martes, 21 de abril de 2026

Azorín - EPÍLOGO EN CASTILLA

 

Leía esta mañana un viejo artículo de Julián Marías en que hacía un elogio de las librerías de viejo y contaba alguna de las joyas que poseía en su biblioteca y que procedían de ese tipo de compras (una edición en latín de Descartes del siglo XVII o XVIII, por ejemplo). Mi caso es diferente: como estudiante procedente de una familia  de exiliados, con pocos recursos económicos, que además se había matriculado en una carrera de letras, hube de desarrollar un hábito casi infalible de cazador de ofertas que pudieran nutrir mi incipiente biblioteca: la sección de saldos de París Valencia, la librería de viejo Olmos, la cooperativa universitaria Santo Tomás, más tarde la cuesta de Moyano, fueron los primeros veneros de mi afición libresca.

 

Precisamente en París Valencia adquirí  (por 50 pesetillas) un libro que hoy considero casi una joya de mi biblioteca y del que no me desprendería por ningún motivo. Se trata de una edición no venal (entonces descubrí el significado de ese adjetivo) de Lecturas españolas, de Azorín, que se vendía, como reza la pegatina que porta mi ejemplar, en solidaridad con los libreros que habían sufrido atentados (eran los tiempos del tardofranquismo).



 En ese libro, respondiendo a su título, ensayaba Azorín lecturas de algunos de los más egregios escritores españoles: Juan Luis Vives, Cervantes, Garcilaso, Góngora, Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Larra… hasta llegar a Galdós y Baroja.

 

Pero lo que me encantaba del volumen era su cierre, ese “Epílogo en Castilla”, que tantas veces llevé y trabajamos en mis clases, pues me parecía un ejemplo paradigmático del espíritu del 98. Lo traigo hoy al blog por su belleza, su enjundia y porque me dará pie para un próximo post que tengo en mente.

 

EPÍLOGO EN CASTILLA

 

Quiero fechar idealmente estas páginas en un viejo pueblo castellano; uno de esos pueblos que he intentado retratar en mis libros. El campo se extiende ante mi vista; se halla en la primavera cubierto con el tapiz verde de los sembrados, roto acá y allá por las hazas hoscas, negras, de los barbechos y eriazos; aparece en otoño desnudo, pelado, de un uniforme color grisáceo. No se yerguen árboles en la llanura; no corren arroyos ni manan hontanares. El pueblo reposa en un profundo sueño…

 

Ningún lugar mejor que estos parajes para meditar sobre nuestro pasado y nuestro presente. Causa de la decadencia de España han sido las guerras, la aversión al trabajo, el abandono de la tierra, la falta de curiosidad intelectual; convienen en ello —como habrá visto el lector— Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Larra. No hay más aplanadora y abrumadora calamidad para un pueblo que la falta de curiosidad por las cosas del espíritu; se originan de ahí todos los males. Se origina de ahí la ausencia de examen, de comparación, de apreciación, de crítica. De crítica engendradora de adhesión y de repulsión, de entusiasmo y de hostilidad: entusiasmo y hostilidad que remueven la inercia de los de abajo e impiden la corrupción de los de arriba.

 

Esos españoles eminentes que hemos hecho desfilar por estas páginas, movidos estaban de una insaciable curiosidad intelectual; viajaron por Francia, Italia, Alemania, Inglaterra. Los que no salieron de casa —como Gracián— sentíanse ansiosos por toda novedad filosófica o primor literario. La falta de curiosidad intelectual es la nota dominante en la España presente. ¿Cómo haremos para que interese un libro, un cuadro, un paisaje, una doctrina estética, una manifestación nueva del pensamiento? Reposa el cerebro español como este campo seco y este pueblo grisáceo. No saldrá España de su marasmo secular mientras no haya millares y millares de hombres ávidos de conocer y comprender.  

 

                                             Nebreda, marzo 1912

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