Días después se celebraba
algún acto en el Instituto y asistiríamos en una sala escogida a algunas
actuaciones de alumnos del centro. De pronto veo que el muchacho rubio tan educado
va a tocar el violín acompañado por un pianista. Asombro me causó oírle
interpretar con su instrumento y me dije para mis adentros: estoy en presencia
de un verdadero fenómeno musical. Se trataba, como habrán adivinado, de Jacobo
Christensen.