jueves, 8 de octubre de 2026

Turín, Pavese, los viajes y los libros.

 

En el otoño de 2021 hice una escapada solitaria a Turín. Mitómano como soy, quería estar en el hotel en que se suicidó Cesare Pavese, el antiguo Hotel Roma (que ahora se llama Roma e Rocca Cavour). De hecho mi habitación individual, modestísima y casi siniestra, era idéntica a aquella en que se alojó el poeta esos últimos días, situada justamente encima, en el piso superior.



Siempre me interesaron los suicidas y eso hizo que, en mi primer viaje a Italia, para aprender su lengua en Perugia, Pavese fuera de los autores a que más atención presté (Verrà la morte e avrà i tuoi occhi), aunque con posterioridad, al leer algunas de sus novelas y su diario, ese interés disminuyó sustancialmente. Como escritora prefiero, sin duda, a su gran amiga, Natalia Ginzburg. Pero la figura de Pavese seguía ahí, presente, concitando mi curiosidad y, como he dicho antes, tuvo mucho que ver en mi elección de Turín y el hotel al que fui a parar por unos días.

 

Muchas cosas me reclamaron en Turín (su museo del cine, sus pinturas –aquella del Tobías y el ángel de Pollaiuolo, de que hablaba D´Ors en Introducción a la vida angélica-, su cementerio, la fundación de San Juan Bosco, el río Po, la propia Natalia Ginzburg, la ciudad en sí), por eso el viaje no llegó a constituir una peregrinación tras los pasos del escritor.

 

Curiosamente estos días me encuentro con un libro que sí se consagra al descubrimiento de Turín y a una circunstanciada evocación de Pavese. Se llama Hotel Roma y su autor es un francés, Pierre Adrian, que vive en Roma. Me pongo a leer esa obra (que podría –o debería- haber escrito yo) y sin llegar a entusiasmarme me resulta –no podría ser de otra manera- francamente interesante.

 

Traeré al blog un par de pasajes. El primero, porque me recuerda algunas fotos que tomé de las orillas del Po:

 “A finales de otoño, Turín parecía rodeada de incendios. Los árboles mojaban sus cabelleras carmesíes en el Po; una sangre roja fluía de las colinas”.




 

 El otro pasaje refleja muy bien algunas de las carencias de nuestra época:

“Desde la plaza Vittorio Veneto, tomando la calle Po en dirección al palacio Madama, se llegaba a la librería a la que solía ir Pavese. La Bussola era una tiendecita que estaba medio oculta entre los puestos de venta de segunda mano y los expositores giratorios de postales que instalaban bajo las arcadas, con un rótulo donde no se decía que estuviera dedicada a las humanidades. Los libros infantiles lo ocupaban todo y nada había que recordara su glorioso pasado. Un día le pedí al librero obras de Pavese, seguro de que habría un estante lleno, una capillita, un mausoleo. “Pavese, Pavese…” Me trajo tres libros tristes y grises de Mondadori después de buscar por toda la librería. Trató de ofrecerme más. No tenía. Podría haberme hecho un guiño cómplice y haberme dicho lo que yo ya sabía, que el escritor iba mucho por allí. Pero no, volvió a su mesa y siguió con lo que estaba haciendo. Era como si Pavese, ese hombre desgraciado, no interesara a una época en la que sentirse bien, ser feliz, es casi una obligación. Yo creía que Turín se sentía orgulloso de Pavese, que lo consideraba uno de sus personajes, pero no se mantenía vivo su recuerdo ni siquiera en la bonita librería que frecuentaba. Era una prueba más, por si hacía falta, de que un escritor perdura sólo en su obra y de que buscar su sombra en cada esquina es una batalla perdida.”

viernes, 2 de octubre de 2026

Personajes femeninos entrañables

 

Si recientemente escribí un post dedicado a las mujeres odiosas en la literatura inglesa, hoy me toca mirar hacia el lado contrario, el de entrañables personajes femeninos.

 

Casi creía que sólo mi amigo Javier sabía crear  ese tipo de personajes (Marta, la hermana de Lucía, en El sacrificio, y Adela, en La tristeza del sabio, no me dejarán mentir) cuando de repente recordé la Kitty de Tolstoi en Anna Karenina: uno de los personajes femeninos más encantadores con que me he topado.

 

Pero es que, recientemente, en tres novelas que he leído, tres mujeres me han resultado conmovedoras. En Mansfield Park, de Jane Austen, la sencilla, sufrida, silente y razonable Fanny Price se me impuso desde el principio, y demasiado nos parece que tarda su primo en descubrir que la ama.

 

Leyendo Cecilia Valdés, el clásico romántico de la literatura cubana, de Cirili Villaverde, no es la bella mulata que da título a la obra quien destaca, sino más bien su rival, la distinguida Isabel Ilincheta, activa, piadosa, razonable, inteligente, a quien, cuando se marcha de la plantación cafetera de su padre para visitar el ingenio de su prometido (el insustancial Leonardo Gamboa, amante de Cecilia), los esclavos le cantan:

La niña sen va / probe cravo llorá.

Tanto es el afecto que sienten por ella.

 

Ya, por último, en la novela que estoy leyendo ahora, A sangre fría (que me esperaba en mis estanterías desde hace 30 o 40 años), de Truman Capote, aparece una niña maravillosa, Nancy Clutter, que será brutalmente asesinada, junto a su familia, por la pareja criminal que protagoniza el relato. Hija pequeña de una rica familia metodista, inteligente, destacada alumna en la clase, siempre tiene tiempo para ayudar a los demás y echarles una mano en lo que necesiten, ya sea hacer una tarta o practicar música con un instrumento. De ella dijo una profesora un día: “Nancy Clutter siempre tiene prisa, pero siempre tiene tiempo. Y ésta es la definición de una verdadera señora.” En efecto, así percibimos a esa entrañable niña que, por un aciago destino, no llegará nunca a señora.

 

Da gusto teclear para escribir sobre tan adorables personajes.

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

Dos o tres cosas que sé de Jacobo Christensen y otro extraordinario concierto de Nostrum Mare Camerata.

  

 Acudí un día, como profesor de guardia, a una clase de 2º de ESO, del IES Ramón Llull de Valencia. No era un grupo demasiado follonero, pero como buen segundo, había niños un tanto desbaratados, y otros que intentaban buscar las cosquillas a un profesor desconocido para ellos. En primera fila estaba sentado un niño rubio que trabajaba concentrado. De repente me pidió permiso para tirar un papel en la papelera. Me quedé casi estupefacto: ¿de dónde habría salido este muchacho tan educado?

 

Días después se celebraba algún acto en el Instituto y asistiríamos en una sala escogida a algunas actuaciones de alumnos del centro. De pronto veo que el muchacho rubio tan educado va a tocar el violín acompañado por un pianista. Asombro me causó oírle interpretar con su instrumento y me dije para mis adentros: estoy en presencia de un verdadero fenómeno musical. Se trataba, como habrán adivinado, de Jacobo Christensen.

 

A partir de ese día intenté no perderme ninguna de las breves actuaciones que hacía en el centro. Entonces tendía a lo virtuoso y espectacular: piezas como los Aires gitanos, de Sarasate, o la Meditación de Thais, de Massenet. Lo solía acompañar el pianista Carlos Apéllaniz, mayor que él, y formaban una pareja extraordinaria. Disfruté mucho cada vez que los escuchaba.

 

En los siguientes cursos lo tuve como alumno, y era un chaval excelente, inteligente y buen estudiante (en la medida en que su muy exigente carrera musical se lo permitía), y desde luego educadísimo. Tuve algunas charlas muy interesantes con él sobre música, que siempre me han sabido a poco, a causa de la brevedad de ellas y sus enormes conocimientos de la materia. Y ya más tarde he seguido asistiendo a sus conciertos, siempre que puedo, fuera del ámbito escolar. De alguna manera he seguido su carrera bastante de cerca.

 

Hoy teníamos en el Palau de la Música de Valencia una nueva propuesta (denominada Iterum) del grupo que fundó y dirige: Nostrum Mare Camerata. Excelente, como todo lo que he presenciado de este grupo desde que lo escuché por primera vez en su estreno en el Teatro Olympia.

 Tocaron cosas de Kurt Weill, de Ravel (la muy compleja Tzigane), la Danza española de La vida breve, de Manuel de Falla (un clásico de su repertorio, que luego repetirían como bis), una pieza instrumental de Puccini (maravillosamente dirigida por Jacobo y el grupo sonando de maravilla)…

Pero lo que más me ha sorprendido hasta causarme una emoción profunda ha sido su faceta de compositor. Ya sabemos que Jacobo es un violinista virtuoso. Hace tiempo que lo descubrí como magnífico director (y comunicador, qué bien comunica Jacobo la música a su público). Pero insisto, hoy lo he descubierto como compositor, y me ha conmovido profundamente. Mis conocimientos musicales son bastante básicos, y no puedo hablar con mucho conocimiento de causa, pero no creo equivocarme si digo que hoy ha sido un día importante en la música española, pues un joven compositor de nuestra tierra ha puesto sobre escena tres poemas del Romancero gitano, de García Lorca, magníficamente musicados por él (e interpretados por la mezzosoprano Carmen Lázaro).

 

Como los últimos conciertos de Jacobo y la Camerata que he presenciado, terminó con la ovación del público, puesto de pie, agradeciéndoles su entrega y su talento para hacernos disfrutar tanto de la música. Desde este post no quiero sino prolongar esa respuesta agradecida.

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

De nuevo sobre la bola de bronce de Aristóteles.

 


 

Leyendo hoy a Lezama Lima, La expresión americana, me encuentro con el siguiente pasaje: “El otro mito tomado de Plinio, sobre la vigilancia de las águilas, que alejan el sueño con una garra levantada, sosteniendo una piedra para que al caer se vuelva a hacer imposible el sueño. Símbolos de astucia, de cautela o resguardo.” (Alianza Editorial, p. 40)

 

Es evidente que Lezama citaba de memoria, y no le preocupaba mayormente la exactitud, sino lo sugestivo del mensaje, pues una pequeña consulta a la IA nos dice que no se trata de águilas, sino que Plinio se refiere a las grullas. Hablando de ellas escribe:

 

“Durante los momentos de la noche tienen centinelas que sostienen en un pie una piedrecilla, que, en caso de ser soltada debido al sueño y caer, demuestre su negligencia. Las demás duermen con la cabeza metida bajo un ala y apoyadas alternativamente en uno u otro pie. El jefe, con el cuello erguido, vela por la seguridad de todas y da señales de aviso.”

 (Plinio: Historia natural, libro X, 30)

 

Lo que me llama la atención es la similitud entre este mito y una leyenda sobre el joven Aristóteles que ya comenté en el blog (https://ccm-cidehamete.blogspot.com/2024/12/el-joven-aristoteles.html): aquella que nos dice que, en su disciplina de estudio, el muchacho llevaba siempre una bola de broce en su mano, de manera que si se quedaba dormido, los músculos de ésta se destensaban, la bola caía sobre una palangana de metal, se despertaba el joven y volvía a su trabajo lector. En aquel post comentaba un pasaje de Luis Vives y una escultura del Museo d´Orsay. Hoy, a diferencia de Lezama, lo que me insta a ocuparme del asunto es la búsqueda de la exactitud. Así, por ejemplo, encuentro que la anécdota sobre el joven Aristóteles procede de un brevísimo pasaje de Diógenes Laercio. En su Vida y opiniones  de los filósofos más ilustres, en el libro 5, dedicado al Estagirita, escribe:

 

“Y que cuando se echaba a dormir tomaba en la mano una bola de bronce, poniendo debajo un cuenco, para que cuando le cayese la bola en el cuenco se despertase al ruido.”

 

Otra cosa sería indagar dónde se produce la confluencia de ambas leyendas. Habida cuenta de que Diógenes Laercio (s. III d. C) es suficientemente posterior a Plinio el Viejo, mucho nos tememos que el imaginativo biógrafo de los filósofos antiguos adaptó la leyenda de las grullas a la vigilancia y responsabilidad del joven estudioso. Pero esta indagación excede con mucho las posibilidades de este post.

 



viernes, 14 de agosto de 2026

El bar Siddharta y Ana Juan. (Arte moderno presumiblemente desaparecido en Valencia)

 


Aunque la Inteligencia Artificial considere que el bar Siddharta no fue un lugar de referencia en la Valencia de los años 80, la Valencia de la –digamos- movida, tengo para mí que parte notable del arte de esa época se encerraba en él, y ha desaparecido.

El local se encontraba detrás de la iglesia del Temple, por donde la estatua del pintor Ribera, en un callejón que daba a la calle dels Mestres, muy cerca de la policía local. Curiosa vecindad, pues que era un bar de tarde y noche, donde se consumían habitualmente drogas blandas (hachís y marihuana).

El bar lo montaron mi hermano Felipe y dos amigos (Iñaki y Toni), sin demasiadas expectativas comerciales. El dinero que ganaba durante el día trabajando en un taller de marmolería lo invertía mi hermano en regentar este local nocturno, donde bebía las cervezas a precio de coste y ligaba lo que no está escrito. Me confesó una vez que daba por bien gastado el dinero que le costaba mantener el Siddharta abierto por lo mucho que ligaba en ese tiempo.

Entre su clientela habitual había una joven estudiante de Bellas Artes en el Politécnico a quien llamaban “la nana”. Muy amiga de mi hermano, quien también tenía afición por el dibujo, no sé de qué manera consiguieron que la joven artista les decorara el muro del fondo del local. (El muro era grande, algo más de dos por cinco o seis metros.) No podría describirlo, pero sé que la primera vez que lo vi sentí una conmoción. Me pareció una obra de arte logradísima. En un estilo complejo y abigarrado (con muchas figuras de personas y animales) creo que representaba el ambiente que se respiraba (cuando se podía respirar) en el garito, como un dibujo que conservo en casa y que la nana le regaló a mi hermano.

Ni que decir tiene que la nana pintora es la actualmente conocidísima ilustradora Ana Juan, y aunque su obra me parece muy buena, siempre he pensado que las mejores creaciones suyas eran aquellas de juventud, complejas y abigarradas, en el estilo vanguardista de los comix de entonces.

El local, como no podía ser de otra manera, sucumbió económicamente y tuvieron que cerrar. ¿Qué habrá sido de aquella pared decorada por el talento joven pero ya extraordinario de aquella muchachita? Alguna vez me he acercado, años después, a ese rincón, en busca de información sobre el local del antiguo bar, pero siempre lo he visto cerrado, y una vez, en un bar cercano, no me pudieron dar información.

Mucho me temo que, como sin querer, y sin dejar el menor recuerdo, haya desaparecido una de las obras más prometedoras de aquellos años locos en que este país estrenaba su democracia.

viernes, 7 de agosto de 2026

Salinas y Heine: la naturaleza personificada

 

Traigo hoy dos poemas que presentan tangencias inauditas (o no tan inauditas, pues mucho me temo que Salinas tuvo presente el texto del alemán). En ambos poemas nos encontramos con una personificación de la naturaleza, que ama o sueña. El de Salinas es ingenioso, muy bello y bien escrito; el de Heine es, me parece, una cumbre de la lírica universal.

 

El agua que está en la alberca
y el verde chopo son novios
y se miran todo el día
el uno al otro.
En las tardes otoñales,
cuando hace viento, se enfadan:
el agua mueve sus ondas,
el chopo sus ramas;
las inquietudes del árbol
en la alberca se confunden
con inquietudes de agua.
Ahora que es la primavera,
vuelve el cariño; se pasan
toda la tarde besándose
silenciosamente. Pero
un pajarillo que baja
desde el chopo a beber agua,
turba la serenidad
del beso con temblor vago.
Y el alma del chopo tiembla
dentro del alma del agua.

 (Pedro Salinas: Presagios)

                                                      

 

Un pino se alza en la cumbre
De un monte del Norte helado.
Sueña; la nieve y el hielo
Lo envuelven con su sudario.
Sueña con una palmera
Que en el Oriente lejano,
Se alza solitaria y triste
Sobre un peñón abrasado.

(Heinrich Heine)

domingo, 2 de agosto de 2026

Pedro Salinas: Perdóname por ir así, buscándote... Comentado por Lázaro Carreter

 

Este verano le leí este poema a mi esposa. Me llamó la atención que, al final, la forma verbal que ella esperaba (pues no la escuchó con claridad) es la misma que utiliza Salinas(eras), y no la que cualquier lector esperaría(eres), como figura el poema en la página de Ciudad Seva, por ejemplo, de donde lo tomé (y luego corregí). Ella hacia una lectura muy profunda del poema, de la capacidad del amor para revelar al otro y sacar lo mejor suyo (mi lectura era más intelectual, más saliniana, creo, como la de Lázaro Carreter).

 

Cuando busqué el comentario de éste, en su libro azul de Anaya (Lengua española 1º) antes de teclearlo miré si en el ciberespacio estaba, para ahorrarme algo de faena y restituirlo a su autor. Lo encontré en una página –www.studocu.com-, sin nombre de su creador. Pero, cuál no sería mi sorpresa cuando, al confrontarlo con el original, veo que sigue las ideas al pie de la letra, pero la redacción va variando ligera y continuamente, de manera que he tenido un trabajo enorme corrigiéndolo para hacerlo coincidir con el original de Lázaro Carreter. De todas formas, cualquier esfuerzo es poco para llevar al ciberespacio los magníficos comentarios –para BUP- de tan preclaro maestro.

 

PEDRO SALINAS: “Perdóname por ir así, buscándote”

 

Introducción

 

Poeta, profesor, crítico literario,  Salinas (1892-1951) destaca –dentro de la generación del 27- por su poesía  amorosa, sobre todo gracias a sus dos libros fundamentales: La voz a ti debida (1933) y Razón de amor (1936). En sus versos, el amor es una fuerza prodigiosa que da plenitud a la vida y sentido al mundo.

 

martes, 14 de julio de 2026

Señoras odiosas en la narrativa inglesa (Jane Austen)

 


Una de las virtudes de la narrativa inglesa es la manera que tiene pintar señoras especialmente odiosas. Me viene al recuerdo, aunque ahora es vago, pues leí la obra bastantes años atrás, lo mucho que me impresionó la Becky Sharp de La feria de las vanidades, de W. M. Thackeray. Muy reciente es la lectura de Mansfield Park, donde nos encontramos con la insoportable tía Norris. Personaje muy pagado de sí mismo, que quiere meterse en todos los asuntos y llevar las riendas si es posible, con un afán de protagonismo exagerado, que nos recuerda a algunas personas que hemos conocido a lo largo de nuestra vida.

 

lunes, 6 de julio de 2026

Sobre la lectura en voz alta. Mansfield Park, Jane Austen.

 

 Muchas veces he pensado, mientras ejercía de profesor de lengua y literatura, que antes de saber lo que era una estructura profunda en sintaxis (cuando estuvo de moda la gramática generativa de Chomsky) o los dichosos conectores de la Pragmática, lo que debía aprender al alumno era a “leer y escribir”. ¡Qué tristeza me daba cuando observaba, ya en tercero o cuarto de la ESO, como muchos, muchísimos estudiantes eran incapaces de articular tres o cuatro frases seguidas con fluidez y sentido! Pero no sólo eso: es habitual ver cómo, en los oficios religiosos, los adultos que leen pasajes de la Biblia y los Salmos no hacen sino farfullar emisiones poco inteligibles. No es difícil tampoco encontrar cómo actores de teatro no aciertan a decir correctamente el verso (sin ir más lejos, recientemente, en el programa de Iñaki Gabilondo sobre la lengua española, una actriz recitaba unos versos de nuestro siglo de Oro -creo que eran de Lope- con mayúsculo énfasis pero con deficiencia perceptible).

 

jueves, 25 de junio de 2026

La paideia y la luna en la ventana

 

Leo en Paideia, de Werner Jaeger la siguiente anécdota:

Pero baste citar en apoyo de esto una frase del filósofo Estilpón, uno de los principales representantes de la escuela socrática de Megara, fundada por Euclides. Cuando Demetrio Poliorcetes, después de la conquista de Megara, quiso demostrar al filósofo su buena voluntad e indemnizarle del saqueo de su casa, le rogó que le presentase una lista de todas las cosas de su propiedad que habían desaparecido. A lo cual contestó irónicamente Estilpón: "La paideia no se la ha llevado nadie de mi casa."

 [paideia: formación espiritual del hombre en su camino hacia el bien.]

Y me recuerda el haikú del monje budista Ryokan (que vivió entre el siglo XVIII y XIX):

Al ladrón

 se le olvidó

 la luna en la ventana.

domingo, 21 de junio de 2026

El síndrome del Taj Mahal (fragmento)

 

        

Ahora que estoy pasando al ordenador algunos de mis cuadernillos de viajes, me encuentro con el siguiente texto que escribí en el verano de 1999, cuando anduve por India y Nepal. Visitar el Taj Mahal en Agra fue, como se suele decir, un sueño realizado. Desde niño había una serie de lugares a los que yo deseaba ir ardientemente (cataratas del Niágara, Macchu Picchu, algunas otras y Taj Mahal). A las dos primeras nunca fui, ni creo ya que pueda ir (los años no perdonan), pero el gran mausoleo de Agra no sólo lo pude visitar, sino que superó todas mis expectativas. Fruto de esa vivencia son estas notas que tomé poco después de estar en él y que tienen, por tanto, la friolera de casi 27 años.

 

         El visitante que entra en el recinto del Taj Mahal lo primero que siente es un sobrecogimiento que se apodera de él. Los pasos se vuelven lentos, la respiración trabajosa y, desde luego, calla. Ante el Taj Mahal huyen todas las  palabras. Habrá luego el intento de traducir en palabras (o más bien aludir a través de ellas) toda la grandeza del edificio. Pero la primera impresión conduce al silencio. Y al asombro también, origen de toda reflexión. Y es que el Taj Mahal da qué pensar. Parece una síntesis de la filosofía platónica y sus ideas madres de orden, arquetipo, inmutabilidad. Es el edificio en el que la simetría se convierte en una especie de apuesta ontológica. Es una de esas pocas obras de los hombres que promueven una confrontación con los dioses. Es un edificio fúnebre que no hace sino poner de relieve la muerte (su carácter de esfinge), pero que al tiempo parece trascenderla. Hay un espacio de ideas trascendentes de las cuales esta construcción no es sino un leve reflejo.

         Y este edificio produce un síndrome que me pareció ver reflejado en la actitud de algunos de sus visitantes: un joven occidental no hacía más que mirar los muros, acercaba el objetivo de la cámara una y otra vez, pero lo retiraba con aire de decepción; un japonés de complexión musculosa estaba sentado con un gesto de asombro que no remitía de ninguna manera, extrañamente se encontró reflexionando, cosa que no debía haber hecho en mucho tiempo; otra pareja de japoneses se recostó, sin mediar palabras, bajo la puerta trasera, la que da al río, y por sus mentes debió pasar el siguiente designio: echarse a morir (“que todo acabe aquí, que todo acabe de una vez para siempre”).


Yo también experimenté ese síndrome, pero eso está escrito en otro lugar, estrictamente privado, mis Episodios Personales.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Camus, siempre Camus: dos fragmentos de El Primer hombre

 


Hablando con Javier sobre cosas de la infancia (conforme envejecemos cada vez más tendemos a mirar al pasado) me comenta que él no tiene tantos recuerdos de su infancia como Camus en El primer hombre. Esa breve indicación me basta para ponerme a leer el libro. Obra en ciernes,  incompleta, inacabada, pero llena de interés y emoción –se trata de don Albert-, transparentemente autobiográfica, y donde hay una memoria muy nítida y perspicaz de su infancia, en efecto. Reproduzco un par de pasajes que me han encantado: el primero, sobre cómo compartían unas patatas fritas los niños pobres de un barrio marginal de Argel; y el segundo, sobre sus prácticas lectoras ya en el liceo de la ciudad (adonde llegan becados gracias a su inteligencia y la mediación de su maestro de escuela):

sábado, 6 de junio de 2026

Una conversación literaria en e-mail (a propósito de Henry James)

 

- ¿Conoces La muerte del león, de Henry James? Es un relato excelente, lo leí ayer y lo he releído hoy. Difícil de entrar en él, como habitualmente en este autor, pero conforme lo vas leyendo te das cuenta de lo bueno que es, de manera que, al terminarlo, quieres releerlo para entenderlo (y disfrutarlo) mejor. Trata del entorno de un gran escritor que se hace célebre y cómo este entorno (la jungla de personas que lo constituyen) precisamente lo destruye.

Si no lo has leído, muy recomendable. Tal vez no a la altura de La lección del maestro o Los papeles de Aspern, pero no muy lejos de esa perfección. Y el mundo, muy similar, el del artista, ése que tan bien conocía.

 

 

- No recuerdo exactamente el cuento, pero al final del mismo tengo escrito: "Relato sobre el tema de 'escritores admirados', que hace juego con Los papeles de Aspern y La lección del maestro, pero algo menos hondo en el fondo y algo más enrevesado en la forma". Eso puse.

 

 

 

lunes, 1 de junio de 2026

La verdadera causa de la muerte de Sócrates: una lectura de EUTIFRÓN (scherzo)

 

Mucho se ha escrito sobre la muerte de Sócrates. Casi tanto como sobre la de Jesucristo. La diferencia es que este último tuvo mejores testigos. ¿Dónde se va a comparar cualquier evangelio con los Recuerdos de Sócrates, de Jenofonte? Es verdad que Platón apunta más alto en su Apología, pero aun así queda lejos de los cuatro canónicos.

 

Mucho se ha escrito y mucho se ha errado. Repiten los que tratan sobre su final que fue juzgado y condenado por corromper a los jóvenes y no creer en los dioses de la ciudad, proponiendo divinidades nuevas (en alusión a su demonio interior que le aconsejaba en múltiple ocasiones). Pero entiendo que nada de esto es verdad.

 

martes, 19 de mayo de 2026

Realismo trascendente en una pintura de Murillo: San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres

 

Leyendo el libro de Nina Ayala sobre Bartolomé Esteban Murillo, y contemplando las ilustraciones que lleva, me topo con un cuadro en el que no recuerdo haber reparado anteriormente, y que me llama la atención por lo que a continuación señalo. Se trata de San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres, que se conserva actualmente en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (en Madrid), pero que fue pintado, hacia 1645, dentro de una serie, para el Claustro Chico del convento de San Francisco en Sevilla.

Diego de Alcalá era un hermano lego, procedente de Sevilla, que vivió y murió en el siglo XV en el convento de los franciscanos de Alcalá de Henares, especialmente tocado por la virtud de la caridad, y que fue canonizado en 1589.

jueves, 14 de mayo de 2026

La ponzoña del amor: Jenofonte, Sócrates y Góngora

 


En los Recuerdos de Sócrates, de Jenofonte, hay un momento en que el autor reproduce un diálogo que tuvo con su amigo y maestro a propósito del deseo amoroso, de los peligros que se corren tras besar a “un gentil mancebo” (en lo que llevo leído los deseos amorosos siempre se dirigen a muchachos: las mujeres brillan por su ausencia):

 

“Por vida de Hércules –repuso Jenofonte-, ¡qué terrible lo cuentas el poder del beso!” “Pues ¿de eso –dijo Sócrates- te asombras? ¿No has oído –dijo- de las tarántulas, que no abultan ni lo que una perra chica, que, con sólo que toquen en la boca, deshacen de dolores a un hombre y lo sacan de su sano juicio?” “Sí, a fe mía –dijo Jenofonte; porque es que las tarántulas inyectan no sé qué al dar el muerdo.” “¡Ah, tonto! –dijo Sócrates-, y ¿no crees tú que los muchachos lindos, al dar un beso, inyectan una cosa que tú no ves? ¿No sabes que esa bestezuela que llaman mancebo lindo y en flor de edad es en tanto más temible que las tarántulas cuanto que ellas al tocar, pero esa otra no ya tocando tan siquiera, sino que en el momento que la mire uno suelta un veneno y, aunque sea a gran distancia , de tal poder como para hacerle volverse loco. (…) Pues mira, a ti te doy aviso, Jenofonte, que en cuanto veas algún muchacho lindo, salgas a todo correr huyendo.”

 

martes, 12 de mayo de 2026

La Regenta contra el insomnio

 


En un ensayo de Serrano Poncela sobre La Regenta que casi comienza así: “confieso que es una de las pocas novelas españolas que puedo releer sin fatiga”, nos comenta que, a raíz de su publicación, fue muy atacada, no sólo por el clero local (el obispo de Oviedo hizo un escrito contra la novela que se repartía a los fieles), sino también por gacetilleros de la época, y nos transcribe fragmentos de la crítica (impagable por lo excelso del desatino) que de la obra se hizo en un semanario llamado Tambor y Gaita:

 

“Contra el insomnio: esta grave enfermedad se cura como con la mano gracias al específico inventado por el reputado crítico Clarín. La mayor parte de los capítulos de La Regenta producen un sueño casi instantáneo, tranquilo y reparador. El insomnio más tenaz cede con un par de capítulos, que es la más alta dosis […]”

 

Vivir para ver.

 

(S. Serrano Poncela: “Un estudio de La Regenta” en Clarín y “La Regenta”, colección de estudios editados por Sergio Beser, Ariel, 1982)

miércoles, 22 de abril de 2026

Una nota a Larra con Cadalso de fondo

 


Si citaba hace poco el magnífico “Epílogo en Castilla”, de Azorín, es porque al hablar de las causas de la decadencia de España, y especialmente de la falta de curiosidad intelectual, enumera cuatro autores, a saber, “Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Larra”, insignes representantes de lo que podríamos denominar una tradición de pensamiento crítico a propósito del país. Me interesa la manera en que junta Azorín a los dos últimos, pues que (habiendo releído a Larra hace poco y releyendo a Cadalso en este momento) considero que son autores que tienen mucho en común, y no dudo que Cadalso (en sus Cartas marruecas) es el más firme precedente hispánico de la actitud crítica de Larra.

 

Pues bien, mucho me extrañó en mi reciente relectura de Larra que, en un determinado momento de “El casarse pronto y mal”, en que cita a Cadalso, en ninguna de las ediciones más o menos críticas que tengo en casa se anotara el pasaje. Me refiero a la de Carlos Seco Serrano en Planeta, la de Jerry L. Johnson en Bruguera, la de Juan Cano Ballesta en Alhambra Clásicos, o la de Enrique Rubio en Cátedra, esta última con abundantes anotaciones. Quien sí lo hace es Joan Estruch en el tomo 1 de las Obras Completas de Larra, de Cátedra, dedicado a los Artículos (que consulté en una Biblioteca).

 

martes, 21 de abril de 2026

Azorín - EPÍLOGO EN CASTILLA

 

Leía esta mañana un viejo artículo de Julián Marías en que hacía un elogio de las librerías de viejo y contaba alguna de las joyas que poseía en su biblioteca y que procedían de ese tipo de compras (una edición en latín de Descartes del siglo XVII o XVIII, por ejemplo). Mi caso es diferente: como estudiante procedente de una familia  de exiliados, con pocos recursos económicos, que además se había matriculado en una carrera de letras, hube de desarrollar un hábito casi infalible de cazador de ofertas que pudieran nutrir mi incipiente biblioteca: la sección de saldos de París Valencia, la librería de viejo Olmos, la cooperativa universitaria Santo Tomás, más tarde la cuesta de Moyano, fueron los primeros veneros de mi afición libresca.

 

martes, 31 de marzo de 2026

Unas notas sobe EL JARAMA, de Rafael Sánchez Ferlosio

 

Releo El Jarama, de Ferlosio, 46 años después de mi primera lectura, y me vuelve a gustar tanto como entonces (si no más), y es que ahora mi mirada creo que percibe mejor el objeto y el propósito del autor. Una novela que, tal vez, no se sepa a dónde va (por lo que la menospreciaba su creador), pero que constituye un verdadero monumento literario. Y digo monumento en el sentido de obra minuciosamente construida para durar y que quede como ejemplo de una época y de una forma de hacer. 

La época, esos mediados años 50 (en la larga postguerra, pero ya cuando el pacto de 1953 con los norteamericanos permitía vislumbrar un despegue económico y consumista en la sociedad española), vista a través del contraste entre un grupo de jóvenes empleados de clase media madrileña, que van de excursión a pasar un domingo junto al Jarama, y los mayores del pueblo que se reúnen en el merendero de Mauricio (y que van rumiando poco a poco los sinsabores de sus vidas). La obra nos ofrece un panorama parcial, pero muy intenso, de los modos de pasar por el mundo de esas gentes.