martes, 23 de septiembre de 2014

Jacob lucha con el ángel


Quedóse Jacob solo, y hasta rayar la aurora estuvo luchando con él un hombre, el cual, viendo que no le podía, le dio un golpe en la articulación del muslo, y se relajó el tendón del muslo de Jacob luchando con él.
 El hombre dijo a Jacob: “Déjame ya que me vaya, que sale la aurora.” Pero Jacob respondió: “No te dejaré ir si no me bendices.”
El le preguntó: “¿Cuál es tu nombre?” “Jacob,” contestó éste.
Y él le dijo: “No te llamarás ya en adelante Jacob, sino Israel, pues has luchado con Dios y con hombres y has vencido.”
Rogóle Jacob: “Dame, por favor, a conocer tu nombre”; pero él le contestó: “¿Para qué preguntas por mi nombre?”; y le bendijo allí."
Jacob llamó a aquel lugar Peniel, pues dijo: “He visto a Dios cara a cara y ha quedado a salvo mi vida.”
Salía el sol cuando pasó de Panuel, e iba cojeando del muslo.

(Génesis, 32; 25-32: versión Nácar-Colunga)

Ilustro este sobrecogedor texto con un par de imágenes: el grabado de Gustavo Doré y la poderosa pintura de Delacroix que se puede contemplar en una capilla de la iglesia de San Sulpice, en París.




lunes, 15 de septiembre de 2014

Perífrasis verbales

Os pongo un enlace de una de las muchas páginas que en Internet podéis encontrar sobre las perífrasis verbales:

http://www.materialesdelengua.org/LENGUA/morfologia/perifrasis/perifrasisverbales.htm

viernes, 5 de septiembre de 2014

La noción estética del arte en Grecia: el nacimiento de lo bello

La comparación de estas dos imágenes, una de los relieves asirios del Museo Británico, y otra de los frisos del Partenón, nos demuestra la diferencia entre una concepción del arte hierática, que tiende a representar el poder o la fuerza de los guerreros, y otra -la griega- donde se tiende a mostrar la belleza y perfección del cuerpo humano en sus dimensiones reales.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Descripción de una imagen: retrato de Ortega y Gasset por Joaquín Sorolla




Se nos da a ver un Ortega y Gasset todavía joven, con bigote (como lo imaginaríamos en el personaje Antón Tejero de la novela Troteras y danzaderas, de Ramón Pérez de Ayala), con traje y corbata negras y camisa y pañuelo en el bolsillo blancos, sentado tras una mesa, con un gesto doble: el brazo izquierdo, que se apoya en la mesa con un cigarrillo en la mano, nos lo muestra en la actitud del que está a punto de levantarse; mientras que el derecho, con la mano en la mejilla y el dedo índice enmarcando el rostro, nos lo presenta en la actitud reflexiva propia del filósofo. Pensamiento y acción, parece querer indicarnos el pintor.
La habitación, trazada a grandes rasgos, se nos antoja amplia, con una cómoda al fondo donde se pueden observar lo que parecen fotografías familiares y una puerta entreabierta tras la que intuimos –los colores rojo y blanco así nos lo sugieren- una mujer en movimiento.
Pero quizá lo más llamativo de la imagen (que lo diferencia de otros escritores retratados por Sorolla: Unamuno, Pío Baroja, Azorín, Blasco Ibáñez, Ramón Pérez de Ayala… Sólo Juan Ramón Jiménez sostiene un libro, con el dedo índice introducido como marcador) es la abundante presencia de libros en la mesa tras la que el filósofo se sienta. Tiene un libro abierto ante sí, pero justo al lado tiene otro libro abierto, cuya página impar sujeta una torre algo irregular de seis libros más. ¿Quiere esto decir que la multitud de lecturas de Ortega llamaba la atención de sus contemporáneos (Ortega le confiesa en carta a Unamuno que en su juventud estudiosa en Alemania solía dedicar once horas diarias a leer)? ¿O había intuido Sorolla que Ortega era en cierta gran medida  un filósofo libresco (cfr. mi breve ensayo: "Meditando sobre el marco: Simmel en Ortega")?
Llama la atención la firma del cuadro. Arriba a la derecha el nombre del filósofo (José Ortega y Gasset), con una pequeña rúbrica, y debajo J. Sorolla B.

jueves, 3 de julio de 2014

Menéndez Pelayo, Peter Kien y los e-book

Cuando en mis años mozos, estando becado en la U.I.M.P. de Santander, visité la casa del egregio personaje que daba nombre a la Universidad, me quedé fascinado por ese ámbito provinciano y decimonónico tan bien conservado, pero muy especialmente por la imponente biblioteca que se le construyó junto a la casa familiar al joven erudito y que debe conservar unos veinte o treinta mil volúmenes, muchos de ellos manuscritos, incunables o ejemplares valiosísimos.
El guía que nos hacía la visita, más hagiógrafo que otra cosa, nos comentaba algunas de las hazañas librescas del joven Marcelino. Como hacer un viaje a Londres para adquirir un ejemplar único de Quevedo: la Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo y las cuatro fantasmas de la vida, fue la respuesta que dio a mi inquisitiva pregunta. También nos contó la forma habitual de los paseos diarios de Pelayo por su ciudad. Salía de casa con una treintena de libros, que devoraba en el tranvía camino del Sardinero, allí en algún banco o terraza seguía leyendo, y al retornar a casa, en el bar de la esquina se despachaba los últimos tres o cuatro volúmenes que le quedaban. El joven y voraz lector que era yo entonces le escuchaba con la boca abierta, preguntándome si tales proezas tendrían un fundamento real o no eran más que el fruto de la florida especulación del guiógrafo, quien, a otra pregunta mía sobre si el distinguido polígrafo abusaba de las bebidas espirituosas, me respondió con una mirada fea y un silencio avasallador.

Le comento a mi amigo Javier García Gibert, menéndezpelayista de pro, si conoce la anécdota o la ha leído en sus múltiples indagaciones sobre el genio montañés, y me indica que debe ser una imaginación del cicerone, pues jamás se la ha encontrado en toda la bibliografía de y sobre Pelayo que ha consultado. Así será.

Tiempo después, leyendo Auto de fe,  la tremenda novela de Elias Canetti sobre el erudito sinólogo Peter Kien, verdadero hombre-libro, me encuentro con que, al verse obligado a abandonar  su casa-biblioteca, que guarda unos veinticinco mil ejemplares, debido a la codicia y mala fe de su ignorante esposa, se aloja cada noche en un hotel diferente. Por el día va a librerías, adquiere libros que ya tenía, pero sin los que no puede vivir, y los lleva a su nuevo alojamiento, de manera que cada día transporta una bibliotequilla –son palabras suyas- de unos cuantos miles de libros de hotel en hotel. El carácter grotesco de la narración hace que no se nos explique cómo se las arregla para transportar los varios miles de libros todos los días, no sabemos si los lleva en su cartera, en el hombro o en la cabeza, pero el caso es que así sucede diariamente.


Ni que decir tiene que escuché la anécdota (principios de los 80) y leí el libro (finales de los 80) mucho antes de que fuera imaginable la existencia de libros electrónicos. Hoy soy yo quien sale a la calle habitualmente con más de doscientos libros encima.

lunes, 30 de junio de 2014

Stalin y el epíteto épico



Sabemos que los epítetos épicos son fórmulas juglarescas propias de la poesía épica. Se trata de un sintagma que acompaña con frecuencia (o sustituye) al nombre del personaje épico y que cumple una función métrica, mnemotécnica y laudatoria: sirve para completar versos, para refrescar la memoria tanto del juglar como del que escucha (se trata de poesía oral) y para alabar o ensalzar a los personajes principales.

Homero los usa continuamente en sus epopeyas: así llama a Héctor, “domador de caballos”, a Hera, “la diosa de los níveos brazos” o a Odiseo, “el fecundo en ardides”.

Flaubert, en su Dictionnaire des idées recuées (1880), ironiza sobre el procedimiento al llegar a la entrada de Aquiles, que es como sigue:
ACHILLE : Ajouter « aux pieds légers » ; cela donne à croire qu'on a lu Homère.
Es decir, “añadir « el de los pies ligeros »; eso hace creer que se ha leído a Homero”.

Ni que decir tiene que en la épica medieval se continúa utilizando. Así en el Cantar de Mío Cid
el héroe castellano Rodrigo Díaz de Vivar es nombrado con epítetos épicos como los siguientes: “el que en buen ora ciñó espada”, “el que en buena hora nació”, etc.

Pues bien, donde no esperaríamos encontrar los epítetos épicos es en un relato de viaje del siglo XX. Y, sin embargo, veamos lo que cuenta André Gide en su célebre narración de la experiencia soviética recogida en Retour de l´U.R.S.S, (Regreso de la U.R.S.S) (1936):

Sur la route de Tiflis à Batoum, nous traversons Gori, la petite ville où naquit Staline. J'ai pensé qu'il serait sans doute courtois de lui envoyer un message, en réponse à l'accueil de l'U.R.S.S. où, partout, nous avons été acclamés, festoyés, choyés. Je ne trouverai jamais meilleure occasion. Je fais arrêter l'auto devant la poste et tends le texte d'une dépêche. Elle dit à peu près: «En passant à Gori au cours de notre merveilleux voyage, j'éprouve le besoin cordial de vous adresser...» Mais ici, le traducteur s'arrête: Je ne puis point parler ainsi. Le «vous» ne suffit point, lorsque ce «vous», c'est Staline. Cela n'est point décent. Il y faut ajouter quelque chose. Et comme je manifeste certaine stupeur, on se consulte. On me propose: «Vous, chef des travailleurs», ou «maître des peuples» ou... je ne sais plus quoi. Je trouve cela absurde; proteste que Staline est au-dessus de ces flagorneries. Je me débats en vain. Rien à faire. On n'acceptera ma dépêche que si je consens au rajout. 

Traduzco: En el camino de Tiflis a Batoum, atravesamos Gori, la pequeña ciudad en que nació Stalin. Pensé que sería cortés sin duda enviarle un mensaje en respuesta a la acogida de la U.R.S.S. donde, por doquier, fuimos aclamados, festejados, mimados. No encontraré mejor ocasión. Hice detener al automóvil delante de la estafeta de correos y entrego el texto de un despacho, que dice más o menos: “Pasando por Gori en el curso de nuestro maravilloso viaje experimento la necesidad cordial de dirigiros…” Pero aquí el traductor se detiene. No puedo hablar así. El “os” no basta, puesto que ese “os” es Stalin. No resulta decente. Hay que añadir algo. Y como yo manifiesto cierto estupor, se hace una consulta. Y se me propone: “dirigiros, jefe de los trabajadores”, o “señor de los pueblos” o… no sé qué más. Me parece absurdo; protesto indicando que Stalin está por encima de esas adulaciones. Me esfuerzo en vano. Nada que hacer. No se aceptará mi despacho más que si consiento en el reajuste.

miércoles, 18 de junio de 2014

Otra anécdota de Borges

La cuenta José Donoso en sus diarios y la transcribe su hija Pilar Donoso en Correr el tupido velo:


Me lo presentaron en una mesa de café en la calle Lavalle, un café que quedaba, me parece, frente a la Facultad de Letras. Entonces ya lo había leído, lo admiraba y su inteligencia despertaba la mía, produciéndose la mayor perturbación. En esa mesa de café un grupo grande de estudiantes lo rodeaba, discutiendo de los más variados temas. Dos muchachas junto a mí discutían un tema sobre literatura india, no sé a propósito de qué. Borges estaba en el otro extremo de la mesa. De pronto, en desacuerdo sobre un vocablo, una de las muchachas se inclinó sobre la mesa y le preguntó casi a gritos: “Borges… Borges… ¿usted sabe sánscrito?” Borges se quedó pensando un segundo antes de responder; la mesa en silencio, hasta que él contestó con su pequeña voz tentativa y balbuciente, oscilando entre la hondura y la ironía: “Bueno, che, no… en fin, nada más que el sánscrito que sabe todo el mundo…”, y la mesa estalló en carcajadas