Aunque la Inteligencia Artificial considere que el bar Siddharta no fue un lugar de referencia en la Valencia de los años 80, la Valencia de la –digamos- movida, tengo para mí que parte notable del arte de esa época se encerraba en él, y ha desaparecido.
El local se encontraba detrás
de la iglesia del Temple, por donde la estatua del pintor Ribera, en un
callejón que daba a la calle dels Mestres, muy cerca de la policía local.
Curiosa vecindad, pues que era un bar de tarde y noche, donde se consumían
habitualmente drogas blandas (hachís y marihuana).
El bar lo montaron mi hermano
Felipe y dos amigos (Iñaki y Toni), sin demasiadas expectativas comerciales. El
dinero que ganaba durante el día trabajando en un taller de marmolería lo
invertía mi hermano en regentar este local nocturno, donde bebía las cervezas a
precio de coste y ligaba lo que no está escrito. Me confesó una vez que daba
por bien gastado el dinero que le costaba mantener el Siddharta abierto por lo
mucho que ligaba en ese tiempo.
Entre su clientela habitual
había una joven estudiante de Bellas Artes en el Politécnico a quien llamaban “la
nana”. Muy amiga de mi hermano, quien también tenía afición por el dibujo, no
sé de qué manera consiguieron que la joven artista les decorara el muro del
fondo del local. (El muro era grande, algo más de dos por cinco o seis metros.)
No podría describirlo, pero sé que la primera vez que lo vi sentí una
conmoción. Me pareció una obra de arte logradísima. En un estilo complejo y
abigarrado (con muchas figuras de personas y animales) creo que representaba el
ambiente que se respiraba (cuando se podía respirar) en el garito, como un
dibujo que conservo en casa y que la nana le regaló a mi hermano.
Ni que decir tiene que la
nana pintora es la actualmente conocidísima ilustradora Ana Juan, y aunque su
obra me parece muy buena, siempre he pensado que las mejores creaciones suyas
eran aquellas de juventud, complejas y abigarradas, en el estilo vanguardista
de los comix de entonces.
El local, como no podía ser
de otra manera, sucumbió económicamente y tuvieron que cerrar. ¿Qué habrá sido
de aquella pared decorada por el talento joven pero ya extraordinario de
aquella muchachita? Alguna vez me he acercado, años después, a ese rincón, en
busca de información sobre el local del antiguo bar, pero siempre lo he visto
cerrado, y una vez, en un bar cercano, no me pudieron dar información.
Mucho me temo que, como sin
querer, y sin dejar el menor recuerdo, haya desaparecido una de las obras más
prometedoras de aquellos años locos en que este país estrenaba su democracia.
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