lunes, 23 de febrero de 2026

Azorín y las lecturas inusitadas

 

Azorín era un gran lector, y un verdadero bibliómano. Son muy frecuentes sus evocaciones de sus visitas a la cuesta Moyano madrileña en busca de viejos libros. Yo diría que conocí esa feria de libros (que tantas veces he visitado) en sus páginas.

 

Es un maestro de la crítica literaria evocativa e impresionista. No hay mejor forma de entrar en la literatura clásica española que leyendo las páginas de Lecturas españolas, Al margen de los clásicos, Clásicos y modernos, Los clásicos redivivos… Todas obras suyas.

 

Como es natural tenía a nuestros clásicos (y también a los franceses) muy bien leídos. Pero lo que hoy quiero destacar es la frecuente referencia que hace en sus obras a lecturas extrañísimas (técnicas, eruditas, de historia local, etc.) a las que no nos atreveríamos a hincarle el diente. Tal vez no las leía y sólo las consultaba, pero el caso es que asombra y abruma la presencia de estas referencias en sus obras.

 

Hoy quiero ejemplificar este rasgo del maestro nombrando algunas de las obras que cita en el último libro suyo que he leído durante mi convalecencia (buscaba lecturas sencillas y plácidas): Valencia.

 

Cuando evoca a sus profesores universitarios cita la monografía Por el Júcar (libro de viajes desde Alberique a Cofrentes) del catedrático de Derecho Político, y amante de  la naturaleza, don Eduardo Soler y Pérez. Poco después cita la Geografía, de Macías Picavea. Del libro de Fernando Gregorovius Las tumbas de los Papas dice “es lectura provechosa”. Para un juicio sobre San Vicente Ferrer nos cita “un diccionario biográfico francés –el de Chandon, tomo XII, Lyon, 1804-” donde se nos dice que sus sermones están “pleins de faux miracles et d´inepties”. Unas páginas más tarde nos nombra un Catecismo de urbanidad civil y cristiana, del escolapio P. Santiago Delgado (Madrid, 1817). O también la traducción francesa (por F. A. Windsor) de un libro técnico del inglés Accum: Traité pratique d´eclairage par le gas inflamable, Paris, 1816. Varias veces cita el Manual de forasteros en Valencia, publicado en 1841, por José Garulo. De la Lógica, de Andrés Piquer, nos refiere dos ediciones (la de 1747 y la de 1771). Del musicólogo Felipe Pedrell, su Organografía musical antigua española (Barcelona, 1901).

 

Casi nos resulta familiar cuando, casi a principio del libro, nombra los Detti memorabili di Filippo Ottonieri, de Leopardi.

 

Azorín, el eximio escritor que amaba los libros raros.

martes, 27 de enero de 2026

Azorín: Las fallas.

 Las fallas.

 

En la noche templada y límpida. Los dos balcones que dan a la plaza tienen las maderas cerradas. En la sala hay una sillería de amarillenta enea. Las sillas ostentan una lira en el respaldo. Los sillones una lira. El canapé, una lira entre dos jarrones. Sobre una consola con embutidos de nácar y ébano, se levantan dos estatuitas de fina porcelana que representan un caballero y una dama del siglo XVIII. A un lado de la sala está la alcoba, cerrada por vidriera con cortinillas verdes. El techo es alto.

 

En uno de los sillones se encuentra sentada una señora anciana. Va vestida de negro. En una de sus manos blanquea un pañuelo de finísima batista que la anciana se lleva de cuando en cuando a los ojos. En dos sillitas bajas, a un lado y otro del sillón, a los pies de la dama, están sentadas dos jóvenes también con luto riguroso. En la penumbra en que está sumida la estancia, casi se funde lo negro de los trajes con el ambiente negro. Y sólo resalta, bien visible, la nota blanca del pañizuelo.

 

sábado, 24 de enero de 2026

Cuidado con las muletillas (El Camino, de Miguel Delibes)

 

Para una estancia hospitalaria decidí llevarme una lectura segura y ligera. Como en mi grupo de lectura estamos releyendo novela de postguerra, aposté por El camino, de Miguel Delibes, de la cual tenía un recuerdo inmejorable. No me decepcionó lo más mínimo la obra terminada durante la convalecencia (en la clínica sólo llegué a leer 3 o 4 páginas), casi diría me gustó más que entonces (hace 40 años) cuando la leí para ponerla en clase con cierto éxito (mi amigo Javier me confiesa con tristeza que los jóvenes de hoy probablemente no entenderían nada). 

 

Hoy quiero traer al blog dos pasajes. El primero lo leí en la clínica y me emocionó por su maravillosa ternura. En el capítulo XII, Daniel el Mochuelo cuenta cómo su padre cogía a veces el tren para ir de caza y la escena que se producía a la vuelta:

 

“Tanta ilusión como por ver llegar a su padre triunfador, con un par de liebres y media docena de perdices colgadas de la ventanilla, le producía a Daniel, el Mochuelo, el primer encuentro con Tula, la perrita cocker, al cabo de dos o tres días de ausencia. Tula descendía del tren de un brinco y, al divisarle, le ponía las manos en el pecho y, con la lengua, llenaba su rostro de incesantes y húmedos halagos. El la acariciaba también, y le decía ternezas con voz trémula. Al llegar a casa, Daniel, el Mochuelo, sacaba al corral una lata vieja con los restos de la comida y una herrada de agua y asistía, enternecido, al festín del animalito.”

 

(cap. XII, p. 119-120)