miércoles, 12 de marzo de 2014

Charles Baudelaire: deseos fugitivos en la gran ciudad

Traigo un poema de Baudelaire, junto a su traducción castellana, que no pertenece a "Spleen et idéal", sino a otra parte del libro, "Tableaux parisiennes", pero que expresa muy claramente una de las características esenciales de la poesía de Baudelaire: la introducción de la gran ciudad y la masa anónima que en ella habita.
 
A una transeúnte

La calle atronadora aullaba en torno mío.
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina
Una dama pasó, que con gesto fastuoso
Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,

Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas.
De súbito bebí, con crispación de loco,
Y en su mirada lívida, centro de mil tornados,
El placer que aniquila, la miel paralizante.

Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza
Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.
¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?

¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!
Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta,
¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!



À une passante

La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
Une femme passa, d'une main fastueuse
Soulevant, balançant le feston et l'ourlet;
Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son oeil, ciel livide où germe l'ouragan,
La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.
Un éclair... puis la nuit! — Fugitive beauté
Dont le regard m'a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l'éternité?
Ailleurs, bien loin d'ici! trop tard! jamais peut-être!
Car j'ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
Ô toi que j'eusse aimée, ô toi qui le savais!


sábado, 8 de marzo de 2014

Tangencias inauditas



Pidió al conductor que se detuviera, se apeó del vehículo. Abriéndose camino con dificultad a través de la calle desierta, todavía sembrada de escombros, contemplaba las ruinas y reconocía vagamente los restos de las casas vecinas a la suya.
El muro de su casa que daba a la calle todavía estaba en pie y a través de las ventanas abiertas, Aleksandra Vladimirovna entrevió con sus viejos ojos hipermétropes las paredes de su apartamento, reconoció la pintura azul y verde descolorida. Pero las habitaciones no tenían suelo ni techo, no había escalera por la que subir. Las huellas del incendio habían quedado impresas en los ladrillos, a menudo hechos añicos por las explosiones.
Con una fuerza brutal que le sacudió el alma, percibió toda su vida: sus hijas, su desdichado hijo, su nieto Seriozha, las pérdidas irreparables y su cabeza gris, sin un techo. Una mujer débil, enferma, con el abrigo raído y los zapatos destaconados miraba las ruinas de su casa.
¿Qué le deparaba el futuro? A sus setenta años, era una incógnita. “Queda vida por delante”, pensó Aleksandra Vladímirovna. ¿Qué sería de aquellos que amaba? No lo sabía. Un cielo primaveral la miraba a través de las ventanas vacías de su casa.

El anterior pasaje, que casi cierra el novelón que es –en tamaño y calidad- Vida y destino, de Vasili Grossman, me trae a la memoria los siguientes versos del Cantar de Mío Cid, con que prácticamente se abre la literatura española:

De los sos ojos tan fuerte mientre lorando
tornava la cabeça y estava los catando.
Vio puertas abiertas e uços sin cañados,
alcandaras vazias sin pielles e sin mantos
e sin falcones e sin adtores mudados.

Sospiro mio Çid ca mucho avie grandes cuidados.
Ffablo mio Çid bien e tan mesurado:
"¡Grado a ti, señor, padre que estas en alto!
¡Esto me an buelto mios enemigos malos!"
Alli pienssan de aguijar, alli sueltan las riendas.



A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra
y entrando a Burgos ovieron la siniestra.
Meçio mio Çid los ombros y engrameo la tiesta:
"¡Albriçia, Albar Ffañez, ca echados somos de tierra!"

Y esta inusitada tangencia me recuerda a su vez un pasaje de Lezama Lima:

Lo que más admiro es lo que he llamado la cantidad hechizada en la que se logra la sobrenaturaleza, por ejemplo, la visita de Don Quijote a la casa de los duques. Lo que me gusta y sorprende son las inauditas tangencias del mundo de los sentidos, cuando el timbre telefónico me causa la misma sensación que la contemplación de un pulpo en una jarra minoana. O cuando leo en el Libro de los muertos, donde aparece la grandeza egipcia en su mayor esplendor poético, que los moradores subterráneos saborean pasteles de azafrán y leo después en el Diario de Martí, en las páginas finales, cuando pide un jarro hervido en dulces.

sábado, 1 de marzo de 2014

Paradoja: significados

Cuando decimos que Unamuno, Oscar Wilde o Chesterton, son escritores paradójicos, es decir, que hacen uso abundante de la paradoja, debemos entender bien qué significa el término en estos casos. Pues que, muy grosso modo, podemos distinguir tres usos diferentes del término: el retórico, el filosófico y el etimológico. Los explico.

a) uso retórico: en Retórica la paradoja es una figura de pensamiento que consiste en una (aparente) contradicción lógica.
Cuando Santa Teresa de Jesús escribe: Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero (ejemplo clásico en nuestra tradición), podemos entender las paradojas del primer y tercer verso de la siguiente manera: 1) vivo, pero ni vida no es tal, es tan pobre (comparada a lo que espero: la vida eterna), que no la puedo considerar vida; 3) muero, es decir malvivo, porque no me llega la muerte, que me permitiría alcanzar la eternidad.
El oxímoron es una forma de la paradoja, cuando la contradicción se produce entre términos de un mismo sintagma: la música callada, de que habla San Juan de la Cruz, o el título de aquella canción de Simon y Garfunkel: “Los sonidos del silencio”.

b) uso filosófico: es muy amplio este uso (la filosofía analítica se ha ocupado con mucho detalle de ello), pero nos limitaremos a una exposición general, aplicada a la célebre paradoja de Zenón de Elea sobre Aquiles y la tortuga.
Podríamos decir que, filosóficamente, la paradoja es una declaración falsa que tiene toda la  apariencia de verdadera. Según Zenón de Elea, si le da un poco de ventaja en su competición, Aquiles nunca alcanzaría a la tortuga, pues para llegar a donde se encuentra su contrincante debería caminar previamente la mitad del espacio, y luego otra vez la mitad de esa mitad, y así de mitad en mitad hasta el infinito. De manera que nunca la alcanzaría.
Dos respuestas se me ocurren a esta paradoja: la muy lúcida de Diógenes el Cínico, cuando empezó a andar y exclamó “El movimiento se demuestra andando”. O esta otra, que entra en la discusión filosófica: la falsedad de la paradoja de Zenón de Elea consiste en resolver matemáticamente, con una serie de fracciones hasta el infinito, lo que es un problema físico, cuyas magnitudes no son puntos matemáticos, sino que tienen dimensiones mensurables y no infinitamente divisibles.

c) uso etimológico: del que queríamos tratar hoy (en referencia a los autores anteriormente nombrados). Consta del prefijo para- (al margen de, contra, junto a) y el término griego –doxa (opinión común). Por lo tanto, se definiría como idea extraña u opuesta a la opinión común y al sentir de las personas corrientes.
Estos escritores paradójicos se mueren por expresar opiniones que sorprendan y hagan pensar al común de los mortales, habituado a funcionar con tópicos o las “habladurías” (Gerede, en alemán) de que hablaba Heidegger. En ese sentido son verdaderos estímulos para un pensamiento original.
Cerremos este breve excurso con unas paradojas suyas a modo de homenaje.