En los Recuerdos de Sócrates, de Jenofonte, hay un momento en que el autor reproduce un diálogo que tuvo con su amigo y maestro a propósito del deseo amoroso, de los peligros que se corren tras besar a “un gentil mancebo” (en lo que llevo leído los deseos amorosos siempre se dirigen a muchachos: las mujeres brillan por su ausencia):
“Por vida de Hércules –repuso
Jenofonte-, ¡qué terrible lo cuentas el poder del beso!” “Pues ¿de eso –dijo
Sócrates- te asombras? ¿No has oído –dijo- de las tarántulas, que no abultan ni
lo que una perra chica, que, con sólo que toquen en la boca, deshacen de
dolores a un hombre y lo sacan de su sano juicio?” “Sí, a fe mía –dijo
Jenofonte; porque es que las tarántulas inyectan no sé qué al dar el muerdo.”
“¡Ah, tonto! –dijo Sócrates-, y ¿no crees tú que los muchachos lindos, al dar
un beso, inyectan una cosa que tú no ves? ¿No sabes que esa bestezuela que
llaman mancebo lindo y en flor de edad es en tanto más temible que las tarántulas
cuanto que ellas al tocar, pero esa otra no ya tocando tan siquiera, sino que
en el momento que la mire uno suelta un veneno y, aunque sea a gran distancia ,
de tal poder como para hacerle volverse loco. (…) Pues mira, a ti te doy aviso,
Jenofonte, que en cuanto veas algún muchacho lindo, salgas a todo correr
huyendo.”
(traducción de Agustín García
Calvo; el lector actual ha de saber que “una perra chica” era en el año 1971,
en que se imprime el libro por Salvat Editores, una moneda pequeña, como sería
la de un céntimo actualmente)
Pues bien, ya sé que el extraordinario
soneto de Góngora
La dulce boca que a gustar
convida
un humor entre perlas
distilado
y a no invidiar aquel licor
sagrado
que a Júpiter ministra el
garzón de Ida,
amantes, no toquéis si
queréis vida,
porque entre un labio y otro
colorado
Amor está, de su veneno
armado,
cual entre flor y flor sierpe
escondida.
No os engañen las rosas, que
a la Aurora
diréis que, aljofaradas y
olorosas,
se le cayeron del purpúreo
seno;
manzanas son de Tántalo, y no
rosas,
que después huyen del que
incitan ahora,
y sólo del Amor queda el
veneno.
está basado en otro italiano de Torcuato Tasso
que comienza
Quel labbro che le rose han
colorito (…)
al que imita y supera (como
suele ser habitual cuando nuestros barrocos se inspiran en fuentes
extranjeras), pero no puedo dejar de pensar en él al leer este pasaje de
Jenofonte: inauditas tangencias.
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