madera hago talar, pues de tan poca

riqueza me sustento.                         

 

Los negocios de la República y los reyes

de España y Francia

o el gran Duque lejos están;

mas bueno fuera que alguien

pagase en este tiempo aquel saber de entonces.

 

Los leñadores en el bosque

disputan entre sí o ponen pleito

a más rudos vecinos,

mientras cierto Frosino da Panzano

arrebata mi leña por diez liras

que tiempo ha le debo, según dice,

de una partida en casa de Antonio Guicciardini.

Al carretero he acusado

como ladrón. Mas fue vano negocio.

 

viernes, 21 de marzo de 2025

Una presencia angélica

 


Parecía una broma aquella declaración de Gil de Biedma, en la contraportada de la edición de Seix-Barral de Las personas del verbo, cuando manifestaba: “yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.” Algo nos recuerda aquella distinción de Oscar Wilde entre el genio que puso en su vida, dejando sólo su talento para su obra. O la forma en que Kurosawa, en la película Sueños, nos muestra como un estudiante de arte, a través de la contemplación de la obra de van Gogh, ingresa en su universo pictórico.

 

Pero no era una broma. Cuántas veces querríamos introducirnos en las obras de arte que frecuentamos (una música, una novela, un cuadro). Querríamos quedarnos siempre allí y no volver a la cotidianeidad, a eso que se llama la vida normal.

 

domingo, 27 de octubre de 2024

Rinocerontes en el autobús

 

Desde hace algunos meses vengo observando, con consternación, una práctica en los autobuses que me sorprende. Se trata de jóvenes principalmente. Entran en el transporte público y, sin importar adónde vayan (tal vez a la última parada), se sitúan en las puertas. Allí sacan sus dispositivos móviles, agachan la cabeza y se ponen a wasapear, jugar con videojuegos o escuchar música o a algún youtuber o influencer. Cuando llegan a las paradas no se mueven ni se giran para mirar si alguien se dispone a bajar. De manera que muchas veces se desciende del autobús con notable dificultad. A mí me ha tocado recientemente escabullirme –para bajar- entre dos que ocupaban los dos lados de la puerta. También vi, hace unas semanas, una pareja que ocupaba la puerta. Tras dos o tres paradas de generar molestias considerables, la chica tuvo una idea feliz: le indicó a su compañero que el lado opuesto estaba libre y que se podrían situar allí, lo que finalmente hicieron. Parece que a la nueva generación le cuesta mucho entender ciertos códigos que, tradicionalmente, eran de dominio común, como el hecho de que sólo se debe colocar uno en la puerta del autobús cuando piensa descender en la siguiente parada. Eugène Ionesco debió entrever algo de lo que comento.

 

martes, 17 de septiembre de 2024

Manuel de Falla en El Cau Ferrat

 

El viaje por Cataluña dio mucho de sí. Lo más importante, el objetivo final, era visitar la virgen de Nuria, pero muchas cosas ocurrieron en el camino, como, por ejemplo, volver a ver El Cau Ferrat, esa mansión-palacio que poseyó Santiago Rusiñol en Sitges y que es uno de los espacios más hermosos y privilegiados que he conocido. Estar entre sus muros siempre produce una sensación deslumbrante. Pero, hoy, quedo más impactado todavía cuando leo que Falla concluyó allí sus Noches en los jardines de España:

 

“Falla trabajaba en El Cau Ferrat, la casa de Santiago Rusiñol, llena de objetos de arte, especialmente de hierro, verdadero museo que, a su muerte, legó a la población de Sitges. El piano del Cau Ferrat era muy viejo y desafinado. Tuvo que llamar al afinador, y una vez terminado éste el trabajo, Falla le preguntó:

- ¿Cree usted que el piano podrá resistir?

- Si usted toca para darse gusto no respondo de lo que pueda pasar –le contestó el afinador.

Así es que Falla, con relativos miramientos acerca del piano, pero rodeado de un ambiente ideal de viejos cuadros del Greco, de cristalerías preciosas, de hierros medievales, y del más azul mar bajo el balcón mismo de la galería de la casa, y en una soledad no turbada, pudo poner fin a una de sus más hermosas composiciones, Noches en los jardines de España.”

 (Jaime Pahissa: Vida y obra de Manuel de Falla, Buenos Aires, 1956, pág. 100)




sábado, 7 de septiembre de 2024

El ángel del desconsuelo

 

El viajero, amante de los cementerios, que llega al de Montjuic, en Barcelona, lo primero que hace es poner en cuestión un mito: el del maravilloso enclave y las magníficas vistas, en definitiva, el de cementerio marino. Nada que ver con aquel que cantó Paul Valéry y en que reposan sus restos en Sète. Las vistas del de Montjuic caen sobre el puerto de Barcelona y apenas se puede ver el mar entre los millares de contenedores que allí se apilan. Eso sí, la disposición del cementerio es hermosa (y fatigosa, por sus cuestas) y, como cementerio prototípicamente burgués, encontramos monumentos funerarios excelentes. El que me cautivó de una forma más profunda fue el conocido Panteón Urrutia, obra del arquitecto Antoni Vila i Palmés, cuya figura principal, un ángel abatido, se piensa ser obra del escultor Josep Campeny Santamaría, sin total certeza.

 



Llama la atención que tan extraordinaria creación –de poco más de un siglo- no esté totalmente documentada. Pero también llama la atención otro hecho: el profundo desconsuelo del ángel. Sabemos, desde Tomás de Aquino, que los ángeles comparten con los cuerpos gloriosos las cualidades de claridad (luminosidad), agilidad (velocidad extrema en sus desplazamientos), sutileza (capacidad para atravesar cuerpos) e impasibilidad (no sufren dolores ni muerte). Por eso, resulta sorprendente encontrarnos un ángel tan desconsolado. No es que sea una novedad (ya los angelitos de Giotto –en la Capella degli Scrovegni en Padua- muestran un desgarro y desconsuelo extremo ante Cristo muerto). Diríamos que los artistas, olvidando la dogmática teológica, tienen tendencia a representar ángeles fieramente humanos.




 Buscando información en el ciberespacio sobre tan soberbia figura, leo que el escultor tal vez se inspiró en el Panteón de la reina María Cristina de Austria, por Antonio Canova. Es posible, aunque la melancolía del ángel palidece al lado del desconsuelo del león. El viaje por Cataluña deparará al viajero otras sorpresas. Una de ellas, en el Monasterio de Poblet. Allí, en el monumento funerario de Martín el Humano nos encontramos con un angelito tan desconsolado como el del Panteón Urrutia. Tal vez el autor de éste no tuvo que ir muy lejos para encontrar un precedente en que inspirarse.




P.S. Repasando el post me encuentro con que he cometido un error grueso. Veo que el monumento de Martín el Humano está firmado y descubro lo siguiente:

En la foto de cabecera vemos el sepulcro del rey Martín I el Humano, en el panteón real del monasterio de Santa María de Poblet. La obra es de Frederic Marés y fue inaugurada en 1952.

Con lo cual la parte final de mi argumentación en el post se cae de bruces. Y puede que el influjo sea en la dirección contraria. Pero era tan bonita la asociación que dejaré el post intacto: fue hermoso mientras duró.

jueves, 18 de enero de 2024

El Eros pedagógico en pintura (Jan Steen y Constantin Guys)

 

En un reciente viaje por Italia, el amigo Javier me cuenta que en la Academia Carrara de Bérgamo se encontró con un par de cuadros más que interesantes: un retrato del Aretino hecho por Ticiano, y un encuentro de Montaigne con Tasso en la celda adonde le condujo su locura. Y es que para nosotros el hallazgo de un cuadro, de una película o un texto literario valiosos constituye siempre una circunstancia encomiable.

Esto me trae a la memoria algunos de los descubrimientos personales hechos en museos no de los más conocidos. Por ejemplo, en el de Bellas Artes de Burdeos descubrí el cuadro de Henri Gervex Rolla, que es una pintura que me subyuga. Pero de la que hoy quiero hablar es de otra, que me causó profunda impresión cuando visité, ya hace un montón de años, la Wallace Collection londinense.

 Se trata de The harpsichord lesson, de Jan Steen (1629-1679). Recuerdo que me pareció una manifestación muy palpable de la relación entre amor y pedagogía, ese eros pedagógico, que era una idea muy asentada entre las mías.


 

Vemos a una joven que toca su clavecín y a un maestro ya entrado en años (aunque remozadamente vestido) que se inclina hacia ella señalando algo con su dedo índice. La soledad de ambos, y la mirada ligeramente lasciva del maestro, me hacían pensar en un trasfondo erótico que invadía la apacible escena, máxime cuando aparecía una llave colgada de la pared entre ellos (símbolo fálico, me decía el freudiano que había en mí por esa época) y un cuadro encima de temática amorosa (con Venus y Cupido, e incluso se percibe detrás una especie de gigante mayor asombrado).

 El comentario de la página web del museo viene a decir que el cuadro toma con humor algo burlesco esa posibilidad erótica y que, de hecho, tanto Venus como Cupido duermen. No estoy seguro de que Cupido duerma, tal vez esté intentando despertar a Venus (¿intentando despertar el deseo de la joven?) He de decir que la importante presencia en la colección de obras de François Boucher (con su refinado erotismo) debió actuar como coadyuvante contextual de mi interpretación.

 El tema de la lección de música es muy habitual en la pintura holandesa del XVII (hay un cuadro de Vermeer, bastante sobrio y casto, u otro de Gabriel Metsu, más ambiguo, entre los muchos que se dedican a este asunto). Yo seguía pensando que una sugestión erótica los debía acompañar de una u otra manera.

 Cuál no sería mi sorpresa cuando hoy, releyendo El pintor de la vida moderna, de Baudelaire, me pongo a buscar las obras de Constantin Guys en Internet (la primera vez que leí el texto apenas podía confrontar lo que escribe Baudelaire con las producciones del pintor) y me topo con esta escena que viene a ser una constatación –eso creo- de  mis antiguas ideas sobre el tema. En la página donde lo encuentro lo presentan como The student and music teacher.




Aquí la señora, que debía hacer de carabina, se ha quedado dormida, lo que aprovecha el maestro para dar un beso en la espalda (esa espalda que sugiere una nalga) de la discípula. La idea que rondaba mi pensamiento aquí no puede ser más explícita, de manera que podría llamar, para mis adentros, a esta pintura Quod erat demostrandum.

 

domingo, 10 de septiembre de 2023

Ryszard Kapuscinski pelea con una cobra

 

Si tuviera que recomendar un libro así, sin preparación, de forma inopinada, para un lector general, tengo claro que elegiría Ébano, de Ryszard Kapuscinski. El Quijote, obviamente, sería la primera obra que me vendría a la cabeza. Pero el Quijote no se puede recomendar de manera indiscriminada. Su posible lector ha de no amedrentarse ante el castellano del siglo de Oro, tener unas nociones históricas, pero sobre todo literarias (de géneros, estilos, retórica…) más que medianas para poder disfrutar con garantías de nuestro gran clásico. Pero en el caso de la obra del reportero polaco creo que con saber donde están situados, en el mapamundi, tanto el país llamado Polonia, como el continente africano, bastaría. Transcribo hoy un pasaje muy impresionante de su libro en la soberbia traducción de Agata Orzeszek:

 

Viajando en Land Rover con un compañero, Leo, por las llanuras del Serengeti, un tanto extraviados y desfallecientes por el cansancio y el calor, se encuentran unas cabañas abandonadas y deciden descansar en ellas:

 

No sé cómo, acabé tumbado en un camastro. Apenas me sentía vivo. El sol zumbaba en mi cabeza. Encendí un cigarrillo para vencer el sueño. No me gustó su sabor. Quería apagarlo y cuando mecánicamente seguí con mi mano la vista de mi mano dirigiéndose hacia el suelo, vi que estaba a punto de apagarlo en la cabeza de una serpiente que se había aposentado debajo del camastro.

 

jueves, 31 de agosto de 2023

Poesía y geografía: Niebla en la Sía, de Gerardo Diego.

 

A la vuelta de un viaje por Cantabria lo primero que me viene a la cabeza es este poema de Gerardo Diego con el que me encontré en lo alto del portillo de la Sía, que une los Collados de Asón con Espinosa de los Monteros en el norte de Burgos. Lo transcribo, añadiendo los correspondientes acentos que excluyó la piedra, y lo ilustro con dos fotografías: una, del monumento al poema y poeta; y otra, de la vista desde lo alto hacia el valle de Soba.


Niebla, niebla en la Sía.

La clara nitidez del valle idílico,

Los oscuros, concretos cajigales

De Quintana y La Gándara,

Quedan abajo inmersos como en sueño.

El corazón se ensancha según sube

La ruta pedregosa. Este camino,

Cuando sólo era senda de pastores

Y guía de herraduras,

Fue hollado por la planta infatigable

De mi padre zagal y ahora no veo

A un lado y otro,

Detrás, delante, sino las vedijas

De la madrastra, de la borradora

Que disuelve la luz y niega el cielo.

 

Gerardo Diego

 




miércoles, 14 de junio de 2023

LA DIFICULTAD DE LA EXPERIENCIA


 La reciente contemplación de la entrevista que Carlos del Amor le hace a Jaume Plensa en su programa La matemática del espejo, programa y entrevista de tal nivel que la televisión, por un momento, deja de ser la metadona del pueblo para devenir una ventana al mundo, que es lo que, en puridad, estaría llamada a ser, esa contemplación (y nunca mejor empleada la palabra) me lleva a una serie de reflexiones y recuerdos.

 

El programa, con esas sabias palabras del artista, constituyó para mí una auténtica experiencia espiritual. Y pienso entonces lo difícil que resulta tener una verdadera experiencia (sea estética, intelectual, religiosa, amorosa, erótica, espiritual, del tipo que sea), entendiendo por experiencia algo que vivimos profundamente y no nos deja en modo alguno indiferentes, sino que contribuye, en mayor o menor medida, a transformarnos. Algo semejante a la noción de epifanía que manejaba James Joyce.

 

Pues bien, considerando esa dificultad de acceso a la experiencia en nuestro distraído mundo de hoy (y por eso los ojos cerrados, interiorizados, de las figuras del artista), resulta espantoso que la vulgaridad ambiente consiga sacarnos de esa posibilidad en ciernes.

 

martes, 23 de mayo de 2023

De nuevo con Gaya Nuño sobre el bodegón, o mejor aún, la naturaleza viva

 


El viajero que, desde la meseta, se dirige al interior de Cantabria, tras abandonar el Páramo de la Masa y emprender el exigente descenso del puerto de La Mazorra, avista desde las alturas el pueblo de Valdenoceda, situado en un valle cautivador, en el que destaca una soberbia torre exenta.

 


Siempre que me ocurrió descender ese puerto (y ha sido muchas veces en mi vida, a Dios gracias) sentía una extraña sensación anímica: por una parte, la belleza del panorama, con la torre y la población al fondo;  por otra, la fuerza totémica de esa maravillosa torre. Pero con ser mucha la belleza y el poder de atracción de todo ello, no bastaba a explicar el sobrecogimiento y congoja que me poseía mientras bajaba, y que no se me pasaba hasta que, pasado el pueblo, me topaba con el río Ebro en una estrecha garganta. Entonces acudían otro tipo de emociones, acompañadas por el poderoso vuelo de las águilas y la atención al tomar las curvas.

 


Años después supe que en tan hermoso paraje había existido una prisión, adonde, tras la guerra civil, se llevó a muchos presos republicanos, bastantes de los cuales allí dejaron sus vidas. Pensé entonces que era el dolor y sufrimiento acumulado en ese espacio lo que me generaba esa extraña sensación de deslumbramiento y congoja que me poseía siempre al pasar por allí. Más tarde aún supe que en esa prisión estuvo recluido Juan Antonio Gaya Nuño, uno de los más notables historiadores y críticos de arte que en nuestro país ha habido.

 

viernes, 3 de febrero de 2023

Semblanza de José María de Cossío, por Guillermo Díaz-Plaja

 

 

La primera vez que fui a la Casona de Tudanca constituyó toda una odisea. Había quedado con Anne Sophie (a quien conocí en un curso de literatura en la U.I.M.P en Santander), por la zona del Sardinero, calculando el tiempo que nos llevaría llegar hasta Tudanca, pero mi compañera de viaje llegó media hora tarde, y además, a la salida de la ciudad nos encontramos con retenciones, debido a un tráfico muy intenso (era un domingo de agosto). Al llegar a la Casona, la encontramos cerrada, pues acababa de comenzar la última visita. Arrimé la oreja al portalón y pude sentir la voz del guía. Con la dificultad del viaje que ya habíamos franqueado (más de una hora de carretera, retenciones a la salida, montañas y vericuetos –es la zona de Peñas arriba-) no íbamos a perder la oportunidad de conocer tan legendario lugar. Aporreé la puerta como si quisiera derribarla hasta que, finalmente, el guía nos abrió. Condescendió a dejarnos pasar y la visita resultó deslumbrante: qué edificio tan imponente, qué biblioteca tremenda, qué vivencias tan exquisitas había albergado. Pereda (que en ella sitúa la novela  anteriormente citada), Unamuno, Lorca, Alberti… se cuentan entre los visitantes de la casa que perteneció a José María de Cossío. Y yo me preguntaba: si a mí, que viajo en coche, a finales del siglo XX, me ha costado lo suyo llegar hasta aquí, cómo vendrían esos españolitos de la tercera década del siglo y cómo llegarían hasta aquí los miles de libros que conforman la biblioteca.

Otras dos veces he vuelto a la Casona, que me resulta, de los lugares que conozco, uno de los más fascinantes y entrañables al mismo tiempo. En un enclave de una belleza por encima de toda ponderación.

 

Pues bien, leyendo recientemente un libro de memorias de Guillermo Díaz-Plaja (¡cómo nos interesan en la edad provecta los libros de memorias, donde se hace balance de lo que ha sido la vida!), me encuentro con la siguiente -excelente- semblanza del señor de la Casona, y, al ver que no figura en el ciberespacio, no me resisto a teclearla.

 

 

JOSÉ Mª DE COSSÍO

 

José Mª de Cossío podría ser definido como la voluptuosidad del saber.

 

Para su hambre espiritual todo cuanto tenía un sesgo de belleza, o era el producto de la inteligencia del hombre, tenía un atractivo análogo. Y así alternativamente gozaba de un mundo convertido en espectáculo o en juego. El teatro, la poesía, la erudición le tentaban en la misma medida que el ajedrez, los toros o el deporte. O las delicias de la buena mesa, entendiendo el yantar como un complemento de la buena compañía.

 

domingo, 13 de noviembre de 2022

El monumento a Virgilio en Brindisi

 

El viajero sentimental que recorre algunas poblaciones de La Puglia, si ama la literatura, no puede dejar de acercarse a Brindisi. Si le impacta la hermosura de su puerto y salida al mar, lo que más le sobrecoge son las huellas de esa presencia del pasado, pues fue ésta la ciudad en que vino a morir Virgilio en el año 19 a. C., tras volver de un viaje a Grecia en que seguía indagando detalles para su magno poema que consideraba inconcluso y que pidió a un amigo que destruyera tras su muerte.

Dos hitos fundamentales de esa presencia se encuentran en la ciudad. El monumento a Virgilio, que realizó el escultor Floriano Bodini en los años 80 del siglo pasado, y con el que se encuentra el viajero en una plazoleta cuando llega a la zona del puerto. El otro es la Scalinata Virgilio, que sube del puerto a la ciudad vieja, y donde sitúa Hermann Broch el principio de su novela La muerte de Virgilio.

Traeré a este post imágenes de los dos, aunque me centraré algo más en la descripción del monumento. Se trata de una pequeña columna coronada por una Victoria alada, sin brazos. A los pies de la columna, por la que baja un sudario, podemos distinguir, mirando desde nuestra izquierda hacia la derecha: un caballo, un perro, un yelmo, un ramo de olivo y varias ovejas. No nos será difícil relacionar estos elementos simbólicos con las tres grandes obras del poeta romano: a las Bucólicas, sus poemas pastoriles de amor, corresponderían las ovejas y el perro; a las Geórgicas, su poema didáctico sobre la agricultura, el ramo de olivo; y, por último, a la Eneida, su magno poema épico, donde quiso emular a Homero, el caballo y el yelmo. Es un bello monumento que nos introduce en el universo virgiliano.












Aunque más bella y emotiva resulta la Scalinata Virgilio, por donde fue subido su cuerpo enfermo al llegar a Bari (según evoca con tanta destreza Hermann Broch). Está coronada de una plazoleta donde se encuentran dos columnas romanas. Una entera, la otra despedazada. En esa misma plazoleta se supone se encontraba la casa en que pasó sus últimos días el insigne poeta. El viajero sentimental que llega hasta ahí experimenta una emoción difícil de definir donde se juntan la historia, la literatura, el pasado, el presente, la vida y la muerte.




sábado, 28 de mayo de 2022

Fábula de la zorra (o vulpeja) y el cuervo, por Apuleyo, en versión de Ramón Pérez de Ayala

 

Disfruté mucho, hace años, leyendo el librito de Carlos García Gual dedicado a la fábula de la zorra y el cuervo. Allí recogía diez versiones del relato: desde Esopo y Fedro, a La Fontaine, Samaniego y algunos modernos, pasando por don Juan Manuel y Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. Lo que no me esperaba yo es que, leyendo los artículos de Ramón Pérez de Ayala sobre Fábulas y ciudades, me iba a encontrar con otra versión, que no conocía, que practica la amplificatio y presenta algunas novedades, que insertó el romano Apuleyo en un libro suyo misceláneo titulado Florida. Versión que, por otra parte, no se encuentra en el ciberespacio. Así que he decidido teclearla en traducción del asturiano, junto con un breve comentario suyo.


La vulpeja y el cuervo vieron a la vez un pedazo de carne. Ambos se apresuraron, por apoderarse de él, con celo parejo y velocidad impar; la vulpeja, a la carrera, el cuervo al vuelo. Por lo tanto, el pájaro iba delante de la bestia; y a favor de un viento de cola, deslizándose con las dos alas extendidas, se anticipa; luego, no menos jubiloso con el botín que con el triunfo, se remonta raudo y va a posarse a seguro sobre el vértice sumo de una encina próxima. La vulpeja decidió conseguir, mediante labia dolosa, aquello mismo en que las piernas no le habían servido de nada. Se llegó al pie de la encina, donde se sentó; y al contemplar allá arriba al depredador, hinchado como un general romano que recibe la ovación, principió a adularle astutamente. “Yo bien sabía -dijo- que era disparatado empeño competir contigo, oh, pájaro apolíneo, cuyo cuerpo está tan armoniosamente proporcionado que no peca de pequeñez ni se excede por grande en demasía, sino que alcanza y consume aquella justa medianía que conviene a la eficacia y lleva consigo hermosura. Pulido de plumaje, aguzado de pico, robusto de pecho. Perspicaz, por tus ojos, pertinaz, por tus uñas. Pues, ¿qué diré del color? Puesto que sólo dos colores sacan ventaja al resto, el negro y el blanco, con que entre sí difieren la noche y el día. Apolo hizo don gracioso de cada uno de ellos a sus dos pájaros dilectos: el blanco, al cisne, y el negro, al cuervo. ¡Pluguiera al dios que, así como dotó al cisne con canora facultad, te hubiese distribuido a ti también una voz melodiosa! Y no que tan preciosa ave, cual eres tú, que descuella sobre todas las criaturas que pertenecen a la aviación, ha de vivir muda, sin lengua y viuda de una voz adecuada, que haga las delicias del dios. Cuando el cuervo oyó esto, y que no le faltaba sino cantar para conseguir superioridad absoluta, al punto se propone lanzar un grito musical, a fin de no quedar por debajo del cisne ni siquiera en esa habilidad; de suerte que se olvida del pedazo de carne, que retenía en un mordisco, y abre la boca, con dilatado rictus; por donde, lo que ganó al vuelo lo perdió en un grito; al paso que la vulpeja lo perdido corriendo lo recobró sin moverse del sitio, y nada más que con astucia. Condensemos ahora la fábula anterior en breves términos: el cuervo, por demostrar ser un gran tenor, creído, según la persuadió la zorra, de que aquello era el complemento de su rara belleza corporal, quiso cantar y no logró sino graznar; y además la presa que llevaba en la boca fue a caer a la boca de su inductora.”


Pérez de Ayala hace un breve comentario: “La fábula de Apuleyo es más prolija y detallada que la de Fedro. Desde luego el detalle del trozo de carne es más verosímil, ya que la vulpeja y el cuervo son carnívoros. Es problemático que ninguno de esos dos bichos silvestres supiese lo que es un queso, ni que de tal modo les excitase la gula ese producto doméstico de la industria lechera. Son evidentes, además, en esta fábula, los aciertos expresivos y la graciosa versatilidad de matices, en lenguaje irónico.” (p. 32-33)


Lo que a mí particularmente me gusta de esta versión es la competición (tierra / aire; cisne / cuervo) y lo que se gana y lo que se pierde (velocidad / ingenio), aparte del detalle de la carne, tal como observa el traductor.


N.B. Hay una maravillosa estatua de La Fontaine, junto con sus dos criaturas contendientes, en un parque de París (en el jardín Ranelagh, cerca del museo Marmottan, donde están los Nenúfares de Monet) que, si yo estuviera esta noche allí viendo la final de la Champions entre el Madrid y el Liverpool, no dejaría de visitar a la mañana siguiente (las dos cosas: la estatua y los cuadros). No la reproduzco para que no me salga la palabreja Alamy sesenta veces sobreimpresionada, pero os invito a que la busquéis en Internet.

miércoles, 27 de abril de 2022

MATISSE EN BARCELÓ

 

Rescato de uno de mis cuadernos de notas un texto que escribí hace casi 27 años. Acababa de descubrir hacía unos meses la pintura de Miquel Barceló en una exposición en el centro del Carmen del IVAM (Valencia). El hechizo fue tal que visité la muestra tres veces en una semana (nunca me ha ocurrido nada parecido en mis vivencias artísticas). Ese verano, en Basilea, vi el cuadro de Matisse que me sugirió la relación que trazo.


No es de extrañar que las sopas, las ensaladas o mesas servidas y bodegones, sean motivos habituales en la obra de Barceló; y es que si hay algo que caracteriza a su actitud ante la pintura es la voracidad. Barceló es un pintor voraz, poderoso, inagotable, aparte de tremendamente capaz (es decir, técnicamente muy dotado). Ningún tema le es ajeno, ningún estilo. El objetivo es siempre acrecentar las posibilidades de lo visible (hacer visible, que decía Paul Klee). De ahí que ante las pinturas de Barceló nos podemos poner a pensarlas, comentarlas, especular sobre ellas (Barceló es un pintor muy culto y muy consciente), pero sobre todo convocan nuestra mirada, y la sacian (cosa que tan pocos pintores consiguen). Por eso es difícil apartarse de ellas; durante horas y más horas la mirada se pierde (se encuentra) en ellas.


Uno de los aspectos más fascinantes de la creación de Barceló (¡hay tantos!) es la manera en que se enfrenta a la tradición pictórica (para un artista de finales del siglo XX es casi inevitable), la asimila, la reelabora, dando su réplica personal sobre ella, que siempre resulta sugestiva. Así ocurre con Barceló lo que postulaba Borges para los escritores modernos: su capacidad de influir en el pasado. Leer Dante a partir de Kafka, por ejemplo. Y encontrar en sus merodeos por el Infierno y Purgatorio variantes de las derivas de K. o Joseph K.


El caso es que le reciente contemplación (en el Kunstmuseum de Basilea) de una pintura de Matisse (“Nature morte aux huîtres”, 1940) me hizo pensar: ¡Cómo se parece a Barceló! En la pintura podemos ver, desde una perspectiva cuasi cenital, una superficie azul -que sería el mantel- diagonalmente representada -y cortada- respecto al rectángulo del cuadro. Sobre ella vemos un plato con ostras, unos limones, una bolsa, un jarro y un cuchillo. Bajo el intenso azul del mantel no es perceptible una mesa y un suelo, sino dos colores: un tenue naranja y un rojo fuerte. El conjunto del bodegón, más que una invitación al gusto, es una invitación a los ojos: los objetos se encuentran emplazados ahí para crear un efecto de visión pura, para deleitar nuestra mirada.




Pues bien, el motivo de la mesa con alimentos, vista desde una posición alzada, diagonalmente emplazada, y donde el festín gastronómico se convierte en un festín visual, es frecuente en Barceló. Por ejemplo, en su magnífico “Restaurant chinois avec grenouilles”, 1985 (donde, de paso, a través de plantas y ventanas, hace toda una sugestiva recreación de la tradición pictórica china).






La pintura de Matisse es de imágenes nítidas; la de Barceló, como es habitual en él, de imágenes más pastosas, difuminadas. Pero, me pregunto yo: ¿no habrá sido ese estupendo cuadro de Matisse el que haya despertado -ciñéndonos al motivo de la mesa con alimentos- todo el aluvión de Barceló? ¿No erán los cuadros de esa temática de Barceló variaciones personales y enriquecedoras sobre la pintura de Matisse, es decir, el mejor homenaje que se le podría hacer a un modelo estimulante?.


Septiembre de 1995.