Si citaba hace poco el magnífico “Epílogo en Castilla”, de Azorín, es porque al hablar de las causas de la decadencia de España, y especialmente de la falta de curiosidad intelectual, enumera cuatro autores, a saber, “Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Larra”, insignes representantes de lo que podríamos denominar una tradición de pensamiento crítico a propósito del país. Me interesa la manera en que junta Azorín a los dos últimos, pues que (habiendo releído a Larra hace poco y releyendo a Cadalso en este momento) considero que son autores que tienen mucho en común, y no dudo que Cadalso (en sus Cartas marruecas) es el más firme precedente hispánico de la actitud crítica de Larra.
Pues bien, mucho me extrañó
en mi reciente relectura de Larra que, en un determinado momento de “El casarse
pronto y mal”, en que cita a Cadalso, en ninguna de las ediciones más o menos
críticas que tengo en casa se anotara el pasaje. Me refiero a la de Carlos Seco
Serrano en Planeta, la de Jerry L. Johnson en Bruguera, la de Juan Cano
Ballesta en Alhambra Clásicos, o la de Enrique Rubio en Cátedra, esta última
con abundantes anotaciones. Quien sí lo hace es Joan Estruch en el tomo 1 de
las Obras Completas de Larra, de
Cátedra, dedicado a los Artículos (que consulté en una Biblioteca).
El susodicho pasaje en que
los protagonistas (la joven Elenita y Augusto, sobrino de El Pobrecito
Hablador) insisten en casarse reza así:
“Bien quisiéramos que nuestra
pluma, mejor cortada, se atreviese a trasladar al papel la escena de la niña
con la mamá; pero diremos, en suma, que hubo prohibición de salir y de asomarse
al balcón, y de corresponder al mancebo; a todo lo cual la malva respondió con
cuatro desvergüenzas acerca del libre albedrío y de la libertad de la hija para
escoger marido, y no fueron bastantes a disuadirle las reflexiones acerca de la
ninguna fortuna de su elegido: todo era para ella tiranía y envidia que los papás
tenían de sus amores y de su felicidad; concluyendo que en los matrimonios era
lo primero el amor, y que en cuanto a comer, ni eso hacía falta a los
enamorados, porque en ninguna novela se dice que coman las Amandas y los
Mortimers, ni nunca les habían de faltar unas sopas de ajo.
Poco más o menos fue la
escena de Augusto con mi hermana, porque aunque no sea legítima consecuencia,
también concluía que los Padres no deben tiranizar a los hijos, que los hijos
no deben obedecer a los padres: insistía en que era independiente; que en
cuanto a haberle criado y educado, nada le debía, pues lo había hecho por una
obligación imprescindible; y a lo del ser que le había dado, menos, pues no se
lo había dado por él, sino por las razones que dice nuestro Cadalso, entre
otras lindezas sutilísimas de este jaez.”
Subrayo esa alusión a
Cadalso, que no anota casi ninguna edición crítica.
¿Cuáles son las razones
aludidas –y reparemos el posesivo “nuestro Cadalso”, que no dudo da indicio de
la proximidad entre ambos autores?
Para ello hay que acudir no a
las Cartas marruecas, sino a las Noches lúgubres.
En un pasaje de la Noche Primera,
mientras Tediato, junto con Lorenzo, intenta alzar la losa en que reposan los
restos de su amada, se produce el siguiente diálogo:
En efecto, éstas son “las
razones que dice nuestro Cadalso”, que la ironía de Larra le otorga la consideración
de “lindezas”. Muchas otras cosas acercan a estos dos grandes ingenios, que tal
vez desarrolle en un futuro post. Hoy sólo quería anotar este pasaje de “El
casarse pronto y mal”.
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