Leía esta mañana un viejo
artículo de Julián Marías en que hacía un elogio de las librerías de viejo y
contaba alguna de las joyas que poseía en su biblioteca y que procedían de ese
tipo de compras (una edición en latín de Descartes del siglo XVII o XVIII, por
ejemplo). Mi caso es diferente: como estudiante procedente de una familia de exiliados, con pocos recursos económicos,
que además se había matriculado en una carrera de letras, hube de desarrollar
un hábito casi infalible de cazador de ofertas que pudieran nutrir mi
incipiente biblioteca: la sección de saldos de París Valencia, la librería de
viejo Olmos, la cooperativa universitaria Santo Tomás, más tarde la cuesta de
Moyano, fueron los primeros veneros de mi afición libresca.
Precisamente en París
Valencia adquirí (por 50 pesetillas) un
libro que hoy considero casi una joya de mi biblioteca y del que no me desprendería
por ningún motivo. Se trata de una edición no venal (entonces descubrí el
significado de ese adjetivo) de Lecturas
españolas, de Azorín, que se vendía, como reza la pegatina que porta mi
ejemplar, en solidaridad con los libreros que habían sufrido atentados (eran
los tiempos del tardofranquismo).
Pero lo que me
encantaba del volumen era su cierre, ese “Epílogo en Castilla”, que tantas
veces llevé y trabajamos en mis clases, pues me parecía un ejemplo paradigmático del espíritu
del 98. Lo traigo hoy al blog por su belleza, su enjundia y porque me dará pie
para un próximo post que tengo en mente.
EPÍLOGO EN CASTILLA
Quiero fechar idealmente estas páginas en un viejo
pueblo castellano; uno de esos pueblos que he intentado retratar en mis libros.
El campo se extiende ante mi vista; se halla en la primavera cubierto con
el tapiz verde de los sembrados, roto acá y allá por las hazas hoscas,
negras, de los barbechos y eriazos; aparece en otoño desnudo, pelado, de un
uniforme color grisáceo. No se yerguen árboles en la llanura; no corren arroyos
ni manan hontanares. El pueblo
reposa en un profundo sueño…
Ningún lugar mejor
que estos parajes para meditar sobre nuestro pasado y nuestro
presente. Causa de la decadencia de España han sido las guerras, la
aversión al trabajo, el abandono de la tierra, la falta de curiosidad
intelectual; convienen en ello —como habrá visto el lector— Saavedra Fajardo,
Gracián, Cadalso, Larra. No hay
más aplanadora y abrumadora calamidad para un pueblo que la falta de curiosidad
por las cosas del espíritu; se originan de ahí todos los males. Se
origina de ahí la ausencia de examen, de comparación, de apreciación, de
crítica. De crítica engendradora de adhesión y de repulsión, de entusiasmo y de
hostilidad: entusiasmo y hostilidad que remueven la inercia de los de abajo e
impiden la corrupción de los de arriba.
Esos españoles eminentes
que hemos hecho desfilar por estas páginas, movidos estaban de una insaciable
curiosidad intelectual; viajaron por Francia, Italia, Alemania, Inglaterra. Los
que no salieron de casa —como Gracián— sentíanse ansiosos por toda novedad
filosófica o primor literario. La falta de curiosidad intelectual es la nota
dominante en la España presente. ¿Cómo haremos para que interese un libro, un
cuadro, un paisaje, una doctrina estética, una manifestación nueva del
pensamiento? Reposa el cerebro español como este campo seco y este pueblo
grisáceo. No saldrá España de su
marasmo secular mientras no haya millares y millares de hombres ávidos de
conocer y comprender.
Nebreda, marzo 1912

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