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jueves, 21 de noviembre de 2024

Vidas de Chéjov

 

Leyendo últimamente a Iréne Némirovsky (mi gran descubrimiento de este año), su obra fundamental, Suite francesa, pero también otras novelas (El baile, Jezabel) y cuentos (Domingo, Nieve en otoño), al percibir el influjo chejoviano que había en algunos de sus relatos, y saber de su admiración por el maestro ruso, decidí leer también su biografía novelada, Vida de Chéjov. Mucho me gustó y me resultó clarificadora de las fuentes donde bebe su narrativa, pero también de sus ideas sobre el relato y su visión del mundo. Acto seguido (y pues que pienso releer en breve algunos cuentos del autor) me puse a releer la biografía que le dedicó Natalia Ginzburg, Antón Chéjov. Dos escritoras muy buenas ambas, y dignas de ser amadas. Pero, por mucho que ame a la italiana, la diferencia entre las dos obras es notable. Si bien en el manejo de datos y referencias sobre la vida y trayectoria del cuentista coinciden mucho (imagino que porque comparten las mismas fuentes) la biografía novelada de Némirovsky me parece mucho más lograda que el apenas esbozo, casi escolar, de Ginzburg. La rusa penetra más profundamente en el contexto vital y familiar, y recrea el mundo del autor tratado de forma más plena. Lo que añade Ginzburg (aparte de pequeñas diferencias: Iréne presta mayor atención a los amores de Chéjov, mientras que Natalia trata algo más sus amistades con escritores) es un breve comentario sobre los cuentos y dramas del autor. Pero estos comentarios consisten, regularmente, en brevísimos resúmenes horros de cualquier aportación mínimamente crítica, con lo cual apenas nos sirven más que para saber de qué van esas obras.

De manera que si tuviera que elegir una de las obras para recomendar como introducción a la vida y obra del autor, no lo dudaría un instante. Me inclinaría por la rusa Irène, mi gran descubrimiento de este año.

 

domingo, 1 de julio de 2018

Mirar un par de rostros (Tolstoi y Kropotkin, según Ricardo Baeza)

La reciente lectura de Oscar Wilde me ha llevado a descubrir a uno de sus traductores principales, Ricardo Baeza, de quien he leído también algunos de sus ensayos de crítica literaria. En uno de ellos, dedicado a León Tolstoi ("En compañía de Tolstoi"), describe y contrapone los rostros de Tolstoi y Kropotkin. He buscado las imágenes en Internet y transcribo el fragmento:

He meditado largamente delante de estas últimas fotografías de 1900 a 1910 y no creo posiblñe contemplarlas, dándose cuenta de lo que significan, sin estremecerse hasta la médula. En todas ellas es el mismo Tolstoi de la ancianidad, seco, arrugado, hosco, de ojos chispeantes y barbas de kalmuko, luengas y ralas. Pero de año en año los surcos de van ahondando y la expresión va retrocediéndose y desesperándose. Se comprende que un mal oscuro y terrible le trabaja. Al final, es tremendo. Hay una fotografía, ampliada, de 1910, verdaderamente pavorosa. No sé qué extraño frenesí le enciende como dos tizones los ojuelos, que siempre fueron un poco de simio, emboscados bajo las cejas híspidas; adivínasele poseído por una desesperación implacable y casi al borde de la locura, en una región de tinieblas y de vértigo. No podría imaginarse figuración más exacta del rey Lear errando por el páramo en medio del huracán... Una indecible piedad nos sobrecoge recordando esta faz. ¿Es posible que este sea el buen apóstol que ha encontrado a su Dios y que con tanto afán quiso el bien de los hombres? No; no brilla en ese rostro la dulce claridad del Evangelio, sino las llamas inevitables del Apocalipsis. ¿Qué escondido fuego puede así devorarlo?



Es curioso contratar la faz de otro varón apostólico, Pedro Kropotkin, con la faz de León Tolstoi, y sería interesante escribir el paralelo. En el rostro de ambos está el secreto de uno y otro. El de Tolstoi ya lo hemos visto. Del de Kropotkin he hablado en otras ocasiones con motivo de su muerte. Lo comparaba entonces al rostro que nos imaginamos del otro Pedro, el apóstol; sereno, dulce y sonriente, sin grandes fulgores interiores, ardiendo con la llama igual y tranquila de una lámpara. No podemos imaginarnos de otro modo a este buen Simón Pedro, el apóstol de hombros anchos y de cabeza sosegada. Los otros son más agudos y ardorosos, más ágiles y arrebatados, pero ninguno de paso tan seguro como Pedro, ni en quien mejor confiar. Por algo le entrega el Señor las llaves de su Reino y levanta sobre él su Iglesia. Así, de toda la tropa apostólica vemos a Pedro como cimiento de la catedral cristiana, firmemente asentado en tierra, en tanto que Juan es la flecha que se lanza al cielo y parece horadar el azul.
De igual manera, Kropotkin es el Pedro de nuestro apostolado laico; el menos flamígero y, literariamente, el menos genial, pero también el más seguro de todos y el más dulce y bondadoso, el más sinceramente paternal. ¡Y tan risueño! Hasta cuando está más serio parece sonreír. Es que está contento y de acuerdo consigo mismo. Príncipe y con fortuna, hombre de ciencia y con un espléndido porvenir en su patria, ha sabido perderlo todo y sufrir la cárcel y el destierro para ser fiel a sus ideas, para conformar su vida a su doctrina. ¡Qué importa la miseria y hasta el hambre a veces, a cambio de este contento y sosiego interior! 

(Ricardo Baeza: Ensayo y crítica literaria, p. 175-176)



domingo, 27 de diciembre de 2015

Traduttore, traditore: Chejov traducido del ruso



Cuando en la edición de Austral de La sala número seis y otros cuentos, de Chejov, traducidos  “del ruso” por N(icolas) Tasín, leyendo el sorprendente relato “Volodya”, el adolescente de tal nombre piensa en su amor por Nyuta, una mujer casada de treinta años, se encuentra ridículo en comparación con ella. A continuación leemos: “Entonces imaginó que era calvo, guapo, ingenioso y vestido a la última moda. De este modo podía acercarse a ella; sin duda alguna.”
Nos quedamos estupefactos con el primero de los atributos imaginarios. ¿Por qué demonios desearía un joven ser calvo para poder seducir a una mujer? Querríamos tener delante el original del texto para comprobar tan extraña lección. Pero ocurre que no tenemos ese documento, ni sabríamos leerlo en caso de poseerlo, pues ignoramos la lengua rusa. Solo nos queda buscar otras traducciones en lenguas conocidas para confrontar ese uso.
En primer lugar nos vamos a la otra traducción al castellano de que disponemos, la de Juan López Morillas en Alianza Editorial (El violín de Rotschild y otros relatos). Allí nos encontramos lo siguiente: “Así, pues, se apresuró a imaginarse guapo, atrevido, chistoso, vestido a la última moda.” Desaparece la última oración, y el atributo sospechoso cambia por atrevido, aunque en ordenación ligeramente diferente. Desde luego, resulta más lógica esta enumeración que la anterior. ¿Quién tendrá razón?
    Si nos vamos a una traducción francesa que encontramos en el ciberespacio (hecha por Denis Roche, en 1922, del ruso), hallamos la siguiente versión: “Il s’empressait alors de se rêver beau, hardi, spirituel, habillé à la dernière mode...”.  “Beau, hardi” pueden muy bien traducirse por “guapo, atrevido”, con lo que nos viene a confirmar que la traducción de López Morillas –que además presenta el mismo orden que la francesa- resulta más coherente y que  probablemente el “calvo” de Tasin no sea sino un error. Pero, ¿de dónde pudo salir tan tremendo error? La respuesta nos la va a proporcionar la última traducción que consultamos, también en Internet.
Se trata de la traducción al inglés clásica, la de Constance Garnett (1861-1946), primera traductora al inglés de los narradores rusos y la que los dio a conocer en lengua inglesa. Reza así: “then he made haste to imagine himself bold, handsome, witty, dressed in the latest fashion.” La clave está aquí: bold en inglés significa atrevido, osado; pero se parece mucho a bald, que significa calvo. Pensamos que N. Tasin no traducía del ruso, como afirma la edición de Austral, sino que lo hacía del inglés y cometió un gazapo estremecedor a causa de una imperdonable confusión de vocablos.
A menos que ya en ruso haya una semejanza de vocablos como la del inglés y el error procediera de allí, pero eso me lo tendría que aclarar alguien que supiera ruso y pudiera manejar el texto original de Chejov. El guante está lanzado.

P.S. Mi ex-alumna Diana Mykhalyuk, que sabe ruso, me confirma que, en el original de Chejov, la enumeración (красивым, смелым, остроумным, одетым по самой последней моде…) tiene que traducirse "guapo, valiente, ingenioso, vestido según las últimas tendencias". El término en cuestión (смелым) puede traducirse como "valiente, osado, atrevido", es decir, "bold" en inglés, que produce la confusión, pero nunca como "calvo". Quod erat demostrandum.

P.D. Leyendo un ensayo de Ricardo Baeza (gran traductor, entre otros, de Oscar Wilde) sobre la traducción, de igual título que este post (Traduttore: traditore), donde se queja del bajo nivel de las traducciones a lengua española en su época (escribe en 1928), hace la siguiente observación, que creemos viene muy a cuento con lo que acabamos de analizar: "dejando a un lado ese fraude de traducir de una traducción, tan frecuente entre aquellos traductores que gustan precisamente de figurar como traductores "directos" del inglés, el alemán o el ruso."
(Subrayado mío. ¿Estaría pensando en Tasin, que traduce a Chejov en los años 20?)

miércoles, 1 de octubre de 2014

Magnífica caracterización del teatro de Chejov

Nos la trae Juan Eduardo Zúñiga en su libro sobre los escritores rusos:

La gran innovación que representó el teatro de Chejov era que fraccionaba la clásica línea argumental única, sustituida por varias historias con su propio desarrollo e importancia, imitación exacta de la simultaneidad de aconteceres que se da en la existencia humana. El creaba varios microargumentos que estructuraban el paisaje total de pasiones, ilusiones e impotencias; y en consecuencia, el protagonista central desaparecía y era absorbido en un conjunto de personajes cada cual con sus problemas y su mundo interior. Sin proponérselo, tácitamente, pues Chejov lo que hizo fue trasladar a su teatro su visión de la sociedad, representó en las postrimerías del siglo XIX un cambio de la concepción teatral, un cambio absoluto en el comportamiento de los actores y en la dirección de escena. Su teatro puso fin a la declamación, a los monólogos trascendentales, a los gritos y gestos desmesurados, según era el método convencional de las representaciones decimonónicas. A los argumentos tortuosos de situaciones equívocas, sorpresas, lances inesperados, Chejov opuso la sencillez de las relaciones cotidianas de personas de aparente vulgaridad que mantienen conversaciones triviales, como él mismo dijo al poeta Gorodetski: “Después de todo, la gente no se pasa el tiempo disparando, ahorcándose y declarando su amor, ni tampoco diciendo pensamientos profundos. Con más frecuencia comen, beben, flirtean y dicen tonterías. Esas cosas son las que deben verse en el escenario”.


          (“Antón Chejov y las gaviotas”, en Desde los bosques nevados, p. 37

lunes, 30 de junio de 2014

Stalin y el epíteto épico



Sabemos que los epítetos épicos son fórmulas juglarescas propias de la poesía épica. Se trata de un sintagma que acompaña con frecuencia (o sustituye) al nombre del personaje épico y que cumple una función métrica, mnemotécnica y laudatoria: sirve para completar versos, para refrescar la memoria tanto del juglar como del que escucha (se trata de poesía oral) y para alabar o ensalzar a los personajes principales.

Homero los usa continuamente en sus epopeyas: así llama a Héctor, “domador de caballos”, a Hera, “la diosa de los níveos brazos” o a Odiseo, “el fecundo en ardides”.

Flaubert, en su Dictionnaire des idées recuées (1880), ironiza sobre el procedimiento al llegar a la entrada de Aquiles, que es como sigue:
ACHILLE : Ajouter « aux pieds légers » ; cela donne à croire qu'on a lu Homère.
Es decir, “añadir « el de los pies ligeros »; eso hace creer que se ha leído a Homero”.

Ni que decir tiene que en la épica medieval se continúa utilizando. Así en el Cantar de Mío Cid
el héroe castellano Rodrigo Díaz de Vivar es nombrado con epítetos épicos como los siguientes: “el que en buen ora ciñó espada”, “el que en buena hora nació”, etc.

Pues bien, donde no esperaríamos encontrar los epítetos épicos es en un relato de viaje del siglo XX. Y, sin embargo, veamos lo que cuenta André Gide en su célebre narración de la experiencia soviética recogida en Retour de l´U.R.S.S, (Regreso de la U.R.S.S) (1936):

Sur la route de Tiflis à Batoum, nous traversons Gori, la petite ville où naquit Staline. J'ai pensé qu'il serait sans doute courtois de lui envoyer un message, en réponse à l'accueil de l'U.R.S.S. où, partout, nous avons été acclamés, festoyés, choyés. Je ne trouverai jamais meilleure occasion. Je fais arrêter l'auto devant la poste et tends le texte d'une dépêche. Elle dit à peu près: «En passant à Gori au cours de notre merveilleux voyage, j'éprouve le besoin cordial de vous adresser...» Mais ici, le traducteur s'arrête: Je ne puis point parler ainsi. Le «vous» ne suffit point, lorsque ce «vous», c'est Staline. Cela n'est point décent. Il y faut ajouter quelque chose. Et comme je manifeste certaine stupeur, on se consulte. On me propose: «Vous, chef des travailleurs», ou «maître des peuples» ou... je ne sais plus quoi. Je trouve cela absurde; proteste que Staline est au-dessus de ces flagorneries. Je me débats en vain. Rien à faire. On n'acceptera ma dépêche que si je consens au rajout. 

Traduzco: En el camino de Tiflis a Batoum, atravesamos Gori, la pequeña ciudad en que nació Stalin. Pensé que sería cortés sin duda enviarle un mensaje en respuesta a la acogida de la U.R.S.S. donde, por doquier, fuimos aclamados, festejados, mimados. No encontraré mejor ocasión. Hice detener al automóvil delante de la estafeta de correos y entrego el texto de un despacho, que dice más o menos: “Pasando por Gori en el curso de nuestro maravilloso viaje experimento la necesidad cordial de dirigiros…” Pero aquí el traductor se detiene. No puedo hablar así. El “os” no basta, puesto que ese “os” es Stalin. No resulta decente. Hay que añadir algo. Y como yo manifiesto cierto estupor, se hace una consulta. Y se me propone: “dirigiros, jefe de los trabajadores”, o “señor de los pueblos” o… no sé qué más. Me parece absurdo; protesto indicando que Stalin está por encima de esas adulaciones. Me esfuerzo en vano. Nada que hacer. No se aceptará mi despacho más que si consiento en el reajuste.

lunes, 14 de abril de 2014

Una espléndida síntesis de VIDA Y DESTINO, de Vasili Grossman



 No hace mucho celebrábamos el vigésimo aniversario de nuestro seminario de lecturas. Cinco personas componemos ese grupo que nos reunimos una vez al mes, con el deber de hacer una lectura común. En estos años hemos leído lo esencial del canon occidental. Desde la tragedia griega y la Biblia, hasta los novelistas rusos, pasando por Shakespeare, Cervantes o el teatro clásico francés. Hace unos años leímos a los grandes rusos del XIX (Lermontov, Pushkin, Gogol, Dostoyevski, Turgueniev, Tolstoi y Chejov), con alguna incursión en el XX (Isak Babel, por ejemplo). Este año hemos decidido completar un poco la visión de la gran literatura rusa y nos hemos metido con Vasili Grossman (y su monumental Vida y destino) y los Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov. La obra de Grossman nos impresionó profundamente y supuso un reencuentro con lo mejor de la literatura (la gloria de la literatura, como la denominé en un post anterior). Hoy incorporo una espléndida síntesis de nuestros comentarios que me ha enviado Mª Ángeles Villalba, el miembro femenino (miembra, que dirían otros) del grupo.

Novela de enormes dimensiones no solo en páginas, sino por la extraordinaria  conjunción de lo histórico e ideológico con lo humano. En la batalla de Stalingrado, con la derrota del pueblo alemán, Rusia se convierte en la “salvadora” de Europa, pues precipita y decide el final de Hitler y de su locura imperialista y genocida. Sin embargo, esa victoria encierra una estremecedora paradoja: el pueblo ruso vive amordazado por un totalitarismo tan destructivo como el alemán. Stalin y el Partido han construido una maquinaria de terror donde la más mínima sospecha de disidencia se paga con años de reclusión en un campo de trabajo, con la tortura en la Lubianka o con la propia vida. Nadie se salva de la sospecha. Todo el mundo ha de medir sus palabras, lo que dice, a quién lo dice y casi lo que piensa. No se salva el prestigioso científico Sthrum, ni siquiera el viejo bolchevique Krímov que pelea en Stalingrado y que conoció (y silenció) casos de compañeros víctimas de las purgas de 1937, y al que finalmente se priva de libertad por cierto comentario en el que podía atisbarse ciertas dudas...
  Por eso, la obra es un himno a la libertad como esencia de lo humano. Y también un himno a la condición humana, a su resistencia, a su capacidad de supervivencia en las condiciones extremas de la Europa en guerra de los años cuarenta. Y, en medio de la sinrazón y la barbarie que provocan  cualquier tipo de totalitarismo, verdadero eje ideológico de la novela, no pierden ni un ápice de intensidad las historias particulares que transitan por ella, al contrario, se engrandecen en ese fondo común. Los personajes no son tipos (peligro que encierra siempre una “novela de tesis” como es esta en gran medida), sino seres bien definidos psicológicamente, hombres y mujeres complejos con pasiones, deseos, dudas, contradicciones…y un miedo común que lo emborrona todo. Y aunque sus peripecias particulares se plantean en una materia narrativa fragmentada con ciertos hilos de unión familiar, el especial momento histórico que comparten lo hilvana todo, da un sentido de globalidad absoluta a todas las historias.
   Asistimos a los horrores del nazismo, a un determinante triunfo bélico y al fracaso estrepitoso de un sistema que se prometía justo e ideal. Y en cada escena, la obra destila diferentes reflejos del poliédrico paisaje del alma humana.

lunes, 7 de abril de 2014

Varlam Shalámov: Relatos de Kolimá: dos fragmentos



 Kolimá es la región, en el norte de Siberia, donde estaban los campos de concentración soviéticos (de "reeducación" los solían denominar, con sangrante eufemismo). Varlam Shalámov, que estuvo preso en ellos unos 20 años, escribió una extensa colección de cuentos centrados todos en el universo concentracionario, a lo que llamó Relatos de Kolimá. Traigo aquí un par de fragmentos de uno de los cuentos que más me ha impresionado en lo que llevo leído de ellos: "Carpinteros".


 “A los trabajadores no se les enseñaba el termómetro, aunque tampoco hacía falta: había que salir al trabajo cualesquiera que fueran los grados. Por lo demás, los viejos del lugar calculaban casi con exactitud el frío sin termómetro alguno: si había niebla helada, quería decir que fuera hacía cuarenta grados bajo cero; si al expulsar el aire este salía con un silbido pero aún no costaba respirar, significaba que hacía cuarenta y cinco grados; pero si la respiración era ruidosa y faltaba el aire, entonces era que estábamos a cincuenta. Por debajo de los cincuenta y cinco un escupitajo se helaba en el vuelo. Los escupitajos se helaban en el aire hacía ya dos semanas”.


"No echaba en cara a los demás su indiferencia. Hacía tiempo que había comprendido de dónde venía aquel abotargamiento del espíritu, aquel frío del alma. El frío helado, el mismo frío que convertía en hielo la saliva en vuelo, había alcanzado también el alma humana. Si se podían helar los huesos, si se podía congelar o embotarse el cerebro, también el alma podía quedarse helada. En medio del frío era imposible pensar en nada. Todo era sencillo. Con frío y hambre el cerebro se alimentaba mal, se secaban las células cerebrales; se trataba sin duda de un fenómeno material, y Dios sabe si, como dicen en medicina, el proceso era reversible, semejante a la descongelación, o si las lesiones lo eran para siempre jamás. Así pues, el alma también se había helado, se había encogido y quién sabe si se quedaría así, fría, para siempre. Todas estas ideas se le habían ocurrido antes; ahora a Potáshnikov no le quedaba otro deseo que el de resistir, sobrellevar el frío con vida.”

sábado, 8 de marzo de 2014

Tangencias inauditas: Vasili Grossman y el Poema del Cid



Pidió al conductor que se detuviera, se apeó del vehículo. Abriéndose camino con dificultad a través de la calle desierta, todavía sembrada de escombros, contemplaba las ruinas y reconocía vagamente los restos de las casas vecinas a la suya.
El muro de su casa que daba a la calle todavía estaba en pie y a través de las ventanas abiertas, Aleksandra Vladimirovna entrevió con sus viejos ojos hipermétropes las paredes de su apartamento, reconoció la pintura azul y verde descolorida. Pero las habitaciones no tenían suelo ni techo, no había escalera por la que subir. Las huellas del incendio habían quedado impresas en los ladrillos, a menudo hechos añicos por las explosiones.
Con una fuerza brutal que le sacudió el alma, percibió toda su vida: sus hijas, su desdichado hijo, su nieto Seriozha, las pérdidas irreparables y su cabeza gris, sin un techo. Una mujer débil, enferma, con el abrigo raído y los zapatos destaconados miraba las ruinas de su casa.
¿Qué le deparaba el futuro? A sus setenta años, era una incógnita. “Queda vida por delante”, pensó Aleksandra Vladímirovna. ¿Qué sería de aquellos que amaba? No lo sabía. Un cielo primaveral la miraba a través de las ventanas vacías de su casa.

El anterior pasaje, que casi cierra el novelón que es –en tamaño y calidad- Vida y destino, de Vasili Grossman, me trae a la memoria los siguientes versos del Cantar de Mío Cid, con que prácticamente se abre la literatura española:

De los sos ojos tan fuerte mientre lorando
tornava la cabeça y estava los catando.
Vio puertas abiertas e uços sin cañados,
alcandaras vazias sin pielles e sin mantos
e sin falcones e sin adtores mudados.

Sospiro mio Çid ca mucho avie grandes cuidados.
Ffablo mio Çid bien e tan mesurado:
"¡Grado a ti, señor, padre que estas en alto!
¡Esto me an buelto mios enemigos malos!"
Alli pienssan de aguijar, alli sueltan las riendas.



A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra
y entrando a Burgos ovieron la siniestra.
Meçio mio Çid los ombros y engrameo la tiesta:
"¡Albriçia, Albar Ffañez, ca echados somos de tierra!"

Y esta inusitada tangencia me recuerda a su vez un pasaje de Lezama Lima:

Lo que más admiro es lo que he llamado la cantidad hechizada en la que se logra la sobrenaturaleza, por ejemplo, la visita de Don Quijote a la casa de los duques. Lo que me gusta y sorprende son las inauditas tangencias del mundo de los sentidos, cuando el timbre telefónico me causa la misma sensación que la contemplación de un pulpo en una jarra minoana. O cuando leo en el Libro de los muertos, donde aparece la grandeza egipcia en su mayor esplendor poético, que los moradores subterráneos saborean pasteles de azafrán y leo después en el Diario de Martí, en las páginas finales, cuando pide un jarro hervido en dulces.

miércoles, 15 de enero de 2014

La gloria de la literatura: Vasili Grossman

Fragmento de una carta que, en Vida y destino, de Vasili Grossman, la doctora Anna Semiónovna le escribe a su hijo Víktor:
“Pronto se anunció la creación de un gueto judío; cada persona tenía derecho a llevar consigo quince kilos de objetos personales. En las paredes de las casas fijaron unos pequeños carteles amarillos: “Se ordena a todos los judíos que se trasladen al barrio de Ciudad Vieja antes de las seis de la tarde del 15 de julio de 1941”. Para todo aquel que no obedeciese, la pena capital.
Así que, Vítenka, yo también me puse a preparar mis cosas. Cogí una almohada, algo de ropa blanca, la tacita que un día me regalaste, una cuchara, un cuchillo, dos platos. ¿Acaso necesitábamos mucho más? Cogí parte del instrumental médico. Cogí tus cartas, las fotografias de mi madre y del tío David, y también aquella donde sales tú con papá, un pequeño volumen de Pushkin, las Lettres de mon moulin, otro de Maupassant, donde está Une vie, un pequeño diccionario… Cogí Chejov, el libro aquel donde aparece Una historia trivial y El obispo, y eso es todo: mi cesta estaba llena. Cuántas cartas te he escrito bajo este techo, Cuántas noches me he pasado llorando, sí, ahora puedo decírtelo, por mi soledad.
Dije adiós a la casa, al jardincito; me senté algunos minutos bajo el árbol; dije adiós a los vecinos. Hay personas que son realmente extrañas. Dos vecinas, en mi presencia, se pusieron a discutir por mis pertenencias: cuál se quedaría con las sillas, cuál con mi pequeño escritorio; pero, en el momento de la despedida, las dos lloraron. Les pedí a unos vecinos, los Basanko, que si después de la guerra venías a buscarme te lo contaran todo con detalle. Me prometieron que así lo harían. Me conmovió Tóbik, el perro de la casa, que se mostró especialmente cariñoso conmigo la última noche. Si vuelves dale de comer por la ternura dispensada a una vieja judía.
Cuando me disponía a emprender el camino y me preguntaba cómo me las iba a apañar para cargar con mi cesta hasta la Ciudad Vieja, apareció de improviso un antiguo paciente mío llamado Schukin, un hombre sombrío y, creía yo, de corazón duro. Se ofreció a llevarme la cesta, me dio trescientos rublos y me dijo que una vez por semana me llevará pan a la alambrada. Trabaja en una imprenta; no lo habían llamado a filas debido a una enfermedad ocular. Antes de la guerra había venido a curarse a mi consulta, y si me hubieran propuesto que diera nombres de personas puras y sensibles, habría dado decenas de nombres antes que el suyo. Sabes, Vítenka, después de su visita volví a sentir que era un ser humano. Los perros ya no eran los únicos que mostraban una actitud humana.”