domingo, 8 de marzo de 2026

Gradación de los cuerpos

 

        

Una reciente estancia hospitalaria, en que sentí cómo mi cuerpo se convertía en casa Pepe, por decirlo así, es decir, un espacio que médicos y enfermeros utilizaban  casi a su antojo, en busca de mi curación, sin duda, pero sin miramientos, de manera poco respetuosa, me llevó a pensar en una posible clasificación de los cuerpos, graduándolos por orden de mayor a menor perfección.

 

- el cuerpo del bailarín: sin duda el más bello y más estilizado de los cuerpos, el cuerpo que roza con el ideal. Su movilidad es casi vuelo, diríamos que apenas se sostiene sobre el suelo. De ahí que yo siempre considere el ballet, la danza, como la expresión de la utopía de los cuerpos, sin saber exactamente qué quiere decir tal expresión, pero sabiendo que remite a algo que está por encima de lo corriente y que apunta a la idea de perfección en ellos.

 

- el cuerpo del actor: tiene que ser un cuerpo dúctil, manejable, adaptable a muy diversas circunstancias, un cuerpo sin referente claro y que se puede transformar en su contrario, siempre en función de lo representable. Es otra especie de casa Pepe, un cuerpo compartible, abierto al contacto con los otros cuerpos (Barthes, en una de sus obras, observa que lo que distingue el cuerpo del actor de teatro del de cine es que, en un momento dado, te podrías acercar al escenario y tocarlo), pero, a diferencia del cuerpo del enfermo todas las transformaciones y posibilidades del cuerpo del actor dependen de su voluntad, está en su manos crear ese lugar de plasmación de la diversidad inagotable del mundo.

 

- el cuerpo del enfermo: cuando te posee la enfermedad, de repente tu cuerpo deja casi de pertenecerte, está en manos de otros, los profesionales, los expertos en la cura, que son los que van a disponer de él, cual si de un juguete se tratara, todo ello con el objetivo de devolverte la salud. Es un momento maravilloso cuando, en la convalecencia, tu cuerpo vuelve a ser poco a poco tuyo, y tú decides por él, ya no los otros.

 

- el cuerpo del muerto, el cadáver: aquí ya el cuerpo, que todavía era sujeto, se convierte en objeto, con lo que los vivos procuramos poner distancia respecto de ellos. De ahí esa ley humana por excelencia de dar tierra a los muertos (que se lo pregunten a Antígona). Si no fuera porque esa materia inerte ya se ha convertido en otra cosa, algo fuera de la vida ¿seríamos capaces de entregárselo a los funerarios, sabiendo –como sabía León Felipe- que para enterrar a los muertos cualquier persona sirve… menos un sepulturero?