viernes, 13 de marzo de 2020

La imagen, según Díez-Canedo

"Los mayores creadores de imágenes son los que inventaron aquellas que hoy deshonrarían al poeta capaz de emplearlas, por haberse convertido en lugares comunes. Entre los demás creadores de imágenes merecen lugar aparte los de tanta originalidad que no han pedido a nadie las suyas y nadie irá a pedírselas a ellos."

(De un artículo en la Revista de Occidente, junio 1925, que cita. E. López Campillo  en La Revista de Occidente y la formación de minorías, p. 199)

sábado, 22 de febrero de 2020

Móvil en la platea del teatro Talía: Copenhague




Ocurrió el jueves pasado, en la platea del teatro Talía, de Valencia, donde se representaba la extraordinaria Copenhague con un duelo interpretativo de altísimo nivel a cargo de dos glorias vivas del teatro español: Emilio Gutiérrez Caba y Carlos Hipólito.
Cuando faltaban unos 20 minutos para el final de la obra se pudo oír un móvil en que una voz de niño decía “iaia”, etc. El resto no se escuchaba claramente, pero era solamente alboroto y confusión. Los de las filas aledañas le afeamos el incidente a la señora “iaia” (abuela en valenciano). Y todo pareció volver a la normalidad. Pero lo que volvió al cabo de varios minutos fue la vocecita “iaia” y el alboroto consiguiente. La indignación contra la señora que no había apagado su móvil crecía. Pero no iba a terminar ahí. En medio del último parlamento largo de Heisenberg (Carlos Hipólito), en el momento climático de la obra, volvió a irrumpir la voz del simpático nietecito “iaia” y todo lo demás. El público entonces, ya del todo indignado, ante su estúpida excusa de “no sé cómo se apaga”, instó a la señora a que abandonara la sala, mientras los actores, en silencio, esperaban que terminara el incidente. La señora salió y la obra terminó con un final de una emoción inmensa, que había sido dinamitado en tres ocasiones por el móvil de la “iaia” y la vocecita infantil.
La obra era tan buena, y la interpretación tan extremada, que me recordó otro boicot artístico padecido en mis carnes hace más de una veintena de años (son los dos más graves que he sufrido, entre los múltiples teléfonos de los teatros y las toses del Palau de la Música): mientras intentaba escuchar el concierto para violoncello, de Dvorak, interpretado por Rostropovich (la enorme cola que había hecho para conseguir la entrada y el subido precio pagado por ella quedaban atrás en el olvido), la señora que se sentaba a mi lado sacó un caramelo para aliviar su garganta (medida profiláctica que yo también suelo realizar), pero decidió acompañar la ejecución del artista, durante todo el concierto, con la musiquita particular que ella producía enrollando y desenrollando aplicadamente el papel de plástico que envolvió en su momento el caramelo. Quise matarla una y mil veces, pero me contuve, aunque me había echado a perder todo mi gozo musical. Cuando en la segunda parte del concierto, sacó otro caramelo e iba a iniciar su acompañamiento de nuevo, me giré y le dije: “No pensará usted volver a enrollar y desenrollar el papelito otra vez”, con lo que depuso su actitud y pude respirar, y escuchar música (pero para entonces ya no estaba en el escenario Rostropovich).
Volviendo a la “iaia” del pasado jueves, me gustaría hacerle una pequeña reflexión -en el caso improbable de que leyera este blog; ¿leerá algún tipo de letra impresa?-: A una obra de teatro no se va con el móvil encendido. Y si no se sabe apagar, no se sienta uno en la platea, por una mínima consideración hacia los demás. Ya no sólo por el daño estético o emocional que uno puede producir. Hagámosle un cálculo que pueda entender. Si el precio de la obra era de 24 euros, y molestó con su “iaia” y alboroto, por lo menos a las 4 o 5 filas más próximas, digamos una cincuentena de personas. Si, tirando por lo bajo, pensamos que el incidente afectó a un tercio o la mitad del precio de las entradas, llegaremos a la conclusión de que la jovial vocecita del nietecito produjo en quince minutos un desaguisado de en torno a los 400 euros. Ahí es nada la broma.
Al llegar a mi casa por la noche, busqué en internet el texto de la obra, y así pude leer -maravillado- aquello que en el teatro se me impidió disfrutar. ¿Habrá hecho lo mismo la simpática abuelita?
Sucesos de este tipo me traen a la memoria aquella cita de Schiller, que utilizaba Asimov como encabezamiento en una de sus obras (y que le proporcionaba de paso el título): “Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.”

domingo, 16 de febrero de 2020

Jorge Mañach: Una gran novela americana (Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos)

Ahora que releo la formidable Canaima, novela del Orinoco y la selva, de Rómulo Gallegos, me es grato traer a este blog (tras laborioso tecleo) la que tal vez pudo ser la primera reseña de Doña Bárbara, la muy elogiosa crítica del cubano Jorge Mañach. La obra había sido publicada en España, por la editorial Araluce, en febrero de 1929. En junio del 29 aparece esta reseña en el diario El País, de La Habana, y un mes más tarde (el 27 de julio) se recoge en la revista costarricense Repertorio Americano. La que ahora tecleo procede de Humanismo (Revista mensual de cultura), publicación mexicana, que en su número 2, de 1964 lo volvía a recoger. He retocado algunos detalles a partir del texto de Repertorio Americano, que se puede consultar en Internet (https://www.repositorio.una.ac.cr/bitstream/handle/11056/9263/27-JULIO-1929.pdf?sequence=1&isAllowed=y)


Una gran novela americana: Doña Bárbara.
Jorge Mañach.

I

Rómulo Gallegos. Nombre nuevo y extraño, a inscribir en la breve lista de las grandes realizaciones literarias americanas. Rómulo Gallegos, autor de una novela que acaba de llegar a nuestras librerías y que se titula Doña Bárbara.

Hay que prevenir al buen lector, porque, de otra manera, es posible que vea la novela y no pare en ella sino una atención displicente. El tomo, impreso en España, ostenta por cubierta uno de esos cromos capciosos que ya no se toleran más que en los almanaques de las casas de víveres al por mayor. Por eso, cuando recibí hace unos días el ejemplar que desde Venezuela se sirvió enviarme Rómulo Gallegos, a pesar de la generosa dedicatoria puse de lado el volumen, reservándolo para una inspección sumaria. ¡Es tan cierto que las apariencias condenan y que siempre se está en peligro de juzgar fatuamente!

Pero había que acusar recibo, y me resolví a explorar la primera página. “Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha”. ¿Qué viejo sabor de aventura -crusoano, selvático-, qué acento ya de rectitud narrativa, asistía a aquel parrafillo inicial? Con la curiosidad esponjada, seguí leyendo. Paisaje de la América inédita. Hombres duros y primitivos. Calor. Color. Y una vigorosa precisión en el describir y en el decir. Y una bocanada de misterios y fuerzas primitivas… Cuando vine a ver, había cubierto el primer capítulo.

Después, la urgencia de leer toda la novela en horas, casi de un tirón. Hacía tiempo que un libro no me sustraía así. Me he despedido de su última página con la antigua tristeza -aquella de la infancia ¡oh, Salgari! ¡oh, Flaubert!- del deleite consumido: aquel deseo de que un libro durara siempre, siempre; de que fuera largo como la vida, para no volver ya más a la vida real. ¿No tendrá razón Ortega y Gasset, cuando dice que la misión de la novela -y su prueba- está en crear una provincia vital y sumirnos en ella con una sensación de inquilinato? Por unos días, este comentarista -tan sedentario y pacífico- ha sido hombre del llano de Venezuela, ha visto enlazar orejanos, domar padrotes salvajes, vencer fuegos, inundaciones, caimanes, leguas… Y ha vuelto diciéndoles a los amigos que Doña Bárbara es una gran novela. Una gran novela americana.

martes, 4 de febrero de 2020

En la muerte de George Steiner

La primera noticia con que me levanto me llega por wasap y me informa de la muerte de George Steiner. Todos mueren, qué duda cabe, hasta Borges y George Steiner.
Me viene a la cabeza de golpe mi larga relación con su obra y su pensamiento crítico.
Todo empezó con un pasaje de Vargas Llosa, al que le debo muchas cosas, pero ésta es una de las más importantes. En la célebre polémica "Literatura en la Revolución y revolución en la literatura" que mantuvo, junto a Julio Cortázar, con el castrista Óscar Collazos, en un momento dado escribe: "A mí, por ejemplo, Roland Barthes no me interesa demasiado -creo que he aprendido más sobre literatura leyendo a George Steiner o a Edmund Wilson, pero (...)".
Yo era entonces, cuando leí este texto (a principios de los 80) un devoto de Roland Barthes, sobre quien incluso llegué a pensar hacer una tesis doctoral, y esas palabras me sonaron casi a sacrilegio. Pero mi antena intelectual retuvo los nombres. He leído a Wilson, de quien sin duda he aprendido mucho (cómo olvidar El castillo de Axel, su ensayo sobre Filoctetes en La herida y el arco, o su apasionante crónica de los avances del socialismo en Hacia la estación de Finlandia); pero mi primer encuentro con Steiner constituyó una revelación: la lectura de En el castillo de Barbazul me convulsionó, dándome una lección de crítica de la cultura con la que comulgaba plenamente. Me convertí en un asiduo de Steiner, que me deparó lecturas tan deslumbrantes como Lenguaje y silencio,  Después de Babel, Presencias reales o Errata. Ayer, precisamente, recordaba a esos autores vivos de quienes esperamos con ansiedad sus nuevas obras: en el terreno del cine fueron, durante mucho tiempo, Eric Rohmer, Wim Wenders o Woody Allen. En el terreno de la crítica literaria ese lugar lo ocupaba claramente George Steiner.
Este verano, cuando pasé unos días en Cambridge, me acerqué, en un largo y caluroso paseo, a su vivienda en Barrow Road. Vi, desde cierta distancia (soy muy respetuoso), su casa cerrada, donde ya no alumbraba la vida, y en cuya puerta colgaba un papel. Imagino -pero es sólo una imaginación- que pidiendo respeto (o compasión) a los curiosos como yo que se acercaran a la vivienda de esa gloria de las letras.
Hoy se me hace evidente que ese paseo por delante de su casa constituyó una especie de respetuosa despedida.



sábado, 18 de enero de 2020

La rosa blanca, de José Martí: dos imágenes.

A saber qué escribió el bueno de José Martí, pues tantas lecturas, ligeramente diferentes, circulan por el ciberespacio de su célebre poema. Las variantes principales afectan al octavo verso: "cardo ni ortiga cultivo" que tan claro suena -con su ortiga- para el lector peninsular. Y también al último "cultivo una rosa blanca" en lugar de "cultivo la rosa blanca". Transcribiré, por tanto, la lección de Ivan Schulman, el autorizadísimo estudioso de Martí, tal como se recoge en su edición de los Versos Sencillos de Cátedra.

XXXIX

Cultivo una rosa blanca,
En julio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni oruga cultivo:
Cultivo la rosa blanca.


Pero lo que hoy quería traer al blog es la emoción que me ha producido encontrarme este poema -poema de mi infancia cubana, que aprendíamos de memoria en la escuela- en lugares poco imaginables. Traigo un par de fotos: la primera la saqué en el jardín de un hotel exclusivo que se encuentra en la localidad cántabra de Escalante.





La otra, en un parque infantil de un barrio popular de Pisa:




martes, 24 de diciembre de 2019

La pedagogía del cuento y cante, según Luis Rosales


Hoy traigo al blog unas líneas autobiográficas preciosas -así me parecen a mí- del gran Luis Rosales, en un ensayo titulado “El cante y el destino andaluz”, que leí en la revista Nueva Estafeta allá por el año 1979, que he releído hoy, y que comienza diciendo, ni más ni menos: “El cante es un misterio y al misterio sólo podemos acercarnos con respeto.”


Pero yo pienso en mi niñez, hace ya medio siglo, y quisiera deciros que a mí se me fue haciendo la memoria con el cante. Y precisando, un poco más, añadiré que la conseja y el cante eran los dos elementos educadores en el campo andaluz. Con el tiempo las cosas pasan, desde luego, pero tal vez nada se pierde. Allá en las lindes de Periate, junto a Iznalloz, lo que ya entonces era mi vida se me fue abriendo paso entre palabras, en una encrucijada, que fomentaban las voces de Encarnación y de José. Encarnación cantaba. José decía consejas, y al declinar la tarde mis hermanos y yo los rodeábamos como la paja cerca el hormiguero. Todo empezaba y terminaba igual. El cuento, para despertar la imaginación, y el cante, para despertar el corazón; para la formación del niño no era preciso nada más. El cuento, para poblar la vida y aun para alucinarla, y el cante, para calmar las alucinaciones e ir dejando la vida en su rescoldo. La letra con cante entra: con cante y no con sangre. El cuento, en fin, para vivificarnos, y el cante, para adormecernos, y así hora tras hora y día tras día, en aquellos años primeros, enterizos y fundadores de la niñez.”




(Nueva Estafeta, 9-10, agosto-setiembre 1979, p. 73; también recogido en Esa angustia llamada Andalucía, 1987)

viernes, 6 de diciembre de 2019

Soneto a Matanzas. Una contribución a la poesía oral

Hoy traigo a estas páginas un recuerdo familiar. Mi tío Jorge Marcé Castany, que tenía una memoria prodigiosa, solía recitar un poema burlón y escatológico -un exabrupto más bien- dedicado a la ciudad de Matanzas (Cuba), que al parecer había compuesto hacia finales del siglo XIX un empresario circense que tuvo allí una mala experiencia (supuestamente le quemaron el circo: todo ello es pura tradición oral). El curioso soneto de 15 versos (que mi tío titula Elegía), en vez de endecasílabos, consta de octosílabos (no muy regulares, en un momento dado se cuela un heptasílabo) y rimas que tampoco responden a los modelos clásicos. Desgraciadamente no conozco Matanzas (la Atenas de Cuba, según reza la tradición), pido disculpas a los matanceros que se puedan sentir ofendidos por el texto, pero no puedo dejar de pagar esa deuda que, con la memoria de mi tío, tiene contraída la tradición oral cubana.

Matanzas, me cago en ti,
y en tu puñetero pan,
y en tu cochino San Juan,
y en tu sucio Yumurí.

Me cago en el Potosí, 
que abarca todo el estero,
y, por dejar de cagar,
me cago en los matanceros.

El día que llegué aquí,
todo me lo jodieron, 
la carpa me la quemaron, 
los yeguas me las mataron
y los monos se me fueron.
Tiene que ser maricón
el hombre que nazca aquí.


N.B. Incluyo también la versión manuscrita de mi tío, con su estupenda letra Palmer.