Para una estancia
hospitalaria decidí llevarme una lectura segura y ligera. Como en mi grupo de
lectura estamos releyendo novela de postguerra, aposté por El camino, de Miguel Delibes, de la cual tenía un recuerdo inmejorable.
No me decepcionó lo más mínimo la obra terminada durante la convalecencia (en
la clínica sólo llegué a leer 3 o 4 páginas), casi diría me gustó más que
entonces (hace 40 años) cuando la leí para ponerla en clase con cierto éxito
(mi amigo Javier me confiesa con tristeza que los jóvenes de hoy probablemente
no entenderían nada).
Hoy quiero traer al blog dos
pasajes. El primero lo leí en la clínica y me emocionó por su maravillosa ternura.
En el capítulo XII, Daniel el Mochuelo cuenta cómo su padre cogía a veces el
tren para ir de caza y la escena que se producía a la vuelta:
“Tanta ilusión como por ver
llegar a su padre triunfador, con un par de liebres y media docena de perdices
colgadas de la ventanilla, le producía a Daniel, el Mochuelo, el primer
encuentro con Tula, la perrita cocker,
al cabo de dos o tres días de ausencia. Tula descendía del tren de un brinco y,
al divisarle, le ponía las manos en el pecho y, con la lengua, llenaba su
rostro de incesantes y húmedos halagos. El la acariciaba también, y le decía
ternezas con voz trémula. Al llegar a casa, Daniel, el Mochuelo, sacaba al
corral una lata vieja con los restos de la comida y una herrada de agua y
asistía, enternecido, al festín del animalito.”
(cap. XII, p. 119-120)
El otro pasaje –que motiva el
título de esta entrada- resulta bastante humorístico. Para más inri Delibes,
unos capítulos más tarde (el XVII), ejemplifica esta forma de hablar en un
sermón del cura que a Daniel el Mochuelo le impresiona considerablemente (trata
sobre “el camino de cada uno”) y constituye una de las justificaciones del título
de la novela. Con lo cual Delibes ha llevado a cabo una magnífica ilustración
de la oposición entre los procedimientos de telling
y showing que desarrolló la narratología
británica.
“Don José, el cura, que era
un gran santo, utilizaba, desde el púlpito, todo género de recursos persuasivos:
crispaba los puños, voceaba, reconvenía, sudaba por la frente y el pescuezo, se
mesaba los escasos cabellos blancos, recorría los bancos con su índice acusador
e incluso una mañana se rasgó la sotana de arriba abajo en uno de los párrafos
más patéticos y violentos que recordaría siempre la historia del valle. Así y
todo, la gente, particularmente los hombres, no le hacían demasiado caso. La
misa les parecía bien, pero al sermón le ponían mala cara y le fruncían el
ceño. La Ley de Dios no ordenaba oír sermón entero todos los domingos y fiestas
de guardar. Por lo tanto, don José, el cura, se sobrepasaba en el cumplimiento
de la Ley Divina. Decían de él que pretendía ser más papista que el Papa y que
eso no estaba bien y menos en un sacerdote; y todavía menos en un sacerdote
como don José, tan piadoso y comprensivo, de ordinario, para las flaquezas de
los hombres.
Eran un poco torvos y adustos
y desagradecidos los hombres del valle. No obstante un franco espíritu
deportivo les infundía un notorio aliento humano. Los detractores de don José,
el cura, como orador, decían que no se podía estimar que hablase bien un hombre
que a cada dos por tres decía «en realidad». Esto era cierto. Claro que puede
hablarse bien diciendo «en realidad» a cada dos por tres. Ambas cosas, a juicio
de Daniel, el Mochuelo, resultaban perfectamente compatibles. Mas algunos no lo
entendían así y si asistían a un sermón de don José era para jugarse el dinero
a pares o nones, sobre las veces que el cura decía, desde el púlpito, «en
realidad». La Guindilla mayor aseguraba que don José decía «en realidad» adrede
y que ya sabía que los hombres tenían por costumbre jugarse el dinero durante
los sermones a pares o nones, pero que lo prefería así, pues siquiera de esta
manera le escuchaban y entre «en realidad» y «en realidad» algo de fundamento
les quedaría. De otra forma se exponía a que los hombres pensaran en la hierba,
la lluvia, el maíz o las vacas, mientras él hablaba, y esto ya sería un mal
irremediable.”
(cap. XVI, p. 163-64)
Las muletillas (o
latiguillos) son formas inconscientes del discurso de cada uno, que pueden
fatigar al que escucha y que desde luego no aportan la menor riqueza al
lenguaje (todo lo contrario).
Al margen de los eh, eh,
que hacemos tantos, están los ¿sabes?
o ¿sabes lo que te quiero decir?
(este último francamente insoportable), y otros muchos.
Recuerdo a un conferenciante
portugués que, hablando de literatura, nos decía continuamente tem a ver com. Todo tenía que ver con
algo, pero nada era nada. U otra profesora, en Internet, cuyos en cierto modo hacen que nada sea definitivamente
de una manera.
En mi juventud universitaria,
mis amigos se partían de risa al ver que yo, en un comentario de texto oral, remachaba
muchas frases diciéndole al catedrático de la asignatura: ¿Entiendes?
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